Vivimos un cambio de época en América Latina, sobre todo en Sudamérica, donde los gobiernos populistas se encuentran claramente en un fin de ciclo y en profunda crisis económica.1 El caso de Venezuela es el más grave y urgente: Ahí está en marcha un proceso de cambio irreversible con escenarios de inquietante peligrosidad. Venezuela está hoy más dividida que nunca, se ha convertido en una nación de enemigos.

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La aplastante victoria de la coalición opositora, Mesa de Unidad Democrática (MUD) en las elecciones de la Asamblea Legislativa del 6 de diciembre marca un hito en el tortuoso proceso de cambio, pero como era de esperarse, encuentra innumerables obstáculos. Tras casi diecisiete años de excesos y pocas concreciones sostenibles, el país se encuentra literalmente en la bancarrota, con un creciente endurecimiento del régimen y aguda polarización social. La llamada Revolución Bolivariana hace agua por todos lados y el país más rico de América Latina en términos de recursos naturales, se encuentra insolvente y  al borde de la hiperinflación.

Los problemas de fondo que padece Venezuela vienen de muy atrás: un tormentoso siglo XIX de caudillos y dictadores, idealizados por la figura sin par de Simón Bolívar. En el siglo XX, la historia venezolana empieza a singularizarse cuando aparece abundante petróleo que, poco a poco, va cancelando a la Venezuela productiva, remplazándola por la Venezuela rentista de nuestros días. Hombres providenciales y petróleo, son la clave para descifrar a Venezuela: ya desde la dictadura de Vicente Gómez, el petróleo se convierte en destino, bendición y maldición de Venezuela, un país rico que produce muy poco más allá del petróleo, y que casi todo lo importa. Los deslumbrantes llanos venezolanos que sedujeron a Humboldt e inspiraron el inmortal joropo "alma llanera" lucen abandonados, produciendo a una ínfima parte de su enorme potencial agrícola y ganadero. Del café o del tabaco venezolano, ni quien se acuerde. El petróleo consigue el 96 por ciento de sus divisas y significa la mitad del presupuesto público. 

 Venezuela ha vivido gran parte de su vida independiente entre dictaduras y golpes de estado, pero tras la destitución del dictador Pérez Jiménez en 1958, tuvo una larga era de más de treinta años de paz, relativa bonanza petrolera y elecciones democráticas. Esto se fue empañando por la corrupción e incompetencia de los partidos políticos tradicionales –Acción Democrática y COPEI– que se alternaban el poder, y acabaron siendo lo mismo. El ciclo termina con la dimisión del otrora popular presidente Carlos Andrés Pérez, en su segunda y catastrófica presidencia, cuando enfrenta la ira popular en el llamado "caracazo" y dos intentonas de golpe de estado, la primera a inicios de 1992, dirigida por un oscuro coronel llamado Hugo Chávez Frías, que fracasa y es encarcelado de inmediato. Tras un interinato, asume una segunda presidencia Rafael Caldera, quien otorga amnistía a los golpistas, y así llega a la presidencia Hugo Chávez, triunfador en las elecciones de 1998. Con Chávez se instala un anacronismo latinoamericano: regresa el "hombre fuerte", el caudillo providencial.

Carismático, temperamental y temerario, Chávez se da de inmediato a la tarea de refundar su país: Con el precio del petróleo al alza, tuvo éxito; se abate sensiblemente la pobreza y mejoran los índices de bienestar en general. Proclama la construcción del llamado Socialismo del Siglo 21 y consigue promulgar una nueva Constitución; le cambia el nombre al país, forma un poderoso partido político, El Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) y –literalmente– le redefine rostro y las ideas al mismísimo Bolívar. Supera un intento de Golpe de Estado en el 2002 y por medio de peculiares "leyes habilitantes", gobierna frecuentemente por decreto. Avanza así su peculiar modelo de socialismo, que en realidad, se trató de un capitalismo de estado, de un frívolo populismo petrolero. Estatiza media economía e implanta las Misiones Bolivarianas que logran innegables éxitos distributivos, lamentablemente no sostenibles sin ingresos petroleros. Forja una profunda alianza con Cuba y equipa  a su ejército con armas rusas y chinas, pero su rabiosa retórica antiyanqui no impide que su principal socio comercial y comprador de petróleo fuesen precisamente los Estados Unidos.

La economía política del chavismo ha causado un inmenso daño a Venezuela; no es difícil de desentrañar: Su base, como es de esperar, es el petróleo y solo el petróleo. Venezuela contrajo quizá el caso más extremo de la llamada "enfermedad holandesa", pues ante precios por barril extraordinariamente elevados a partir del 2003, mantuvo deliberadamente sobrevaluada su moneda. Así, un sector monoexportador distorsionó todo. Con enormes ingresos petroleros, no se creó un fondo soberano que contuviera sus efectos, sino que se gastaban de inmediato, beneficiando en el corto plazo a las mayorías empobrecidas y al propio gobierno, pero de manera insostenible y creando inflación. Las Misiones distribuyeron salud, subsidios, bienes y viviendas, todo a través de la gran paraestatal petrolera PDVESA, que inclusive se endeudó y descuidó sus propias inversiones a pesar de que sus campos tradicionales en Maracaibo estaban declinando. Se favoreció también a los sectores medios con importaciones artificialmente baratas. Había de todo y para todos, mientras la competitividad y la industria se desplomaban, pero la máquina de ganar elecciones debía mantenerse aceitada.

Venezuela rompió las amarras de contención macroeconómica: el déficit fiscal creció del 2.8 por ciento del PIB en 2007 a casi el 20% en la actualidad;2 las presiones inflacionarias no se hicieron esperar y empiezan a crecer en espiral desde 2011, ya en 2015 cierran a tasas cercanas al 200 por ciento, la mayor del mundo, cercanas a la corrosiva y socialmente explosiva hiperinflación, que ya toca la puerta en Caracas. La inflación es la más eficaz receta para aumentar la pobreza; una especie de impuesto a los consumos más elementales de la población, sobre todo asalariada. Los controles no se hicieron esperar, así como continuos aumentos salariales, siempre devorados por la inflación. Los controles de precios, deprimen la oferta y los cambiarios incentivan al mercado negro. Al no ser rentable producir internamente, sin poder subir pecios, se recurrió a la importación, lo que a su vez estimuló la demanda de dólares, alimentando la espiral de precios. Pero Chávez, a base de carisma y petrodólolares ganó una elección tras otra; pugna por la reelección indefinida que consigue en 2009. Es nuevamente reelecto para el período 2013-2019 pero muere de cáncer en marzo del 2013. Se realizan nuevas elecciones y, por menos de medio por ciento su sucesor designado, es elegido presidente: Nicolás Maduro.

Pero la condición de Caudillo no es hereditaria: Maduro no tiene el carisma ni la sagacidad política de Chávez. No le ha quedado otra que gobernar a través de pajaritos, denuestos y amenazas. A quien lo critique o se le oponga, le endilga un "fascista", un "traidor", o un "apátrida": a falta de ideas, insultos. Además ha tenido mala suerte: poco después de asumir la presidencia, los precios del petróleo se empiezan a desplomar y aun no encuentran piso. El desplome ha sido espectacular de 115 dólares el barril en 2014 hoy se encuentra en alrededor de $35. No es difícil imaginar el agujero fiscal que eso representa. 

La carestía  es agobiante  y las divisas, que abrumadoramente produce el estado, escasean más y más. Las expectativas inflacionarias alimentan el tipo de cambio paralelo que ronda en los 800 bolívares por dólar, cuando el oficial es de 6.30. Si bien el colapso productivo ha desplomado las importaciones, las exportaciones han caído todavía más, incrementando el déficit externo y, para colmo, el servicio de la deuda externa –pública y privada–  de cerca de 22 mil millones de dólares a lo que habría que sumar las cuantiosas fugas de capitales. El déficit  público es de alrededor del 20% del PIB y se financia imprimiendo billetes, más gasolina a la inflación. Las reservas no suman más de siete mil millones de dólares,3 una gran parte denominadas en oro, de precio deprimido y poco líquidas. Además, han ido quemando activos en el exterior, no queda mucho, no tapan el agujero.  El default, como la hiperinflación parecieran inevitables. Es de dudarse que China, otra vez, se convierta en el prestamista de última instancia, dadas las pésimas cifras y circunstancias.

  El desastre y mal manejo de la economía ha cancelado los avances distributivos de la era chavista y los niveles de pobreza aumentan de nuevo. Por otro lado, la carestía, la corrupción y violencia que motivaron grandes manifestaciones en 2014, ya cobraron vidas y el encarcelamiento de líderes opositores, como Leopoldo López, Antonio Ledesma y Manuel Rosales. Ya no se trata solo de retórica incendiaria, como en  tiempos de Chávez, ahora hay consecuencias muy serias. Pero también enconan las cosas, la incompetencia del gobierno ante las colas interminables para adquirir lo indispensable, así como el aumento vertiginoso del crimen. Caracas es la capital más violenta del mundo, proliferan las armas y todo el mundo habla de corrupción y colusión de autoridades y narcotráfico. Maduro, con su proverbial torpeza, en vez de buscar el  diálogo, se repliega y endurece.

En este clima la MUD ganó las elecciones de diciembre, superando al gubernamental PSUV en proporción de dos a uno. A pesar de incontables obstáculos y ostensible ventajismo, consiguió el  67% de los votos y 112 diputados en la Asamblea Nacional, que se instalará el 5 de  enero, tendrá una mayoría calificada de muy amplios poderes, con los que puede desmontar el modelo empobrecedor y encaminar al país a un retorno democrático negociado y constitucional. Maduro, de  inmediato pasó a la ofensiva, lejos de acatar la expresa voluntad popular, se dedicó a combatirla, denunciando una guerra económica. Con su inefable retórica calificó la elección como "golpe electoral" y proclamó que  el pueblo tiene "derecho a rebelarse frente la amenaza del desmantelamiento de la patria". 

Por lo pronto, Maduro ha impuesto tres valladares al veredicto de las urnas: Un Parlamento Comunal Nacional, para oponerlo directamente a la que ahora llama "asamblea burguesa"; segundo, la Asamblea saliente, a última hora y una vez consumadas las elecciones, nombrara a 13 nuevos jueces (de 32) de filiación chavista al Tribunal Supremo Judicial (TSJ) y este, controlado por el gobierno, acepta impugnaciones y dicta a tres diputados opositores, la suspensión cautelar a su proclamación en la Asamblea, rompiendo así, la mayoría calificada de La MUD, que de inmediato anunció que no acatará lo que llamó un "golpe judicial" y el martes 5 se presentará en la Asamblea con sus 112 diputados, afirmando: "somos mayoría porque ese es el dictamen del pueblo". Cualquiera que sea el desenlace, es claro que se llegó a un punto de no retorno en la larga agonía venezolana; al inicio de una tormenta perfecta.

 

Cassio Luiselli

Economista y diplomático; doctor en geografía y medio ambiente.


1 Véase  CEPAL, Informe anual de 2015.

2 Según datos dl Banco Barclay’s.

3 Según datos de Reuters.

 

Un comentario en “Venezuela en el 2016: La tormenta perfecta

  1. No queda más que aplaudir tan bonita historia de la vida política venezolana del siglo XXi. Un diagnóstico médico de las consecuencias pero cuidándose muy bien de analizar ni tocar las causas. Para este simpático “analista político”, Venezuela es una perfecta “isla” donde no llegan los efectos de la geoestratégica mundial, lo que nos parece raro en un DOCTOR en geografía. Por arte de magia los precios del petróleo se derrumban sin tener nada que ver: la explotación de ESQUISTOS, el robo de petróleo a Libia,Irak,etc, EE.UU, extrañamente inicia relaciones con su archienemigo Cuba y los Castro, alimenta y financia las llamadas ONG’s en Brasil,Argentina, Bolivia, Ecuador y fundamentalmente en Venezuela y este Sr.de la península Itálica Cassio “Cayo” Caessar no dice nada.Siga Dr. en Geografía dictando sus clases de su especialidad….Zapatero a su Zapato