En 1769, el virrey de la Nueva España Carlos Francisco de Croix dictó unas nuevas ordenanzas para la limpieza de calles, acequias y plazas en la ciudad de México; las antiguas no parecían haber hecho mella a cabalidad y el temor de pestes u otras enfermedades por el excesivo crecimiento de su vecindario y por los vapores de las lagunas circunvecinas, le llevó a promulgar nuevas prohibiciones para que no se arrojaran basuras desde las casas a las calles o acequias y para que los vecinos construyeran en sus patios o zaguanes depósitos de piedra o cal, abiertos por la parte superior y con una puerta para que los presidiarios de San Carlos pudieran limpiarlos. La construcción de letrinas de mampostería para aguas y excrementos mayores debía hacerse en cuatro meses en las principales casas con canales y ramos para que los inquilinos de las casas aledañas vertieran también allí. Debían construir una suerte de pozo con un cañón largo en su boca con el fin de que los efluvios subieran a la azotea y se dispersaran en la atmósfera. Para la limpia de las letrinas y de las caballerizas se debía recurrir a los ejercitados en mezclar estiércol con inmundicias y usarlas como abono en el campo. Las casas habían de estar barridas y regadas a las ocho de la mañana, en las pilas públicas no podía lavarse ropa ni dar de beber a las caballerías, tampoco se podía verter el agua sucia de los canales de las cocinas ni de los lavaderos a la calle. Las ordenanzas también alcanzaban a los gremios que hacían muladares en las calles, tales como panaderos, carboneros, azucareros, bodegoneros y tenderos que usaban carbón, virutas y bagazos; los tocineros debían tener conductos subterráneos para el agua de las zahúrdas y no debían permitir que los cerdos salieran a la calle, so pena de perderlos y de que se apropiasen de ellos quienes los recogiesen, además de una multa de 100 pesos; los matarifes del rastro no debían verter la sangre en la calle ni vender “panzas llenas” de las reses. Las ordenanzas atañían igualmente a los oficios que solían ocupar aceras y calles para sus trabajos, tales como carpinteros, armeros, plateros, silleros, coheteros, carroceros y, sobre todo, los herreros, cuyas bestias ensuciaban la calle de excrementos. Se quitarían los puestos ambulantes de fruteras, remendones y almuerceras de las esquinas y calles, y se retirarían a las plazas. No se cumplieron ni la mitad de las nuevas ordenanzas.

Fuente: María José Rodilla León, “Aquestas son de México las señas”. La capital de la Nueva España según los cronistas, poetas y viajeros (siglos XVI al XVIII), Iberoamericana, Vervuert, UAM, 2014.

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