Sé algunas cosas. Las sé de un modo vago y no confío en que sean verdad. No tengo idea de dónde pude leerlas o quién me las dijo, quizá un borracho disléxico en una lengua que apenas si comprendo. Antes sabía muchas más. Demasiadas. Las he olvidado. A veces es necesario elegir entre soportar la vida y recordar.

El rigor histórico importa para muchos asuntos, para otros es inocuo, como todo. También existen la voz del juglar, del cuentero, del abuelo charlatán, del supersticioso fascinado. También eso es el mundo, también lo que ellos dicen es parte del conocimiento, porque ellos, con perdón, no tienen menos fundamentos que el filósofo o el sabio. En todo caso está el conocido proverbio italiano “se non è vero, è ben trovato”. A él me atengo.

Entre lo que sé hay cosas insulsas y que muchos otros saben, como que Thomas Alva (o Alba) Edison nació en Sombrerete, Zacatecas, hijo de padres mexicanos, aunque ninguna fuente acreditada lo acepta así y él tampoco: prefería ser estadunidense y no se le puede juzgar por ello. Cosas de su padrastro, Edison, estadunidense que lo registró como nacido en Milán, Ohio, USA.

Otras de las cosas que sé me interesan más y son más inútiles. Quizá es que me interesan más porque son más inútiles. Uno tiene sus favoritismos.

La gente educada, que suele ser la peor educada, deja un poco de comida en el plato. Es una costumbre muy vieja que el señor Carreño consigna en su Manual para formar aristócratas. Se podría creer que esto viene de que sólo un hambreado arrasaría vorazmente con la carne, las verduras y las patatas. Yo soy muy de acabarme todo y pedir más, pero —como dijera Ibargüengoitia— es que yo estuve mal educado. Quienes dejan un poco de comida en el plato suelen ser los mismos que les dicen a sus pequeños críos al borde del vómito que deben comerse todo porque en Biafra hay niños que no tienen comida. Afortunadamente muchos crecimos con esa carga culposa y ya no se desperdicia alimento tan desconsideradamente. Pero a esa gente educada que en vez de rebañar la salsa cruza los cubiertos sobre el plato al lado de algunos despojos aristocráticos, le importan un pepino los biafranos. Lo hacen porque es de buena educación. Y no, no tiene su origen en el hambre de la chusma sino en que durante cierto reinado hace mucho tiempo en un país muy lejano cierto rey padecía de úlcera. Nadie en la corte puede comer antes que el rey ni después de que éste ha hecho retirar su plato. Así que las pupas del rey pusieron en boga dejar comida en el plato y un hueco en el estómago. Marqueses, condesas, duques hambreados por su condición servil. Qué poco cambian algunas cosas con el paso de los siglos.

Esto de la comida trae muchas anécdotas y dudas. Desde que vi a mi padre comer ancas de rana me pregunté quién habrá sido el primer temerario que se comió eso. A veces no puedo dormir pensando en cómo le hicieron los nipones para dar con la forma de comer pez globo y sobrevivir. Nada me asombra con los orientales, sus culturas son fascinantes, sólo quisiera saber qué historia o leyenda maravillosa se esconde detrás de la deglución de semejante alimaña ponzoñosa.

Las papas se llaman así porque es su nombre inca. En España se les llama patatas por su parecido con los camotes que se llaman batatas. Todo es muy raro. La cosa es que los franceses no gustaban de la patatas —quién se los iba a decir ahora—. Eran tiempos de escasez y había que lograr que la gente se las comiera, de modo que en todo el perímetro de los terrenos reales sembraron dicho tubérculo y pusieron letreros que advertían “alimento exclusivo de su majestad el rey”. Como es natural, la pillería hizo de las suyas y, gracias a la muy tradicional alianza entre la nobleza y los delincuentes, La France es el epicentro de los comedores de pomme de terre, es decir manzana de tierra: manías de un idioma donde se escriben cuatro vocales y se pronuncia la quinta.

Las famosas tapas españolas son españolas, faltaba más, o ibéricas para ser justos. Pero el nombre con el que se les conoce, “tapas”, y sus características actuales —o previas al euro— no son españoles sino portugueses, lusitanos para los cultos. Portugal es un país muy hidráulico, lleno de ríos, y como es tan oblongo van a dar al océano Atlántico. Son, por lo menos y de norte a sur, Minho, Lima, Cávado, Ave, Douro, Vouga, Mondego, Lis, Tejo, Sado, Mira y Guadiana. De éstos hay cuatro que comparte con España, donde se llaman Miño, Tajo, Duero y Guadiana. La zona del Miño es motivo de muchos disgustos entre gallegos y portugueses, pero eso es otro asunto. La cosa es que tapa en portugués significa lo mismo que en español, a saber “tapa”. Como la costa portuguesa es un hervidero de ríos también lo es de mosquitos y demás animalejos, de modo que si un vaso de oporto, jerez o incluso de café permanece expuesto a las frescas brisas del mar Atlante durante unos minutos, ya no hay quien se lo tome sin comerse una nutritiva cantidad de fauna alada. Así, los patrones portugueses dieron en tapar los vasos, copas y tazas con un pequeño plato en el que, por cortesía, ponían un puñado de aceituna negra o de maní ibérico. Como la cortesía tiene el terrible defecto de volverse costumbre y después obligación, cualquier hijo de vecino va y dice “ponme una tapa” aunque esté en la manchega llanura y el animal alado más cercano sólo sea visible con un telescopio.

Según los estudiosos, tan decentes ellos, poner los cuernos tiene no sé qué queveres con el diablo. Nada de eso. Lo de poner los cuernos tiene raíces bien terrenales y más propias de Dios que del chamuco, pues es cosa de reyes. El derecho de pernada (Ius primae noctis, en latín) permitía a los señores feudales, ya no se diga a los reyes, desflorar doncellas. Pero ya se sabe que la realeza es gente muy ocupada que recorre sus dominios para ver si algo apesta y velar por sus súbditos. En aquella época no había jets o helicópteros, ni siquiera Jaguares o modestos Vochitos, así que sus altezas reales llegaban a las ciudades y villorrios aquejados por la fatiga, el hambre y ese otro apetito que hace el tormento de quien lo resiste: el carnal. Como los vasallos querían mucho a sus amos para poder existir, cosa que ya explicó Hegel a su modo en la “Dialéctica del amo y el esclavo”, les prestaban a sus señoras esposas que estaban encantadas de servir al sudoroso monarca. Durante el tiempo que duraba el majestuoso fornicio se colocaban en la puerta del afortunado matrimonio dos enormes cuernos de alce. Era un orgullo para cualquiera contraer sífilis de origen real, o sea divino. En nuestra época deberíamos aprender de esa gente y sentirnos halagados de que el más guapo del barrio nos honre encamando a nuestras cónyuges y viceversa. Pasa que vamos como el cangrejo.

La palabra fuck está muy mal documentada en muchas enciclopedias, donde aseguran que viene de la germana ficken y equivale a fokken (holandés), fukka (noruego) y focka (sueco), todas las cuales significan —también— “empujar”. Los sitios más serios coinciden en que la palabra fuck es una abreviatura. Algunos opinan que se trataba de un letrero que debían llevar puesto los agresores sexuales y significaba Forced Unnatural Carnal Knowledge (conocimiento carnal degenerado y forzado), a mí lo que me parece degenerado y forzado es semejante explicación. Lo de que se trata de una abreviatura es atinado, pero la historia es otra: data de la época en que once upon a time in a land far far away hubo una primavera que duró varias décadas. El crecimiento poblacional era incontenible y ya no se daban abasto ni los alimentos ni el cólera morbo. Así, fue necesario un decreto por el cual las parejas sólo podían copular bajo circunstancias excepcionales y bajo el estricto permiso del rey. Se dice que muchos hicieron su solicitud durante su lozana juventud y obtuvieron el permiso cuando ya descansaban de las mortificaciones de este mundo. Quizá: tampoco era mala idea si de evitar la reproducción de la especie se trataba. Los más afortunados veían llegar a los emisarios de su majestad con un letrero que se colocaba en la puerta de sus hogares y donde se leía la abreviatura del permiso real: “Fornication Under Consent of the King”. Algunos investigadores obsesos y retorcidos aseguran que no se trata de esto sino que dicho letrero se colgaba en la puerta de los prostíbulos que sí pagaban impuestos, como si pudieran existir algunos que no lo hicieran. Yo me limito a consignar lo que sé. Y sé que bajo el consentimiento del rey o su equivalente, a todos nos han colgado el letrerito en cuantos sitios les ha venido en gana, que no hay nada que hacer y que lo mejor es contarse las historias que se han escuchado de bocas malolientes en idiomas mal conocidos.

Eso es todo. Y no es todo. Eso es parte de todo y no es parte de nada. Al fin, como dijo el poeta León Felipe:

Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

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2 comentarios en “Ahora que vamos despacio…

  1. Un texto bastante enriquecedor, no pude evitar sonreír entre lineas y lo interesante que es nuestra historia, así como también lo que la gente desconoce y que hoy en día se practica por “ignorancia”. Me gusto mucho, gracias!.

  2. Excelente artículo, todos sabemos algo y nada al mismo tiempo. Me gusta tu forma de compartir los “cuentos” que te han contado. Gracias por compartir.