Joaquín Guzmán, ¿qué discutir?

Hagamos la pregunta con toda crudeza: ¿a qué obedecen la parafernalia, el ruido, los ires y venires de la comentocracia consagrada en los medios convencionales, el no menos intenso trajín de los comentaristas de a pie en las redes sociales, las declaraciones reivindicadoras del Estado de Derecho y sus instituciones en voz de nuestros hombres públicos a raíz de la recaptura de Joaquín Guzmán Loera? Y propongamos una respuesta sin tanto tropo lingüístico: a la política prohibicionista y a la “guerra” que le ha acompañado.

Antes de eso, sin embargo, el asunto se vincula directamente con lo que recientemente Fernando Escalante ha ubicado como un vacío en el centro de nuestra conversación pública. Todavía más, acaso el problema resida, en el fondo, en la ausencia misma de conversación pública. En el número de diciembre pasado de la revista nexos, dedicado a “El silencio de Los Pinos”, Escalante Gonzalbo comentaba que en México no se delibera, no se discute, no se articulan explicaciones en una conversación pública, no lo hacen en Los Pinos, no lo hace la prensa, mucho menos los social media. Monólogos cruzados, diálogos de lobinas, se diría en Sinaloa.

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Y así resbalamos en las declaraciones oficiales que insisten en ofrecer el plato de la normalidad a la mesa del alicaído ánimo social: Ayotzinapa, Tlatlaya, escándalos de corrupción, el asesinato de una presidenta municipal, enfrentamientos entre grupos delincuenciales, escándalos de corrupción, todos son casos individuales: son tratados casuísticamente en nombre de una numeralia confusa, fía y agotada, o en nombre, más frecuentemente, de un Estado de Derecho y sus instituciones siempre dignas de ser mencionadas en el consabido ejercicio reivindicatorio.

Y así resbalamos igualmente con las declaraciones de la oposición en sus diferentes tribunas, de esta clase política tan cantora de la pluralidad, pero que “intercambia bienes más que ideas y opiniones, que negocia canonjías más que discutir posturas y cursos de acción alternativos. Los legisladores no entablan un diálogo entre sí o con el gobierno para ver si es mejor asignar más dinero al campo o a la educación, intercambian una partida presupuestal por otra porque así conviene a sus intereses o, en buen español, a sus clientelas” (María Amparo Casar, “Los sonidos del silencio”, en nexos 456, diciembre de 2015, pp. 54-55).  

En la prensa tenemos gritos y sombrerazos, gritería, boletines, “trascendidos”: “Tenemos –dice Fernando Escalante- una prensa menos que mediocre, falta de responsabilidad y de pudor, una prensa deshonesta, venal, frívola y mendaz. Que malamente explica lo que sucede echando mano de un lenguaje gastado, que no resuena con nada. Su crítica, cuando es más exigente y belicosa, a duras penas sale del lugar común” (“El silencio y los silencios”, ibid., p. 50). Otros temas, como los desplazados, no son para el gobierno ni siquiera excepciones a la normalidad: simplemente no son, no existen, son invisibles.

A propósito de la reaprehensión de Joaquín Guzmán, veremos entonces, estamos viendo ya, ese complejo y terrible cruce de especulaciones, declaraciones tranquilizadoras, chismes, hipótesis de toda laya montados a galope de mil monólogos que llaman al sosiego o al terror por lo que viene. Y ya lo estamos leyendo, escuchando, observando aquí y allá. Las preguntas que en este mundo de caos y confusión se están planteando desde ayer son qué tanto favorecerá este hecho al presidente Peña Nieto y al PRI en las próximas elecciones estatales, qué tanto le permitirá abatir su déficit de legitimidad, qué tanto estarán pensando con seriedad en la extradición de este personaje, qué tanto esto desatará un nuevo enfrentamiento entre grupos de la delincuencia organizada en la disputa por cubrir un vacío de mando y control de un mercado ilegal y de jugosísimas ganancias.

Pero todo ese qué tanto es en realidad un tantito frente al tema que debería articular en verdad el debate público: la política prohibicionista y la guerra sangrienta y onerosa en todos los sentidos que corre al parejo de ella. Lo otro, lo que está ocurriendo ahora mismo, como ha comentado Xavier Velasco en el diario Milenio, es el parche terapéutico y siempre provisional a costa de un hecho que, en su singularidad, ciertamente, no cambia mayor cosa nada (“De ‘chapofobia’ a ‘chapoterapia’”, 9 de enero de 2016).

 

Ronaldo González Valdés

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Publicado en: Sólo en línea