Ébola: Una preocupante ineficiencia

Mientras en África occidental los casos de Ébola siguen creciendo, los casos exportados se han solucionado y el desinterés por la epidemia africana vuelve a prevalecer. De la histeria se vuelve al negligencia. La complejidad y magnitud de la epidemia nos dio un atisbo de la terrible experiencia que viven cotidianamente las pobrísimas comunidades de África occidental con la transmisión de la infección en enfermeras en condiciones de “máxima seguridad”.  En condiciones controladas, el manejo de estos pocos casos se ha visto complicado por cadenas de equívocos y malentendidos que ponen en riesgo la potencial transmisión del virus a la comunidad. Por suerte no ha sido el caso y afortunadamente esto ha ocurrido en España y Estados Unidos; imaginemos el mismo escenario en otra localización —un visitante infectado retorna en período de incubación– en un hospital de la provincia de Guangdong en China, o en Nueva Delhi en India. El caso es que el crecimiento epidémico impulsa una diáspora que mágicamente queremos controlar con vigilancia en los aeropuertos, y con la habilitación de hospitales designados para el manejo de los enfermos y los contactos en cuarentena. Efectivamente, hay modelos que permiten tener una supuesta cuantificación de los viajeros por vía aérea, pero los que viajan en contenedores o como polizones en barco y por todas las vías posibles, ¿cómo los cuantificamos?, y más habrá conforme la epidemia se sostiene y crece.

ebola

La epidemia crece en números en los tres países afectados y crece territorialmente, ya en Mali se informa de la infección en una niña que viajo por tierra de Guinea hasta Bamako, su capital. Sin conocer si hay relación con la pequeña enferma se describe un brote en una importante clínica de Bamako, donde se informa de varios infectados y otros más fallecidos. Bamako tiene casi dos millones de habitantes viviendo en áreas densamente pobladas con hacinamiento y pobres servicios sanitarios. Es difícil aceptar, que sean estos casos apenas los primeros en cualquiera de los países colindantes con Guinea, Liberia o Sierra Leona, pues son extensas las fronteras y debe haber múltiples puntos de tránsito no oficiales. El caso es que el tráfico por las fronteras contiguas de Liberia, Sierra Leona y Guinea hacia Mali, Costa de Marfil, Gambia y Senegal, y que éstos a su vez colindan con Ghana, Mauritania y Niger implica el riesgo de una mayor extensión de la epidemia. Recientemente se celebró el control de un brote en Senegal por un viajero de Liberia, pero es también una victoria pírrica en tanto que el problema central está lejos de controlarse, y por tanto los viajeros infectados seguirán llegando. 

Ciertamente la comunidad internacional ha reconocido la gravedad del problema y se están construyendo instalaciones hospitalarias, facilidades para cooperantes, y empiezan a arribar contingentes de comprometidos trabajadores sanitarios –médicos cubanos, enfermeras estadunidenses, investigadores europeos– que se incorporan a los grupos de Médicos sin fronteras y otras asociaciones de ayuda internacional. Sin embargo, todo es insuficiente porque se requiere mucho más. El retraso en reconocer la grave situación por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su muy pobre capacidad de respuesta hacen necesario reflexionar en la urgente necesidad de modificar esta organización. El mundo, poblado por más de siete mil millones de habitantes, en riesgo permanente de recurrentes epidemias, no puede permitir la falta de una institución de vigilancia activa permanente, alerta temprana y reacción inmediata. Hoy claramente atestiguamos que no la tenemos. Debería ser tarea de la ONU la creación de tal institución, independiente de la OMS, y con presupuesto suficiente. La comunidad de países debe entender el riesgo de las infecciones epidémicas. La epidemia de influenza en 1918-1919 causó la muerte de decenas de millones de personas en un mundo que apenas tenía menos de un tercio de la población actual. Un agente infeccioso similar en esta época podría ser devastador. Es cierto que la influenza se vigila con un sistema permanente, pero es cierto también que no hay, aún ahora, una suficiente capacidad de respuesta.

Por otra parte, como siempre ocurre, la crisis establece conflictos éticos en diferentes escenarios. ¿Cuáles son las implicaciones de no respetar el aislamiento? Una enfermera que ha atendido a un enfermo con Ébola, decide no mantener el aislamiento preventivo en su casa en tanto no tiene síntomas, y sale a pasear en bicicleta; un viajero liberiano regresa a Estados Unidos después de ayudar a transportar a una mujer enferma y embarazada al hospital en Monrovia. Sube al avión sin malestares. Una mujer cuyo esposo ha muerto por Ébola decide volver con sus tres hijas a Mali, donde viven sus padres. Otra mujer visita a su hija enferma en Sierra Leona, pocos días después la joven fallece y la madre regresa a Bamako llevando a su nieta con fiebre en hacinados transportes. Cómo diferenciar estos casos del de él joven estudiante de medicina quien despierta con síntomas de influenza, a pesar de lo cual acude a revisar enfermos en la unidad de cáncer en el hospital pediátrico. En nuestra vida cotidiana continuamente enfrentamos decisiones de este tipo. En Africa occidental la vida cotidiana hoy involucra al Ébola y los contactos, eventuales infecciones, son potencialmente nuevas cadenas de transmisión de una enfermedad con alta mortalidad.

En otra perspectiva, se ha iniciado un debate sobre cómo realizar la investigación de medicamentos y vacunas. ¿Es permisible realizar estudios con controles en una enfermedad con 70% de mortalidad? Más complicado todavía, es decidir quiénes han de recibir los tratamientos actualmente disponibles y cómo se decide a quien trasladar para tratamiento a algún centro hospitalario de alto nivel en Europa o Estados Unidos.

Decía Albert Camus que las epidemias muestran lo peor y lo mejor de las personas, y así ocurre ahora, tanto a nivel individual como institucional. Mientras dicos sin fronteras mantiene con sus escuetos recursos un amplio despliegue en los países afectados, y lo hizo desde el inicio además de señalar desde abril de este año que la epidemia estaba sin control, la Organización Mundial de la Salud no respondió de manera apropiada. La OMS emitió comunicados y esperó a ver qué ocurría mientras la epidemia crecía, y sólo hasta que se convirtió en una crisis mayúscula y por el momento imparable empezó a tomar acciones, todas fuera de tiempo y con pobres resultados. La ONU ha tomado la organización de la todavía pobre respuesta internacional.

La epidemia de Ébola está lejos de poder ser controlada. Habrá que ver la evolución en Mali mientras en Liberia se informa de una disminución del crecimiento de los casos y en Sierra Leona aumentan. Le costará mucho al mundo mantener sus medidas preventivas mientras no se controle la epidemia en África. No hay otra solución al problema.

En una perspectiva más amplia la epidemia actual es un nuevo aviso de los riesgos que enfrentamos como especie ante la biología de los microrganismos. La epidemia de influenza de 1918-1919 ha sido el peor evento para la humanidad con más de 50 millones de muertos –más que la suma de muertos en todas las guerras– y el riesgo de una repetición permanece. Damos acuse de los recordatorios porque éstos son perentorios: SARS, influenza A-H1N1, MERS, influenza A-H5N1, por sólo mencionar a los más graves, pero seguimos sin poder organizar un sistema internacional dedicado a la vigilancia y control de estos fenómenos. Sólo la preparación de un sistema de vigilancia permanente y con capacidad de reacción rápida, junto con un mayor desarrollo de las capacidades de producción de vacunas a nivel nacional nos permitirá afrontar de una mejor manera estas inevitables sorpresas. Lo cierto es que seguiremos enfrentando inevitablemente nuevas epidemias en escenarios cada vez más complicados, y no hay una agencia multinacional capacitada para responder.

 

Samuel Ponce de León R.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sólo en línea