12-voto

Claudio López Guerra
Democracy and Disenfranchisement. The Morality of Electoral Exclusions, Oxford University Press, Oxford, 2014, 208 pp.


La imaginación es la razón desatada. La inteligencia que se desprende de la memoria y de la prueba. Será por eso que la filosofía política suele ser la fantasía de una ciudad que no existe. Y será por eso que su libro fundador es también un libro de ciencia ficción. ¿No es eso también La república? Literatura fantástica: hombres que viven atrapados en una cápsula de engaños sin siquiera sospecharlo. Un héroe que derrota a la mentira para decretar la perfección. Y en la cima, el Infalible entregado a su pedestal. El problema literario del libro de Platón es que termina cuando la aventura habría de comenzar: y entonces, el filósofo dudó…”.

La imaginación, quiero decir, no es el extravío de la razón, sino el acatamiento de sus órdenes. A ello me conduce la lectura de uno de los trabajos más notables de filosofía política que se hayan hecho en México. No es una nueva exposición de ideas de hombres muertos sino el atrevimiento de pensar honesta y libremente sobre los fundamentos de la convivencia democrática. No examina, como es moda, la mecánica sino la moralidad de las instituciones del pluralismo. Me refiero al libro de Claudio López-Guerra que publicó el año pasado con el sello, ni más ni menos, que de Oxford University Press. Democracy and Disenfranchisement. The Morality of Electoral Exclusions, se titula: la democracia y la moralidad de las exclusiones.

A juicio de López-Guerra, los teóricos de la democracia no han logrado justificar plenamente el principio del sufragio universal. Lejos de ser un derecho de todos es, hasta en los regímenes más abiertos, un arreglo que, simultáneamente, invita y rechaza. El voto siempre se ha limitado: esclavos, extranjeros, pobres, mujeres, niños, dementes, criminales han sido excluidos del derecho de votar. Toda democracia marca a sus excluidos. Bien visto, dice él, el voto no tiene por qué ser un derecho universal, como sí lo son el derecho a expresarse, a moverse, a escoger un camino de vida. John Stuart Mill tenía la misma idea: el voto era un encargo que la sociedad colocaba en manos de los ciudadanos pero no era, de ninguna manera, un derecho natural del que todos debían gozar. Por eso le exigía a los electores el conocimiento del alfabeto y premiaba a los más educados con más votos.

López-Guerra se aparta del dogma más profundo de las democracias: un hombre, un voto. Imagina así un régimen que, en lugar de darle voto a cada uno de los ciudadanos, les ofrece la oportunidad de tener voto. Rescatando el sorteo, ese dispositivo primigenio de la democracia, propone un sistema para comprimir la masa electoral a un pequeño cuerpo de electores que pueda concentrarse en el proceso electivo y, tras una deliberación ponderada, formar gobierno. Una maquinaria de estas características sería, a su entender, impecablemente democrática, no limitaría derecho alguno y funcionaría un poco mejor. Su argumentación tiene una energía extraordinaria. Expuesta con lucidez y elegancia se dedica a rebatir meticulosamente todas las réplicas imaginables. Lo hace, vale decirlo, con inusual honestidad intelectual. No se enreda en la jerga académica ni fabrica muñecos para levantar ventajosamente su tesis: busca siempre el más sólido de los argumentos adversos. La tesis preconcebida no va en busca de justificaciones: su argumento sigue la cuerda del razonamiento.

Si hace unos años circuló una novela para adolescentes con enorme éxito que describía una sociedad que fincaba en el azar un espectáculo de muerte, el trabajo de Claudio López-Guerra imagina una sociedad que funda, también en la suerte, el espectáculo de las elecciones: Los juegos del voto, podría llamarse esta novela. Un sorteo que alimenta los ciclos del poder. Como un buen novelista, esta tesis inventa un mundo. Los personajes son argumentos pulidos en la polémica.

Es cierto: el diseño de López-Guerra no es una propuesta que, en realidad, pretenda aplicación. Se trata de una forma, por demás elocuente, de mostrar la razonabilidad de un arreglo político que se aparte del dogma del voto de todos los ciudadanos. Más que una moción, un experimento filosófico. Es una invitación a percatarnos de que el régimen democrático contemporáneo descansa en una idea hueca. Aquí reside el mérito intelectual del libro: toda idea se estanca y se vuelve dogma. Sin la sacudida del cuestionamiento profundo, la idea terminará empozada. Por ello López-Guerra invita a repensar la democracia y, en particular, el voto. ¿Qué es el voto? ¿Se trata simplemente de la palanca que activa la representación? ¿Será solamente el botón que enciende el gobierno democrático? Si cumple solamente esa función mecánica puede, en efecto, imaginarse un dispositivo más barato, más eficiente, tal vez más competente para capturar la diversidad. Sospecho que el voto es más que una palanca, ese encendedor que prende el artefacto de la representación. Dudo que el voto sea un simple interruptor que aplica castigos a los gobiernos incompetentes y activa el gobierno legítimo. Algo más esconde ese acto elemental de tachar un símbolo en un papel. El voto no es sólo la pieza propulsora del artefacto representativo, también es expresión y ceremonia. Lo reconoce de alguna manera López-Guerra, pero en mi lectura no acoge las complejas implicaciones simbólicas y aún rituales del sufragio.

En efecto, si creemos que el voto es un principio estrictamente instrumental, bien podríamos desplazar la igualdad a la cubeta del sorteo. No voto universal, sino billete de lotería universal. El principio de igualdad quedaría a salvo pero sería ésa una igualdad abúlica, expectante, inerte. El desplazamiento de la urna a la tómbola no es tan trivial como sugiere esta tesis provocadora. El sufragio universal, símbolo y experiencia, sigue siendo la estampa crucial de la igualdad política. Aunque el peso de cada voto sea minúsculo, todos cuentan. Sabemos bien que, seguramente, nuestro voto no decidirá la elección pero votamos porque queremos participar en una ceremonia. El valor instrumental del acto parece secundario frente a su dimensión simbólica. Como diría Pierre Rosanvallon, sólo el sufragio universal ofrece la experiencia del espacio verdaderamente público. El voto es ese momento privilegiado de lo público, es ese instante irremplazable de lo público porque está abierto a todos. O, tiene razón Claudio López-Guerra, a casi todos…

Es posible que el voto de los sorteados que bosqueja el libro pueda capturar fielmente la diversidad y echar a andar la maquinaria del gobierno representativo. Dar por terminada la fiesta del sufragio universal haría de la democracia, ahora sí, un deporte de espectadores.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

Un comentario en “El juego del voto

  1. De alguna manera las encuestas cumplen la función aquí planteada que se puede complementar con deliberaciones difundidas masivamente que orienten el voto de los seleccionados