El origen de las detenciones masivas que dieron lugar al auto de fe más espantoso que la Inquisición realizó en la Nueva España, fue la confesión de un adolescente llamado Gaspar de Robles.

Por recomendación de su confesor, Robles admitió ante el Santo Oficio que dos tíos suyos lo habían iniciado en el judaísmo. Dijo a los inquisidores “que creyó desde entonces en todo lo que le dijeron, y de todo corazón y voluntad creyó que la Ley de Moysén era la buena y la necesaria para su salvación y no la de nuestro Señor Jesuchristo, de la cual se apartó”.

Tras un fuerte altercado con uno de esos tíos, el joven le advirtió que iba a denunciarlo a la Inquisición. En marzo de 1641 cumplió la amenaza. Los comisarios aprehendieron a Francisco Enríquez-Home y lo llevaron al potro: antes de morir en los calabozos del Santo Oficio por las heridas que le provocó la tortura, el tío de Robles fue obligado a denunciar a varios judaizantes más.

En una segunda audiencia el joven entregó a los inquisidores una larga lista de detalles, no sólo sobre sus familiares en la Nueva España, sino de los parientes que tenía en España y Portugal.

El Mercado del Volador, situado entre las calles de Flamencos, Meleros y Porta Coeli, hoy Pino Suárez, Corregidora y Venustiano Carranza, en una toma de finales del siglo XIX . Este sitio se convirtió en mercado en 1792 para despejar el Zócalo; a inicios de los años treinta se volvió una plaza pública de corta existencia, pues en 1936 comenzó en el lugar la construcción del edificio de la Suprema Corte de Justicia.

El Mercado del Volador, situado entre las calles de Flamencos, Meleros y Porta Coeli, hoy Pino Suárez, Corregidora y Venustiano Carranza, en una toma de finales del siglo XIX . Este sitio se convirtió en mercado en 1792 para despejar el Zócalo; a inicios de los años treinta se volvió una plaza pública de corta existencia, pues en 1936 comenzó en el lugar la construcción del edificio de la Suprema Corte de Justicia.

 

Había comenzado el proceso que el historiador José Toribio Medina denomina del mismo modo en que se llevó a cabo un proceso semejante en el Perú: la “complicidad grande”.

En 1639 el Santo Oficio detuvo en Lima a 160 mercaderes de origen portugués que practicaban en secreto el judaísmo. El auto de fe que se llevó a cabo aniquiló casi por completo a los “marranos”, palabra brutal con que la Inquisición designaba a los criptojudíos.

Al terminar el proceso, la Inquisición española hizo saber que no veía con buenos ojos el hecho de que en la Nueva España no hubiera más “marranos” presos.

Casi 80 años antes de la “complicidad grande”, en 1580, al unirse las coronas de Castilla y Portugal, se permitió que los portugueses pasaran al virreinato. Entre ellos se encontraban numerosos descendientes de judíos que habían sido expulsados de España en 1492, y que seguían practicando la religión de sus antepasados. Muchos de ellos creían que lejos de la metrópoli hallarían un ambiente de mayor libertad. Se equivocaron. Sólo 10 años más tarde el fundador y gobernador de Nuevo León, Luis de Carvajal, fue llevado a proceso: su familia terminaría en la hoguera años después.

Poco después de que Enríquez-Home fuera torturado, más de 70 personas se hallaban en la cárcel. A pesar del cuidado con que procedía “en esta complicidad”, la Inquisición no había logrado “descubrir sus delitos, ni los detalles de éstos”, aunque atribuía la falta de resultados a que los reos se habían comunicado de calabozo a calabozo “por golpes con las letras del ABC”. Una mujer confesó al fin que su madre y sus hermanas “hacían desprecio de Jesucristo, cuya imagen azotaban”. La investigación avanzó lentamente, sin embargo, porque los reos confesaban cosas “tan diminutas” que, escribían en 1644 los inquisidores, “no podemos negarnos ni excusarles las diligencias de las torturas”. “Se padece mucho en hacerlos confesar”, escribieron luego.

El proceso se prolongó hasta 1649. En marzo de ese año, con un acompañamiento precedido por trompetas y formado por los ministros del Tribunal, así como por los caballeros más distinguidos de la urbe, un pregonero que se detuvo seis veces en lugares significativos —las casas del Santo Oficio, la del arzobispo, el Cabildo, el Palacio Virreinal, las calles de San Francisco y Tacuba—  anunció la solemne realización del “auto grande”.

El sitio elegido para hacer justicia fue la plaza del Volador: un espacio amplísimo que se hallaba a un costado del Palacio Virreinal —en la actual esquina de Pino Suárez y Corregidora, donde hoy se alza la Suprema Corte de Justicia—, y que era usado, según la época, como plaza de toros y como mercado. Allí construyó tiempo después (1841) el arquitecto Lorenzo de la Hidalga un mercado suntuoso, con calles, fuentes, estatuas y 126 puertas de acceso, el cual pereció en un incendio 20 años más tarde; allí se vendieron libros viejos, zapatos, sombreros, reatas, rebozos y fierros hasta la década de 1930.

Allí mismo se construyó el tabla- do con los escudos de armas del Santo Oficio.

Llegó el día terrible en que todas las campanas de las iglesias que había en la ciudad iniciaron su lúgubre tañido. En el patio del Tribunal, el inquisidor Juan Sáenz de Mañozca fue llamando a los 109 reos. Como 67 de ellos ya habían muerto, unos indios cargaron sus estatuas, hechas “con arte y propiedad… todas las cuales llevaban en letras grandes en la espalda el nombre de los que representaban”. Los huesos de 23 difuntos destinados a la hoguera fueron depositados en unas cajas. Algunos condenados recibieron los sambenitos pintados con llamas y figuras de demonios que debían vestir a partir de entonces, y con los que iban a ser “relajados”. El cronista Mathías de Bocanegra afirma que a los que no querían callar se les ponían mordazas. A todos se les entregó una cruz verde, el símbolo del Tribunal. Cada reo iba acompañado por dos confesores que no dejaban de exhortarlos al arrepentimiento.

La procesión salió al amanecer. Los inquisidores iban a caballo. Detrás de ellos, una mula cargaba la caja que contenía las sentencias.

José Toribio Medina afirma que Treviño de Sobremonte era el reo que más llamaba la atención, pues a pesar de ir amordazado “no cesaba de articular las voces que podía”.

Unos 20 mil forasteros habían llegado a la ciudad para presenciar el auto. No se había visto nunca tal concurso de gente, tales apreturas, tal aglomeración de carruajes (más de 500, según Bocanegra). Miles de curiosos durmieron en las cercanías del tablado desde la noche anterior.

En medio de las imprecaciones y denuestos del público, “los enemigos de la fe” avanzaron por Santo Domingo (hoy Brasil) hasta la plazuela del Marqués (hoy Monte de Piedad). Tras dar un rodeo por los portales, llegaron a su destino. Eran las siete de la mañana. En ese momento las campanas dejaron de tañer.

Se habría podido escuchar el rumor de una mosca cuando inició la lectura de las causas. A la una de la tarde dicha lectura no había terminado. El arzobispo tocó una campanilla para que el trámite se abreviara. Pero éste demandó aún dos horas más. El sol de abril caía implacable.

Se decretó al fin que 13 reos fueran condenados al garrote y a la hoguera (al resto se les dictaron sentencias diversas). Los “justiciados” fueron montados a horcajadas sobre borricos, y paseados por Plateros (hoy Madero), Santa Clara (hoy Tacuba) y la calle de la caja de agua (hoy Avenida Hidalgo). La bestia montada por Treviño de Sobremonte se sacudió al sentir “la carga infernal” que llevaba sobre sí y salió disparada entre la multitud, mientras el “judío, relapso y rebelde” adoptaba un aspecto feroz, “que bastó para poner horror a los mismos brutos”, cuenta Bocanegra.

Al fin llegaron al Quemadero —que se hallaba pegado a la Alameda (hoy Laboratorio Arte Alameda). Bocanegra afirma que había tantas personas que, “no cabiendo en su sitio, lograron el de las ramas de los árboles, que más parecían piños de hombres, que copas de álamos”.

12 de los reos fueron condenados a morir en el garrote, y a que sus cuerpos fueran luego quemados. A Treviño de Sobremonte, en cambio, se le sentenció a ser quemado vivo, “por su obstinación diabólica en su sacrilegio y perfidia”.

Uno a uno los condenados fueron cayendo por el garrote. A todos se les acercó la imagen de un Santo Cristo, para que tuvieran “el remedio de su preciosísima sangre”. El cronista al que he seguido relata de este modo la ejecución de Treviño de Sobremonte:

Echaron leña en el brasero y subieron el último al infelice, a quien le aplicaron la llama a la barba y rostro, por ver si la pena le hacía cuerdo y el dolor desengañado; mas él con palabras y acciones consumó su impenitencia final y atrayendo la leña con los pies, se dejó quemar vivo, sin dar un solo indicio de arrepentido, antes no pudiendo ya hablar, desde la llama se le veía hacer meneos con la cabeza y manos, como quien decía que no.

El corregidor recogió las cenizas de los muertos. Esa misma noche las arrojó a un canal.

Eran las siete de la noche cuando, en crédito de la persona de Cristo Crucificado, y en honra y gloria de su Eterno Padre, el suplicio terminó.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

2 comentarios en “La “complicidad grande”

  1. Como soy taurino, què bien que mencionas la plaza de toros de “El Volador”, como he recordado momentos de mi “jumentù” en esa Cuenca del Anahuac, pero el tiempo no pasa en balde, sin embargo, ya lo bailao quien me lo quita. Ni la Santa Inquisiciòn si existiera. Vale.