Presentamos un relato de Antón P. Chéjov incluido en Cuentos completos (1885-1886), volumen publicado recientemente por Páginas de Espuma. El cuento fue escrito en 1885.


Estuve con Thomas Edison. Es un tipo muy amable, correcto. Todas sus habitaciones están repletas de teléfonos, micrófonos, fotófonos y demás “fonos”.

—¡Soy ruso! —me presenté ante Edison—. He oído hablar mucho de su talento. Y aunque sus inventos todavía no han entrado en el programa de nuestras escuelas secundarias, su nombre se menciona con frecuencia en la sección de “varios” de los periódicos.

—Me alegra mucho, pero le advierto que si me va a pedir dinero, por Dios, que no puedo.

—¡Si no se lo he pedido! —me confundió aquella afrenta repentina.

—Perdóneme, pero había leído y escuchado que pedir dinero prestado a todo el mundo es un rasgo nacional de los rusos.

—Por favor… ¿En serio?

Nos sentamos y charlamos durante un rato.

—Bueno, hábleme de algún buen invento —le dije—. ¡Seguro que ha inventado usted todo un infierno de cosas! Eso que cuelga ahí, por ejemplo, qué es?

—Es un gastronomofón… Se le pone carbón ardiendo en el agujero… Se gira este tornillo, se aprieta esta pieza, desbloquea la corriente y, a cien o doscientas millas de aquí se refleja el carbón de forma ampliada. En ese reflejo, usted puede cocinar y freír todo lo que se le ocurra…

—¿Ah, de verdad? ¿Y eso de ahí?

—Es una cosa de suma importancia para los turistas. Preste atención. Con nuestra moneda costaría un rublo, con la suya tres. Imagine que ha salido de Rusia hacia América y deja a su mujer en casa. Viaja durante uno, dos, tres años… ¿Apostaría usted a que en algún momento no querrá tener un hijo a quien darle un buen nombre? Pues con acercarse a ese alambre, y realizar ciertos movimientos, al día siguiente recibirá usted un telegrama: ¡nació el hijo!

—Ah… Pero para nosotros, Thomas Ivánich, es todavía más fácil. Te vas a América y dejas en casa a un amigo tuyo… No recibirás ningún telegrama, claro, pero cuando regreses a casa, encontrarás no a uno, sino a tres o cuatro diciendo: “¡Hola, papá!”. Tenemos un médico de nuestra nación a quien enviaron al extranjero por asuntos científicos, y cuando regresó ya tenía nueve hijas.

—¿Y eso cómo fue?

—Nada, se lo explico de forma científica: un epitelio retráctil la presión de la sangre, y tal y cual… ¿Qué es esa arandela?

—Es un disco para indagar en los pensamientos. Solo hay que ponerlo en la frente del sujeto, dejar que actúe… y todos sus secretos al descubierto.

—Ah… Nosotros también lo hacemos más sencillo. Te sientas al escritorio, abres una o dos cartas… ¡y de un vistazo todo! ¡Aquí están muy de moda las técnicas de Bishop!

Y así fue recorriendo todos sus nuevos inventos. Tan contento estaba Edison con mis elogios, que al despedirse, no pudo contenerse y me dijo:

—Bueno, pues venga, por Dios. ¡Aquí tiene un préstamo!

 

Antón P. Chéjov
Escritor ruso, maestro del cuento.
Traducción de Paul Viejo.

literal-edison

 

Un comentario en “Mi charla con Edison (De nuestro corresponsal)