La manía, cual lanza de Aquiles, hiere y sana. En su fijación en lo pequeño, es capaz de aniquilar; pero sin ella, sin esa entrega que ella impone y prodiga, acaso no existiría ninguna creación grandiosa, la cual exige pasión y sacrificio. Si Flaubert no hubiese sido tan maniático y no se hubiera detenido en cada matiz y en cada detalle del lenguaje, probablemente no habríamos tenido la oportunidad de gozar esas altísimas iluminaciones del corazón que son Madame Bovary y La educación sentimental. Incluso el buen combate moral, a veces, exige una dedicación exclusiva; sin esta última, acaso muchos no habrían muerto por la libertad e intentando buscar el bien de los demás.

Al igual que los muros de una prisión, las fijaciones maniacales aprisionan pero también protegen. Pueden ayudarnos a salir adelante, a no sentirnos derrotados y perdidos entre el caos del mundo; pueden ser una fuerza centrípeta que mantiene unida una existencia, impidiéndole que se pierda en la indefinida dispersión de las cosas, aferrándola como un puño, hasta sofocarla e impidiéndole la respiración, proporcionándole, no obstante, una forma, compacta y dura hasta alcanzar la rigidez mortuoria, resistente a las heridas y a los golpes que constantemente recibe de la vida.

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A la miseria y a la desolación familiar —que emergen, trágicas y devastadoras, poco a poco de sus cartas— Remiggi1 le opone su libreta de ahorros, a la que se prende como otros se aferran a una fe religiosa o política y resisten en su nombre a tribulaciones y violencias que, de otra manera, resultarían insoportables. Acaso la manía también es, sobre todo, un mecanismo de defensa, una necesidad de poder y de dominio nacida del ansia. Mecanismo, mecanismos de defensa, a menudo negativos y letales; Kafka demostró lo fatal y culpable que puede ser sentirse condenado a defenderse, al igual que el protagonista de El proceso.

Canetti demostró en Auto de fe esta terrible obstinación. El Yo que tiene miedo de perderse se petrifica, trata de permanecer inmóvil, inmutable, maniacamente repetitivo, en sustancia sin vivir, porque le teme a la vida, que transforma y aniquila la identidad a cada instante. Intenta bloquear la imprevisible metamorfosis de la vida, de la que teme acabar devastado, disuelto, destruido, en el ritual establecido y sedativo de la repetición, en los gestos codificados, en las rutinas que encauzan el fluir tempestuoso y destructivo de la existencia y también su indefinido resquebrajamiento en la nada.

Manía como defensa, defensa obsesiva que destruye. En su ensayo Canetti escribió una parábola sobre la maniaca actitud defensiva, la cual habla de la construcción de la Muralla China. La Muralla fue construida para defender al Imperio, es decir, la vida, del ataque de los bárbaros, para defenderla de la destrucción; pero a medida que va creciendo la inseguridad, se asume que la Muralla no es lo suficientemente fuerte como para repeler las invasiones de los bárbaros y, entonces, se va construyendo cada vez más amplia, pero la Muralla nunca parece lo suficientemente extensa, de tal suerte que se va ensanchando continuamente, hasta que termina por coincidir con todo el territorio del Imperio y, por lo tanto, por aplastar, por sofocar esa vida en defensa de la cual había sido construida. Auto de fe de Canetti es, acaso, el más grande libro escrito sobre el delirio maniaco que deseca la vida de todo deseo, de ese deseo por el otro en el que el Yo, en el Eros y en toda afectividad, se extiende, se desata, quiere devenir otro distinto a sí mismo. De este amor, que cambia la vida y la persona, el Yo puede tener miedo, al igual que el doctor Kien de Canetti, perdiéndose en este miedo, o mejor aún, en la lucha por sofocar este miedo, sofocando, de esta manera, al mundo y a sí mismo. “Esta verdad miente, debe desaparecer”, exclama Peter Kien; esta verdad es la vida en su múltiple y cambiante variedad, en sus colores y en sus engaños, en su palestra percibida como un caos destructor.

La manía, entonces, traza fronteras y rituales, gestos preestablecidos y articulados según modalidades, reglas y plazos temporales precisos; un laberinto de costumbres, reglamentaciones, códigos y prescripciones, laberinto en el cual hay que esconderse para no ser alcanzados, para no ser tocados. Auto de fe es un libro terrible, horripilante, porque nos planta ante un mundo —objetos, figuras, formas— sobre el cual no ha sido proyectada ninguna libido, bloqueada desde su inicio por la manía; sobre el cual no se ha posado ninguna mirada humana. Los objetos, incluso aquellos que nos son extraños, sobre los cuales se posa nuestra mirada, a veces son cálidos, están impregnados de lo vivido por aquellos que los han usado, tocado, desempolvado, incluso que tan sólo los han mirado. Pero aunque son extraños para nosotros, porque no están presentes en nuestra vida cotidiana, nos hacen sentir la común humanidad de quienes los han tocado, dejando las huellas de su sudor y su olor, lábiles y fugaces pero cálidas huellas del paso que dejaron desconocidos hermanos. El mundo en el que se mueve el doctor Kien —mundo que él, acaso, quisiese formado únicamente de libros, doctos volúmenes de pesados lomos, escudos contra la vida— es un mundo sobre el cual no se ha posado ninguna mirada humana; semejante a los desiertos de planetas deshabitados desde siempre, a las Montañas Heladas de las que habla Kafka. Temor del otro, temor de ser tocados. Cierto, la manía también es descrita cual furor erótico “aumento morboso del instinto sexual”, escribe el viejo diccionario de Eulenburg, y de erotomanías, que llegan al delito, hablan a menudo las crónicas periodísticas. Pero quizá daba más en el blanco el viejo texto latino de la Flos Medicinae,2 cuando afirmaba: “Aquellos que no acostumbran yacer con las mujeres caen en enfermedad que se llama manía” y el Fascículo de medicina vulgar, citado por Battaglia, prescribe en la cura de la manía, junto a bebidas ligeras comer carnes de cabrito, pollos, huevos frescos rociados con un buen vino y también “goces con las mujeres”. No es necesario pertenecer a un grupo feminista radical para notar que, en la fenomenología e incluso en la terapia de la manía, solamente, o casi, son tomados en consideración los maniáticos masculinos, aun si, ciertamente, no faltan mujeres maniacas ni en la experiencia cotidiana ni en las representaciones literarias. Pero no es una casualidad que el doctor Kien de Canetti sea un misógino absoluto; manía y misoginia, es más sexofobia en general, son, en este caso, inseparables; y además, el miedo a ser tocados, al cual se hacía alusión, es indicio inconfundible de ello.

 

Claudio Magris
Escritor. Ha publicado: El Danubio, Otro mar, Conjeturas sobre un sable, Microcosmos, La exposición, A ciegas, Así que Usted comprenderá y El infinito viajar, entre otros libros.

Texto leído por Claudio Magris durante su intervención en el Festival de Lectura Milanesiana 2015.

Traducción de María Teresa Meneses.


1 Fue un hombre cuya existencia, durante más de medio siglo, se identificó de manera obse- siva con el número de su cuenta de ahorros imaginaria que misteriosamente había perdido el banco y al que le exigía su devolución. Su monomanía por la extraviada cuenta de ahorros lo llevó a redactar cartas y versos en los que aparecía, obsesivo, el número de la libreta de ahorros: 1103857. Claudio Magris habla de Remiggi en su texto Vivere nella prigione delle idee fisse, publicado en Il Corriere della Sera el 2 de febrero de 1992. (N. de la t.)

2 El Regimen Sanitatis Salernitanum (Regla Sanitaria Salernitana) es un tratado latino redactado alrededor del siglo XII que procede de la Escuela Médica Salernitana y que contiene normas higiénicas, el uso de plantas medicinales e indicaciones terapéuticas. Durante mucho tiempo Occidente se basó en este tratado para la cura de enfermedades. También es conocido como Flos Medicinae Salerni (La Flor de la Medicina de Salerno) o Lilium Medicinae (El Lirio de la Medicina). (N. de la t.)