Los hechos desagradables permiten detenerse a pensarlos hasta que su reflexión se torna incómoda. En ocasiones, hacer frente a la realidad con los dolores anímicos que externan empatía o indignación tiene poco que ver con la reducción de los problemas. Son una reacción natural y a menudo necesaria. En cambio, el escrutinio sobre las barbaridades puede contener la intención de entender sus causas. Parece poco seductor tratar de indagar sobre los asuntos alegres, las bondades que seguro tienen todos los pueblos. Cosa tonta, las razones de la felicidad llegan a ser tan sorprendentes como lo son las de sus antípodas pero, aunque asomarse a los positivos arroja una sonrisa, los eventos que se distinguen por su costo negativo, así como las reacciones a su alrededor, resultan fascinantemente complejos, llenos de dilemas morales, de paradojas y múltiples respuestas con los que se entra a un terreno donde buscar comprender lo que no es placentero resulta por momentos, sobre todo por su amplitud, más interesante que los esbozos de felicidad, que casi por regla son menos duraderos que los aspectos malos.

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Simplificar las razones de la corrupción, la violencia, la insensatez o la falta de seguridad, las convierte en ínfimas causales de enfermedades mucho más peligrosas, y al reducirlas a orígenes de tragedia, o mero mal gobierno, se esconde su condición de síntomas dejando pasar las posibilidades de reflexión sobre lo que destruye países y sociedades.

Cada tanto surge un nuevo consenso alrededor de lo que parece ser el mayor problema de este país; si un día fue la violencia, al otro la corrupción y a fechas más recientes la impunidad. Es como si fuéramos aprendiendo el significado de esas nuevas palabras que siempre estuvieron ahí y depositáramos en ellas el infortunio. Todas ellas y las que vengan forman parte de un mismo defecto; son las manifestaciones de una falla que se extiende en el mundo entero y en México hace vanguardia de batallón que esgrime sin vergüenza sus peores cualidades.

Me da la impresión que nos hemos transformado en el hipocondriaco que de tanto examinarse por los médicos ya es capaz de diagnosticarse la mayoría de los males que le perturban. Sus primeros intentos lo llevan a la enfermedad X, más tarde, cuando fracasan los remedios a los que ha recurrido, asegura que su malestar es causa del virus Y. A la semana, es víctima de una ola de contagio de la bacteria Z. No es que se haya inventado la enfermedad, tiene los síntomas y sus conclusiones parten de la obviedad y el oficio. Sólo que no es doctor. Las sociedades funcionan de la misma forma que el enfermo. Al final, será extraño encontrar alguien que no concuerde con cuáles son nuestras afecciones.

El consenso que de buenas a primeras parece contener un sinfín de virtudes también posee una serie de problemas, tal vez el más molesto sea su necesidad de imposibilitar lo que se presuma contrario a él. Si la mayoría asegura algo, su convencimiento lo transformará en certezas y así quien crea lo opuesto se podrá ir de paseo y no se analizará qué pasa en realidad.

El origen de la impunidad no está en la corrupción, la falta de leyes, los empresarios sin escrúpulos, el Estado disfuncional o los gobernantes ineptos. Pese a que contamos con cada una de estas características. La impunidad nace y se desarrolla con la relativización de las cosas que producen corrupción, ausencia de legalidad, falta de escrúpulos y disfuncionalidad estatal.

Esa vocación con la que se miden los absolutos de un conflicto desde diferentes perspectivas es el origen de la facilidad con la que solapamos los males o permitimos los abusos. Porque el asunto que se trate no será tan malo dependiendo de las empatías, los intereses o las conveniencias. Ahí se encuentra la glorificación del delincuente, el aplauso a quien encubre lo imperdonable, el premio a la vileza, el rechazo a la ley y la falta de sanción social. Que no tiene nada que ver con el linchamiento.

Ejemplos de impunidad hay muchos en todos los tiempos de nuestra historia. Sin embargo, aunque parece que los truhanes están ganando, e incluso si lo están haciendo, lo que veo con más preocupación es el triunfo de la ambigüedad con el que lo malo es apenas grave y lo grave, una simple torpeza.

Imaginemos. Tenemos un evento condenable. Ese evento se acepta como algo malo pero quien lo hizo tenía buenas intenciones o gracias a su acción se consiguió algún tipo de bien. Se relativiza. Los encargados de juzgar, ya sea de forma exterior o por medio de la autocrítica —pueblos, familias, feligreses o gabinetes—, consideran, cual buen luterano, que el bien fue mayor que el mal. Con eso se minimizó su maldad.

Cada vez que se relativiza una acción incorrecta se justifica una de sus variantes al grado de que todas son permisibles.

Pongo un ejemplo. En su insistencia por hacer una visita de Estado en lugar de una gira trabajo a otro país el gobierno mexicano se ve obligado a darle una presea a un rey que ha evidenciado su vocación antidemocrática. El monarca ha sido responsable del asesinato de sus opositores y recientemente de 47 personas condenadas a muerte. Días antes de la condecoración la prensa y varias organizaciones internacionales mostraron su repudio a la pena capital que por razones religiosas ese reino impuso sobre un escritor, pero aquella visita se cree que permitirá estrechar los lazos entre ambos países o la panacea que se antoje. Así, los actos criminales de ese reino y su rey, que contradicen los preceptos de México y los fundamentos de la presea, importan poco y en una gala de necedad y con una inmensa carga de ingenuidad, ignorancia o despropósito, el presidente de la República le otorga los honores de la nación a un perfecto déspota. Esto ocurrió hace unas semanas con la entrega de la Orden Mexicana del Águila Azteca al rey de Arabia Saudita.

Como la cosa no es tan grave frente a los demás asuntos de la agenda nacional, la sociedad no reacciona. Se relativiza y le restamos importancia.

Otro. Una institución religiosa encubre durante muchísimos años a los miembros de su congregación, se hace de la vista gorda ante los miles y miles de abusos sexuales por parte de las autoridades religiosas a niños en todo el mundo. Al convertirlos en casos aislados, sin importar su abrumadora frecuencia, pide no observar cómo la estructura de la Iglesia esta constituida para proteger los abusos. Y por millones sus feligreses aclaman a un Papa católico que por dar signos de modernidad —aunque la figura de una Iglesia moderna es un oxímoron— terminan solapando la infinidad de crímenes, prejuicios y vidas deshechas.

El ejercicio lo encontramos en todos los niveles. Desde el que pone en duda los evidentes crímenes de su hermano, porque es su hermano, a la maestra universitaria que encuentra la justificación para plagiar los textos de sus alumnos y los publica en un periódico bajo su nombre.

El ingrediente clave para estos ejemplos de relativización que derivan en la impunidad es tal vez una crisis que busca de forma desesperada una autoridad moral: la legitimidad.

¿Qué argumento da validez a una acción para que sea correcta?

¿Los futuros de un país? ¿La importancia de la esperanza en vía de la fe? ¿La nula credibilidad de las autoridades? ¿Los elementos individuales?

La legitimidad existe para que distintos grupos de todo tipo —familias, ciudadanos, países o sus gobiernos— acepten una autoridad. Se llega a ella a partir del consenso, sea chico o grande. Gracias a la relativización la legitimidad se puede obtener sin importar lo correcto de sus valores. Se autolegitima lo que a cada grupo le parece, haciendo del consenso una práctica individual. Si al presidente le dicen que está bien darle una medalla a un monarca autoritario éste lo considerará un gran logro de diplomacia. Si los creyentes le regalan sus certezas al Papa lo pondrán por encima de los crímenes de la institución que representa e incluso se olvidarán de que los peores delitos fueron cometidos por los hombres con los que se construye esa institución. Si no se considera apropiado el límite de velocidad en una avenida se encuentran las razones para no respetarlo. Cuando un acto fuera de ley no parece tan severo en contraposición a lo mal que hace su trabajo quien está encargado de hacer respetar esa ley, el delincuente tendrá el beneplácito de muchos y, posiblemente, hasta rasgos de humanidad y un tanto de comprensión.

Nos encontramos en un momento en el que la legitimidad llega a venir de la ilegitimidad del contrario, no del valor legítimo. Cuando aparece la subjetividad en lo que puede y quizá deba ser objetivo, el consenso parte de la escala de valores que le quiera dar cada uno. Entonces se relativizarán las cosas y aparecerá la impunidad.

Será sencillo responder que dichos valores son subjetivos. Y en algunos casos lo son. Pero existe una base de objetividad que estamos perdiendo. Se encuentra en duda la idea de un Estado sobre el cual depositamos nuestras convicciones en aras de un bien común. Existen las razones para dudar pero hasta ahora, después de cientos de años, el Estado ha sido la mejor forma de administración que hemos descubierto. Mientras no consigamos otro sistema quizá debamos buscar cómo dejar de hacer que lo relativo y su consecuencia, la impunidad, sigan haciendo un ridículo de éste.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugo y Reserva del vacío. Su más reciente novela es Clandestino.

@_Maruan

 

4 comentarios en “Notas sobre la impunidad

  1. felicidades gran escrito describiendo , creo yo a la sociedad mexicana en especial y por resultado lo permito al gobierno

  2. El problema, considero, de aquella relatividad es que se profundiza hasta el mimso sentido de la moral. Las nociones de la construcción moderna del Estado siguen siendo endebles pues no existe una base sólida de lógica moral que dé la sensación de un bien mayor e universal. Por mucho que se cite a los clásicos desde Hobbes, Rousseau y hasta al mismo Róterdam, las cualidades del “bien” o la “bondad” se han ramificado en esferas sociales que van más allá de lo político. Un ejemplo claro es el mismo Marqués de Sade, estudiado por filósofos del siglo XX, a saber; en un apartado de los seminarios de Lacan, el psiconalista/filósofo argumenta la ambigüedad la parte de la interpretación del “amarás al prójimo como a ti mismo” de la ideología judeocristiana. ¿Cómo amar al prójimo como a mí mismo?, ¿qué bondad es la que quiero para mí y que debe ser la misma para el otro? Es decir, ¿cómo sé que mi bondad le será útil al otro en el mismo grado, y hasta qué consecuencias (positivas y/o negativas)? La misma moral es endeble en distintas formas. Más que un poder al Estado, considero, que se le debe de dar peso específico a los imperativos categóricos aplicados a la época actual. Si la impunidad continúa creciendo en un sistema desgastado, tal vez el problema no es en sí la falta de apego al orden; sino al entendimiento del porqué de ese orden y la dirección congruente que debe tomar.