Los dioses olímpicos tratan a la humanidad de la misma manera que los aristócratas tratan a los inferiores, con una especie de justicia rígida, en especial atenta a sofocar cualquier cosa que amenace sus privilegios. Su morada en la cima de una montaña está simbólicamente “por encima” de la humanidad. En una etapa posterior, abandonan del todo la tierra y se van a las estrellas; hacia fines de las épocas clásicas la mayoría de los dioses efectivos se habían convertido en dioses estelares. La madre-tierra tiende también a adquirir las características de una diosa celestial: podemos percibir parte de este desarrollo incluso en la Biblia. En la época de los jueces se adoraba en Israel a una diosa de la fertilidad, por lo general llamada Asherah, dado que era una diosa de los árboles, y las asherah o estacas de madera eran su emblema (Jueces 6, 25 y en otras partes). Para la época de Jeremías (Jeremías 44, 15 sigs.) Asherah era ya la Reina de los Cielos. Cuando Jeremías reprocha a las mujeres de Jerusalén por volver a su culto, ellas le responden con calma que no han tenido suerte desde que la habían abandonado, y que nada tienen que perder si renuevan su fidelidad, una línea de argumentación no muy diferente de la de Jeremías. De manera similar, Isis, en Egipto, movió su centro de gravedad del ciclo inferior al superior, aunque siempre habían existido diosas celestiales en Egipto. En el cristianismo, la Virgen María tomó algunos de los atributos de una Reina de los Cielos, con su manto azul y su emblema en forma de estrella (stella maris), que también pertenecía a Isis. Algunos desarrollos dentro del judaísmo atribuyeron algo similar a una Schekinah o presencia femenina. En ninguno de estos casos se llegó a considerar en ningún sentido como Dios supremo a estas figuras, pues la divinidad continuó siendo simbólicamente masculina en todas las religiones bíblicas.

Fuente: Northrop Frye, El gran código (traducción de Elizabeth Casals), Editorial Gedisa, Barcelona, 1988.

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