El diálogo intelectual que Octavio Paz sostuvo con diversos autores y las culturas occidental y oriental, es el motivo que conduce las páginas del catálogo de la exposición Octavio Paz. Semblanzas, territorios y dominios (Fundación Iberoamericana para el Arte y la Cultura A.C.), coordinado por el periodista y editor Braulio Peralta. En este homenaje participan amigos, colaboradores y críticos como atentos lectores de la obra paciana. Presentamos la reflexión de la poeta y traductora Pura López Colomé, donde van de la mano la defensa al traductor-creador y una nueva versión del poema “El descenso”, de William Carlos Williams.
Aunque todos los lectores de poesía moderna, así como los conocedores de la obra de Paz lo sepan de sobra, la metáfora —la realidad, mejor dicho— que da título a este texto es de Ezra Pound, quien así se refería a los momentos de atención fina y absoluta, casi inhumana, esa especie de gracia que se concede al poeta, ofreciéndole la capacidad de ir al fondo, de percibir el milagro, para acaso darle voz. Pound los consideraba epifanías, que en sus propios poemas se expresan rara vez como totalidad, sí, en cambio, como luciérnagas intermitentes entre un follaje tupido, oscurísimo, lleno de referencias extrañas, de redes insospechadas, de alusiones en las que hay que internarse de por vida, porque todas tienen un sentido, no obstante parecer dardos malévolos de erudito o chisporroteos de humor diabólico.
Si eso es la palabra poética en sus momentos cargados de potencia, la traducción de la misma resulta su reflejo, o más, uno entre los muchos posibles. Paz la practicó años enteros, según él mismo confiesa, y reflexionó en torno a ella como sólo quien conoce las entrañas de su práctica puede hacerlo. Siempre me llamó la atención su condición de escudero a ultranza de esta actividad, difícil y arriesgada, mas no imposible, acudiendo a términos casi alquimistas como “transmutación”, e incluso concluyendo que no existe distinción entre ésta y la obra original. No todos los poetas opinan lo mismo. El motivo a nadie extraña: si lo más íntimo, lo que distingue a un poema, no es siquiera el tema, el asunto, las emociones, las ideas comunicadas, sino la lengua que circula dentro, la sangre, la música propia, pues resulta insensato creer en su traslado a otro sistema de sonidos. ¿Por qué, entonces, esa terca necesidad de que el acto ocurra? ¿Por qué la insistencia de Paul Valéry en ese “producir con medios diferentes efectos análogos”? ¿Y por qué ese intento magnífico de Paz por definirla en calidad de “operación análoga a la creación poética que se despliega en sentido inverso”?
Paz aclara, sin embargo ni desdoro, la diferencia capital entre el poeta y el traductor: “al escribir, el poeta no sabe cómo será su poema; el traductor sí sabe que deberá reproducir el que tiene delante”. Yo añado otro grano de arena a su manera de verlo. Así como la epifanía que dispara la expresión se oculta en una escena vista, una conversación escuchada, un acto amoroso o criminal, un dolor vivido en carne propia, un placer, un sueño, el poema escrito por otro vidente se presenta como fuente de inspiración que de antemano exige una recreación con los elementos melódicos-armónicos de aquella nueva lengua: habrá en este embrión dos lenguas fundidas en un solo lenguaje.
Cuando comencé a traducir, a la par que a escribir mis propios versos, lejos de disuadirme, Paz me estimulaba, siendo prácticamente el único poeta respetabilísimo en mi lengua que defendía a capa y espada el oficio. Para entonces, yo ya había leído a autores pertenecientes a otras tradiciones que incluían sus versiones de diversos poetas admirados, de la antigüedad griega al mundo de hoy, en sus libros, sin apropiárselos exactamente, dándoles un nuevo rostro. Así, al constatar, en el prólogo de Versiones y diversiones, que sin empacho alguno Paz afirma no reproducir deliberadamente las versiones originales porque “a partir de poemas en otras lenguas quise hacer poemas en la mía”, supe que iba por buen camino. Y entendí por qué, pese a dedicarle su atención a muchos otros poetas norteamericanos de su generación y pudiendo concentrarse en temáticas afines a él y a Pound en torno a Oriente o Provenza, sólo eligió transmutar un “Canto”, el CXVI, que encierra lo mejor y lo peor del ser humano que lo escribió, y por eso mismo nos conmueve a fondo: “Confesar el error sin perder la rectitud: /Tuve a veces claridad,/ No logré que fluyese (…)/ Una lucecita como de hacha de viento/ que nos guíe y devuelva el esplendor”. He aquí el faro que ora ilumina, ora deja a oscuras; el autor que produce metáforas insuperables entre hermetismos de toda clase; el creador-traductor, traductor-creador. Y Paz sólo ofrece un poema suyo en traducción. Éste. Parece, pues, decirnos, que esta suerte de Sócrates, con su make it new en ristre, le (nos) abre la brecha. En adelante, Paz demostrará su dialogar platónico con los demás poetas a quienes traduce.
Como todos los que practicamos estas artes misteriosas, una emoción irrefrenable por dejar que aquella savia fluya en español rige el primer impulso de Paz. Claro, su lengua lo arroja a ese nuevo vacío: al ir cayendo, este espacio muy pronto se revelará como una auténtica casa de los espejos, en los que hay que reconocerse en otro, admitirse otro, identificarse de distintas maneras. La primera de éstas llega por admiración, y contando con la fortuna de lenguas latinas: el francés y el portugués. Al darle una importancia más inmediata, es decir, ubicar a estos poemas en primer lugar por la semejanza “natural”, uno piensa que a eso se debe la excelencia de las versiones. Sí y no: se combinan lenguas del mismo tronco, con la absoluta destreza de la pluma. Sea cual fuere nuestro predilecto de los cuatro heterónimos del poeta lusitano emblemático por antonomasia, Paz aborda a cada uno según las diferencias estilísticas del original: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Fernando Pessoa brillan en poemas insuperables (los he comparado, pues se trata de un autor hipertraducido) en nuestra lengua. Paz admira la obra de Mallarmé, Reverdy, Nerval, Michaux, Char, Schéhadé, digamos, casi casi porque se mira en sus estanques: puede abrir la boca y hablar por ellos porque sus lenguas podrían estar una del lado de la otra.
La segunda identificación ocurre —se da, en un principio— por amistad. Éste es el caso de Charles Tomlinson o de Elizabeth Bishop, cuyos poemas clásicamente parecen fáciles y, al contrario, entrañan dificultades formales que muchos desestiman o ni siquiera toman en cuenta de manera seria al traducir. Si no se contemplan con lupa todas y cada una de las características del original hasta caer de rodillas, el poema cobrará muy altos aranceles con desafinación, con tropiezos rítmicos, con falta de soltura. Ninguna de estas cosas ocurre en las versiones de Paz. Por las cartas de Bishop, me enteré de la relación bastante cercana que tuvieron en Harvard, y cómo se tradujeron uno al otro con lujo de disfrute personal, a fuego cruzado. Los dos necesitaban profundamente habitar el mundo de la traducción y eran igualmente exigentes. Si en este caso Paz no contaba con la afinidad propia y casi gratuita de las lenguas hermanas, sí podía dar rienda suelta a sus capacidades netamente poéticas al lado de quien hacía lo mismo. He aquí la herramienta principal, además del conocimiento del inglés, una rara erudición y predilecciones compartidas.
Otra vía, que Paz siguió en sus versiones de poesía sueca —lengua que, hasta donde yo sé, no conocía a fondo—, queda definida por él admirablemente: “Pasión y casualidad, pero también trabajo de carpintería, albañilería, relojería, jardinería, electricidad, plomería —en una palabra: industria verbal”. A lo cual se añade la curiosidad. Y la capacidad del autor para trabajar en colaboración, cosa que parecería inherente a la tarea pero más bien consiste en una extraña virtud que implica compensaciones sin límite a un lado y otro de la balanza, quid pro quos constantes, saber no extralimitarse, no pasarse de listo aprovechando la labor conjunta: en una palabra, complementarse. Y aquí brilla por su presencia la amplitud de miras, la liberalidad de criterio de un autor como Paz, a quien le interesan los poemas al grado de hacer de lado el hecho de que desconoce la lengua que los produjo, apoyándose en colegas, en traducciones anteriores, en lecturas interpretativas. Porque es un creador y no un académico. En este apartado cabe también su enorme contribución al traducir ese otro mundo de la poesía oriental. Lo mueve ahora, sobre todo, su coincidencia filosófica, su visión del mundo compartida. Si contó con la ayuda de amigos, profesores o conocedores simples y espontáneos, todo fue bienvenido (y ampliamente reconocido), cosa que se respira en cada uno de los haikús, en la totalidad del bellísimo Sendas de Oku, de Basho, destilado de imagen poética, filosófica y plástica, un verdadero clásico.
Por último, quisiera comentar la vía de identificación de Paz con William Carlos Williams, la que mayor impacto tuvo en mi vida, en mi quehacer. Williams fue el primer poeta a quien yo traduje por devoción. A principios de los años 80, traduje Kora en el infierno: improvisaciones, al alimón con Luis Cortés Bargalló, de las poquísimas personas con quienes he logrado una auténtica colaboración. En esa época, Pablo Mora me solicitó una selección de los poemas de Williams para la colección Material de Lectura de la UNAM. Ya que todo encuentro casual es una cita, me “encontré” con el libro que no hacía mucho Paz había publicado bajo el título de Veinte poemas, anterior a Versiones y diversiones, donde se incluían varios —no todos, y esto importa— de los famosos “veinte” iniciales. Por ese entonces yo vivía atenazada por las dudas en torno a mi destino como poeta, no se diga como traductora. Esa selección de Paz me animó, abriéndome el abanico completo de sus recursos estilísticos, su lengua española, su lenguaje bárdico, su saber hasta dónde llegar, la solidez de su oficio. Pero, sobre todo, me mostró al ser humano falible, sus proporciones de carne y hueso. De entrada, me fascinó el ensayo introductorio (aunque luego me percaté de que debí leerlo después, suele suceder). La edición era bilingüe. Rápidamente comencé a decepcionarme: para saber por qué, baste ver los poemas que Paz conservó, al revisar su trabajo, en la posterior publicación de Versiones y diversiones. Al abrirse de capa con todo y todo, me motivó a querer hacer mejores versiones que las suyas, me refiero, claro, a las que me parecían defectuosas. Ah, pero lo que sea de cada quién: los dos poemas largos, “Asfódelo” y “El gorrión”, me deslumbraron, y lo siguen haciendo hasta hoy. A continuación, doy el ejemplo de “El descenso” a manera de botón de muestra, para así cumplir el sueño de una sola versión formada por lo suyo y lo mío. Cito completo el poema de Williams.
The Descent
The descent beckons
as the ascent beckoned.
Memory is a kind
of accomplishment,
a sort of renewal
even
an initiation, since the spaces it opens are new places
inhabited by hordes
heretofore unrealized,
of new kinds—
since their movements
are toward new objectives
(even though formerly they were abandoned).
No defeat is made up entirely of defeat —since
the world it opens is always a place
formerly
unsuspected. A
world lost,
a world unsuspected,
beckons to new places
and no whiteness (lost) is so white as the memory
of whiteness
With evening, love wakens
through its shadows
which are alive by reason
of the sun shining—
grow sleepy now and drop away
from desire
Love without shadows stirs now
beginning to awaken
as night
advances.
The descent
made up of despairs
and without accomplishment
realizes a new awakening:
which is a reversal
of despair.
For what we cannot accomplish, what
is denied to love,
what we have lost in the anticipation—
a descent follows,
endless and indestructible
Para Paz, “ascent” es ascensión y “accomplishment”, cumplimiento, demasiado largos, para empezar, tomando en cuenta la música y el ritmo de WCW; “unsuspected”, inédito (cuando procede del contraste suspected/unsuspected). Detalles. Los aciertos son enormes, por supuesto, y proceden de un poeta: “alive by reason of the sun shining”, traducido como “vivas por la ley del sol”, sin mencionar la razón, la causa, volviéndolo “ley”; “love without shadow stirs now”, vuelto algo que “se anima”, más que se agita o mueve; y qué decir de un “drop away” como “aletargarse”, perfecta imagen en español de lo que va cayendo en un sopor… Yo prefiero la tarde a la noche, la desesperanza a la desesperación, porque la encuentro más profunda, cosa que se da en su mero sonido y más allá de la psicología, característica esta última que se tiene que hacer a un lado cuando de “anticipación” se trata, dado lo que su significado encierra; y lo mismo diría del cumplir/incumplir que yo transmuté en logro, más corto, más fluido. En fin. Yo reuniría la pluma experimentada del poeta maduro, con la fresca contribución de una jovencita y su oído (la que fui, no la que soy). Quien quiera ver descalabros, tendrá que ir al Material de Lectura número 99 (UNAM) y a los Veinte poemas (Era). Por lo pronto, he aquí una nueva versión, parte Paz, parte Pura:
El descenso
El descenso nos llama
como nos llamó el ascenso.
La memoria es como
un logro,
una renovación:
casi
una iniciación, nuevos espacios abiertos
poblados por hordas
inexistentes hasta entonces,
nuevas especies—
pues su movimiento
va a nuevos destinos
(que antes se habían abandonado).
Ninguna derrota es enteramente derrota:
el mundo que abre es siempre
un lugar antes no sospechado.
Un mundo perdido es un mundo
antes insospechado,
nos llama a nuevos lugares
y ninguna blancura (perdida)
es tan blanca
como la memoria de la blancura.
Con la tarde, el amor despierta
—aunque sus sombras,
vivas por la ley del sol,
ahora se aletargan
y se desprenden del deseo.
El amor sin sombras ahora
se anima y despierta
conforme la noche
avanza.
El descenso,
desesperanza
sin logros
cae en la cuenta
del nuevo despertar,
reverso
de la desesperanza.
Así lo que no logramos,
lo negado al amor,
perdido en la anticipación
se hace descenso
sin fin
indestructible.
Paz corrige en sus subsecuentes ediciones, recapacita en cuanto a sus riesgos de fondo y forma, sabe cuándo sacrificar música a comprensión o viceversa, qué implica —o si lo hay— un equivalente… Me pregunto por qué no cumplió sus sueños de traducir a Yeats, a Wordsworth, a Wallace Stevens…
No tuve la suerte de conocerlo en persona. Quizás haya sido mejor así. Su obra me parece imprescindible, y en ella encuentro a la persona gozante y doliente con la que nunca me senté a platicar de estas cuestiones. Hasta hoy. Desde el mundo de su palabra escrita, Paz me ha enseñado a arriesgar por y en la poesía, a no soslayar lo que hay que verter a nuestra lengua dándole el sitio de honor profundamente mexicano que merece; a saber cuándo acompañar mis versiones de textos en prosa que no expliquen lo inexplicable, la poesía, y sí, en cambio, hablen de la experiencia de dolor y placer que implica el make it new.
Pura López Colomé
