Tabla comparativa

Roberto Saviano, CeroCeroCero, pp. 475

Comité para la Protección de los Periodistas, Silencio o muerte en la prensa mexicana, pp.13-15.

Whisky y coca parecían la solución. Pero Bladimir había decidido dejarlo todo atrás y quería que volvieran a considerarle uno de los mejores periodistas de Durango. Se había aseado, se había buscado un trabajillo como ayudante de camarero en una tasca del centro. Hace de todo. Son trabajos humildes, pero no para Bladimir, que gracias a sus historias ha descubierto cuán lábiles son los límites de la dignidad. Mientras tanto trataba de regresar al mundo del periodismo. Pero los editores no querían saber nada de él, demasiado imprevisible, demasiado conocido por los motivos incorrectos. Es cierto, había sido un periodista de talento, pero ¿y si lo pillaban de nuevo con la cabeza gacha sobre una mesa y las narices hundidas en una raya de coca? Siempre eres un yonqui y un borracho para quien te ha visto así, aunque sólo haya sido una vez. Sin embargo, había un nuevo periódico en Durango, El Tiempo, de editor Víctor Garza Ayala. En aquella época el periódico navegaba en aguas turbulentas, y quizá las historias de crímenes, tan del agrado del público, podrían invertir la tendencia. Así, Garza decidió contratar a Bladimir para que se ocupara de los sucesos, pero por si acaso situó la sección en la última página, prácticamente en la contraportada, a fin de que no menoscabara la distinguida primera página política que tanto apreciaba. Funciona así en todo el mundo. Si muere un juez o estalla un coche bomba, entonces el crimen conquista las páginas más importantes; de otro modo le espera la retaguardia. A Bladimir no le importaba, para él lo importante era volver a escribir, y escribir de los cárteles y de Los Zetas. Evitando, al menos al principio, demasiado revuelo. Pero en cierto momento los quiosqueros empezaron a vender el periódico exponiéndolo al revés, con la contraportada bien a la vista. Y las ventas se dispararon.

Bladimir era incansable, producía decenas de historias de actualidad, algunas de las cuales eran exclusivas obtenidas gracias a las óptimas fuentes que tenía en el ejército y en la policía. Para poder pagarle los estudios a su hijo mayor había encontrado un segundo empleo en otro periódico, La Voz de Durango.

La primera llamada amenazadora llega directamente a su teléfono móvil en plena noche. Una voz cavernosa pero clara recalca una simple palabra: “Déjalo”. Su mujer finge dormir, pero lo ha oído todo, y muerde la almohada en silencio. En los meses siguientes las llamadas se multiplican, siempre al móvil y siempre de noche, con aquella única y elocuente palabra: “Déjalo”. A veces los interlocutores se identifican como miembros de los Zetas. A la redacción empiezan a llegar tarjetas postales con playas tropicales y mujeres bonitas, y detrás, en caracteres infantiles, la orden habitual: “Déjalo”.

“Sólo son palabras”. Así liquidaba Bladimir la escalada de intimidaciones. Y para él realmente eran sólo palabras. Empezó a trabajar todavía más duro, atacó con sus artículos a los policías corruptos del estado de Durango, denunció a grandes voces las amenazas a los medios de comunicación y a la Procuraduría General del estado. Alzar el velo de las organizaciones criminales de México y hacer famosos los nombres de los cómplices de los narcotraficantes se había convertido en su credo. En julio de 2009 reunió fuerzas y contó lo de las llamadas en una serie de entrevistas para una revista de la Ciudad de México, Buzos. También habló del falllido atentado contra él el 28 de abril de 2009, cuando un hombre armado le había disparado en pleno día y en medio de la calle, errando el tiro. Pero cuando se habla de amenazas la comunidad que te rodea siempre está dispuesta a decir que eres un paranoico, un exagerado. Bladimir denunció las intimidaciones y el ataque sufrido a las autoridades, pero éstas no hicieron nada. Bladimir estaba trabajando con Eliseo Barrón Hernández en relación con algunos policías a sueldo de los cárteles. Con Eliseo hicieron como siempre. Esperaron a que saliera de su casa con su familia, lo humillaron llenándolo de patadas y puñetazos delante de sus hijas y su mujer, y se lo llevaron. Lo mataron de un disparo en la cabeza. Su falta era haber metido las narices en una historia de policías corruptos. “Aquí estamos periodistas, pregúntenle a Eliseo Barrón. El Chapo y el cártel no perdonan. Cuidado soldados y periodistas”: éstas fueron las palabras del chapo Guzmán que aparecieron en varias “narcomantas” colgadas en las calles de Torreón el día del funeral de Eliseo. Una reivindicación en toda regla, como hacen los terroristas. Un mensaje claro. Y pocas horas después llegó otro mensaje a la redacción de Bladimir: “Él será el siguiente, ese hijo de puta”.

Bladimir salía poco de casa, casi nunca. Escribía encerrado. Algunos de sus colegas dicen que se había resignado a la idea de que le matarían: del gobierno no llegaba ninguna ayuda, no había investigaciones en curso sobre las amenazas, no se le había asignado protección alguna. Su mayor temor era ser asesinado. Es así con todos. Pero no es locura, ni un oculto instinto suicida. La muerte no la buscas, serías un idiota, pero sabes que está ahí.

El 2 de noviembre de 2009 todo se desarrolló con rapidez. Secuestrado. Torturado. Asesinado.

De nada valieron los esfuerzos de los colegas, escandalizados por la apatía de las fuerzas del orden, que por toda respuesta pintaron a Bladimir como un paranoico. La habitual técnica de la difamación. No hubo investigaciones, ninguna indagación sobre lo que Bladimir había descubierto. Hoy el periodismo de investigación en Durango se ha detenido, ha muerto con Bladimir Antuna García.

Bladimir Antuna García, de 39 años, apareció por primera vez en el periodismo de Durango a fines de los ’80, comentan sus amigos, y pasó de un periódico a otro y de una estación de radio a otra. Su fama de investigador confiable y con buenas fuentes de información eventualmente lo empujó hasta lo más alto en la cobertura de la crónica del crimen.

Hace varios años, cayó presa del alcohol y las drogas y casi desapareció. Regresó unos tres años antes de su muerte, emergiendo lentamente después de una rehabilitación, trabajando en puestos mal pagos, tratando de estabilizarse y regresar al periodismo. A los editores entonces no les interesaba escuchar que se había reformado.

Garza Ayala, hombre elegante que puede hablar de historia por horas, creó un periódico nuevo: El Tiempo. Allí escribía una columna política diaria y cuando inició con la publicación en 2006, afirmaron sus reporteros, aquello era lo que más le preocupaba. Pero un día las ventas se fueron a pique y los reporteros lo veían pasearse preocupado en su oficina.

En mayo de 2008, Antuna García le pidió trabajo a Garza Ayala, una de las últimas alternativas del competente reportero, según cuentan sus amigos. Garza pensó que noticias sobre crímenes servirían para levantar las ventas. No en su muy digna primera plana, sino en la contraportada, la sección de policía, con lo mejor de las peores fotografías sobre crímenes. Garza contrató a Antuna García. Los voceadores comenzaron entonces a vender el periódico mostrando la contraportada, en lugar de la página principal. La circulación dio un giro notable, según dicen sus colaboradores.

Bladimir Antuna García fue la clave, afirmaron los reporteros. Redactaba de ocho a 12 noticias al día, la mayoría notas breves. Muchas eran material de tabloide sensacionalista, historias que podían resumirse en su encabezado (por ejemplo, “Balacera en el Cementerio”), según una revisión de cientos de sus informes. Pero a veces eran exclusivas y ocasionalmente había notas con muy buenas fuentes de información en el ejército y la policía. Un amigo cercano dice que Antuna alguna vez comentó sobre la posibilidad de ofrecerle al general a cargo de la zona militar de Durango algunas claves acerca de dónde encontrar grandes plantíos de marihuana, lo cual sugiere que también tenía buenas fuentes en las remotas áreas montañosas de cultivo de cannabis y amapola controladas por bandas de traficantes. (Proporcionar información a las autoridades de esta

forma no se considera una falta de ética en México,

como sí lo sería en los Estados Unidos).

Antuna estaba resurgiendo y haciendo renacer al periódico El Tiempo mientras se recuperaba. Conversaba abiertamente con el personal de la redacción sobre su alcoholismo y adicción a las drogas, y tomaba tiempo de sus turnos de trabajo para asistir a sesiones grupales de apoyo. Antuna

volvió a conectarse con su hijo mayor, al que le había fallado, según comentaba a sus amigos. Tomó un segundo trabajo en otro periódico para poder pagar los estudios universitarios de su hijo en la Ciudad de México. Trabajaba 14 horas al día. Su reputación y conexiones fueron las que lo hicieron valioso para su segundo patrón, La Voz de Durango, según el editor de ese periódico, Juan Nava. Las mejores notas del crimen de Antuna García se publicaban en El Tiempo. Nava sabía que incluso las sobras eran buenas.

A finales de octubre, principios de noviembre de 2008, Antuna García recibió la primera llamada en su celular. Estaba en la cama con su esposa. Trató de tapar la voz amenazante, pero aún así ella la escuchó.

El que llamaba dijo: “Ya párale”, aunque en términos menos elegantes. Hubo más llamadas en los meses siguientes. Amenazas para que dejara de hacer lo que hacía, pero nunca nada específico. Solo le decían que “le parara o se lo iban a echar”. Antuna decía que las llamadas tal vez provenían de algún cartel de la droga. Luego decía que los policías protegían a los carteles, entonces también sospechaba que podrían venir de los uniformados. Hizo un recuento de las llamadas en una serie de entrevistas vía correo electrónico con la revista Buzos, de la Ciudad de México, en julio de 2009, para un artículo que se publicó ese mismo mes.

También explicó a la revista que el 28 de abril de 2009, cuando se dirigía a su trabajo, un sujeto salió de una camioneta y abrió fuego contra él o su casa, no estaba seguro. El sujeto se fue. Más tarde, al llegar a trabajar, el celular de Antuna sonó y una voz le advirtió: “Ya encontramos tu casa. Ya se te acabó el tiempo”.

De inmediato denunció el ataque a la oficina del Procurador General de Justicia del estado, un procedimiento normal en México. Dos policías ministeriales fueron a su casa durante algunos minutos, afirmó Antuna, pero como no estaba, éso fue lo último que escuchó acerca de algo parecido a una investigación. “Nunca regresaron y no sé nada de ellos… Nada en absoluto”, declaró en la entrevista con Buzos.

Un mes más tarde, el 27 de mayo, enterraron al periodista Eliseo Barrón Hernández, asesinado al otro extremo del estado. Ese día, la oficina de Antuna García recibió la llamada de un hombre que dijo: “Él es el que sigue, el muy hijo de la chingada”, según declaró Antuna a la revista.

El periodista también notificó de los ataques y las amenazas al Centro de Periodismo y Ética Pública (CEPET), un grupo de defensa de la prensa con sede en la Ciudad de México. Lo que le dijo al CEPET coincidía con lo que había declarado en sus entrevistas con Buzos y con lo que les decía a sus colegas de El Tiempo. También notificó al CEPET que había estado trabajando con Barrón, el reportero asesinado en mayo, en algunos informes sobre corrupción policial en el estado de Durango y sobre los Zetas. Expresó que algunos de los que le amenazaron telefónicamente se identificaron como miembros de los Zetas.

Contó a la revista y al CEPET que no estaba recibiendo protección de las autoridades estatales. En el otoño, casi no salía de su casa; su jefe de El Tiempo le había puesto allí una computadora para que no tuviera que ir a la oficina.

En octubre de 2009, algunos amigos de Antuna cuentan que lo vieron abatido y aterrado, un hombre aparentemente resignado a ser asesinado. El gobierno no le brindaba ayuda alguna. No investigaba las amenazas ni le brindaba protección. Un amigo le contó al CPJ que el reportero le había confiado sus temores. “Una cosa es que me baleen”, le señaló a su amigo. “Nomás se siente el primero o segundo balazo. Pero no quiero que me torturen”. El amigo afirmó que Antuna quería estar seguro de tener dinero y de dejar un testamento para el cuidado de su esposa y de sus dos hijos de 19 y 16 años de edad. Pero hasta ese momento no había conseguido ganar suficiente dinero que le permitiera ahorrar.

Y entonces llegó el 2 de noviembre. A las 10:30 de la mañana, Antuna García manejaba su Ford Explorer roja en una calle muy amplia entre un gran parque público y un hospital. Una camioneta le cortó el paso. El periodista dio un volantazo y cruzó dos carriles intentando escapar, pero otro vehículo le bloqueó el paso por detrás. Según testigos todo pasó en cuestión de segundos: cinco sujetos con rifles de asalto lo secuestraron. La puerta de su camioneta seguía abierta cuando llegó la policía.

Doce horas después de su secuestro, su cuerpo apareció sin vida detrás del mismísimo hospital frente al cual lo habían “levantado”. Sus captores lo habían torturado salvajemente, dejándole profundas heridas en el pecho, según el informe del forense. Lo estrangularon con un cinturón o una correa. Una nota que dejaron a lado del cadáver de Antuna advertía a otros no dar información al ejército.

Casi de inmediato las autoridades dijeron que no había pistas en el caso.

Con la misma celeridad, los colegas de Antuna García cuestionaron a los funcionarios sobre las denuncias que había presentado en abril, después de la serie de amenazas y los disparos frente a su domicilio. El Procurador de Justicia del Estado, Daniel García Leal, absolvió a su oficina de cualquier responsabilidad. Indicó a los reporteros que Bladimir Antuna García podría haber mencionado algún ataque a las autoridades, pero que nunca “ratificó” su denuncia firmando una queja formal. Sin “ratificación” no podía haber investigación. En otras palabras, el Procurador General afirmó que Antuna había sido negligente al omitir decirle a las autoridades estatales lo que le había estado diciendo a sus colegas periodistas, a una revista y a CEPET en la Ciudad de México.

Sin embargo, algunos documentos en los archivos de la propia Procuraduría parecen contradecir las declaraciones del funcionario. Los documentos, que fueron revisados por el CPJ, incluyen una denuncia oficial firmada por Antuna García y fechada el 28 de abril, el día de los ataques en su casa.

El informe policial que acompaña la denuncia exhibe otras contradicciones preocupantes. Cita, por ejemplo, que Antuna García señaló que el sujeto de la camioneta no estaba armado, aún y cuando el reportero había contado a muchas personas que el asaltante no solo estaba armado sino que incluso le disparó. La averiguación previa describe a los investigadores de la procuraduría trabajando horas extra en la denuncia, aunque Antuna García dijo que las autoridades nunca lo contactaron directamente. El informe oficial de seguimiento concluye que Antuna era un sujeto paranoico que sufre de “alucinaciones”.

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Publicado en: Sólo en línea