(de Heródoto, Lib. I, Clio)

El oráculo de Delphos (¡la verdad!) a 1400 msnm era una oscura cueva resguardada por una serpiente pitón hasta que Apolo, escalando el monte, la venció y se apoderó del recinto y allí fue venerado por muchos pueblos de la antigüedad.

Invisible la deidad pero presente, y muerta la pitón, las pitonisas consagradas al templo y farautes de Apolo proclamaban las profecías que respondían a las demandas de los creyentes. Una por turnos, conocida como la Pithia, se iba al fondo de la caverna, se sentaba en un banco trípode cuyas patas libraban la profunda grieta que había en el suelo, de donde emergían gases del fondo que embriagaban a la pitonisa hasta que entraba en un trance convulsivo y catártico que la agitaba horrorosamente poniéndole grisáceas las mejillas, los ojos desorbitados, la melena retorcida como de serpientes. Entonces formulaba sus respuestas con una voz hueca, que iba a dar a los oídos del creyente mientras aguardaba en la entrada de la cueva.

Por qué se debía marchar en guerra sobre un pueblo vecino; qué habría de ocurrirle a un rey durante su reinado, o cualquier duda sobre el destino propio del demandante, eran las cuestiones que la sacerdotisa en trance debía responder desde el fondo.

Así develó a un lidio cuál sería el final de la dinastía heraclida que había gobernado en Sardes durante 22 generaciones o 505 años, hasta que Candaules, el último de ese linaje, perdió el trono.

Hijo de Myrso, llamado Myrsilo por los griegos. Sus antecesores fueron Argón el primero, que fue hijo de Nino, nieto de Belo y bisnieto de Alceo, que fue hijo de Hércules. Todos antepasados del cándido Candaules.

La hermosa Lidia, reina de Sardes, era la consorte del rey Candaules. Famosa por su prestancia y su donaire, era el orgullo de la región (hoy Turquía) que albergaba también a la legendaria Troya.

Sardes y Troya en la lidia tuvieron pues dos hermosas mujeres, una asiática, occidental la otra, a inicio de las guerras originarias de la historia del mundo.

Candaules a solas no sabía qué hacer con la idea erótica de la belleza de Lidia. Saltaba en su mente, sin concierto, la imagen de su mujer desnuda que iba a su cama todas las noches. Se le tornaba insoportable de intensidad aquella imagen, que le infundía algo así como la fuerza de un secreto que él no podía penetrar y que lo empujaba a la búsqueda de alguien con quien razonarlo. Una loca idea, pero profunda en su soledad de tirano.

Gyges, ministro, era su confidente más cercano, a quien confiaba todos los problemas que naturalmente se le presentaban como soberano. Y Gyges siempre le ayudaba a encontrar las respuestas a las cuestiones más intrincadas. Así que el rey Candaules empezó ponderando ante su ministro la belleza de su esposa. Gyges abría la expresión de su rostro ante tal ponderación: estaba de acuerdo en que su reina era de una excepcional belleza. Se iluminaba agrandando los ojos ante su rey con increíble sorpresa.

Varias veces Candaules insistió con el mismo comentario y cuando en una ocasión le dijo que una vez que Lidia se desnudaba, el cuarto oscuro parecía preñarse de luz, Gyges bajó la mirada en silencio negándose a expresar cualquier reacción.

Pasaron los días entre los asuntos de palacio.

Una noche el rey lo detuvo bajo las arcadas solitarias y en penumbras.

—Es necesario Gyges, que contemples a Lidia cuando se desnuda; así sabrás que no exagero por fuerza del amor que me inspira.

Gyges empalideció. No sabía qué hacer ante esta inesperada idea del Señor; no sabía ni siquiera qué pensar.

—Mira —continuó el rey— mañana en la noche dejaré entreabierta la puerta del cuarto. Hay, enseguida, un sitial donde Lidia va poniendo sus prendas todas antes de caminar desnuda al lecho donde la espero. Tú podrás desde las sombras mirarla de frente y de espaldas después cuando se dirija hacia mí. Y podrás constatar así todo lo que te he dicho.

Gyges se quiso rehusar ante tamaña propuesta, pero supo también por experiencia que cualquier insinuación del rey equivalía a una orden. Supo también del peso de la transgresión en un reino como el de Sardes donde la desnudez pública para el hombre, peor para la mujer, era un oprobio que imprimía el descrédito completo para cualquiera. Y esta vez se trataba, nada menos, que de su Alteza, la reina. Pero, por encima de todo, debía cumplir con la voluntad de su Señor.

02-mujer

Llegó la noche aciaga. Ni luna ni estrella en el cielo oscuro. He aquí ya que el ministro está conteniendo la respiración tras la puerta entreabierta. Lidia se despoja del velo como en un ritual, del peplo, de las rosadas calzas, de la prenda de seda interior, una a una las va poniendo sobre el sillón, sus pechos tiemblan ligeramente y gira sobre sí y camina de espaldas hacia el lecho. Todavía cubre a medias sus cabellos oscuros una mínima cofia transparente que ha de dejar en el suelo antes de entrar a hundirse entre las pieles.

Y cumplió el trance con la misma rutina de todas las noches, apagando el candil y abriendo las gruesas cortinas de terciopelo carmesí del lecho nupcial.

Podría agregarse que antes de la entrega la reina pareció voltear suavemente el rostro por un instante que entregaba también a la oscuridad, aunque Gyges ya se hubiera disuelto entre sombras. Candaules por su parte, aunque en la penumbra, pero por los modos de su esposa, se convenció de que nada absolutamente la hubiera alterado.

Al día siguiente la reina citó a Gyges en su audiencia. Pero esas citas, que eran frecuentes si bien fue recibida como el golpe de un tambor en el corazón del ministro, muy pronto su inquietud y al entrar al gabinete de la dama concentrada en unos apuntes que tomaba, se disipó con facilidad.

—Toma asiento Gyges y atiende con cuidado a estas dos cuestiones, inalterables, que voy a explicarte: o das muerte al rey Candaules esta misma noche cuando haya caído en sueño profundo para nunca más despertarse, o tu cabeza rodará por los suelos por brazo y alfanje del más robusto de mis guardias. Esta noche dejaré la puerta de mi cuarto entreabierta y tú podrás blandir el puñal damasquino que yo pondré en tus manos. Y te digo lo siguiente en favor de tu decisión razonable: muerto el rey, tú ocuparás su trono… y mi lecho.

Y así terminó con la muerte de Candaules la larga dinastía de los heraclidas. Y nadie hizo caso de la Pythia que en aquella consulta del lidio hubo terminado diciendo que después de 500 años aquella grey regresaría para volver a ocupar su puesto y ejercer la venganza.

 

Luis Barjau
Historiador y etnólogo. Entre sus libros: La conquista de la Malinche y Los que viven en la arena.

 

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