Homenaje a la cultura Francesa. Je suis Paris.

Treinta y cinco años se han cumplido de la desaparición de nuestro autor, en el sentido literal y cordial del término. ¿Qué nos queda de él?, ¿qué está vivo y qué creemos que seguirá viviendo indefinidamente? Los signos, naturalmente; la coronación del signo que, en el desarrollo del pensamiento francés, evidencia su poderoso ascenso desde el fundacional Cours de linguistique générale de Ferdinand de Saussure publicado en 1916: cuando nuestro autor empezaría a descubrir gracias a su madre el amor de las palabras, las maternas palabras que dan la vida. Que alimentaron sus 65 años.

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Ilustraciones: Raquel Moreno

Barthes y su escuela —que va más allá del estructuralismo “clásico” de las décadas cincuenta y sesenta— nos legan la abrumadora evidencia de que vivimos en un mundo inalienable de la danza continua de la significación. Y no sólo en tanto inteligencia o psique (espíritu o alma, como se decía en siglos anteriores) sino como forma de vida terrena y mortal: pulsiones, deseos, desórdenes; palpitaciones, intermitencias —dice otro clásico querido. El signo es cuerpo.

Para llegar a ello el camino fue largo e intenso; se trataba de hacer avanzar en un trecho crucial la estafeta del pensamiento y filosofía estructuralistas que había cubierto, por lo pronto, el arco que se apoya de un lado en Saussure y en el otro en la Escuela de los Anales y Lévi-Strauss. Lo primero que Barthes y sus camaradas establecieron fue una metodología, en ello la filiación francesa, incluso parisina, es innegable. Fue la empresa de los años cincuenta que culminó al final de la década siguiente; una escuela o cofradía que se empleó a fondo en su aventura intelectual: la clave es la clave, es decir, llevar a su máxima consecuencia y con rigor en la formulación la reflexión sobre el sentido del fenómeno humano que es nuestra capacidad de comunicarnos de forma tan compleja que instaura su propia dimensión: lengua, escritura. El grupo que Barthes animó conoce su consigna, aquello que les da sentido como colegio: dialogar, reflexionar, disentir; me atrevo a decir, más que saber, expresar: hacerse visibles en ese afuera de sí mismo que al primero que incluye es a quien habla.

Surge así la semiología como un dominio pleno en las disciplinas humanas. Y las grandes construcciones se fundan con cimientos sólidos, incluso demasiado pesados, de los que no se puede prescindir. No hay navegaciones oceánicas sin lastre. El periodo de ortodoxia metodológica, el recurso del método, no ha envejecido de manera impecable sino que está impregnado de las huellas no del tiempo sino de su tiempo. No deja de haber ingenuidad, digamos a la Cándido, el personaje de Voltaire, en su devota pulsión por el método. Ingenuidad y fervor en ese culto al método semiológico totalmente parisino y años sesenta. Que entonces nos fascinó por todo el mundo, confesémoslo, no lo olvidemos. Universidad tras universidad y disciplina por disciplina. Años sesenta y setenta: tiempos de groupies y de fans: ¡Viva el estructuralismo francés! ¡Viva el pensamiento rive gauche de Barthes, Derrida, Greimas!

Le Degré zéro de l’écriture (1953) es un pilar en la historia del pensamiento moderno; formó disciplina en las universidades de todo el mundo y nos cautivó (en México a través de la entrañable editorial Siglo XXI, cuya participación en la formación del pensamiento de la intelectualidad latinoamericana fue esencial). A consecuencia de ello, empezamos a  “leer” bajo la categoría del mito la vida que nos rodea, físicamente, a media ciudad, gracias a los medios de comunicación y consumo. Pues esa aventura ofreció descubrimientos y mundos nuevos que eran los nuestros. Mythologies, 1957. Barthes dio la definición moderna de mito al ir a la raíz etimológica : “le mythe est une parole” ergo “le mythe est un système de communication, c’est un message” (“El mito es una palabra… es un sistema de comunicación, un mensaje”). Y la moda, ¡ya era hora de que la intelligentsia aceptara su presencia motriz! (Système de la mode, 1967). Reconozcamos desde este periodo el talento nato para titular sus proclamas. ¿Cómo no comprar los libros así rubricados? Pero él, ¿lo sabía ya?, ¿que era un escritor? Pienso que todavía no; seguramente en esa época de cantera consideraría sus escritos como trabajo estrictamente analítico, libros porque es la manera en que se ejerce el estudio de las materias tratadas. Tiempo en el cual el escritor incuba dentro del innovador estudioso. Sus paroles, mots, propos empiezan a crear obra.

Nuestro autor recibe, pues, el año 1970 —iniciaba la última década de su apasionada vida, pero esto tampoco lo sabía— poniéndose la máscara de Jano bifronte. Barthes empieza a ser figura. S/Z, donde un relato corto de un clásico de la modernidad burguesa, Balzac, es sometido al extremo atómico del método. Veamos en esto disciplina y pasión y revolvamos los vocablos incluyendo pasión por la disciplina —lo que se vuelve un contrasentido, un sentido contrario, podemos parafrasearlo y esto va ya rumbo al placer textual y su desborde que estallará apenas tres años después con el llamado semiológicamente anarquizante del gozo textual. Que es lo que ya nos muestra la otra máscara de la figura Barthes de 1970: L’Empire des signes. En alguna entrevista o apunte biográfico leí que le gustaba llevar consigo un ejemplar de ese opúsculo, era práctico, poco voluminoso, bien ilustrado en color… quién no hubiera querido ser el chofer de taxi que lo reconociera o el contertulio en la mesa de al lado del café o bar para que el profesor Barthes le obsequiara el librito. Sin dedicatoria pero como fetiche, atesoro mi ejemplar de primera edición. Tengo para mí que es una de las obra señeras del autor, nuestro maestro, y del pensamiento francés de la posguerra. Qué maravilla el Japón, nos dice ese libro: a unas cuantas horas de avión puede uno desembarcar en un mundo fascinante porque es una danza fastuosa y discreta, exuberante y sutil, elegante y ritual, de signos; Barthes empieza a saberlo: no importa descifrarlos, comprenderlos, codificarlos, diagramarlos en tablas estadísticas, o sí importa, pero no está ahí su magia: la magia es que hay magia, no que aparezcan conejos o flores, ni mucho menos porque fuera posible atraparlo en la rejilla de unas cuantas páginas de estadísticas y diagramas maniáticos. Con o sin reflexión budista, Barthes descubre su senda: desandar el camino del método y del sistema como quien vuelve su propia identidad una especie de raíz etimológica; el estudioso se retrae en lector, la mariposa vuelve al seno inmemorial de la oruga. Esto se lo debemos: oh qué maravilla de la naturaleza y del artificio que podamos ser lectores… y el júbilo desbordado del lector se comparte: analizar es leer es escribir. Empiezo a reconocerlo. Lengua-seno; porque leo, porque soy. Este es no el tema sino la magia, el don, que ofrecen crecientemente sus ensayos del último periodo. Una inusual capacidad de lucidez plena de frescura; el sereno y maduro profesor es un niño dichoso contemplando la danza de los signos.

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La solidez teórica ha hecho posible el camino; queda atrás pero siempre está presente: no otra es la naturaleza y el destino de los caminos: ir hacia nuestras espaldas para conducirnos a horizontes nuevos. Esto se llama semiología, gracias a esta escuela parisina en efecto tan de la rive gauche. Los semiólogos, en la mejor disciplina y honor barthesianos, no serán nunca aquellos que continúen más que embriagados fetichizados por el método estructuralista (pues los fetichizados son los neogramáticos ávidos de mamemas como muy bien dijo nuestro maestro Antonio Alatorre cuando él también cruzó las puertas de su, nuestro, Colegio Nacional), no, semiólogo es aquel que con la disciplina y regla bien aprendidas (nunca dejará de haber algo de monacal en nuestro autor, quizás de la Iglesia Laica del Pensamiento que anhelaba Comte) sabe volverse signo él mismo para legarnos en su obra la activa contemplación del mundo como danza orgánica, proteica y formal a la vez, de gestos y actos: signos.

En los mismos años setenta Paz va descubriendo a través del haz de sus pasiones, obsesiones y cóleras que somos un signo que emite signos. “Materia inestable en un entorno radiactivo”, podemos decir: todo menos la parálisis. En esta última década desaparecen los diagramas y tablas para bien de la mejor escuela barthesiana. ¡Y el lenguaje del estudioso se allana! Periodo apolíneo no en el sentido neoclásico, obsoleto, del término sino como lo comprendemos desde Nietzsche: pensar es una pasión. La luz o lucidez está hecha de fuego.

¡Qué placer de lengua común es haber descubierto, página a página, su lectura del hecho fotográfico! Ya no la interpretación de tal o cual conjunto de imágenes ni la búsqueda del sentido de la obra de un cierto fotógrafo. La Chambre claire aparece en 1980, con su muerte, y sí: hay claridad. La semiología lleva a su fuente antropológica y esta nueva escuela de París lo hizo ver: es el hecho de significar lo que importa, aquello que “estructura”. El mensaje del mensaje es la capacidad de emitir mensajes o signos. ¿Leerlos, comprenderlos, analizarlos o teorizarlos? Tal es nuestra tarea, pero con el goce de lo inalcanzable… somos Tántalos que paladeamos lo que no engullimos, y así está bien: sus títulos siguen siendo las insignias, algo así como los deícticos de los signos, y así llega, ya post-mortem, L’Obvie et l’Obtus (1983).

Tremendamente ese rubro profetiza su propia muerte/vida ya acaecidas. Un camino recorrido con tal claridad y fertilidad que se nos vuelve evidente de tan necesario, obvio, en un buen sentido. Pero llegó la muerte y nos quedamos con sus ojos cegados, sellados por el silencio, la obstrucción ha blandido su guadaña. Para recordarnos, también, que una vida-obra como la suya son lógicas y fértiles porque son parte de la vida, que siempre será resistente a todas las lecturas; no se trata de una oscuridad asignificativa ni tampoco de una oscuridad engolosinada en sí misma por hermetismo grandilocuente, risible, sino lo obtuso por denso como la tierra misma que nos da el ser.

En los setenta el tiempo maduró lo suficiente como para que el autor se leyera a sí mismo, mas no como lógica ni sistema, pues en esta década comprende que podrá haber un sistema del método pero no una salvación por la metodología, la cual se satura y sutura a sí misma: el yo y sus cuitas, de tan noble ascendencia; reconozcámoslo: Barthes tiene dentro de sí un romántico alemán, ya es hora de que lo veamos, tanto como pensador como artista lírico-filosófico; el yo y sus cuitas serán percibidos por la era mental que él ha contribuido a fundar como una indefinición, a cada uno de nosotros nos define nuestra indefinición: Fragments d’un discours amoureux (1977): eso soy. El ensayista se narra a sí mismo; hablemos de Montaigne, que lo supo, y lo supo Pascal en sus encierros, Rousseau lo encarnó como un Moisés de sí mismo en tanto promeneur solitaire (1778); Proust en las volubilidades de los salones, y el joven Lévi-Strauss recién desembarcado en la selva de signos de las comunidades amazónicas primitivas. Y en la misma ciudad de París, un recién llegado a la lengua francesa aporta un giro sorprendente de esa disciplina particularmente francesa del filósofo-literato, esto sucede desde un poco antes del tiempo de Barthes y las obras se paralelizan: el franco-rumano Emil Cioran; elijamos para emblematizarlo aquí no su título señero (De l’inconvénient d’être né, 1973) pues Barthes encarna la enjundia del optimismo posible, sino aquel título que le hace un guiño: La Tentation d’exister, 1956.

Ensayar narrarse. El nombre del arco es bíos y su obra es muerte. En esta venatoria somos simultáneamente la flecha y la presa que a cada segundo está cobrando. Hay coherencia, por supuesto aquella cara a Michel de Montaigne que no escribe afincado en ninguna ilusión de solidez sino en la ductilidad del yo frente y en medio del móvil paisaje de la vida. El ideal de discurso, método y lengua de los años cincuenta y aún sesenta presupone una suerte de perfección sígnica; a lo largo de los años setenta es la imperfección de la vida pública y privada quien construye la escritura. Gran lección. En este eslabón de mis especulaciones me pregunto (si no me he extraviado, pues en materia de clásicos cada quien se lo reinventa a su conveniencia y estilo) por qué Barthes no atendió ampliamente el jazz, ese panal de signos propio del siglo XX: en una pieza de este género, sea standard, jamm o improvisación total, los primeros compases generan un estado fluido en el que las diversas intervenciones son al mismo tiempo elemento necesario y una intrusión, tomando forma sin cesar, las partes y el todo fluido, mediante el ir redefiniéndose constantemente conforme la base melódica y rítmica sostiene y gira excitando a cada uno de los miembros del cuarteto o trío a que ocupen el primer plano y brillen, riesgosamente brillen (estoy pensado en particular en Keith Jarrett o en el salmo moderno que es A Love Supreme de John Coltrane)… como si se tratase de un sistema astronómico sólo constituido por cometas, asteroides y otros cuerpos siempre presentes en tanto accidentes, exigiendo definiciones provisionales: la galaxia de un alfabeto incesante.

Pues leer es escribir, nos dice la estela de Barthes, y vivir es leer. Vivir es leer. Ello si hemos provisto una mínima sensatez al cammin di nostra vita, pues esa vida será un trayecto legible para nosotros y los demás cercanos si la hemos injertado en el tronco exuberante e inmemorial de los signos.

 

La vida de Barthes no concluyó sino que se suspendió. Una leyenda socarrona dice que Esquilo murió a los 69 años, en Gela, Sicilia, porque súbitamente un proyectil le fracturó el cráneo, como enviado por la ira de Zeus mismo a ese mortal que tanto sabía de pasiones divinas y humanas: un águila dejó caer su tortuga sobre esa roca pulida, la calva del padre de la tragedia. El 26 de marzo de 1980 Barthes, huérfano de madre desde hacía tres años, fue arrollado por una camioneta de lavandería… es decir, blanchissage, “blanqueamiento”, página en blanco, cuando cruzaba la acera en el quinto distrito, para entrar al Collège de France, ese otro seno. La escritura se interrumpió, pero no ha cesado.

 

Alberto Paredes
Doctor en letras. Es profesor titular en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Entre sus libros: Las voces del relato y El estilo es la idea. Antología del ensayo literario hispanoamericano.