Cuatro días antes del viaje discutíamos sobre qué película ver. Ambos acordamos que Titanic, en la lista de Diana desde hace unos meses, tendría que esperar hasta que terminara nuestro crucero por Alaska. Nos evitaríamos la predisposición y hasta la mala suerte. Dos días después el destino televisivo nos retaba. La programaron cerca de la medianoche en cable. Nos ganó. La vimos hasta que Jack Dawson recibe a Rose en el atrio iluminado del más allá.

Yo había subido a un crucero hace más de 10 años, y en realidad era un barco pequeño. Diana hace todavía más, así que no recordaba gran cosa. Ni tamaños, ni espacios, ni distancias.

Un wikipediazo rápido nos dio las dimensiones. Nuestro barco, uno de los medianos de la flota de Norwegian Cruise Lines —capaz de albergar a dos mil 500 pasajeros más tripulación— era más alto, más largo y más ancho que el Titanic. Aun así no estaba ni cerca del top 10 —también gugleable— de los barcos más imponentes del mundo.

Pero el folleto en línea era en sí algo apabullante. 15 pisos. Más restaurantes que días para comer en ellos. Una alberca con resbaladilla y una cancha de basquetbol. También un casino y un teatro que según yo es del tamaño del Insurgentes. Sin mural, pero sí con un espectáculo que a todas luces buscaba tropicalizar el Cirque du Soleil. Igual está lejos de competir con las grandes ligas: otros de la misma flota tienen muros para escalar, canchas de futbol y tenis, boliches y cine.

01-alaska-1d

Unas horas antes de salir al aeropuerto la televisión volvió a jugar con mi cabeza. Transmitía uno de esos programas de megaconstrucciones y se enfocaba en el barco más grande de la historia. Por completarse, el crucero podrá mantener a más de seis mil personas en alta mar, sin contar a la apabullante cantidad de tripulación que tendrá que trabajar para que eso suceda. La persona que explicaba el diseño en el programa hablaba en términos de urbanismo. Para el nuevo barco tendría que haber una especie de alcalde o city manager, alguien que pudiera dirigir el día a día de lo que en realidad era una ciudad flotante. No fui capaz de entender en términos racionales lo que estaban diciendo. La única palabra que me vino a la cabeza fue “madres”. Cuando aterrizamos en Seattle —de donde saldría el crucero— al día siguiente, seguía sin poder pasar de términos infantiles: “ha de ser un barcote”, decía mi cerebro.

En Seattle, me temo, no hay mucho que ver. La ciudad evoca el estereotipo de lluvia y grunge de los noventa. De ahí salieron Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden. Y más atrás en el tiempo Hendrix salió huyendo para incendiar su guitarra en un lugar donde el clima no sofocara el fuego.

El museo más promocionado es una especie de oda hechiza al rock, la ciencia ficción y el sonido en general. Hay una escultura hecha de guitarras en distinto proceso de armado —o ya en camino a la destrucción—, que puede ser descrita como curiosa. La gran atracción del museo es una pantalla de decenas de metros que proyecta… videos de Nirvana. Junto al museo está la Space Needle, una torre que ahora parece sobrante de un set de Star Trek en los setenta. Conjeturo que funciona para ubicarse dentro de la ciudad, dado que no hay muchos rascacielos.

La atracción principal es el Pike Place Market, un mercado de flores, souvenirs y pescado, casi a la orilla del mar. Ahí, en un puesto en particular, cada que un cliente compra lenguado, bacalao o atún, o lo que haya del día, el pescado vuela por los aires. Pero es ficción. El pescado que uno compra no se mueve de mano en mano. Se le rompería la fibra y se descompondría más rápido, o eso me informó mi madre después de ver un programa de televisión en el que Anthony Bourdain se indignaba por el maltrato a la comida en el Pike Place Market. Es un show turístico.

También hay queso, donas artesanales, lo que el Mercado Roma quisiera ser. Incluso el primer Starbucks, donde hay filas inmensas para comprar el mismo producto que se puede conseguir en cualquier esquina de la ciudad.

Cada lugar promete ser el mejor en todo. El mejor mac & cheese del mundo, la mejor dona de calabaza de la temporada. Hasta un barbudo que entregaba muestras en la calle decía que el yogurt griego que nos ofreció era el mejor que se ofrecería en el mundo hasta el día siguiente… cuando se produjera un nuevo lote. Tal vez las donas no son nada especial, pero el macarrón con queso y el yogurt griego en verdad valen la pena. En una era hiperbólica y globalizada, decir que algo es “lo mejor del mundo” carece de cualquier valor. Aunque creo que en este caso el barbudo podría tener razón. Y eso que a mí ni me gusta el yogurt griego.

Desde las ventanas del mercado se podía ver el barco. Nos fuimos acercando, después de bajar los seis pisos de locales. Fue inevitable pensar en la película que habíamos visto durante la semana, e inevitable impresionarse por ver una ciudad con hélices desde cerca.

La fila para abordar es la misma que para un avión, pero con menos seguridad. Pasa uno por arcos de metal, pero sin quitarse los zapatos. Las bolsas son revisadas con celeridad. Los dos lo pensamos: ¿ha habido algún atentado reciente en un barco? ¿Qué tan fácil es meter un explosivo? Nos queda la duda; tampoco sabemos si nuestras maletas pasan por algún tipo de inspección. Rápido lo olvidamos, y más bien nos concentramos en las demás personas en la fila. Serán nuestros vecinos durante siete noches. Hacemos una investigación rápida y llena de estereotipos. Quién parece amable y quién parece alguien a evitar. Yo sigo haciendo cálculos en la cabeza, y Diana alcanza a escuchar a lo lejos: “comparado con Guanajuato es más bonito”. Le cuento una anécdota en el Coliseo de Roma, cuando un desconocido junto a mí recorre el sitio con la mirada de arriba abajo, piensa un momento, y juzga con una frase: “El estadio Jalisco es más grande”.

Nuestros pases de abordar son unas tarjetas como de cuarto de hotel. También sirven como identificación cuando subamos y bajemos del barco. Y más importante, cuando tengamos que pagar algo. Es un híbrido entre IFE y tarjeta de crédito. Sin foto pero con código de barras.

La otra duda que nos queda es la distribución de personas. Como buena persona que aventura una explicación sin mayor fundamento científico, le digo a Diana que “seguro es algo que tiene que ver con actuarios”. Supongo que han de calcular cómo se mueven las personas por distintas zonas, qué nacionalidades comen dónde y en qué horario, cuáles son los apostadores compulsivos y quién se subirá a la caminadora del gimnasio nada más zarpado el barco. Pero ni idea de cómo lo hacen. Como cuando en Friends alguien pregunta cómo se sostiene un avión. “Es una combinación de termodinámica y Bernoulli”, dice un científico. “Es justo lo que dije”, comenta Mónica. “Tú dijiste que era algo que ‘tenía que ver con el viento’”, le dice Chandler.

Lo cierto es que sí hay algún cálculo numérico detrás. Cuando el barco deja el muelle hay algo de gente en la popa. Pero nada muy cargado. Mis temores de que el barco se ladeé ante la cantidad de personas que se están despidiendo de sus Big Macs por unos días se disipan un poco. Algunos ya están en los camarotes de los que jamás se moverán, otros ya están perdiendo sus dólares en las maquinitas del casino. Los obesos se reagrupan. El buffet acaba de abrir.

01-alaska-2d

El primer día de viaje no hay ninguna parada. El barco va a toda velocidad. Debe salir de la península donde se encuentra Seattle, navegar por un canal bordeado por montañas y salir a mar abierto para acercarse a Alaska. Llueve un poco, pero lo sabemos por el sonido. La niebla es tan espesa que pasando los barandales de la cubierta no se ve nada. Podríamos estar detenidos, si no fuera por el mareo que comienza a aparecer. Alguien nos había dicho que una manzana verde y un dulce de jengibre espantarían cualquier tentativa de vómito. Es cierto.

Los tripulantes tienen broches con su nombre y una bandera que señala qué idiomas hablan. La mayoría son filipinos, después indios y el resto de Europa del Este y el Caribe. Me comenta al regreso mi amigo Juan Pablo que cuando él hizo el recorrido eran mexicanos y portugueses. Ya no parece haber ninguno. Alrededor de nosotros sólo escuchamos el chino de los demás turistas.
La experiencia es una especie de encierro en un hotel todo pagado. Lo que uno quiera hacer es posible. Un folleto que nos entregaron la noche anterior denota todas las actividades disponibles. Si uno así lo desea, puede ocupar todo su día jugando bingo, haciendo aeróbicos o viendo a un imitador de Elvis Presley. Dos mujeres mayores discuten a nuestro lado y llegan a un arreglo: llegarán 20 minutos tarde a ver a Elvis para participar en una de las tantas rifas diarias del crucero.

 

Ketchikan, Alaska, es la primera parada del tour. Es la quinta o sexta ciudad más grande del estado. Apenas sobrepasa los ocho mil habitantes. Llamarle ciudad nos parece un poco exagerado. En el paisaje semiurbano destacan dos multifamiliares color salmón. Tomamos un camión hacia la atracción principal, un parque estatal donde hay réplicas de tótem, esculturas indígenas hechas en cedro rojo. El camión recorre la que parece ser la única ruta de la ciudad. Dos mujeres se saludan en el trayecto. No ha de ser difícil coincidir con conocidos. Una de las paradas es el Walmart. El camión entra al estacionamiento y deja a la gente en la entrada. Después sigue subiendo por la costa y al lado se ve el aeropuerto: un canal de agua repleto de hidroplanos. En la mayor parte de la costa sur de Alaska sólo hay dos medios de transporte. El crucero en el que llegamos o un avión de hélice que despega desde el agua. No hay carreteras que conecten a las ciudades.

En el parque de los tótem hay pocos turistas. La mayoría parece haberse dividido en dos: unos van a ver criaderos de cangrejos y otros a comprar diamantes. El gran atractivo es que no tienen impuesto. Es parte fundamental de la economía del estado: turismo y venta de joyería de lujo. El resto, como se podrá imaginar, es la pesca. Llegamos a una bahía a la mitad del parque. No hay nadie alrededor. La arena parece ceniza. Supongo que puede ser volcánica. No se oye ningún ruido. Diana y yo estamos sentados en un tronco, cuando a lo lejos se escucha un barco lleno de turistas. Es tal el silencio —salvo el bullicio de sus gritos— que los escuchamos con toda claridad. “Sonrían”, dicen. “¡Les estamos tomando fotos!”.

Ketchikan, me entero al volver al centro, es la capital mundial del salmón. Cada verano millones de pescados nadan desde el agua salada, pasan semanas aclimatándose al agua dulce y emprenden el camino a contracorriente para regresar al lugar donde nacieron. Los salmones morirán porque ya tienen dos años de edad, pero antes cada uno dejará dos mil huevos, que después saldrán al mar y regresarán para repetir el mismo proceso. Saben a dónde van porque de pequeños el olor del agua donde nacieron se queda impregnado en su memoria. No importa que regresen muy pocos. El diseño hace que la población subsista a pesar de la alta mortandad. El río huele a pescado muerto. Aunque muchos ya lograron su cometido y otros tantos siguen luchando por subir hasta el final, ya se ven los cadáveres de los que murieron en el intento.

Comemos cangrejo. A Diana le dan unas pinzas y le explican que no hay una forma correcta de hacerlo. Estira la pata para una foto. Es del tamaño de nuestro perro salchicha.

 

Al día siguiente el barco gira por otro canal. Nos lleva a ver el glaciar Sawyer, una muralla de hielo a la mitad de un cañón. El agua se va poniendo turquesa mientras uno avanza. La mezcla de agua dulce y salada hace pensar que el fondo del mar es en realidad el suelo de una alberca. Conforme nos acercamos vemos pedazos de hielo cada vez más grandes. Son azul eléctrico. Un guía en una excursión posterior nos explica: el hielo de abajo del glaciar es agua tan pura y la estructura del hielo tan compacta que absorbe todo color de una forma distinta a la que haría cualquier otro hielo. El único color que no absorbe es azul.

El barco gira sobre su propio eje —el Discovery me mostró antes de partir que los cruceros más modernos tienen hélices que rotan hasta 360 grados—. El barco regresa por donde entró. Buscamos animales en las laderas de las montañas. No hay ninguno por lo empinado. Tampoco hay costa. La tierra sale desde el agua. Nos sentimos diminutos.

Juneau es el siguiente puerto. La capital. No la ciudad más grande, ésa es Anchorage. Las distancias abruman. De Seattle a Ketchikan es día y medio en barco. De Ketchikan a Juneau poco menos de un día. Y de Juneau a Anchorage se ve otro tanto. Y eso que Anchorage sigue estando al sur del estado. Lo tratamos de explicar en comparación con México y ni así podemos. Tan sólo de Seattle a Ketchikan son casi dos mil kilómetros. Más de un viaje redondo a Monterrey. Visto en el mapa es una fracción de camino. Nos sentimos diminutos otra vez.

En Juneau hay más tiendas de joyería. Todas están en liquidación. Somos parte de la última ola de cruceros que visitará Alaska este año. El clima hará que el mar deje de ser navegable en unas cuantas semanas. Los locales ya no tendrán a quién venderle nada. Por los altavoces del crucero nos dicen: “aprovechen, están desesperados por venderlo todo”. Caminamos por el centro. También hay pocos edificios altos, a pesar de ser la capital. Aprendemos el motivo. Toda la costa sur de Alaska está sobre la falla de la Reina Charlotte. Alrededor hay tres placas tectónicas. Sentimos que se mueve el suelo y no sabemos si es por lo que acabamos de escuchar o si es el síndrome del barco. Tomo un café y busco un bote de basura. Lo encuentro e intento usarlo. Se atora. Vuelvo a jalarlo y no puedo. Es a prueba de osos, que bajan de la montaña y comen lo que encuentran. Por lo visto también a prueba de turistas.

Nuestra excursión está por iniciar. Nos suben a un hidroplano como los que vimos en Ketchikan. Recorreremos por encima los glaciares que circundan a Juneau. El piloto nos pide nuestro peso a todos. En nuestro avión somos 10 pasajeros. Cuatro califican como obesos. Diana y yo no nos podemos sentar juntos, hay que reubicar a los demás para que quepan y no se atoren en un asiento.

Lo que vimos desde arriba son cortinas interminables de hielo. Diría que se asemejan a la crema batida que sale de una lata. Por encima tienen canela y por dentro glaseado de pastelito. Creo que sólo lo puedo describir hablando de comida.

Tomo varias fotos y mi obseso interno las quiere editar de inmediato. El capitán, a unos cuantos pasos de mí, me jala del brazo y me señala que volteé hacia afuera. Puedo jugar con mi cámara después. Desde mi asiento veo el tablero del avión. Son cinco los que salieron al mismo tour, y parecen patos en formación V. Vamos siguiendo a los demás, somos los últimos. El piloto mueve un manubrio que parece de bicicleta, y con eso dirige el avión. Aunque tiene medidores es más bien un vuelo al ai se va. Por un momento pienso en Pedro Infante. La montaña que tenemos frente está muy cerca. Descendemos a la hora de haber salido. La pista de aterrizaje es infinita. El piloto tiene mucho espacio de donde elegir. No se siente cuando el avión toca el agua.

Camino a la cena un señor nos dice que volteemos hacia los árboles. A lo lejos se ve un pájaro café con cabeza blanca. Sacamos los binoculares y vemos que se trata de un águila como la de los dólares. Nos ve de regreso, se acomoda donde está y ahí se queda. Se deja fotografiar.

Esta noche nos toca cenar salmón a las brasas. La persona que nos lleva se llama Fred y pensamos que es esquimal. Nos explica que los esquimales son Inuit. Él es haida. Los inuit están en el Ártico. Los haida y el resto de las “first nations”, como se autodenominan, están en el sur de Alaska y el norte de Canadá. Nos cuenta que trabajó gran parte de su vida en un barco pesquero. Ahora hace diseños autóctonos y esculpe en tótem. Nos dice que podemos ver varios por la ciudad. Estamos hablando con el Sebastián local.

El restaurante donde asan el salmón parece una cabaña de esas donde ocurren las historias de Misterios sin resolver. Diana me pega en el hombro. Se está haciendo de noche y lo que menos quiere escuchar es que no sería descabellado pensar que un oso ronde la zona. Comemos uno de los cuatro tipos de salmón que hay en la zona y asamos malvaviscos después. Nos sentamos con unos señores que parecen venir de Alabama. Están jubilados. Uno trae una gorra de veterano de Vietnam y dice que no le gusta el salmón. La esposa lo obliga a probarlo. Concede que es muy distinto al que compran en el Walmart de su ciudad.

01-alaska-3d

Nuestro tercer y último destino en Alaska es Skagway, población: 932. En verano se duplica, por todas las personas que vienen para trabajo de turismo. Nuestro guía lleva cuatro años viniendo cada verano. Dice que a los dos días de que nos vayamos el pueblo será fantasma. Sólo se quedarán los verdaderos locales. Los demás se irán con los turistas. ¿Quiénes son los habitantes de Alaska? Es difícil saberlo. La población fluctúa. Muchos son menores de 30 años que ganan algo de dinero en estos meses y se regresan al sur a mediados de septiembre. Otros tantos son de las tribus del “first nation”, como Fred. Y el resto persigue la idea del “nuevo comienzo” en Alaska. Gente que dejó todo lo que tenía en algún otro lugar de Estados Unidos y se mudó acá. Ex convictos. Personas con pasados trágicos. Ermitaños.

El “boom” poblacional de Alaska fue a finales del siglo XIX. Tres aventureros que hacían cartografía del estado y el norte de Canadá encontraron pepitas de oro en el Yukon. El periódico de Seattle, en 1896, dio fe del hecho. “¡Oro, oro, oro!”, decía la nota de ocho. Miles de personas se mudaron. Casi nadie pensó en las consecuencias.

Para llegar al Yukon hay que atravesar cordilleras pronunciadas y cubiertas de nieve o arbustos traicioneros. A pesar de que Skagway es la puerta de entrada al Yukon, son otros 500 kilómetros para llegar a donde alguna vez hubo oro. El gobierno canadiense, dice la historia, se espantó por dos motivos: pensó que los nuevos migrantes morirían por inanición o se acabarían la comida de los locales, así que les puso una regla. Cada persona que fuera por oro debía traer consigo las provisiones necesarias para un año. Calculaban una tonelada por cabeza. Era imposible viajar con tanto. Si uno lo piensa, es similar a lo que piden ahora los agentes migratorios. Nada más que entonces era en especie. Pocos lograron llegar, sus caballos se desbarrancaron. Todavía menos encontraron oro. Pero los que lo encontraron se hicieron millonarios. En cuatro años recolectaron el equivalente a 40 millones de dólares de la época. Dos de ellos se mudaron a un pueblo llamado Carcross.

Carcross es la abreviación de Caribou Crossing. En el Yukon casi lo único que veían los pobladores de la época eran caribúes —similares a los renos—. Estaban por todos lados. Así que, en realidad, todo el territorio era cruce de caribúes. Para distinguir un pueblo del otro acortaron el nombre. Ahí, los dos hombres más ricos, el alcalde y el alguacil, no sabían en qué gastar el dinero, o eso dice la leyenda. Se lo bebieron todo. Un día, más alcoholizados que de costumbre, pelearon. Dieron vueltas en el único puente de la ciudad —por donde, supongo, cruzaban los caribúes—. Ambos cayeron al agua. Se ahogaron, literalmente, en un charco. El lago no tenía más de un metro de profundidad. Desde entonces Carcross tiene ley seca. Hay que salir unos cuantos kilómetros del condado para encontrar un bar.

El sentimiento que genera Yukon es vastedad. No hay nada a la redonda. Los pueblos como Carcross —donde la gente se entretiene con las carreras de trineos con perros en invierno— son tragados por el paisaje. Sólo hay montañas y montañas. El paisaje en septiembre ya es amarillo. El otoño, aunque todavía no llega según el calendario, está por terminar. Unas cuantas semanas en septiembre separan el calor —relativo— del verano, y el sol, de la inevitable oscuridad y nieve de los seis meses restantes. Pronto los animales comenzarán a hibernar.

De regreso tomamos el famoso tren del Yukon. Pasa por las montañas en una vía pegada al desfiladero. Si uno mira para abajo lo único que observa es una caída terrible. A los lados vemos laderas y valles interminables. Pasamos por “Valle atormentado”, una planicie en lo alto donde los únicos árboles que hay son pequeños. En invierno el viento llega hasta los 200 kilómetros por hora. El guía dice que la combinación de viento y nieve hace que los copos actúen como estrellas ninja. Casi nada sobrevive. A lo lejos vemos un alce corriendo por la pradera.

Una vez que regresamos al barco y zarpamos en dirección a Canadá, Diana me dice que evitó contarme algo horrible mientras estábamos en el tren. Meses antes se había descarrilado. Por suerte fue ya casi de regreso y no durante una de las curvas en bajada, que llegan a una inclinación de casi cuatro grados.

 

El crucero vuelve a tomar velocidad y dirección al sur. Hace dos paradas más. Una en Victoria, la capital de British Columbia, en Canadá. Parece una ciudad diseñada para turistas, que con orgullo admite una fascinación por la cultura inglesa. Varios coches tienen el volante del lado derecho. A las cinco hay lugares donde tomar té. Abundan los pubs y las tiendas con recuerdos celtas. Estamos unas horas, pero el lugar no nos termina de agradar.

 

Siete días después de salir, el crucero toca tierra por última vez. El capitán nos avisa por el altavoz que un nuevo viaje comenzará pronto: el barco zarpará a Los Ángeles, cruzará por el Canal de Panamá y anclará en Houston. Se dirige a los pasajeros que se quedarán en el barco. Hay personas que tienen tiempo para seguir mes y medio más a bordo.

Vancouver nos recuerda a Seattle, pero mucho más grande. Más de dos millones y medio de habitantes, más de la mitad chinos que huyeron de Hong Kong cuando se anunció su devolución a China por parte de Gran Bretaña. En las calles se oye todo menos inglés.

Por primera vez en todo el recorrido tenemos internet gratuito. En el barco costaba oro, porque es satelital. Un dólar por minuto.

Leemos sobre Vancouver. Es considerada de las tres ciudades del mundo con mejor calidad de vida. También de las más caras. Nos asomamos por la ventana en una agencia de bienes raíces. Los departamentos comienzan a venderse en un millón de dólares canadienses.

Caminamos y caminamos por la ciudad. Arrastramos el cansancio y el vaivén del barco. Sentimos que el suelo se mueve cuando no. Vamos al acuario y vemos algunos de los animales que no encontramos durante el crucero. Algunas nutrias, delfines y langostinos gigantes.

Visitamos el barrio chino, el segundo más grande del continente después de San Francisco. Comemos dim sum. Nos ofrecen “sopa de serpiente”. Decimos que no gracias. Caminamos sin rumbo, con los pies adoloridos. Damos vuelta en una calle equivocada. Pasamos por un mercado ambulante de personas sin techo, con lesiones en la cara. A muchos les faltan dientes. Gugleo “problemas de drogadicción en Vancouver” y pulso el botón de “voy a tener suerte”. Señala la calle en la que estamos. De milagro no nos pasa nada.

Regresamos al hotel para recoger nuestras maletas y emprender el vuelo de regreso. A lado de nosotros la empleada del front desk del hotel le explica a una huésped que le tiene que cobrar 75 dólares por algo. No queda claro por qué, pero le dice que todos los clientes del primer piso se quejaron del olor y el hotel los tuvo que aplacar con regalos. Que la señora de limpieza no pudo aspirar lo que sea que haya dejado en el suelo. Que tendrán que utilizar químicos potentes para limpiar. Quiero preguntarle a alguien qué sucedió, pero no hay manera de hacerlo. Nos quedamos con el misterio.

 

Esteban Illades
Editor en nexos en línea.

 

Un comentario en “En crucero por Alaska

  1. ¡Qué divertido, Esteban! Y qué bien contado. Ahora dime ¿no tuvieron frío? Yo de leerte lo tuve.