“Era un viejo que pescaba solo en un bote en la Corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez…”. En estos tiempos de desarrollo sustentable en el que ambientalistas, economistas y sociólogos repiten por igual el mantra que sostiene “Hay un solo ídem verdadero y tres pilares distintos: el ambiental, el económico y el social”, la literatura en general y, en este caso —por razones varias—, el ejemplar íncipit de una de las obras más populares de Hemingway no podían ser ajenos a una lectura desde la perspectiva del ecocriticismo literario, para horror de quienes ya fruncían el seño cuando etólogos, psicólogos evolutivos, neurólogos y otras especies provenientes de las ciencias exactas proponían esnorquelear en las aguas que, tradicionalmente, constituyen el nicho académico de los críticos literarios provenientes de las Humanidades, y escribir ensayos sobre los clásicos con las palabras clave “darwinismo literario” (ver nexos de noviembre de 2011).

El término ecocriticismo surgió en 1978 en Literatura y ecología: un experimento en ecocriticismo, una propuesta de estudio inter/multi/transdisciplinario de William Rueckert y es a vuelta de siglo, de la mano de la globalización de la preocupación —o, por lo menos, de la ubicuidad de las noticias relacionadas— con el cambio climático, cuando se convirtió en una escuela de teoría literaria “respetable” —o por lo menos enlistable al lado de otras más famosas, como el feminismo y el marxismo— con su propio Journal of Ecocriticism, gracias al cual los ecocríticos pueden defender su productividad ante el SNI.

Mientras que para el darwinista literario extremo, parafraseando al genetista ucraniano Theodosius Dobzhansky, “Nada tiene sentido en literatura si no es a la luz de la evolución”, para el ecocrítico literario es la filosofía ambientalista —y no necesariamente la ecología como disciplina científica— la que permite descubrir la relación que existe —cuando existe— entre lo narrado y el cuidado ético del ambiente por parte del autor y de los personajes de la obra en cuestión.

Dicho de otra forma y de vuelta con el anciano Santiago, el ecocrítico no necesita determinar el tamaño mínimo, la capacidad de pesca, el periodo de recuperación de las especies ni ningún otro concepto relacionado con la conservación de recursos pesqueros al enterarse de que por casi tres meses el pescador cubano no ha capturado nada, ni preocuparse por si Hemingway está describiendo en realidad un efecto de la sobreexplotación de la pesca artesanal. No, lo que consterna al ecocrítico es la conciencia antiecologista del viejo.

En The Call of the Wild: An Eco-critical Reading of the Old Man and the Sea, Yu Yan, ecocrítico especializado en literatura estadunidense, expone minuciosamente aquellos fragmentos de la novela que obstaculizarían a todo ambientalista —y no sólo un miembro de Greenpeace o Peta— la elección de El viejo y el mar como lectura favorita: visión antropocentrista y utilitaria de la naturaleza, incapacidad de percibir el valor intrínseco de cada especie —¿por qué, si no, llama Santiago “puta” a una medusa o aguamala?—, falta de empatía hacia otras especies, crueldad hacia los animales y, más que una actitud de respeto hacia la naturaleza, el deseo de conquistarla. Que la contemplación del marlín más grande que había visto en su vida lo haga exclamar cosas como “lo mataré… Con toda su gloria y su grandeza” o “… le demostraré lo que puede hacer un hombre” no es precisamente resultado de una educación ecologista, y que personajes y escritores como Hemingway compartan este antiecologismo —a contracorriente y a diferencia de defensores de los derechos de los animales desde la trinchera literaria, como Coetzee—, dicen los ecocríticos, es una causa cultural de la crisis ecológica por la que atravesamos.

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Estudios genéticos con ayuda de Melville… ¿Genética literaria? ¿Estructuralismo genético? Ni una ni otro, para tranquilidad de quienes consideran que el darwinismo literario y el ecocriticismo son dos formas demasiado “cientificistas” —por no decir reduccionistas, simplistas o, de plano, absurdas y hasta estúpidas— de abordar la literatura. Los genetistas no han decidido —por lo menos, no todavía— hacer una doble cadena transdiciplinaria que elucubre sobre genotipo y fenotipo de José Arcadio, Úrsula y el resto de los miembros de familias como los Buendía macondianos, pero cada vez que alguno de estos científicos se sorprende poniendo una boca triste ante el reto de identificar aquellas regiones del genoma en las que se expresan los genes responsables de la síntesis de aquellas proteínas que requiere cierto tipo de célula, cada vez que se encuentran parándose sin querer ante una computadora intentando escribir un programa que les permita calcular la regulación génica de una especie, entienden que es hora de tomar su ejemplar de Moby Dick para poner a prueba su receta numérica.

A la manera de Melville al incluir en su mamotreto explicaciones no solicitadas sobre cetología, y sin convertir esto en un capítulo entero sobre genética, quizás sea un buen momento para aclarar que por “expresión génica” queremos decir que los genes se transcriben en ARN y luego se traducen en proteínas necesarias para el funcionamiento de la célula. Como una neurona, para cumplir su función como tal, no necesita las mismas proteínas que, digamos, un espermatozoide, cada célula regula qué genes se expresarán mediante diferentes procesos.

Hallar patrones en las regiones regulatorias de un genoma, como Guanina-Adenina-Guanina-Adenina (GAGA, como la intérprete de “Bad Romance”, con perdón de los musicofílicos lectores nexóticos) en el género de helechos Cheilanthes, en secuencias como …CCTATAAGGAGAGGCA… —que es sólo el fragmento que va del nucleótico 590 al 605 en uno de los genes, conocido como matK, de una de las especies de este género de helechos—, es imposible sin ayuda de una computadora y de un buen algoritmo o receta que permita identificarlos. En términos cualitativos, el desafío es comparable a obtener un diccionario con todas las palabras empleadas por Melville en Moby Dick, incluyendo la identificación de secuencias como QUEEQUEG en fragmentos como …ADIJEYOQUEEQUEGPODR…, una vez que eliminamos todos los signos de puntuación y juntamos todas las letras de este clásico. Como esto fue precisamente lo que hicieron Bussemaker, Li y Siggia, su método no podía llamarse de otra forma que Algoritmo de Moby Dick, cuyas versiones posteriores fueron igualmente bautizadas, en gratitud a la ayuda que la literatura brindó a la genética, como Ahab y Stubb.

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Google, Google Mail, Google Maps, Google Earth, Google Books, Google Scholar… Estas herramientas, desarrolladas por la compañía homónima, son más o menos conocidas y usadas por la mayoría de nosotros en mayor o menor medida, dependiendo de nuestras profesiones e intereses; todas ellas tienen en común el manejo de una cantidad de información en un orden de magnitud tan grande que, apenas hace algunos años, era imposible de consultar por cualquiera de nosotros con la ayuda de algún dispositivo electrónico con internet. Mucho menos conocido es Google Ngram, una base de datos, disponible desde el año 2010, de más de cinco millones de libros, publicados de 1500 a 2008, en los idiomas alemán, chino, español, francés, hebreo, inglés, italiano y ruso.

Google Ngram toma su nombre del neologismo enegrama —no confundir con los eneagramas de la personalidad, hoy muy de moda en los círculos New Age— o n-grama. Un n-grama es una secuencia de caracteres que, si no está interrumpida por un espacio, se conoce como 1-grama o unigrama (esto eso, una palabra o una cifra); un n-grama es una secuencia de n 1-gramas (un 2-grama o bigrama, por ejemplo, sería Juan Rulfo). A partir del banco de datos de Google Books, Ngram permite encontrar, año con año y en alguno de los idiomas disponibles, el porcentaje de libros en los que ha aparecido el n-grama que uno introduce en la pantalla y, gracias a una aplicación conocida como Ngram Viewer, podemos observar la variación anual en la frecuencia de uso de ese n-grama.

Así, si uno teclea “hamburguesa, pizza, sushi” en el intervalo de tiempo que va de 1900 a 2000 en el idioma español, podrá apreciar que “hamburguesa” es una palabra cuyo uso en los libros digitalizados por Google fue más o menos constante durante todo el siglo pasado, que antes de 1980 “sushi” era una palabra prácticamente desconocida en esos textos y que a partir de los años cuarenta el uso de la palabra “pizza” fue en aumento hasta rebasar la frecuencia de uso del alimento favorito (suponemos) de Ronald McDonald.

Estudios menos ociosos y con mucho mayor rigor estadístico pueden hacerse —y, por supuesto y para justificar la inclusión de este tema en esta sección, se han hecho— con ayuda del Ngram Viewer. Más interesada en los nexos —inserción pagada— entre cultura y cambios generacionales que en comida rápida, la psicóloga Jean Twenge comparó la frecuencia de uso de palabras a las que etiquetó como “individualistas” (independiente, individual, único, solitario, etcétera) con respecto de otras nombradas por ella como “comunales” (equipo, grupo, colectivo, etcétera) en libros publicados en inglés americano —sí, Ngram Viewer distingue entre éste y el inglés británico— entre 1960 y 2008. En ese intervalo de casi medio siglo la frecuencia tanto de palabras como de frases (“I get what I want”) individualistas se incrementó de manera notable, a diferencia de las palabras comunales. Exclusivamente con base en este análisis, al parecer el territorio americano de las letras inglesas atraviesa por un periodo marcadamente individualista. Estudios similares hechos por Alberto Acerbi y sus colegas antropólogos, a partir de palabras en inglés asociadas con estados de ánimo, han permitido determinar cambios en los humores literarios del siglo pasado, con un periodo de máximo optimismo en las letras de la década de los veinte, otro pico más modesto en los sesenta y dos valles de amargura en los años cuarenta y, en menor medida, en los ochenta. Desde entonces y hasta la fecha, los ánimos en las letras inglesas han ido mejorando poco a poco; queda por ver si ocurre igual con la literatura en español.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas y recientemente fue galardonado con el Premio Estatal de Ciencia de Jalisco 2014.

 

Un comentario en “El viejo (antiecologista) y el mar

  1. El texto del Dr. Plata, además de ser interesante, destaca por su equilibrio y perspicacia para pensar la dimensión cuantitativa del perfil de los hechos que presenta y cotejarla con las posibles interpretaciones de índole cualitativo. Para dejar en claro que cada cosa va en su lugar, y mezclarlas arbitrariamente produce conclusiones insostenibles cuando no ridículas.