Lucas Alamán murió en 1853 sin revelar el enigma que había atormentado a los historiadores de su tiempo. ¿En dónde estaban los huesos de Hernán Cortés? La osamenta del conquistador se hallaba perdida desde 1836. José María Luis Mora propaló la versión de que alguien los había sacado del país en secreto. Joaquín García Icazbalceta relató que cada que le preguntaban por el paradero de los restos, Alamán cambiaba de conversación con cualquier pretexto. En 1920 los huesos seguían sin aparecer. Carlos Pereyra aseguró en 1920 que la renuencia de Alamán a abordar el tema se debía con seguridad a la existencia de un pacto secreto.

Cortés murió en Sevilla en 1547. En el mausoleo que se le destinó, su hijo Martín hizo grabar este epitafio, bello y sombrío:

Padre cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa ahora en paz, eternamente.

Pero Hernán Cortés no tuvo paz ni antes ni después de su muerte. En el testamento que redactó apenas dos meses antes del fin, ordenó que sus restos fueran devueltos a la Nueva España y sepultados en un convento que a costa suya, y antes de un plazo de diez años, debía ser construido en Coyoacán. Sus deudos lo sepultaron en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Sevilla; alegando “necesidades de espacio” sacaron los restos tres años más tarde, para depositarlos en el altar de Santa Catarina. La última voluntad del conquistador tardó quince años en ser cumplida. Volaba el año de 1566, cuando zarpó la nave encargada de transportar el ataúd al reino que don Hernando había conquistado. El convento de Coyoacán no pasó de ser una quimera: la cláusula más olvidada del testamento. Al llegar a tierra, los restos fueron conducidos a la iglesia de San Francisco de Texcoco, en donde, ¡séale la tierra leve!, yacían los restos de la madre del conquistador, doña Catalina Pizarro.

09-cortes

Terminó el siglo XVI, se cumplió el primer centenario de la Conquista, y al poco tiempo, 1629, murió el último descendiente de Cortés en línea masculina: Pedro Cortés, cuarto marqués del Valle. Don Pedro fue sepultado con pompa en el templo de San Francisco. El virrey de Guadalcázar mandó que los restos de su ilustre antepasado fueran a reposar al sitio en que “tomó descanso el último de sus herederos varones”. En un sepelio majestuoso, en el que unos trescientos frailes marcharon en procesión por el Empedradillo (desde el actual Monte de Piedad, donde estuvieron las casas de Cortés), la urna forrada de terciopelo, en la que había sido depositada la osamenta “del famoso campeón e invencible Hércules de Extremadura”, fue colocada, primero, en un pequeño nicho del Sagrario y años más tarde “debajo del altar mayor”. La llave que abría esa urna pasó de mano en mano durante 165 años entre los frailes sacristanes del convento de San Francisco; en 1763, el padre Francisco de Ajofrín tuvo la calavera entre las manos. Escribió en el diario de sus viajes que en la urna se leía, en letras doradas:

Ferdinandi Cortes osa servantur hic famosa

Llega 1790. Revillagigedo ordena que los restos sean llevados al templo del Hospital de Jesús —que el propio Cortés fundó en los años inmediatos a la Conquista— para que ocupen el “magnífico sepulcro” que han diseñado José del Mazo y Manuel Tolsá. La ceremonia es solemne y suntuosa. La osamenta es envuelta en una sábana de Cambray bordada de seda negra. Ha llegado a su sexto sitio de reposo: el que, según todo lo indica, será su última sepultura.

Pero no es así. No fue así. En 1823, huesos más ilustres llegan a la ciudad de México para ser honrados en la Catedral Metropolitana. Son los restos de Hidalgo, de Morelos, de media docena de insurgentes. La visión de aquellas osamentas sagradas desata el fervor nacionalista. Por la ciudad circulan impresos que incitan al populacho a extraer los huesos de Cortés e incinerarlos en donde antiguamente estuvo el “quemadero” de San Lázaro, una de las plazas donde el Santo Oficio ejercía, en la persona de las brujas, los sométicos y los judaizantes, su ministerio terrible.

La víspera del 16 de septiembre todo pareció indicar que la profanación era inminente. Lucas Alamán, que un año más tarde iba a impedir que la furia nacionalista fundiera la estatua ecuestre de Carlos IV, ingresó al templo en secreto y cambió los huesos a un lugar donde no se les encontrara. Para burlar la vehemencia nacionalista, desmontó los mármoles del sepulcro, que alguien robó poco después, e hizo que un busto de Cortés que Manuel Tolsá había esculpido fuera llevado a Italia. Incluso el “pontífice de los deturpadores de Cortés”, el intelectual liberal José María Luis Mora, creyó que los restos habían salido de México.

Alamán no dijo a nadie dónde se encontraba la osamenta, pero reveló su ubicación en un documento fechado en 1836. Ese documento llegó a manos de la embajada española una vez que las relaciones México-España se restablecieron. La embajada mantuvo la información oculta durante un siglo.

El 11 de noviembre de 1946 el historiador del arte novohispano Francisco de la Maza asistió a una misteriosa reunión a la que lo habían convocado un refugiado español (Fernando Baeza) y un becario cubano de El Colegio de México (Manuel Moreno). Estos personajes le informaron que tenían en su poder la carta que respondía la pregunta que los historiadores se hacían desde el siglo Xix.

Dos años antes, José C. Valadés había buscado la tumba sin éxito alguno. Corría la leyenda de que en 1919 también el capellán del Templo de Jesús se había empeñado en encontrarla, y que lo hizo en forma tan obsesiva que terminó recluido en un manicomio.

De la Maza constató la autenticidad del documento que le mostraban. Era el mismo que Alamán había redactado poco después de esconder los restos. Con el auxilio del historiador Alberto María Carreño, De la Maza obtuvo autorización del secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, para llevar a cabo una nueva búsqueda.

Al amanecer del domingo 24 de noviembre de 1946, los dos historiadores, acompañados por Manuel Moreno, Fernando Baeza y un conjunto de notables, entre los que estaban Manuel Toussaint, Manuel Romero de Terreros y un bisnieto de Alamán, penetraron en el templo. Carreño dio el primer barretazo. Al caer la tarde, tras una doble hilera de ladrillos, apareció un catafalco: el catafalco que había torturado la imaginación de generaciones enteras. Según la crónica publicada en esos días por El Universal, quienes deambulaban aquel domingo por las inmediaciones de Pino Suárez y República de El Salvador pudieron presenciar el momento insólito en el que cuatro historiadores salieron del templo cargando un ataúd y marcharon por la calle a tropezones, hacia la cercana oficina del director del Hospital de Jesús.

En ese sitio abrieron el catafalco. Los huesos se hallaban dentro de una caja de plomo; el cráneo descansaba en una urna de cristal. El bisnieto de Alamán —no a otra cosa había venido— entregó a De la Maza una llave de oro que había pasado en secreto de padres a hijos. Servía para abrir la cerradura de la urna de vidrio.

Hubo ese instante de expectación del que hablan las novelas. Los restos aparecieron envueltos en un rico pañuelo con galones de oro.

Al momento de su muerte, el “Invencible Hércules de Extremadura” era un viejecillo al que sólo le quedaba el colmillo superior izquierdo.

Al día siguiente, al término de un acto oficial, el secretario Torres Bodet subió al automóvil del presidente Manuel Ávila Camacho y le informó del hallazgo. Le dijo también que los historiadores deseaban rendir homenaje a los restos del conquistador. Ávila Camacho respingó. Un homenaje, dijo, sólo iba a servir para azuzar “una vieja discordia histórica, estéril, interminable”. Ordenó que el INAH realizara la autentificación de los restos y volviera a enterrar los huesos en el mismo sitio.

El informe de antropología forense mostró que el esqueleto estaba surcado por diversas huellas de lesiones patológicas. Cortés tenía el tabique nasal desviado y severas contusiones en omóplatos, fémures, tibias y peronés: las huellas de la Conquista. Su osamenta se hallaba marcada, además, por diversos procesos infecciosos. Había padecido tifoideas y disenterías. Al llegar la muerte, la mayor parte de sus huesos estaban arqueados e hipertrofiados.

La tumba volvió a cerrarse. Nadie celebró el hallazgo de esos huesos que llevaban años perdidos. El único homenaje que se les permitió: una placa que enmarcaba las dos fechas:

Hernán Cortés
1485-1547

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

 

Un comentario en “1946. La calavera de Hernán Cortés

  1. Quisiera atestiguar que los mexicanos por fin seamos capaces de dominar a los demonios que nos atormentan, el día que los estos de Cortés, Hidalgo, Iturbide, Alamán, Porfirio Díaz, Juarez, dejen de causar escozor.., significará que los Mexicanos habremos sido capaces de entender y aceptar que todos ellos contribuyeron de una u otra forma en el armado del país que tenemos y que, de sus acciones y omisiones sirvan para alentarnos a ser una mejor nación
    Escuchar y leer comentarios aprobatorios o lapidarios sobre estos personajes, como si estuvieran vivos hoy indica por el contrario que cargamos una coraza que nos limita en la búsqueda de ser una sociedad plenamente desarrollada