Me comunicas, Constantino,
que el vicario del Vaticano
vuelve para bendecir a México
y para cosechar almas en pena.

Y yo que gracias a Dios soy ateo.

Así que el Papa nos visita de nuevo,
Constantino;
los obispos desempolvan las sotanas
(y afilan las carteras),
los empresarios
se lavan las manos en agua bendita,
y las señoras encopetadas
se apuntan
para la misa de millón y 1/2  de personas.

Roma y Tenochtitlan serán ciudades hermanas.

Recordemos, sin embargo,
al señor infalible,
al dueño de las llaves del reino
y a su corte de los milagros,
que aquí
seguimos siendo guadalupaganos
(a pesar de Zumárraga)
y que lo único que vive eternamente,
el que sobrevive a todos y a todo,
es el agridulce Miktlantekujtli,
“el señor de la muerte”,
“el príncipe de la región de los descarnados”,
con su compañera, la calaca Catrina
(la del mural de Diego Rivera)
y que aquí lo esperamos,
por estas tierras aztecas,
sonrientes,
como calaveritas de azúcar.

 

De: Arturo Dávila.  Poemas para ser leídos en el metro