No serían el extravío de los ideales, ni la decepción ética, ni tampoco la soledad o las adicciones las que podrían llevarme hasta los albores de una libertad grave y casi absoluta, sino la pérdida de referencias, de puntos de encuentro y en general de espacios que logre yo reconocer como propios. Sé dónde se encuentra la tumba de mis padres, aunque no la visite (jamás volveré a ese cementerio y el remordimiento me hará sentirme humilde y malvado: una tumba olvidada es una afrenta para el muerto y para los ausentes). Sé dónde se levanta mi escuela primaria, Pedro María Anaya, en la colonia San Simón, mas no volveré a pasar por avenida Centenario porque esa calle y su parque frente al edificio escolar forman el tejido de un mito que persiste en mi mente. La escuela fue diseño del arquitecto Juan O’Gorman y formó parte de un proyecto nacionalista y revolucionario para construir decenas de escuelas en colonias de pobres, o en vías de ser más pobres. La tendencia arquitectónica de estos colegios se conocía como Racionalista y hubo ejemplos de ella en Atzacoalco, Obrera, Tláhuac y Peralvillo, entre otras colonias en donde la razón práctica (ética) no llegó nunca a desarrollarse.

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En la mañana del domingo, único día en que me permito asomarme a la ventana por el estrecho balcón del departamento que habito, el sol se divertía colocándose en una posición indescifrable e incómoda. No tenía idea de la hora, aunque sabía que aún no llegaba la una de la tarde. De lo que tenía perfecta noción era que a unos cuantos metros de mi casa, en la colonia Escandón, está el Edificio Jardín —en Sindicalismo casi esquina con José Martí— diseñado hacia 1931 por Francisco J. Serrano, y que además de ser una muestra de tendencias funcionalistas, art déco y estilo personal, se propuso añadir jardines a las azoteas, patios y pabellones con el propósito humanista de no levantar sólo moles de concreto, sino espacios habitables (hoy la construcción está pelona). La influencia de Le Corbusier la acusó Serrano cuando intentó realizar un matrimonio entre el espacio creativo y la habitación misma. Hoy, la ciudad de México se ha quedado sin jardines, los perros orinan en el cemento y los niños tienen que caminar muchas cuadras para encontrarse con algún reducto pequeño donde jugar o pasear. Vista así, la ciudad de México es inhóspita y cruel, pese a contar con algunos parques y un bosque hermoso y tradicional como el de Chapultepec.

Si salgo a la calle y echo a caminar por José Martí o Progreso, sé que llegaré a dos de mis edificios favoritos, el Conjunto Isabel (1929) y el Edificio Ermita (1930), del arquitecto Juan Segura. Ambos son muestra de que la arquitectura mexicana llegó a extremos de imaginación, belleza, creatividad, tradición y funcionalidad como en pocos momentos de su historia. El mismo Segura diseñaba el mobiliario y estaba al tanto de los detalles que hicieron de su obra una excepción. Incluso dentro del Edificio Ermita se construyó un cine y allí se instaló el primer equipo sonoro del país. Quiero decir que al caminar yo no me dirijo hacia el poniente, sino al Edificio Ermita; y cuando voy al norte o sur tengo siempre alguna referencia arquitectónica. En estos días se levantan tantos edificios que, sin embargo, tienen sobre mi ánimo el efecto contrario, son hoyos negros, destrucción del horizonte y espacios de los que uno quisiera huir: los criminales que negocian con los bienes raíces son capaces de levantar un edificio de veinte plantas allí donde sólo hay casas de dos pisos (un ejemplo de ello es el edificio que se levantó en Cerrada de Otoño, en la colonia Escandón). Edificios en los que la tecnología y la usura son los verdaderos arquitectos. Observen las torres bancarias que ya son viejas y abominables y todavía no se inauguran. En D.F. los predios no se convierten en jardines —con escasas excepciones—, sino en territorio para los negociantes.

Las piedras son las células de un mapa orgánico y mi memoria —con el propósito de concebirse como una entidad física y no solamente abstracta— reproduce la imagen de alguna obra o monumento público. No logro reconocer, ni me importa hacerlo, los límites de una colonia o un barrio pues ello significa una tarea incómoda y demasiado política. Las fronteras me despiertan molestia y prefiero ignorarlas. Cuando sé que me encuentro en Santa María la Ribera es porque estoy próximo al kiosko morisco (concebido por José Ramón Ibarrola), el cual estuvo primero en la Alameda. A un lado del kiosko se halla el edificio que alberga el Instituto de Geología, de Carlos Herrera, y en una de las esquinas existe todavía una de las pocas cantinas en que te tratan como en los viejos tiempos, y la botana es comedida y cotidiana: la cantina Salón París. En fin, en mi rosa de los vientos ir hacia el sur es dirigirme a CU y cuando estoy en el Centro o en la Tabacalera es que me encuentro cercano a alguno de los edificios que, aun perteneciendo a los ricos, forman la imagen de una ciudad teórica, concreta y personal: el Frontón México: el Edificio La Nacional (el primer rascacielos de México hecho todavía a la medida humana); la vieja Estación de Bomberos (en Revillagigedo e Independencia); la Central Telefónica Victoria; el Palacio de las Vizcaínas; la Casa del Marqués de San Mateo de Valparaíso; el mercado Abelardo Rodríguez; la casa que construyó Lorenzo Rodríguez en el número 73 de Venustiano Carranza (espero siga en pie); y así, hasta que el mito de una ciudad se sobreponga a su destrucción y descuido y tome en la mente el lugar de una brújula ordinaria.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.