Apreciado Dr. Jesús Silva-Herzog Márquez,

Muchas personas, yo entre ellas, reconocemos su trabajo como analista político, como académico, intelectual y también como demócrata. He leído su texto, “El vaciamiento democrático”, publicado en Nexos, octubre, 2015, el cual, desde luego, motiva a la reflexión. Es en razón de ello que me he permitido escribir una opinión sobre el mismo, la cual quisiera hacer de su conocimiento, agregando la solicitud de recibir, de serle posible,  sus consideraciones.

partidos

Su texto, “El vaciamiento democrático”, es, sin duda, un diagnostico duro, fuerte, implacable y en muchos sentidos llega a crear —cuando menos a mí— una sensación de perdida de cualquier expectativa para encontrar remedios, correcciones, cambios a la situación que usted describe sobre nuestro país. Crea, ciertamente, una percepción de vaciamiento de toda esperanza de que nuestro país pudiera situarse, realmente, en el tiempo del mundo, en el siglo XXI.

Lo que usted está transmitiendo con su articulo, son, quizás, los sentimientos, los pensamientos y también los desalientos de la mayoría de las y los mexicanos ante lo que usted describe como “retroceso en nuestro lento proceso civilizatorio”[….] en donde el duelo se ha convertido en experiencia cotidiana”.

Y, cierto, difícilmente podría ser de otra manera si como usted dice “desde 1994 se habla de la política mexicana en clave trágica; si durante años hemos sido bombardeados por imágenes de la barbarie; si el resultado de la trivialización del salvajismo ha sido el de insensibilizar al país, habituarlo a la brutalidad, a sedar su indignación. Confesiones de niños que matan, fotografías de cuerpos que cuelgan en los puentes, estampas de horror ya vistas con desdén, relatos de inhumanidad escuchados con hartazgo”.

Pues sí, lo que usted relata es la realidad que se vive en México y lo menos que se puede hacer es negarla, cerrar los ojos, hacer como si no existiera. En sentido diferente, coincido con usted, hay que reconocerla en toda su crudeza, pero también creo, que es indispensable —con el acopio de todo lo posible— hacer lo necesario para remediarla.

Con lo anterior quiero decirle que nunca he compartido esa especie de profecía acerca de que México siempre ha sido así y que nunca podrá cambiar. Tampoco comparto aquella teoría extravagante  sobre una supuesta idiosincrasia de los mexicanos que nos hace, desde nuestros orígenes como nación y hasta los tiempos actuales, seres violentos, incivilizados, salvajes, corruptos. Nadie, si se parte de elementales análisis científicos o incluso desde un elemental sentido racional, podría compartir esas descabelladas apreciaciones sobre un trágico destino manifiesto para la nación.

Supongo que podríamos coincidir en que la realidad que ahora vivimos no es resultado de teorías sustentadas en alguna forma de generación espontánea. En sentido diferente, esa realidad es consecuencia de procesos de desarrollo de nuestra sociedad en donde aparte de circunstancias materiales, han intervenido fuerzas políticas, grupos económicos, partidos, individuos que en uso de poderes, facultades, capacidades, posibilidades han influido en el rumbo lamentable que ha tomado el país.

Por lo tanto, los hechos terribles que usted crudamente describe son consecuencia de procesos sociales y políticos en donde han sido determinantes decisiones adoptadas desde el poder del Estado y desde otros poderes económicos y políticos.

Decisiones desde instancias del Estado mexicano cuando el poder de éste era inmenso y su capacidad de control político ilimitado,  pero también desde el otro Estado, ese que tan acertadamente describe en su texto y que evidencia, ahora mismo,  una tremenda debilidad, una gran fragilidad y una enorme incapacidad para conducir al país.

¡Cierto! En apenas unas décadas, aquel Estado mexicano con poder omnímodo que controlaba todo hasta la asfixia, pasó a ser un poder controlado por los poderes de facto que él mismo engendró (los políticos, los económicos y especialmente, los del redituable negocio del narcotráfico).

Esta es parte de nuestra realidad, y sin embargo, un Estado debilitado, cual sean las causas de ello, no le es útil al país pues esa condición de fragilidad y en no pocas ocasiones de ausencia,  es precisamente, una de las causas para que en lugar de que imperen la ley y la civilidad democrática se impongan la violencia, el salvajismo, la corrupción, la impunidad.

Por ello, entiendo como una ingente necesidad de la nación, el fortalecimiento del Estado a partir de democratizarlo; de hacer que recupere sus facultades constitucionales, de posibilitar el que cumpla con sus obligaciones y deberes con las y los ciudadanos; de reformarlo por el camino de los cambios legislativos profundos y de la adopción de nuevos mecanismos políticos que involucren cada vez mas al conjunto de la sociedad.

Es así y de tal manera, que sería erróneo considerar que los esfuerzos por fortalecer al Estado a través de reformas estratégicas  es solo una responsabilidad exclusiva del gobierno.

¡No! En sentido diferente, superar la debilidad e incapacidad del Estado mexicano es una necesidad del conjunto de la sociedad, y es también una obligación política de primer orden de los partidos, de aquellos que asumen responsabilidades sociales y obligaciones constitucionales frente a la nación.

En razón de lo anterior opino que cae en un desacierto cuando en su texto le da reconocimiento a las reformas impulsadas y construidas desde el gobierno, desde el PAN y el PRD que dieron lugar al nacimiento de la pluralidad política y al régimen de partidos, pero contradictoriamente señala a ese mismo sistema de partidos como “pervertidor del régimen de tensiones” .

Más aún, según sus propias palabras, el régimen de partidos ahora constituido principalmente por el PAN, PRI, PRD, llevó a cabo en el año 2013, “los cambios legislativos mas profundos que ha vivido el país en las ultimas décadas”, y sin embargo, critica que “los partidos apostaron por las mismas reformas escenificando una colusión desde la cual renunciaron a su deber de critica”.

¿Como se harían, me pregunto, las reformas que instalaron un sistema de pluralidad política si los tres partidos principales no coincidieran en lo sustantivo de esos cambios? ¿Y como podrían llevarse a cabo los cambios legislativos mas profundos de las últimas décadas sin que estos tres partidos convinieran en tal profundidad?

¿Cómo realizar las reformas para crear el sistema de seguridad social, en telecomunicaciones, en materia educativa, financiera, antimonopólica, todas de carácter constitucional si los partidos no coinciden en su contenido? Me resulta una obviedad decirle que sin la confluencia reformadora de los tres partidos y sin la coincidencia en aspectos esenciales no habrían sido posibles ni estas últimas reformas del 2013 ni las que propiciaron la apertura y la pluralidad política llevadas a cabo en los finales del siglo pasado.

Pero también me parece un error llegar a la conclusión, puesta de manera tan absoluta en su texto, de que la coincidencia de los partidos en algunos temas les condiciona y les obliga a renunciar a su deber de critica.

¡No! Desde luego que no. El PRD fue coautor de varios de estos cambios legislativos y mantuvimos entonces,  como mantenemos ahora, nuestro deber de critica al gobierno y mantenemos de manera diáfana nuestra confrontación política frente al gobierno, al PRI, al PAN, a Morena. Hemos criticado con firmeza la estrategia del gobierno en materia de seguridad pública y hemos señalado claramente los actos de corrupción del gobierno de Peña Nieto, de sus colaboradores y de sus familiares, por poner sólo dos ejemplos.

No coincidimos con el PAN en la reforma hacendaria y no lo hicimos con el gobierno en la reforma energética, pero las coincidencias que tuvimos en las reformas de 2013 no han impedido que denunciemos la incapacidad del gobierno para su implementación, ni han impedido que evidenciemos la regresión que significa la ley secundaria en telecomunicaciones ni las concesiones del gobierno a la oligarquía económica en materia fiscal.

Por ello no encuentro, sinceramente, congruencia en que por un lado celebre los cambios legislativos más profundos en las últimas décadas,  los que fueron posible por el sistema de partidosy por el otro y al mismo tiempo, afirme que el acuerdo que las hizo posible pervirtió el mecanismo de las tensiones.

Usted afirma que “desde finales del siglo pasado los partidos han ocupado el centro de la vida política del país, pero que lo han hecho mas para coludirse que para competir […] Si el reclamo de la transición fue el de terminar con la anomalía del partido de Estado lo que emergió en la democracia fueron tres partidos de Estado. […] el pluralismo, en efecto, agrego a un par de partidos a la estructura estatal. No fue el fin del Ogro filantrópico, fue la agregación de dos cabezas al monstruo”.

De estas citas en su escrito pareciera desprenderse una tesis que  considero errónea. Esto es: si los partidos coinciden en acuerdos de diversa naturaleza que impliquen cambios legislativos y que signifiquen reformas profundas e integrales, hay, entonces, un fenómeno de colusión que agota la competencia y en consecuencia, dice usted, se termina con el sano mecanismo de las tensiones. Francamente me parece que se equivoca, pues su tesis llevaría a la aberrante conclusión de que en un régimen de partidos, los acuerdos entre estos, derivan inevitablemente hacia una perversión. Si su tesis fuese correcta, el camino de las reformas, que generalmente implica lograr un alto grado de consenso,  no puede y peor aún, no debe de existir.

Y si no son las reformas el camino para la transformación del país, ¿cuál es entonces el mecanismo político para cambiar la realidad que vivimos?

¿Lo es el de la profundización de las tensiones, el de la agudización de las contradicciones —ese que según afirmaban los dogmáticos del marxismo-leninismo— conduciría a la revolución?

¿Esta usted reeditando el debate de finales del siglo XIX entre los revolucionarios y los reformistas? Ese debate, estoy convencido,  se resolvió hace muchos años a favor de los partidos socialdemócratas reformistas.

Y si no son los partidos una parte fundamental (no la única, por supuesto) para adelantar en los procesos reformistas, ¿entonces quién sí lo son?

El papel de los partidos en la vida política y especialmente en los mecanismos democráticos de las sociedades es el tema más recurrente en el análisis político. Lo ha sido antes y lo es mas ahora, especialmente, en los países de Europa occidental. Usted conoce el notable articulo de Peter Mair, “Gobernar el vacío”, en el cual analiza a profundidad el delicado y peligroso proceso de indiferencia de la ciudadanía hacia la política, lo que a su vez deriva en perdida de credibilidad hacia la democracia y más aún en fenómenos de hostilidad hacia los partidos y sus dirigentes. Ese fenómeno, según Mair, se observaba claramente en Europa occidental desde los principios de los ochenta, y especialmente en los finales de los noventa y ahora podríamos decir que se ha agudizado en los principios del siglo XXI. El propio Mair relata aquella frase del primer ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, cuando decía que “realmente nunca he estado metido en la política [….] ni siquiera me considero a mí mismo como un político”. Mair sabía que esta frase era parte de una estrategia populista de Blair para tratar de diferenciarse de las anteriores administraciones, pero que en el fondo reflejaba esa tendencia a buscar hacer irrelevante a la política para con ello, ésa es la tesis de Mair, se dejaran los asuntos del gobierno y del Estado en los tecnócratas, en los “especialistas” tan alejados estos de la política y de los partidos como nuestro planeta lo esta de la galaxia de Andrómeda. Como dice Ulrich Bech con sus términos: “pasar de la Política con P mayúscula a la política con p minúscula, es decir a la subpolítica”.

Es verdad que este comportamiento populista de líderes políticos (tan presente ahora en México) tiene su correlato en la indiferencia creciente de los ciudadanos hacia la política y hacia los asuntos públicos.

Pero ese fenómeno que analizaba Meir en Europa occidental a finales de los noventa,contrastaba en México cuando en 1996, con la participación de los partidos y de los políticos se llevaba a cabo una de las reformas democráticas más significativas, la misma que fue el prolegómeno para que en 1997 se hiciera presente la más amplia participación ciudadana que con su voto permitió lo que usted identifica como la consolidación de la pluralidad política en nuestro país.

A pesar de esa diferencia notable en el tiempo, coincido con usted en que ese fenómeno que Meir analizaba para la Europa occidental en los finales de los noventa ahora se hace presente en México no sólo en los términos del abstencionismo ciudadano para participar de los asuntos públicos sino también, incluso, en el rechazo, en el franco repudio a la política y a los políticos, lo que desde luego, considero es un hecho que obstaculiza cualquier propósito de avance democrático y del que, ciertamente, tienen alta responsabilidad los partidos.

En su trabajo, Mair explica este proceso como una redefinición que:

“descansa en resaltar la distinción entre lo que se ha llamado «democracia constitucional» y lo que podemos llamar «democracia popular»; una división que se solapa y recuerda la primitiva distinción que realizaba Robert Dahl, entre democracia madisoniana y democracia populista. El componente constitucional enfatiza la necesidad de controles y equilibrios entre las instituciones e implica el gobierno para el pueblo; el componente popular hace énfasis en el papel de los ciudadanos y la participación popular e implica el gobierno por el pueblo. Los dos elementos coexisten y se complementan mutuamente en una acepción «unitaria» de la democracia. No obstante, en la actualidad asistimos a la separación y enfrentamiento de ambos elementos, tanto en la teoría como en la práctica” […] “Los partidos pueden proporcionar a los líderes políticos una plataforma necesaria, pero sirven cada vez más de trampolín para alcanzar otros puestos. En resumen, los partidos están fracasando como resultado de una retirada mutua: los ciudadanos se retiran hacia su vida privada o hacia formas más especializadas de representación y los dirigentes de los partidos se retiran hacia las instituciones, presentando sus términos de referencia más fácilmente desde su papel de gobernantes o titulares de cargos públicos. El terreno tradicional de la democracia de partidos, considerado como la zona de encuentro de los ciudadanos con sus dirigentes políticos, está quedando abandonado”.

Esta seria reflexión sobre un peligroso proceso de deterioro del papel de los partidos en los sistemas democráticos no puede compararse con lo que usted  identifica como “la cartelización de los partidos políticos”.

¿De verdad piensa que los partidos políticos en nuestro país son cárteles a los que no solo hay que combatir sino incluso desaparecer?

De ser así, de nueva cuenta se contradice, pues usted, en otro articulo (El vaciamiento de la política, periódico AM, León, Guanajuato, mayo 2014) escribe que:

“El régimen de la participación popular y los controles institucionales se fundamenta en la existencia de partidos políticos fuertes y responsables, capaces de insertar a la ciudadanía en los asuntos públicos, artefactos no sólo diseñados para competir, sino también para gobernar. Pero en las últimas décadas se han convertido en el enemigo. […] Por ello hay que arrinconar a los partidos y a los gobiernos, hay que hacer de las elecciones rituales sin importancia y desoír el griterío. Configurar claustros de poder técnico, instituciones de expertos sin filiación política que decidan, mientras los políticos hacen campaña para no decidir nada.

En esa obsesión antipolítica estamos también nosotros desde hace algunos años. Desde la creación del Instituto Federal Electoral hemos apostado por la multiplicación de las islas. Órganos amurallados para resistir las tentaciones del partidismo. Quiero decir que la ruta de la despolitización del poder público es un atajo peligroso. Puede vaciar el proceso democrático hasta hacerlo irrelevante. Es indispensable, por supuesto, constituir órganos arbitrales neutros pero no podemos pensar que la despolitización es la solución de todos nuestros problemas”.

Entonces, ¿hay que avanzar hacia un régimen de participación popular y controles institucionales fundamentado en la existencia de partidos políticos fuertes y responsables o hacia un sistema de gobierno en donde la política sea irrelevante y los partidos dejen de existir?

¡Si se opta por lo segundo, se opta por el autoritarismo!

Esto que usted advierte como peligro para la democracia se esta volviendo una realidad y lo podemos observar en ese “arrinconamiento” que desde medios de comunicación, desde grupos económicos, desde los extremismos políticos de derecha o de izquierda, desde las diversas fuerzas de la  “subpolítica” se lleva a cabo en contra de la pluralidad, de las libertades, de los partidos y en contra de la vía de las reformas que insisto, son el  mejor camino hoy, para superar la grave situación que vive el país.

Como dice Meir:

“Si los partidos como gobernantes necesitan mantener su credibilidad, y si el partido gobernante necesita ser legítimo, parece claro que necesitan ser considerados representativos. Para un político elegido no es suficiente ser un buen gobernante; sin un cierto grado de legitimidad representativa, ni los propios partidos ni sus dirigentes, ni siquiera el proceso electoral que les permite resultar elegidos será considerado con suficiente fuerza o autoridad. El resultado sería fomentar la falta de credibilidad y el escepticismo”.

En plena coincidencia con lo anterior es que lo que se requiere es una profunda reforma del sistema político que debe incluir la propia del sistema de partidos. Se necesita de un cambio en los partidos, no de su desaparición y paradójicamente este cambio deberá surgir desde el seno de ellos mismos. Algunos lo harán y con ello recuperarían credibilidad y representatividad, otros serán incapaces y simplemente desaparecerán. Pero un sistema político democrático es concebible solo a partir del reconocimiento de la pluralidad política y partidaria y de una genuina y amplia representación ciudadana.

Con respeto,
Jesús Ortega Martínez