Anoche soñé

Anoche soñé que te volvía a ver.
Te encontré en la ciudad de México,
en una calle de mala muerte
trabajando de prostituta.
No querías que te mirara
no tenías empleo ni dinero
Dije, ven, yo te cuido.
No dejaste que te tocara
No, no tiene caso, dijiste,
de todas formas sé que ya estoy muerta.
Permanecí ahí, donde no me vieras, y te observé
ofrecerte a desconocidos en la calle:
hombres que pasaban caminando, hombres en sus autos.
Me descubriste al dar vuelta en una esquina
Déjame en paz, es demasiado tarde.
Todavía eras guapa, tenías el cabello limpio
y negro, pero te faltaban un par de dientes,
tu ropa estaba  manchada.
Caminaste con premura hacia otra calle
No me sigas, gritaste.
Recordé que, en una pared de tu casa
tenías una fotografía de mí
que nunca había visto
te pregunté de dónde era,
quién la había tomado, dónde la habías obtenido
Yo la hice, respondiste, usando fotos
de otras personas. Fue difícil
y me llevó mucho tiempo.

 

La boca del río

Anoche apareciste en un sueño,
lo que no es inusual. Los muertos
visitan a los vivos todo el tiempo y los sueños
son una avenida familiar, eficaz.
Tocaste a mi puerta y me pediste
Que fuera contigo hasta donde habías estacionado
tu auto. Me pediste cargar tu maleta
y llevarla a casa mientras
encontrabas un mejor sitio para estacionarte.
Te veías bien, con el cabello corto
y muy negro, el brillo de tu piel ambarina,
sonrisa blanca. Llevabas una blusa verde,
falda negra. Tu visita fue
una sorpresa, me contaste que tenías
unos días libres en el trabajo y querías
verme. No eras ni joven
ni vieja, sino como de treinta y cinco años, diez
antes de tu muerte. Dejé la puerta abierta
y te seguí hasta tu cochecito rojo.
El cielo estaba oscuro pero la calle, bien iluminada.
Saqué la maleta de tu auto
y cuando estabas por tomar
el volante, dijiste, voy
en unos minutos, y te alejaste.
Me sentí feliz de que llegaras pero me confundió
que hubieras venido desde la ciudad de México
sin avisarme.
¿Y si yo no hubiera estado? Conforme
caminé hacia la casa, empezó a caer la lluvia.
Tenía puesta una vieja camiseta azul
agujereada y de pronto me dio frío.
Dejé abierta la puerta del frente y encendí
la chimenea. No volviste.
Me quedé dormido en una silla. Cuando desperté
el fuego se había extinguido y tu maleta no estaba.
La puerta seguía abierta y fui a cerrarla
pero antes me asomé a la calle. El cielo
comenzaba a clarear y había nieve
en el suelo. Pensé en ti cuando estaba en la playa,
en Boca del Río, atrás del Hotel Mocambo,
y en lo largo que tenías el cabello entonces. Había un conjunto tocando
y niños que bailaban en la arena. Ahí
ibas con tu familia cuando
eras niña,
por eso te traje, dijiste.

 

Barry Gifford
Narrador, poeta y guionista. Ha colaborado en publicaciones como The New Yorker, Esquire, La Nouvelle Revue Française, Rolling Stone, entre otras. Es autor de títulos como: Perdita Durango, Las cuatro reinas y El padre fantasma.
Versiones de Laura Emilia Pacheco