Nicolás Medina Mora retrata de perfil a Michelle Esquenazi, dueña de una de las agencias de fianzas con fines de lucro más grandes de Nueva York, quien ha construido un imperio bordeando los límites de la legalidad.


Flanqueada por dos guardaespaldas y calzada con tacones altos, Michelle Esquenazi entró marchando al salón de clases y se sentó frente a treinta adolescentes adormilados. Era una mañana despejada de noviembre, y la dueña y presidenta de Empire Bail Bonds había sido invitada a dar una charla en una preparatoria pública en Bellmore, a las afueras de Nueva York. El tema previsto era el sistema de justicia penal de los Estados Unidos, pero Esquenazi parecía estar más interesada en espantar a los niños.

“La mayoría de mis clientes son mamás y papás que le están pagando la fianza a delincuentes primerizos”, dijo. “La caras de la gente a la que ayudo se parecen mucho a las de ustedes”.

Lo que siguió fue una descripción detallada de cómo funcionan las finanzas privadas, la polémica industria que sacó de la pobreza a Ezquenazi y su familia. Digamos que te arrestan bajo la sospecha de haber cometido un crimen en los Estados Unidos. Antes que nada, tendrás que comparecer ante un juez. Si los cargos en tu contra no son demasiado serios y no existe riesgo de que te escapes, el juez te dejará ir bajo la promesa de que regresarás al tribunal el día de tu cita. Sin embargo, esto casi nunca sucede. Lo más probable es que el juez te pida que pagues una cierta cantidad de dinero como garantía de que no te vas a escapar. Esta garantía se llama fianza. Si te portas bien, el dinero te será devuelto al final del juicio, incluso si eres declarado culpable. En cambio, si te das a la fuga o faltas a alguna cita, perderás tu dinero para siempre. Lo que es peor, el tribunal emitirá una orden de arresto en tu contra.

Pero digamos que no te alcanza el dinero para pagar la fianza, y que tu familia y amigos no quieren o pueden ayudarte. Podrías decidir pasar el tiempo que dure tu juicio en la cárcel, pero la mayoría de los tribunales en Estados Unidos están tan saturados que podrías terminar pasando años enteros detrás de las rejas antes de ser declarado culpable. Y, si quieres creerle a Esquenazi, esa es una situación que deberías evitar a toda costa.

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“Cuando te encarcelan, te das cuenta de lo bueno que era poder comerte un plato de Choco Krispis cuando se te daba la gana”, le dijo Esquenazi a los adolescentes suburbanos. “¿Saben lo que le pasaría a cualquiera de ustedes si terminaran en la cárcel? Los tipos de ahí dirían ‘¡Miren a este adorable niñito blanco!’. Y entonces, les guste o no tener relaciones homosexuales, se verían completamente obligados a tenerlas”.

Afortunadamente, los agentes de fianzas como Esquenazi pueden ayudarte a evitar tal resultado. Compañías como la suya ofrecen pólizas de seguros que le garantiza al tribunal el pago de tu fianza. A cambio de tan valioso servicio, estos agentes cobran un honorario no reembolsable, el cual suele ser caro pero siempre es una fracción del monto total de la fianza. En caso de que no te presentes frente al tribunal el día de tu cita, tu agente te buscará hasta encontrarte y te llevará de regreso ante al juez. Esto es porque, si el agente consigue que te presentes en el tribunal, la compañía no tiene que pagarle nada al tribunal. Este sistema, legislado por la Suprema Corte de los Estados Unidos en el siglo XIX, significa que los agentes tratan por todos los medios —a veces bordeando los límites de la legalidad— de asegurarse de que cumplas tu parte del trato. El resultado es una industria híbrida: mitad compañía de seguros, mitad fuerza policial privada.

“En mi mundo, ustedes no son especiales”, dijo Esquenazi a los estudiantes para concluir su presentación. “No son copitos de nieve. Yo le garantizo a la buena gente del orgulloso estado de Nueva York que ustedes van a comparecer ante sus tribunales. Para mí, ustedes son dinero andante. Sus cuerpos me pertenecen”.

Empire Bail Bonds, la compañía de Esquenazi, es una de las agencias de fianzas más grandes de Nueva York. La empresa tiene oficinas en casi todos los condados de la ciudad: Brooklyn, Staten Island, Queens y Long Island. Según cuenta, la firma atiende a “cientos de miles” de clientes, avalando decenas de millones de dólares en fianzas cada año.

Esquenazi y algunos de sus colegas afirman que su industria contribuye a la igualdad de oportunidades en la justicia penal. Se justifican diciendo que su negocio le da a los acusados de bajos recursos la misma ventaja que tienen los ricos: libertad durante el juicio. Dicen que el sistema le ahorra dinero al gobierno, pues si los acusados esperan a su juicio en libertad no es necesario cubrir los costos del encarcelamiento. Argumentan, además, que al enviar a cazarrecompensas en busca de fugitivos, reducen la carga de trabajo de la policía.

“Las fianzas son la única parte del sistema penal que no le cuesta nada a los contribuyentes”, dijo Dennis Sew, uno de los vicepresidentes de Agentes de Fianzas Profesionales de Estados Unidos.

Pero esta narrativa triunfalista se ha topado con una nueva ola de resistencia, sobre todo desde que la gente de Ferguson y Nueva York ha salido a la calle a protestar contra las injusticias del sistema penal. Los críticos han llamado “depredadora” a la industria de las fianzas, diciendo que se trata de un sistema en el que cazadores de fortunas se aprovechan sin vergüenza de la gente de bajos ingresos y de las minorías étnicas. La terca supervivencia del negocio —los Estados Unidos y las Filipinas son los únicos países que todavía permiten la práctica— depende de un concepto de libertad paradójico y sumamente estadunidense: un derecho irrevocable que, no obstante, se puede comprar y vender.

 

Esquenazi tiene incontables anécdotas y está dispuesta a contárselas a quien sea que quiera escucharlas. Un ejemplo es la historia de Raymond y Jonathan Roth, padre e hijo acusados de simular la muerte del primero para cobrar un seguro de vida de 410 mil dólares. En 2013, Empire Bail Bonds cubrió la fianza de Jonathan, pero el joven huyó del estado. Esquenazi le siguió la pista hasta Ohio, donde logró que el estafador abriera la puerta de su escondrijo usando a una hermosa modelo como carnada.

“Por supuesto que le abrió la puerta a un buen par de nalgas, eso siempre funciona”, Esquenazi le dijo al New York Post poco después del arresto.

O tomemos el caso de Michael Mastromarino, también conocido como “el ladrón de huesos de Brooklyn”. Dentista de profesión, Mastromarino fue acusado en 2006 de extraer ilegalmente huesos y órganos de docenas de cadáveres humanos, que después vendía a pacientes en necesidad de trasplantes. Operando en un cuarto secreto en una morgue de Brooklyn, el siniestro dentista reemplazaba los huesos robados con tubos de PVC, para que los familiares de los muertos no se dieran cuenta de que algo le faltaba a los cadáveres. Con este esquema, Mastromarino ganó más de cuatro millones de dólares.

Después del arresto de Mastromarino, el juez fijó una fianza de un millón y medio de dólares. Tras pasar una breve temporada en la infame prisión de Rikers Island, el dentista acudió a Empire Bail Bonds para negociar su libertad. Esquenazi aceptó ayudarlo, pero no sin pensarlo dos veces. Su principal preocupación era asegurarse de que Mastromarino no huyera a las Bahamas, donde, según Esquenazi, el dentista había escondido una importante cantidad de dinero. Así que, cuando el ladrón de huesos salió de Rikers, Esquenazi envió a uno de sus empleados a entregarle una bolsa de papel.

“¿Sabes qué había en la bolsita?”, me preguntó Esquenazi una mañana de otoño en su oficina del centro de Brooklyn. “Un sándwich de salchicha ahumada y una cajita de leche. ¿Sabes por qué? Porque ése es el lunch que te dan en Rikers todos los días. Queríamos que se acordara de dónde acababa de salir, y a dónde lo íbamos a regresar si no se portaba bien”.

Al día siguiente, otro de los empleados de Esquenazi se presentó en la casa de Mastromarino a las cinco de la mañana. Esta vez, el regalo consistía en una bandeja de bagels recién horneados. La lección: ¿a poco no sabe muy bien la libertad? No te la juegues.

De acuerdo con el abogado de Mastromarino, Mario Gallucci, la esposa del dentista se sintió tan intimidada que el ladrón de huesos prefirió perder los 90 mil dólares que ya le había dado a Esquenazi antes que seguir con su agencia, optando por pagar a otra compañía para que se hicieran cargo de la fianza. La nueva agencia arrestó a Mastromarino luego de que se presentó veinte minutos tarde a una cita, por lo que tuvo que pasar el resto de su juicio tras las rejas. El jurado lo declaró culpable, y el juez lo sentenció a cincuenta y ocho años en prisión. Murió en la cárcel en 2013, de cáncer de hueso.

Esquenazi está orgullosa de su habilidad para intimidar a Mastromarino. Lo ve como una astuta estrategia de negocios: si el dentista se hubiese fugado, ella habría perdido millones de dólares.

“Ese tipo estaba demente”, dijo. “Puede que yo viva entre ratones, pero siempre puedo oler a una rata”.

La historia de Mastromarino es el tipo de cuento que a Esquenazi le gusta contar, pero, a diferencia de él, la mayoría de los clientes de fianzas suelen ser pobres. De acuerdo con el Instituto de Justicia Previa al Juicio, un centro de investigación sin fines de lucro, el 53% de los estadunidenses acusados de haber cometido delitos son incapaces de pagar sus propias fianzas. Los números son peores para los acusados pobres: según informó The Village Voice, el 40% de las fianzas emitidas en Nueva York en 2010 fueron menores a mil dólares, pero sólo el 17% de los acusados a quienes se les ofrecieron tales paquetes pudieron pagar. El resultado es que los acusados pobres quedan a la merced de una industria que el Instituto de Normas de Justicia —otra organización sin fines de lucro— describió como “invariablemente propensa a la corrupción, a la complicidad criminal, y al abuso de la fuerza”.

Esquenazi y algunos de sus colegas dicen que unos cuantos “malos actores” le han dado mala fama al negocio. Cuando le pedí un ejemplo, Esquenazi mencionó a George Zouvelos, un agente de Brooklyn que perdió su licencia el año pasado. De acuerdo con el Departamento de Servicios Financieros de Nueva York, la agencia que supervisa la prestación de fianzas, Zouvelos tardaba “meses o incluso años” en regresar el dinero que las familias de los acusados le daban como garantía, cobraba cantidades excesivas por gastos ficticios, y poseía una escopeta ilegal. (Zouvelos está peleando en tribunales de apelación para que el gobierno le regrese su licencia. Me dijo que considera que las sanciones en su contra son “ilegales, más allá de la jurisdicción” y que son, además, “una violación de la Constitución”.)

Los críticos replican que, incluso si todos los agentes actuaran dentro de la ley, existen alternativas a las finanzas privadas. Los servicios previos al juicio, como se les llama a dichas alternativas, son programas financiados por el gobierno que determinan el nivel de riesgo del acusado y emiten una recomendación sobre si éste debe o no ser puesto en libertad. Estos programas no toman en cuenta el nivel económico del acusado, sino que se enfocan en factores como lazos familiares, experiencia laboral, y antecedentes penales previos. Además de evaluar si un acusado es apto para ser liberado, los servicios previos al juicio asesoran, supervisan y dan apoyo social a las personas que enfrentan juicio. Decenas de estudios han demostrado que estos programas son efectivos, lo que obliga a preguntar por qué las finanzas privadas siguen siendo legales en Estados Unidos. Según algunos expertos, es porque las grandes compañías de seguros que avalan a los agentes de fianzas suelen hacer grandes donaciones a las campañas electorales de legisladores, procuradores y jueces.

“Estas compañías ejercen mucha presión política”, dijo Jon Wool, un experto en servicios previos del Instituto Vera, una organización sin fines de lucro. “Cada vez que se sienten amenazadas, envían dinero, emiten propaganda, y le dan instrucciones a los agentes sobre cómo defenderse a sí mismos”.

Más allá del origen del capital político de la industria, las finanzas privadas son cada vez mejor negocio. La cantidad y el tamaño de las ofertas de fianza han aumentado en las últimas décadas, a pesar de que los índices de criminalidad han disminuido en todo Estados Unidos. Las estadísticas del Departamento de Justicia (DOJ, por sus siglas en inglés) muestran que entre 1990 y 2009 el número de delincuentes a quienes se les ofreció fianza aumentó un 65%. El DOJ también descubrió que, entre 1992 y 2006, el precio de la fianza promedio subió más de treinta mil dólares. El resultado es una industria enorme: de acuerdo con PBUS, el valor total de las fianzas pagadas en Estados Unidos en 2012 fue de 14 miles de millones de dólares.

Calcular qué parte de esta última cifra fue a parar a los bolsillos de agentes de fianzas resulta difícil, ya que las regulaciones impuestas a la industria varían a lo largo de Estados Unidos. La mayor parte de los estados permiten que los agentes cobren honorarios a una tasa fija que oscila entre el 6% y el 20% del valor total de la fianza; trece dejan que cobren lo que quieran; Illinois, Oregón, Wisconsin, Kentucky, Massachusetts y Washington D.C. han prohibido la práctica. En todo caso, queda claro que en el negocio de las fianzas se puede hacer dinero, mucho dinero. Sólo tienes que estar dispuesto a ensuciarte un poco las manos.

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La industria de las fianzas tiende a atraer a gente que no contó con los recursos necesarios para involucrarse en formas más tradicionales de banca. Esquenazi no es la excepción. Su padre vino de Cuba a los Estados Unidos a finales de la década del cincuenta, justo antes de que Castro entrara a La Habana. Se estableció en East New York, un barrio pobre de Brooklyn, donde abrió una tienda de zapatos con sus hermanos y se casó con una polaca. El negocio resultó ser bueno, por lo que al poco tiempo la familia se mudó a Canarsie, un barrio relativamente próspero en aquella época. La infancia de Esquenazi, me dijo, estuvo llena de juegos de pelota en calles de un solo sentido y camiones de helados estacionados frente a hileras de casas de ladrillo.

Aquel idilio llegó a su fin cuando Esquenazi entró en la adolescencia. La ciudad de Nueva York cayó en una espiral de crimen y corrupción. La violencia se disparó. El gobierno municipal casi se va a la quiebra. Esquenazi perdió interés en la escuela porque, según explicó, “tenía lugares a dónde ir y personas a quién ver”. Esta actitud enfurecía a su madre, quien había crecido en la pobreza y veía en las faltas de su hija un insulto a su trabajo y dedicación. En ocasiones los enfrentamientos entre madre e hija se volvían físicos.

“En aquel entonces las cosas eran diferentes”, dijo Esquenazi al referirse a su relación con su madre. “Uno podía moler a palos a sus hijos”.

Después de la preparatoria, Esquenazi se mudó a Miami, donde se enamoró de un guapo inmigrante cubano llamado José Luis Santana. Se fueron a vivir juntos.

“No teníamos otra cosa en el refrigerador más que crema de cacahuate y mermelada de fresa, pero éramos felices”, dijo Esquenazi. “Por la noche nos íbamos de discoteca, en la mañana íbamos a la playa, y en la tarde íbamos a casa a dormir”.

Esa vida tuvo un final repentino en 1987, cuando Santana murió a los veintiún años. Desconsolada y hecha pedazos, Esquenazi regresó a Nueva York y terminó en un mal matrimonio. Cinco años después, estaba divorciada, con tres hijos, y viviendo de prestaciones sociales.

Por aquella época Esquenazi se hizo amiga de una prima lejana, una turca adinerada llamada Sibel Carlin. Unas cuantas veces al año, Carlin invitaba a Esquenazi y a sus hijos a su departamento con vista al Central Park para regalarles ropa. Durante una de esas visitas, en 1993, el esposo de Sibel llegó temprano a la casa y se encontró con Esquenazi. Su nombre era Montgomery Carlin, y aunque había empezado como abogado en derecho migratorio, terminó convirtiéndose en agente de fianzas. Esquenazi le dijo que estaba estudiando para ser asistente jurídico. Carlin la contrató en el acto. Esquenazi sobresalió en su trabajo y, con el tiempo, Carlin le encargó abrir una oficina en Hempstead, en Long Island.

Pero entonces, alrededor de 1994, Carlin empezó a tener problemas. Sus socios lo demandaron varias veces en juzgados civiles, alegando que les debía millones de dólares. En 1999 el Departamento de Servicios Financieros suspendió su permiso para ejercer como agente de fianzas, alegando que había robado a clientes inmigrantes.

(Contactada por telefóno en Estambul, Sibel se negó a hacer comentarios. Nadie contestó los muchos números de teléfono registrados bajo el nombre de Montgomery. El ex agente de fianzas no respondió a los muchos correos electrónicos que envié a sus direcciones.)

Esquenazi, que para aquel entonces era una agente de fianzas con licencia, se quedó a cargo de la oficina en Long Island. Tenía muy poco dinero y un pésimo historial crediticio, pero aun así convenció al propietario de que le alquilara el espacio. Veinte años después gana “más dinero del que jamás pensó que ganaría”. Se negó a dar una cantidad precisa.

Esquenazi es consciente de su buena suerte y trata de contratar a sus antiguos clientes cada vez que sea posible. El negocio de las fianzas, al menos como ella lo concibe, es también una especie de agencia privada de reintegración. Pongamos a Samuel Pa Lapooles como ejemplo. Lapooles conoció a Esquenazi en 1995, cuando fue acusado de golpear al novio de su hija. Esquenazi le pagó la fianza y, cuando Lapooles fue exonerado, lo contrató. El ex convicto trabajó para Empire hasta su muerte en 2008. Hoy en día, la adusta cara de Lapooles decora todas las oficinas de Empire, a veces sobrepuesta graciosamente sobre un disfraz de Santa Claus. Su hija, Ivy, es ahora el brazo derecho de Esquenazi. Anton y JoJo, dos de los guardaespaldas de Esquenazi, también fueron alguna vez sus clientes. “Michelle le da una oportunidad a la gente”, dijo Ivy. “Depende de ti si la tomas o no”.

Incluso los críticos de la industria reconocen que los agentes de fianzas a menudo están sumamente arraigados en las comunidades en las que trabajan. “Con frecuencia las comunidades marginadas ven a los agentes de fianzas como amigos, como gente que les trae justicia”, dijo Jon Wool del Instituto Vera. “El problema es que el sistema que permite que exista el servicio de fianzas le hace daño a esas mismas comunidades”.

La oficina del Empire es un lugar notablemente diverso en términos de raza, clase social, religión y orientación sexual. Sin embargo, Esquenazi considera que contratar a un grupo heterogéneo de gente es un deber financiero más que moral. Dicho de otro modo, el negocio es mejor cuando su personal puede hablar con comodidad con cualquier posible cliente, ya sea un preparatoriano de Bellmore o un inmigrante mexicano a punto de ser deportado.

 

Sin embargo, el negocio de Esquenazi depende de su habilidad para capturar a la gente que se fuga. Con este fin tiene contratado a un cazarrecompensas a quien todos llaman “Hollywood”, porque, como él mismo dice, “hace cosas que solamente pasan en las películas”.

Por atrapar a un fugitivo, Hollywood —quien pidió que su nombre real no apareciera aquí por razones de seguridad— le cobra a Esquenazi honorarios de entre el 5% y el 25% del valor total de la fianza. Él y su equipo de seis hombres no tienen permitido portar pistola, por lo que tienen que usar tácticas poco convencionales. Acosan a sus objetivos en las redes sociales, creando cuentas falsas para engañarlos y hacer que revelen información. Le mienten a los acusados y a sus familias, prometiendo conseguirles nuevas citas en el tribunal sólo para arrestarlos cuando bajan la guardia. En ocasiones la esposa de Hollywood seduce a los fugitivos, todo con tal de engañarlos para que le digan dónde están.

“A veces estoy acostado en la cama a su lado mientras ella le hace el amor por teléfono a otro tipo”, dijo Hollywood mientras mostraba su colección de selfies sexuales que decenas de fugitivos le han enviado a su esposa a lo largo de los años. “Y yo pienso, carajo, nunca fue así de tierna conmigo”.

Hace poco Esquenazi le pidió a Hollywood y a sus hombres que encontraran a Ayanna Zellner, una mujer de Freeport, Long Island, que fue arrestada en 2012 por conducir el coche en el que huyó su novio después de dispararle a varios oficiales de policía. El novio, Damon Banner, se declaró culpable de intento de homicidio a cambio de una sentencia de dieciséis años. Zellner seguía en juicio, y no estaba en la cárcel porque había contratado a Empire Bail Bonds para que pusiera veinte cinco mil dólares para su fianza. Pero entonces, el 16 de septiembre del año pasado, Zellner no se presentó a una audiencia rutinaria ante el tribunal, con lo que rompió el contrato que había firmado por su libertad.

El equipo de Hollywood se enteró de que Zellner se estaba quedando con su madre. Un domingo helado de noviembre, a las cuatro de la madrugada, Hollywood y sus hombres decidieron ir a visitarla. Todavía estaba oscuro cuando los cazarrecompensas llegaron a la casa de Zellner, un modesto edificio de madera, pintado color amarillo pálido, que había visto mejores días. Puesto que habían contactado a la policía local con antelación, los oficiales ya estaban esperándolos. Hollywood y su equipo rodearon la casa y empezaron a golpear todas las puertas y ventanas. Después de unos cuantos minutos, la madre de Zellner apareció en una de las ventanas del piso de arriba.

“¡Aquí no entran a menos de que tengan una maldita orden de arresto!”, gritó. “¡Voy a llamar a la policía ahora mismo!”.

“¡La policía ya está aquí!”, dijo Hollywood, señalando a los oficiales que estaban detrás de él. “Y tengo una orden de arresto, ¡así que abre la puta puerta!”.

Como la madre se rehusó a abrir, uno de los hombres de Hollywood echó abajo la puerta trasera de la casa. Los cazarrecompensas y la policía corrieron al interior de la casa, con latas de gas pimienta en las manos. Dentro de la casa la escena era aterradora. Los rayos de luz de las linternas danzaban en la oscuridad. En el piso de arriba se oían gritos y gemidos. Los cazarrecompensas forcejearon con el nuevo novio de Zellner, derribando varios muebles en el proceso. El hijo bebé y la hermana menor de Zellner lloraban, suplicando que no se la llevaran. Los oficiales de policía se mantenían lejos de la acción, sus rostros serios e impasibles. A unos cuantos metros de distancia, la madre de Zellner caminaba de un lado a otro en pijama.

“Los voy a demandar, los voy a demandar”, repetía. “Quiero sus nombres. Esta mierda solamente se la hacen a los afroamericanos”.

(En cierto sentido, la madre de Zellner tenía razón: de acuerdo con el Instituto de Justicia Previa al Juicio, las ofertas de fianza para los acusados afroamericanos son, en promedio, 35% más altas que para los acusados blancos.)

Finalmente, el equipo de Hollywood encontró a Zellner escondida en un clóset del segundo piso. La sacaron a rastras, vestida solamente con un camisón, y la llevaron al piso de abajo. La sentaron en la sala mientras su madre y su hijo miraban desde un rincón.

“Tráiganme unas medias y ropa interior”, pidió Zellner con voz dura.

Rodeada por la docena de hombres que acababan de irrumpir en casa de su madre, Zellner se vistió, temblando de rabia y humillación. Arriba los gritos se habían convertido en llanto. Alguien, tal vez la hermana de Zellner, murmuraba “No, no, no”.

Los cazarrecompensas esposaron a Zellner y la sacaron de la casa. Ella estaba tranquila, pero evidentemente furiosa. Se negó a hacer comentarios. Su abogado, Michael Barnett, no respondió a las muchas peticiones que le hice para que me diera una entrevista.

Hollywood entregó a la policía una carpeta con copias del acuerdo de fianza y de la orden de arresto. Luego se subió al coche y llevó a Zellner a la cárcel del condado de Nassau, en East Meadow. En el estacionamiento de la prisión, Hollywood, triunfal, chocó puños con cada uno de sus hombres.

“Vayan con Dios”, le dijo a su equipo.

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Cuando le pregunté a Esquenazi si le molesta que su negocio dependa de violencia como la que ocurrió durante el arresto de Zellner, ella contestó que no se siente “emocionalmente relacionada con los acusados”.

“Pero sí lo lamento por los niños y los familiares, por cualquiera que tenga que vivir con un alguien que trae al hogar esa clase de desorden y vergüenza”, dijo. “No es que disfrutemos hacer algo así, pero no tenemos otra opción”.

Esquenazi hizo entonces un recuento de la infinidad de decisiones que, desde su punto de vista, Zellner tuvo que tomar para encontrarse esposada a las cuatro de la madrugada. La mujer podría haber elegido no robar las tarjetas de crédito que la policía dice haber encontrado en su coche. No tenía que haber huido de los policías cuando trataron de arrestarla. Podría haber abierto la puerta de su casa cuando Hollywood tocó.

“Si esta persona hubiera ido al tribunal, esto no habría sucedido”, dijo Esquenazi. “Se le dieron muchas oportunidades para que se rindiera como una dama”.

En el mundo de Esquenazi no parece haber lugar para causas estructurales, sino sólo para el individuo y sus decisiones. Desde su punto de vista, ella salió adelante gracias a sus propios esfuerzos, subiendo poco a poco en el mundo, una calle a la vez, de East New York a Canarsie y Long Island. La lógica es contagiosa: sus empleados ex convictos hablan de sus vidas en términos de oportunidades aprovechadas, de decisiones que redimen. El razonamiento de los agentes de fianzas parece ser que, si ellos pudieron, otros podrán. No parecen tener compasión por aquellos que jamás tuvieron la oportunidad de decidir por sí mismos. Y en ese sentido, son sumamente norteamericanos.

 

Nicolás Medina Mora Pérez
Trabaja para BuzzFeed News en Nueva York.

Una versión en inglés de esta crónica apareció originalmente en BuzzFeed News.

Traducción de Claudia Benítez.

 

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