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Ryszard Kapuściński fue el mayor cronista de la descolonización de África. Nadie como el legendario periodista polaco para narrar las convulsiones de aquella época. Con autorización de la Editorial Anagrama, presentamos este reportaje incluido en el libro Estrellas negras, de próxima aparición, sobre el absurdo que regía el comportamiento de los colonos del Congo

Un hombre confundido, el señor Voldeaux. Cuatro veces huyó del Congo y las cuatro volvió. “¿De qué tiene tanto miedo?”, le pregunto. Se encoge de hombros como diciendo que no lo sabe. Pero sí lo sabe, y yo también lo sé. El éxodo se desató en julio, el primer mes del Congo independiente. Los aeropuertos se vieron desbordados por una marea humana. Los periódicos se llenaron de fotografías de salas de espera atestadas de gente, de hatillos y de niños sentados sobre esos hatillos. La prensa se compadecía. Occidente siempre se compadece en semejantes ocasiones. Los belgas se compadecen de los franceses en Argelia, los franceses de los holandeses en Irian, los holandeses de los portugueses en Angola… Los colonos forman una internacional: se apoyan mutuamente estén donde estén. Al que no se compadece lo suficiente no tardarán en aumentarle la dosis de compadecina. Hasta el día en que alguien constate que ya no queda nadie que no se compadezca, y entonces los periódicos cambian de tema.

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Ilustraciones: David Peón

La huida se desarrolló en un ambiente de pánico, y el pánico lo desencadenó un rumor. Cuando a los colonos, de natural dados a la rumorología, la tierra empieza a temblarles bajo los pies, toda su manera de pensar se vuelve rumorológica. Primero se difundió el bulo de que asesinaban a belgas. Nadie se iba a poner a comprobarlo; bastaba con que sonara la palabra “asesinar” para que arrancase una oleada de colonos verdes de miedo. “Señor Voldeaux”, digo, “nómbreme una localidad en que los negros hayan asesinado a un belga”. No sabe nombrar ninguna. En el fondo, el hecho resulta paradójico. Allí donde los belgas habían cometido tantas atrocidades, donde más tarde caerían abatidos italianos y ghaneses, suecos e hindúes, y, finalmente, los propios congoleños, no murió de muerte violenta ningún colono belga, o casi ninguno. Se hizo correr el rumor de que un pelotón de negros había violado a una belga. Absurdo total. Hay que conocer el temperamento de los africanos: ninguna europea aguantaría semejante embate. Se clamó que incendiaban barrios blancos. Otra fantasía. Visité un barrio de éstos en Stan:1 encantadores chalés modernos rodeados de flores, enormes y eternas flores del trópico. Ni un alma en derredor. Aquí y allá una ventana abierta, coches en los garajes. Escudriñé el interior de algunos chalés. Parecía como si sus habitantes acabaran de salir. Aquí, una cubertería de plata sobre la mesa porque a los comensales no les dio tiempo de terminar el plato; allí, un paquete de tabaco medio lleno sobre el escritorio; más allá, una aspiradora abandonada en medio de la habitación. En algunas casas ya se han instalado las lagartijas: los belgas habían huido hacía nueve meses. Y, sin embargo, todo estaba intacto.

La prensa insistía en la tesis de que era Bruselas la que había organizado el éxodo. Tengo serias dudas al respecto. No hacía falta organización alguna; los colonos habían salido de estampida presas de su propio miedo. Hay que conocer el alma del colono. Éste vive en una casita preciosa y se toma cocteles helados, pero está sentado sobre un barril de pólvora. Cuando el colono descarga un puñetazo en la cabeza de un negro, el negro se encoge y se aparta. Pero no olvida. Y el colono recuerda que el otro no olvida. Es consciente de ese barril, de esos golpes, de que ha ido sembrando tempestades. Su conocimiento es profundo. Así, basta que se mueva una brizna del denso, petrificado, aire africano para que se le hagan los dedos huéspedes. Cuando el país aún está en calma, el pueblo en silencio y la servidumbre dócil, la imaginación del colono ya ha empezado a barruntar. Le asalta la hora de los recuerdos. Mientras recuerda, aparecen los negros que también querrían hacerlo junto a él. Vaya a donde vaya, a todas partes lo sigue el barril de pólvora. El colono no se lo toma nada bien. Se siente acosado. Le dan vahídos, las piernas se le llenan de plomo. En el exterior no ocurre nada, pero en el interior del colono se ha desatado un tifón de pavor. Finalmente no aguanta la tensión que él mismo ha creado.

Y huye.

La biografía del colono es banal. Empieza en algún lugar de Europa, donde el futuro colono pasa sus años grises. Por ejemplo, regentando una tienda. O trabajando de oficinista. O de dependiente. O de cobrador de la luz. Es un petit blanc, un hombre de la calle. Le está vetado el lujo de la Riviera, no puede comprarse una limusina. Ve la abundancia al tiempo que lo atormenta la estrechez. Su vida es espera. A que el negocio funcione. A que el jefe esté de buen humor. A un milagro de la coyuntura. A Godot.

A veces se le enciende una chispa de iniciativa. O le embarga un deseo de aventura. Entonces empieza a ahorrar. Parte en un largo viaje y aterriza en África. Enseguida sube varios peldaños en el escalafón: un ascenso fulminante donde los haya. Tanto, que junto a él palidecen incluso las deslumbrantes carreras de las estrellas de cine. El colono hace carrera en un día y sin esfuerzo alguno. Mientras mastica pollo a bordo de un cómodo avión, con cada kilómetro que recorre gana en esplendor. Encerrado en la hermética cabina de su carabela, al igual que la crisálida en su capullo, vive una metamorfosis: de mendigo se transforma en rey. Se convierte en colono, o, lo que es lo mismo, en un gran señor. No por eso ha cambiado como persona. El tendero sigue siendo tendero. Sigue siendo ese hombrecillo del montón, de ideas cliché, mentalidad conservadora y gusto adocenado. No ha sido él quien se ha ganado el ascenso. Ha sido la ideología: el tendero ha probado alimento de la caldera del racismo. El petit blanc se ha convertido en un Grand Blanc. ¡De rodillas, naciones!

Los colonos viven en barrios cerrados. El negro puede entrar allí, pero sólo de día. Cuando el blanco quiere algo de un negro, lo manda llamar. Al comparecer, el negro tiene que esperar tras la verja, en la calle. El colono está sentado en un sillón del porche. Se ponen a hablar. Las palabras recorren una distancia de entre veinte y treinta metros. Dicha distancia es necesaria por razones de higiene: los alientos blanco y negro no deben mezclarse. Desde que se pone el sol, los nativos tienen prohibida la entrada: las brisas nocturnas limpian el aire contaminado por las visitas diurnas de los negros.

La nota de color se la dan a los barrios blancos las señoras colonas, esposas de los colonos. Ellas también han sufrido una transformación al abandonar su antiguo oficio de cajeras o modistas. Ahora la señora colona se encarga de su casa. Sentada en un sofá, se alisa las arrugas y da órdenes al servicio, que es numeroso: de seis a diez personas. Negras, por desgracia. La señora colona no lo tiene nada fácil porque se ve obligada a pensar por todos, ya que negro significa tonto: no consigue aprender en qué lado del plato se coloca el tenedor. La colona pone mucho de su parte en educar al negro. Es importante que sirva la mesa con guantes blancos, cosa que proporciona la agradable ilusión de recibir alimento de mano europea. Si el negro deja caer una cuchara, en el colono estalla un géiser de pensamientos filosóficos. Analiza su existencia a la luz de la problemática del individuo que, como portador de la grandeza humana, está condenado a la soledad en el enajenante mundo de los débiles mentales. De manera que el colono habla de alienación, con lo que profundiza en el tema más en boga de la filosofía contemporánea. Así, se convierte hasta cierto punto en una especie de intelectual.

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La casa está patas arriba cuando la colona prepara una party, que siempre es todo un acontecimiento y que se rige por unas reglas propias. Todo barrio blanco es un gueto cerrado, el cual a su vez se divide en otros círculos cerrados. Cada uno de ellos puede contar incluso con quince familias, que se relacionan por medio de la party. Cuando viene un invitado de categoría, también se le organiza una. Pero ésta, producto de una circunstancia extraordinaria, es excepcional; mucho más a menudo se organizan parties que calificaría yo “de trabajo”. Las exige la vida misma porque la gente tiene que charlar de vez en cuando, y no hay costumbre de hacerlo fuera de una party. A menudo se ve a dos colonos aburriéndose en sus respectivas tumbonas colocadas en el jardín, sólo los separa una valla de tela metálica y, sin embargo, no se dirigen la palabra: falta la party. El colono tiene muy pocas palabras que decir, así que debe ahorrarlas para, en el curso de una party, poder abrir la boca al menos un par de veces. El principal problema de las colonas es su cuerpo, regulado con ayuda de corsés. Los corsés, como las lentes, se dividen en cóncavos y convexos. A causa de ellos, todas las colonas padecen de abrasiones. Lo que causa auténtica sensación en una party es la presencia de un comunista. Heme charlando con un anfitrión en su terraza, llegan sus invitados y el colono me presenta:

—El señor Kapuchkinchi, comunista.

Las matronas por poco se caen de espaldas. ¡Un comunista! ¡Ay, Dios del cielo! Empiezan a dar vueltas para observarme. También yo doy vueltas para observarlas a ellas. La party se convierte en un tiovivo. No paramos de andar en círculos. Es una especie de zoológico de doble sentido: ellas tienen un espécimen y yo tengo los míos. Un rato más y empezaremos a darnos mutuamente terrones de azúcar. Una party así es considerada un éxito y comentada en el barrio durante mucho tiempo.

Está bien, asimismo, que la party se celebre en un jardín y que entre los invitados haya un colono veterano. Sentado en un sillón, el colono abuelo aparece arrebujado en mantas porque lo sacuden unas fiebres palúdicas inveteradas. Apoyado en un bastón, rememora ante los oyentes sus heroicas aventuras de la época pionera del colonialismo.

You know —carraspea el abuelo en medio del silencio—, I killed him with a stick. Like a snake.2

Animado por el recuerdo, aparta las mantas, se pone en pie sobre sus desvencijadas piernas y, ¡zas!, descarga un bastonazo en el suelo.

Look, something like that. 3

Del suelo se levanta una nube de polvo, y las señoritas colonitas se apartan de un salto para que no les ensucie sus atuendos. Lo contrario que los colonos que, concentrados, se inclinan para contemplar el lugar donde el abuelo mató a un negro con el bastón como a una serpiente. El abuelo vuelve a sentarse en el sillón, pasea la vista por los presentes y se echa a reír: jiii, jii, ji. Tres veces. Los demás, tras una respetuosa pausa, también articulan un jiii, jii, ji, y otro jiii, jii, ji. Seis veces, como mandan los cánones de buena educación.

Ninguna de las colonas invitadas pierde detalle de lo que se sirve en la party y hace un cálculo mental: cuando le toque a ella, mandará servir lo mismo y en la misma cantidad para no salir perdiendo. Debido a esto, todas las parties resultan culinariamente idénticas. El programa también contempla bailes. Un vals bailado en el corazón de África entraña un encanto especial.

—¿No es extraordinario? —me preguntó en una ocasión una colona.

—Lo es, señora —le contesté cortésmente.

Los colonos, sometidos a las objetivas y universales leyes de la fisiología, a veces tienen hijos. Así nacen los colonuelos. Como es natural, los niños sufren resfriados, diarreas, hiperhidrosis… Se los protege del sol, por lo que todos están transparentemente pálidos. No hay niño sin niñera. El colonuelo sano, al aprender a andar, también se curte en el arte de pegar al negro. Empieza por la niñera. Las colonas están contentas porque de esta manera sus hijos adquieren desde pequeños repugnancia por las negras. Ya un poco crecidos, los colonitos son llevados al colegio en coche. Sentados en sus pupitres, escuchan el blablablá del cura de la escuela de la misión. Así transcurre clase tras clase. Luego los llevan en coche de vuelta a casa. Tienen prohibido jugar en el jardín por las serpientes que allí puedan acechar. En las vacaciones, el colonito viaja a ver a su abuela, que vive en Europa. De allí regresa orgulloso porque ha visto muchos blancos juntos. Estas visitas crean en él un apego a su raza.

Más tarde, el colonito aprende a conducir. Una vez adquirida la destreza, puede dedicarse a su juego favorito: apuntar con el guardabarros a las corvas de los negros, cortarles el paso y echarlos de la carretera. Los colonitos suelen llevar a divertirse así a sus respectivas colonitas, que se muestran encantadas y muy orgullosas de sus honeys por lo valientes que son. Si un mancebo le da un beso a su colonita, ésta pondrá ojos de cordero degollado y susurrará un Oh, darling como si exhalara el último suspiro. Entre los colonos, este fenómeno se llama amor.

Una ocupación prácticamente cotidiana consiste en ir a la compra. Es el momento en que se ponen al volante las colonas. Puesto que salen a comprar por la tarde, en esas horas se produce el mayor número de accidentes de tráfico. La colona compra siempre en una misma tienda, invariablemente de aspecto muy pintoresco. En los estantes hay miles de latas de lo más diverso, todas envueltas en etiquetas multicolores. El papel de esas etiquetas siempre es brillante. El pan, la mantequilla, la sopa, la carne, la cebolla, el pudding, todo está enlatado. Las conservas se traen de Europa en barco o en avión. Está científicamente demostrado que las gallinas africanas ponen los huevos iguales que las europeas. Sin embargo, el colono jamás tocará un huevo procedente de África. Lo considera lousy, asqueroso. El colono no conoce el sabor de la mandioca ni del aceite de palma. Los plátanos los come sólo en Europa. ¿Por qué no en África? Por principios. Uno de ellos consiste en no llevarse a la boca nada de lo que come el negro. Si lo hiciera, el colono se desblanquearía, cosa que desea evitar. Vi en el Congo a colonos que pasaban hambre pese a que había comida de sobra, sólo que era comida africana. Ninguno quería tocarla. El colono es un hombre de principios.

El colono es un apasionado del ahorro. En una ocasión me adentré con uno en lo profundo de la selva. Se hizo de noche y tuvimos que pernoctar en una choza. Se me habían acabado los cigarrillos. El colono resultó generoso. Sacó dos pitillos y me dijo:

—Toma, te los dejo prestados. Me los devolverás mañana cuando te compres un paquete. Cuando volvamos, no digas a nadie que soy de los que presta. Podrían intentar aprovecharse de mí.

El colono respeta el dinero y los coches. Nada más. Un blanco que no tenga coche, como un reportero llegado desde Polonia, sin ir más lejos, es considerado un paria y un proscrito. Denigra a la raza. Por eso lo llevan en coche allí donde quiera ir, con tal de que los negros no vean que un blanco se desplaza a pie.

No hay nada acerca de lo cual el colono no se haya formado una opinión. El mejor acompañante para sondearlas es la cerveza, pues beber cerveza favorece la concentración.

—¿Qué dicen los negros? —pregunto.

—¿Qué van a decir? Son unos ladrones.

—¿Ah, sí? ¿Le han robado algo?

—No, nada. ¿Qué puede robar esa gente?

—Y, sin embargo, ¿son unos ladrones?

—Claro que lo son.

Me lo dice un colono que lleva veinte años viviendo en África y que nunca ha hablado con un negro. Sigo inquiriendo:

—¿Y cómo viven?

—¿Cómo iban a vivir? Siempre se están apareando.

—¿Qué quiere decir con “apareando”?

—Que si alguno se empeña, ¡no vea!

En ese momento hay que interrumpir la conversación para dar tiempo a que afloren nuevos pensamientos. Mis preguntas han agotado todas las capacidades de su cerebro. El colono se inclina sobre su jarra de cerveza. El esfuerzo interior lo inmoviliza. Le arden las sienes; se enjuga la frente. En su rostro se dibuja una gran tensión. Sorbe un trago y suspira: aaaahhhh. Saca un pañuelo para enjugarse durante largo rato, cosa que le alivia. De nuevo vuelve la tensión. Se le abultan las venas del cuello. De pronto, parece iluminarse. Se ve que en algún recóndito rincón ha encontrado una brizna de pensamiento. La saca a la luz con cuidado, la mira y remira. No, demasiado pequeña. No basta para formar una palabra siquiera. Se le nubla el semblante; renuncia, derrotado. Paga la cerveza y se va.

El Grand Blanc, el Señor del Mundo.

 

Ryszard Kapuściński
Periodista, historiador, ensayista y poeta. Entre sus obras: Ébano, Viajes con Heródoto y Los cínicos no sirven para este oficio

Este texto forma parte del libro Estrellas negras, que la editorial Anagrama pondrá en circulación en estos días.


1 Abreviatura de Stanleyville.

2 “Sepan que lo maté con el bastón. Como a una serpiente”.

3 Miren, más o menos así”.