02-puntos

Son interesantes sus aplicaciones. Fuera de los usos comunes, empleamos este signo para explicar, ampliar, completar una proposición que truncamos de pronto, sirviéndonos los dos puntos de enlace con la siguiente, pues en realidad suplen un nexo callado; sin ellos el conjunto carecería, por lo regular, de sentido. Hay quienes emplean la coma con el mismo oficio, y viceversa, pero estas permutas no son siempre valederas en los casos a que aludimos: “es un tubo al vacío que envía impulsos electromagnéticos a la velocidad de la luz, 300,000 kilómetros por segundo”; “que todo en la vida humana/ representación es./ Y obrar bien: que Dios es Dios”. La coma de la primera cita podría reemplazarse con dos puntos, y a la inversa en el segundo ejemplo.

Si el nexo está presente, sobran los dos puntos por abundantes: “Catamarca, Salta y Jujuy: son excelentes temas para nuestro folklore”; “La caridad privada no remedia de raíz los males de la pobreza: pues apenas los alivia un momento”; “no había víveres en las trincheras: ya que se los llevaron las tropas en retirada”.

En ocasiones su uso es muy convencional, y en otras parece pasado de moda, ya que el uso en las letras no escapa de esa tirana: “Y, a propósito: voy a deciros los bienes que habéis heredado”; “Lo que unos alaban, de otros es vituperado: lo que para unos es santidad, para otros es superstición: lo que unos tienen por lícito, otros lo consideran defeso”; “Ésta es su política: ésta es su conducta”.

Veamos algunos trozos más o menos correctos: “Dícese que los pueblos vencidos son como los ricos arruinados: no tienen amigos”; “Una paradoja atrevida dice que este país es el que da más valor al dinero: lo derrocha”; “El egoísta todo lo convierte en utilidad propia: para freír un huevo quemaría vuestra casa”; “domador, cazador, pastor, fitógrafo, veterinario, poeta, músico: el gaucho es artesano universal y, a su modo, un sabio profundo”; “En los siglos XIV y XV dos mujeres dictaron Derecho Romano en la Universidad de Bolonia: Novella d’Andrea y Maddalena Bonsignori. Como ésta era de una belleza deslumbradora —según las crónicas—, los discípulos más la miraban que la oían, y tuvo que recurrir a un expediente curioso: dictaba sus lecciones oculta tras una cortina”.

Fuente: José M. Rafols, Acento impreso. Notas para correctores, Arbó Editores, Buenos Aires, 1947. [En el prólogo dice Constancio C. Vigil: “(Estos útiles apuntes) son de un hombre envejecido en el oficio, que recuerda que fue en su juventud maestro de escuela y que desea ahora ayudar a los nuevos correctores con los frutos de su larga experiencia y de su estudio. Noble empeño que prueba generosidad de corazón y merece la simpatía de los trabajadores del periodismo”. El libro de Rafols está dedicado “A don Salvador Alonso, jefe de Corrección de La Nación”.]