El objeto de la política prohibicionista de las drogas es evitar su producción, comercialización y consumo. Mensajes en los medios de comunicación nos lo recordaban con insistencia hace algunos años: “para que las drogas no lleguen a tus hijos”. La realidad es que no obstante que esta política punitiva se adoptó en México hace ya varias décadas, las drogas de todo tipo siguen inundando las calles, cada vez hay más variedades sintéticas y, desde luego, sigue habiendo consumo amplio de ellas.

Así como es evidente que esta política punitiva no ha podido alcanzar sus objetivos, también queda claro que seguirla ha generado a nuestro país efectos sumamente indeseables, agravados por la cercanía al país cuyos ciudadanos probablemente consumen más drogas.

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Entre los efectos más perniciosos que esta política prohibicionista ha generado, destacan: 1) decenas de miles de ciudadanos muertos o encarcelados por producir, comerciar o consumir drogas, aun cuando el consumo está descriminalizado; 2) la elevación del precio de las drogas, mismo que no guarda relación con su costo de producción, sino con los riesgos asociados a producir y comercializar sustancias prohibidas, situación que genera ganancias inmensas a los narcotraficantes y que, en buena medida, las utilizan para corromper a policías, militares y políticos, así como para armarse y enfrentar a las fuerzas del orden que no logran corromper; 3) la distracción de las fuerzas del orden hacia el combate a las drogas, con lo que se descuida la persecución de otras conductas delictivas que dañan más a la sociedad.

Estamos entonces ante una política pública que causa más daño que bien. Héctor Aguilar Camín lo ha expresado con toda propiedad: “los daños que puedan causar las drogas a la salud de los mexicanos es infinitamente menor que el daño que su prohibición ciega y su persecución draconiana ha causado ya a la paz, a las instituciones y a los derechos humanos de nuestro país”. El colmo es quizás el caso de la marihuana, ya que no existen casos documentados de muerte por sobredosis de marihuana, droga que causa menos daño que el tabaco y el alcohol, habiéndose demostrado incluso que tiene propiedades medicinales. ¿Cuántos mexicanos habrán muerto por cultivar o consumir una planta que hace menos daño que el tabaco?

En mi opinión no hay duda que conviene desechar toda política pública que busca remediar un mal provocando uno infinitamente mayor. En otras palabras, es de sentido común, luego de la experiencia vivida, legalizar la producción, la comercialización y el consumo de las drogas.

Por supuesto que frente a la postura que sostiene la conveniencia de liberalizar las drogas se enderezan múltiples argumentos en contra que conviene considerar. Entre ellos destacan:

1. El que señala la inconveniencia de legalizar las drogas por el daño que causan. Respecto de esta postura lo primero que advierto es que los críticos de la legalización parece que vivieran en un país donde el modelo prohibicionista funcionara a la perfección. Esto es, como si no hubiera hoy en nuestro país y a cualquier hora del día fácil acceso a todo tipo de drogas, abundancia que sustentan estos críticos vendría con motivo de la legalización, pasando por alto que por más que el modelo prohibicionista pervive por muchos años no ha logrado sacar las drogas de las calles, ni de los antros, ni de las escuelas. Ese riesgo ya existe. En otras palabras, quienes se oponen argumentan que con la legalización vendrá una abundancia en el suministro de drogas, cuando la realidad es que las drogas ya se encuentran en cantidades importantes entre nosotros, por más que estén prohibidas. Si nuestros gobiernos no han podido erradicarlas de las cárceles, donde se supone que el propio gobierno cuida con rigor qué entra y qué sale de ellas, cómo puede pensarse que es posible erradicarlas en un país tan grande como el nuestro.

Independientemente de lo anterior y aceptando que las drogas causan daños importantes a quienes las consumen, desde luego con grandes diferencias entre unas y otras, pienso que ese daño debe contrastarse con los múltiples perjuicios que ocasiona el modelo prohibicionista. Es obvio que los daños que causan a los individuos que las consumen son infinitamente menores que los que ha ocasionado su persecución a lo largo de la historia reciente de nuestro país, en términos de muertos, encarcelados y corrupción. La política prohibicionista hace más daño que bien.

Procede decir también que, si lo que realmente preocupa es la salud, debiera considerarse que la prohibición expone al consumidor de ellas, por una parte, a productos de mala calidad o incluso francamente contaminados con sustancias nocivas para la salud y, por la otra, a tener que recurrir a un narcotraficante para adquirir la droga, oportunidad que puede ser aprovechada por éste para inducir al comprador a consumir drogas quizás más dañinas y adictivas que aquellas que pensaba consumir en primera instancia. Es decir, el modelo prohibicionista incrementa los riesgos a los que se ve sujeto quien las consume, más allá del daño derivado del consumo mismo de las drogas.

2. Otro argumento utilizado contra la legalización sostiene que si para acabar con la violencia que causa la guerra contra las drogas hay que legalizarlas, por qué no también se legaliza el homicidio o el secuestro para evitar la violencia que a su vez generan. Este argumento pasa por alto que en la conducta consistente en consumir drogas no hay víctimas, como sí las hay en el homicidio o en el secuestro. Ni el asesinado deseaba morir ni el secuestrado ser privado de su libertad.

En cambio, hablando de drogas, el productor quiere producirlas y venderlas para obtener un beneficio económico y el consumidor quiere adquirirlas porque ha decidido consumirlas ¿Dónde está la víctima? No la hay y ésa es una diferencia muy relevante en esta discusión, a menos que se quiera dar la categoría de víctimas a aquellos que no aprueban esta conducta y quieren imponer a otros miembros de la sociedad su manera de ver la vida, su moral, su forma de pensar. Es precisamente esta postura contra las drogas que algunos integrantes de la sociedad han impuesto sobre otros que han decidido consumirlas la que ha generado esta política punitiva que tantas desgracias ha traído a nuestro país.

3. Otro argumento enderezado contra la liberalización es el que señala que al legalizarse las drogas su consumo se incrementará de manera importante. Es incuestionable el hecho consistente en que al dejar de estar prohibida prácticamente cualquier actividad humana habrá como resultado de ese cambio de política un incremento en las conductas antes prohibidas. Suelo poner como ejemplo, para ilustrar este efecto, lo ocurrido en nuestro país cuando se liberaron las importaciones de bienes de consumo general. Proliferaron las tiendas dedicadas a vender exclusivamente artículos importados. Los supermercados no se quedaron atrás y crearon en sus anaqueles espacios especiales dedicados a vender este tipo de productos. Dejaba de ser necesario comprar la tele o los chocolates al fayuquero, o esperar que alguien te los trajera del “otro lado”, como decíamos.

Por supuesto que muchos de nosotros visitamos estos comercios para adquirir tales productos. Es decir, hubo una especie de sobrerreacción ante la eliminación de la prohibición de comprar cereales y chocolates importados. ¿Qué sucedió a los pocos meses de tal apertura? Todas y cada una de las tiendas que se abrieron para vender “exclusivamente” productos importados cerraron sus puertas por falta de clientes y los supermercados suprimieron los espacios de sus anaqueles dedicados a exhibir estos productos. Es decir, la sobrerreacción terminó al poco tiempo, como era de esperarse.

Lo mismo ocurrirá con la liberalización de las drogas. Un buen parámetro para juzgar esto es ver lo que ha sucedido en los estados de la Unión Americana que han decidido autorizar la producción y venta de marihuana para fines médicos y recreativos. Por supuesto que ha habido un importante número de consumidores, algunos de ellos provenientes de estados vecinos, sin embargo, el consumo no se ha salido de control y, créame usted, no todos los habitantes de esos estados consumen hoy marihuana por más que lo pueden hacer legalmente todos los días del año. Lo que sí ha ocurrido es una importante recaudación fiscal, pues al estar estas actividades gravadas se han obtenido recursos que se han canalizado a la prevención de la drogadicción.

Estos razonamientos han llevado a algunos de nosotros a convencernos de la imperiosa necesidad de modificar esta política pública consistente en prohibir la producción y comercialización de las drogas y perseguir ferozmente el cumplimiento de tal prohibición. No se nos escapa que tal cambio de política acarreará algunos efectos negativos, como podría ser un aumento temporal en el consumo. Sin embargo, este posible daño es inferior al precio que hoy pagamos todos los días por la guerra contra las drogas.

Adviértase que entre los que se oponen a la legalización se encuentran: 1) quienes viven de combatir las drogas, mismos que no quieren perder su trabajo y el acceso a material bélico sofisticado para realizar sus labores (helicópteros, equipos de intercepción de comunicaciones, armamento, etcétera); 2) quienes producen y venden las drogas con enormes ganancias, mismos que no quieren dejar de participar en uno de los negocios más lucrativos que existen sobre la faz de la tierra; 3) los productores de armas, quienes surten tanto a las fuerzas del orden estatales como a los propios narcotraficantes, generando un ambiente de carrera armamentista en la que el gobierno lleva todas las de perder; 4) las personas que quieren imponer a otros su moral de vida, su manera de pensar. Nótese también que el usuario de drogas no le pide nada a los prohibicionistas, en cambio éstos sí quieren obligar al usuario, por todos los medios a su alcance, a dejar de consumirlas.

Antes de terminar, vale la pena señalar que si hay un país al que esta guerra contra las drogas le ha infligido un daño de proporciones catastróficas en términos de vidas humanas perdidas, jóvenes que ven su vida truncada por estar en la cárcel y un nivel de corrupción que prácticamente ha conquistado todos los órdenes de la vida nacional, ese país es México, el país en el que vivimos usted y yo. No creo que haya en el mundo ningún otro país tan gravemente dañado por esta política punitiva. Así es que iniciar con la liberalización de la marihuana (en la modalidad de producción para autoconsumo o de comercialización debidamente regulada) es un primer paso en la dirección correcta.

Cualquier posible solución a este problema debiera venir acompañada de un gravamen al productor de drogas, así como un impuesto por su comercialización; recursos que debieran canalizarse íntegramente a programas educativos bien diseñados y estructurados para los niños que cursan la primaria y la secundaria, basados en hechos científicamente comprobados, a fin de instruirlos acerca de las características de cada tipo de droga, información completa sobre su capacidad para generar dependencia o adicción basada en la evidencia científica y, por supuesto, sus potenciales daños para la salud.

Sí, algo parecido a lo que se hizo con éxito en el caso del tabaco. Yo pude irresponsablemente fumar en el auto ocupado por mis dos hijos pequeños sin obtener reclamo alguno. Hoy, gracias a las campañas de educación sobre el tema, si alguien pretende fumar en el auto o en la casa estando mis nietos presentes, cualquiera de ellos reprendería fuertemente al agresor, “tu humo me hace daño”. Esta campaña ha demostrado que los mexicanos somos capaces de educar a nuestros hijos acerca de los peligros que van a enfrentar en su vida con políticas públicas que privilegien la prevención y la educación.

Otra parte de esos recursos debiera utilizarse para equipar centros de desintoxicación destinados a atender a los ciudadanos que requieran de sus servicios, los cuales habrían de ser totalmente gratuitos para el paciente.

Por último, todo el personal policiaco dedicado hoy a combatir las drogas debiera asignarse a perseguir los delitos que dañan más a la sociedad, como son el secuestro, la extorsión y la corrupción, con lo cual podría contrarrestarse el probable apetito de los narcotraficantes por cambiar de giro hacia estas actividades delictivas.

 

Roberto del Cueto Legaspi
Subgobernador del Banco de México.

Las opiniones plasmadas en este artículo son atribuibles exclusivamente a su autor, por lo que no representan postura institucional alguna.

 

Un comentario en “¿Por qué debemos legalizar las drogas?

  1. Muy interesante artículo, muchas gracias por compartir este tipo de información, ya que mucha falta hace para cambiar los prejuicios e ideas falsas que como sociedad hemos venido acarreando. Saludos hermano