Presentamos “El tesoro de los incas”, relato incluido en Bienvenidos a Incaland®, el más reciente libro de David Roas, publicado por Páginas de espuma. “En la mejor tradición hilarante y divertida, esta travesía peruana corrobora las palabras de Fernando Iwasaki: su autor es un ‘escritor desopilante, el profesor más majara que un director de serie B podría contratar’”.


Una foto, un dólar, señor, una foto, un dólar. La frase me persigue como un estribillo, calle abajo. La niña que la pronuncia también. Y la pequeña llama (¿o es una alpaca?) que trota tras ella, ajena –por ahora– a nuestra batalla.

Acabo de explicarle que no le debo nada, que no le he hecho ninguna foto. Pero ella sabe que miento. Y eso que he tratado de ser sigiloso: he aprovechado que la niña parecía distraída mientras negociaba con un grupo de turistas yanquis (One photo, one dollar), para retratarla junto a su llama (o su alpaca).

La niña no es la única que ofrece ese servicio por las calles de Cusco. Desde que he entrado en la Plaza de Armas me han asaltado –ya lo esperaba– otras dos niñas, cada una acompañada por una llama (o una alpaca), una señora muy entradita en años (su llama –o su alpaca– parecía tener su misma edad y su mismo gesto de hartura vital), una pareja de mujeres algo más jóvenes que la anterior (estas cargaban crías de llama –o de alpaca– en bandolera, como si fueran bebés) y una vendedora de fruta. Y todas vestidas –como diría la guía que llevo en el bolsillo de la chaqueta– al modo tradicional.

Junto a la puerta de la Catedral estaba la niña que ahora me exige el dólar. Su aspecto ha atraído rápidamente mi atención, pues era la más pequeña (en edad y en estatura) de todas esas mujeres, y la que más destacaba por el colorido de su ropa: chaqueta roja con figuras geométricas, falda negra con dibujos de flores de colores y un gorrito a juego. La llama (o la alpaca) que la acompaña es marrón y también debe ser muy joven, porque le llega a la niña por el hombro.

La verdad es que no quería hacerle una foto en plan postal para enseñar a mi regreso y darle un toque pintoresco a las vacaciones. Por eso la he fotografiado con el grupo de capullos gringos y sus soberbias sonrisas. Como documento. Uno de ellos incluso le ha puesto su gorra de los New York Yankees a la llama (o alpaca). El animal ha aguantado impertérrito la humillación del disfraz y de las risas. Según aprendí enTintín en el templo del Sol, la llama, cuando se cabrea o se siente amenazada, suele defenderse con un espeso salivazo. Por eso me ha sorprendido no ver estrellarse un lapo en la cara del bromista. Y no creo que sea porque la llama (o la alpaca) perciba el aura de poder que emana de esa gente, sino porque es sin duda un bicho inteligente (aunque la otra noche en Lima yo dudase de ello) y comprende su rol de animal trabajador. La ecuación es sencilla: a más fotos, mejor forraje.

El gracioso no se ha contentado con ponerle su gorra a la llama (o la alpaca), sino que se ha colocado a horcajadas sobre ella (fácil, el tipo debe medir un metro noventa de pura estupidez), jaleado por ma’, pa’ y su hermano pequeño. El parecido físico (y mental) evidencia los lazos de familia. La llama (o la alpaca) esta vez tampoco le ha escupido. Nueva decepción.

Ha sido entonces cuando he sacado mi pequeña cámara digital para inmortalizar la patética escena. Y cuando la niña me ha pillado, pues, tras cobrar a los americanos, esta ha salido como un rayo en mi busca.One photo, one dollar, mister. Le he respondido en español: Te equivocas, yo no te debo nada. Ella ha cambiado de lengua para decirme lo mismo: Una foto, un dólar. La pobre niña debe estar harta de los listillos que se hacen fotos con ella y su animal y después no abonan el precio estipulado.

Pero no le he pagado. Y no por tacañería, sino porque yo no le he pedido que posase. Y, lo reconozco, por un incontrolable ataque de estúpido orgullo. Me ha ofendido que quisiera tratarme como a uno de esos turistas a los que ella persigue con su llama (o su alpaca), idiotas que pululan por la Plaza de Armas fotografiándolo y filmándolo todo sin parar (y sin pensar).

Me gustaría explicarle que, en verdad, la he fotografiado por pena. Bueno, por pena y por un irrefrenable sentimiento de culpa. Por ser un blanquito con cámara digital. Por estar de vacaciones mientras una niña tiene que perseguir a los turistas con su vestido tradicional y su llama (o su alpaca) para proporcionarles, a cambio de un dólar, un poco de color local. Pero el orgullo me domina y no suelto el dólar.

La niña empieza a irritarse. En su cara se lee el mismo gesto enfurruñado que pone el personaje que interpreta Tatum O’Neal en Paper Moon, la película de Bogdanovich, cuando exige sin cesar al timador de su padre que le devuelva los dólares que le debe. Le digo que no. Pero la niña no se achanta. Ni tampoco, por suerte, da muestras de echarse a llorar o, peor, de gritar pidiendo ayuda (en mi imaginación, asciendo en un instante de estafador a repugnante pederasta). Le pido que me deje tranquilo, y le repito que no le voy a pagar. Le digo –para hacerme el simpático– que hay mucho tonto turista yanqui al que desplumar, que persiguiéndome a mí está perdiendo dinero. Una foto, un dólar, repite otra vez.

Echo a andar. Atravieso la Plaza de Armas seguido por la niña y la llama (o la alpaca). La estampa que hacemos caminando en fila debe ser verdaderamente cómica (seguro que hay quien nos está retratando en este instante). Aunque más risas provocan esos tipos que insisten, con el calor tan fuerte que hace, en adornar sus cabezas con esos ridículos chullos.

Mientras paseo, fotografío tranquilamente los soportales de la Plaza, la Catedral, la Iglesia de la Compañía… Como si la niña no estuviese ahí. Pero lo está, siempre a mis espaldas, soltando de vez en cuando su (ahora) irritante Una foto, un dólar. No me la quito de encima.

Entonces, opto por la guerra psicológica. En uno de los extremos de la Plaza hay un bar con terraza. Me siento en una de las mesas y pido una cerveza (Sí, Cusqueña, por favor). La niña, a su vez, se coloca estratégicamente en la acera de enfrente, a la sombra. Me vigila. La llama (o la alpaca) se ha sentado en el suelo y también me observa. O eso me parece.

La cerveza está fría y es deliciosa, pero no puedo disfrutarla como merece, pues noto en mi cogote aquellos cuatro ojos acechantes. Estoy empezando a obsesionarme. Me levanto, pago y continúo mi paseo. Si quiere perseguirme, no se lo voy a impedir. Ya se cansará (no es Terminator). Dejo la Plaza de Armas por la calle Triunfo. Giro a la izquierda por Palacio, una calle en cuesta que, osado de mí, remonto casi corriendo, con la respiración algo entrecortada. La niña sigue ahí, a rebufo, muy cómoda. La calle Palacio desemboca en la Plazoleta de las Nazarenas. En una de las casonas de la pequeña plaza hay un letrero en el que leo mi salvación: Museo de Arte Precolombino. Al lado del nombre aparecen las familiares (y no por ello menos amenazadoras) siglas del BBVA. Seguro que ahí no permitirán que la niña entre con su llama (o su alpaca). Y no creo que la deje atada fuera, como un cowboy antes de entrar al saloon. Victoria.

La entrada cuesta 20 soles. Es decir, 5 euros, o lo que es lo mismo, seis fotos-y-media-con-niña-y-llama-(o-alpaca). Un escalofrío de ridículo recorre mi espalda. Pero ahora no puedo ceder. Pago y entro en el museo. No tardo en comprobar –aliviado– que soy el único visitante. Por fin un poco de paz. A salvo de la niña, recorro despacio las salas del museo, organizadas en función de las diversas culturas precolombinas: Nazca, Mochica, Chimú, Inca… Me demoro contemplando las joyas realizadas en oro y en hueso, las esculturas de madera, las piezas eróticas, las armas, las diferentes estatuillas e ídolos, algunos de los cuales tienen forma de llama (o de alpaca).

La exposición continúa en el piso superior. En él, las culturas precolombinas dejan paso a la pintura colonial. Nada de lo que hay expuesto en este piso tiene el menor interés: además de ser malos, la mayoría de los cuadros son de (insoportable) temática religiosa. Después del tercer Cristo con faldas, empiezo a aburrirme (reconozco que el primero me hizo mucha gracia: verlo en la cruz con aquella faldita blanca de encaje resultaba grotesco). Ya llevo casi una hora metido en el museo. La niña tiene que haberse cansado. De mí, de esperar y de perder dinero. Decido salir a la calle. Quién dijo miedo.

La niña está fuera. De pie, frente a las escaleras del museo. La llama (o la alpaca) debe estar más cansada que ella, pues se ha tumbado en el suelo y parece dormitar. Cuando la niña me ve, la llama (o la alpaca) despierta y se incorpora de un salto. La escena me inquieta, porque la niña no ha dicho nada ni ha movido un músculo para avisar a su animal. Telepatía. O habrá reconocido mi olor, después de pasar tanto rato juntos.

Estoy tentado de acercarme a la niña y exigirle –con buenos modos– que deje de seguirme. Pero aparece de nuevo mi orgullo para tomar el mando de la situación: como la guerra psicológica (fingir que la niña no existe) no ha funcionado, decido pasar a la guerra de desgaste. Desmoralizar al contrario. Vale, estamos a 3399 metros de altitud, es su territorio, pero yo me siento fresco y en forma (el soroche no ha aparecido, y después de dos días en Cusco seguro que ya no lo hará). Veamos quién cede antes.

Salgo de la Plazoleta por la misma calle por la que he entrado (Palacio) y giro a la izquierda por Hatum Rumiyoc. No llevo recorridos más que quince metros cuando un grupo de tipos que hay sentados ante lo que parece una tienda de comestibles se me echa encima. Todos se ofrecen como guías y, empujándose unos a otros, me enseñan fotos de una piedra. La Piedra de los Doce Ángulos (he leído sobre ella en mi guía). Pocos metros más adelante hay un montón de turistas (no todos llevan chullo). Quizá si me oculto entre ellos, la niña pierda mi rastro. Me uno al grupo: todos observan la piedra, perfectamente encajada en el centro del muro, mientras hacen fotos y fingen atender a lo que un par de tipos (colegas de los que antes me han asaltado) cuenta sobre la curiosa piedra y su origen incaico. Esta vez los japoneses ganan a los yanquis: veinte (más o menos) contra una pareja de abueletes de caras sonrosadas, los cuales, pese a sus voluminosos corpachones (deben ser tejanos), parecen incómodos por su inferioridad numérica. Rodeados de tanto amarillo, seguro que están invocando el espíritu de Iwo Jima.

Mi intento de difuminarme entre los turistas no ha funcionado: mi metroochentaydós me delata. Y, pese a mis abundantes canas, todavía no puedo pasar por un abuelo tejano. En otras palabras, la niña no ha perdido mi rastro. Desde la acera de enfrente, ella y su llama (o su alpaca) me observan, esperando un nuevo movimiento por mi parte.

En ese momento, la pareja de ancianos, al ver a la niña, se acercan a ella cámaras en ristre. Esta es mi oportunidad: mientras negocia con ellos, posa y les cobra el puto dólar, podré darle esquinazo. Pero la niña no sólo no les hace caso, sino que incluso deja que la fotografíen gratis. Una nueva puñalada en mi orgullo. Inmóvil en la acera, me observa en silencio. Empiezo a agobiarme.

Lo mejor es continuar caminando. Cuando termina Hatum Rumiyoc, giro a la derecha y sigo por la Avenida Tullumayo. La sombra que bañaba las calles que he recorrido desaparece aplastada por un sol brutal. Pero eso no va a detenerme.

Debo llevar andados casi dos kilómetros a pleno sol. Me he quitado la chaqueta y voy en manga corta. Por ahora, todos los sistemas funcionan correctamente. Mientras ando, consulto el plano de la ciudad. La Avenida Tullumayo se cruza con la Avenida del Sol, la cual, en sentido contrario al de mi marcha, va directamente hasta la Plaza de Armas. Por lo que se ve en el mapa, si continúo en la misma dirección que llevo, eso me alejará del centro y me llevará hacia una zona menos interesante de la ciudad (si tengo que caminar, por lo menos que me aproveche). Decido tomar la Avenida del Sol y volver sobre mis pasos. Echo una mirada fugaz hacia mi retaguardia. Mis perseguidores siguen tan tranquilos. Tengo sed.

Paradójicamente, en la Avenida del Sol domina la sombra. Eso me permite recuperar un poco el resuello. Sigo andando a buen paso.

Al poco rato, veo un indicador que anuncia que a la derecha se encuentra el Koricancha (el Templo del Sol). Aunque metido de lleno en una guerra de desgaste, eso no me impide hacer turismo, así que sigo la señal y giro a la derecha. Cuando llego, lo que me encuentro es un convento (el de Santo Domingo), que los conquistadores construyeron sobre el Koricancha de los incas, después de saquearlo. La religión es amor. Mientras paso rápidamente ante el convento y las ruinas de la construcción original, me prometo volver mañana para visitar el lugar como se merece. Seguro que entonces –me digo para animarme– ya me habré librado de la niña; en algún momento tendrá que dormir, ¿no? De nuevo viene a mi mente la imagen de Terminator. Continúo caminando.

De pronto, noto una punzada en mi nuca. ¿Un aviso del soroche? Nada de eso: es el remordimiento, pues la sensación va acompañada de una voz –muy parecida a la mía– que me dice que pague el maldito dólar. Si acelero, seguro que la voz se calla.

Cuarenta minutos más tarde, noto la boca seca, me duelen los pies. Estoy agotado. He girado por varias calles sin rumbo fijo, siempre con la niña y su llama (o su alpaca) pegadas implacablemente a mis talones: Romeritos, Maruri, Afligidos, he cruzado la Avenida del Sol para continuar por Ayacucho, San Andrés, San Bernardo, Heladeros, Cabildo, Santa Teresa, 7 Quartones, Teatro, Granada, Garcilaso, Del Medio… He recorrido todo el centro de Cusco para, sin darme cuenta, encontrarme de nuevo en la Plaza de Armas. He vuelto a la casilla de salida.

Acepto mi destino. Y mi derrota. Me detengo. La niña se me acerca y, antes de que diga nada, le doy un billete de cinco dólares y me alejo. Inmediatamente, escucho un ¡eh, señor! Me giro y veo a la niña que camina hacia mí, mientras busca algo en su bolsa. Me alcanza y, con un gesto de indiferencia, me devuelve cuatro arrugados billetes de un dólar. En ese mismo instante, la llama (o la alpaca) me escupe. Echo a correr calle abajo.

 

David Roas (Barcelona, 1965)
Escritor. Ha publicado: Los dichos de un necioCeluloide sangriento, Horrores cotidianos y Distorsiones, entre otros libros.

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