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Vicente Leñero es un ejemplo de esa noble, y cada día menos común, estirpe de literatos-periodistas. Siempre movido por la necesidad de “la palabra escrita”, Leñero participó en la creación y redacción de varias revistas —incluida una revista para mujeres; al mismo tiempo, escribió novelas, obras de teatro y guiones de cine. Nunca dejó una actividad por la otra, todo lo contrario: en su compromiso periodístico con la realidad encontró la mejor fuente de imaginación para sus historias literarias. Presentamos aquí una selección de fragmentos de la conversación, hasta ahora inédita, que mantuvimos con él al inicio de 2014. En ella nos recuerda la misión que se planteó —y cumplió a cabalidad— de “escribir todo lo que se pueda escribir en palabras”.

Usted empezó a publicar muy joven en las revistas Impulso y Señal que estaban vinculadas a Acción Católica. ¿De qué se trataban esos proyectos y qué hacía ahí?

Impulso era un boletín muy reducido, mimiografiado. Era de un grupo al que en ese entonces estaba muy vinculado: Acción Católica. Después me desvinculé por completo para mi fortuna. Señal era parte de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, en donde estudié y empecé a hacer periodismo. Señal era parte de un semanario de información general, aunque también estaba muy orientado hacia lo católico. Eso fue en los años cincuenta y sesenta.

Después de eso trabajé en la revista Claudia, una revista femenina que se hacía en Argentina, Brasil y aquí que ya no llegó a los setenta. Era una revista de información, una revista mensual para la mujer, pero para la mujer liberada. Ahí trabajé mucho tiempo: primero como reportero, luego como jefe de redacción y luego como director un tiempo. Trabajé con Gustavo Sáinz, José Agustín, Federico Campbell (no recuerdo muy bien si estaba o no), e Ignacio Solares. Yo estuve en la revista siete años, del 65 al 71 o 72 y después me llamó Julio Scherer de Excélsior para que trabajara ahí.

Cuando estudiaba periodismo había trabajado como colaborador en la sección de espectáculos en el antiguo Excélsior. Cuando entró Julio Scherer empecé a trabajar con él, me pidió que rehiciera una revista que era la fundadora de la casa de Excélsior: La Revista de Revistas que había nacido con Rafael Alducín incluso antes que el periódico y había tenido muchas épocas. Entonces estaba muy olvidada. Trabajé ahí del 71 al 76, hasta el golpe a Excélsior. Conmigo trabajaron Francisco Ortiz Pinchetti y otros reporteros de Excélsior. Además, me había traído algunos de Claudia como Ignacio Solares que trabajó ahí conmigo hasta el golpe a Excélsior, y ya después del golpe fundamos Proceso.

Usted en realidad estudiaba ingeniería, ¿de dónde surgió ese temprano interés por escribir?

Efectivamente soy ingeniero civil. En realidad yo estudiaba ingeniería porque me sentía hábil para las matemáticas, y cuando pensé: "¿qué carrera escojo"? no había muchas más carreras, no había el panorama de carreras que hay ahora. Me gustaba mucho leer. En casa éramos muy lectores por mi padre, y me gustaba la literatura pero yo no pensaba que se podría hacer carrera de literatura. Además, no quería ser un experto en literatura, no quería ser un teórico de la literatura, sino un creador. Pero como mis estudios de ingeniería me habían enviado a un área completamente ajena a la literatura, me inscribí en la escuela de periodismo porque pensé que ahí me iban a enseñar a redactar bien. Escribir bien siempre ha sido mi gran preocupación, es más importante a veces que lo que se escribe. Entonces empecé a estudiar simultáneamente la carrera de periodismo con la carrera de ingeniería. La escuela de Ingeniería estaba en la calle Tacuba —en el Palacio de Minería donde ahora son las Ferias de Libro—, y la escuela de Periodismo estaba en San Juan de Letrán en el Eje Lázaro Cárdenas muy cerca. En las mañanas estudiaba ingeniería y en las tardes periodismo. Al final me orienté mucho más hacia el periodismo y terminé la carrera de ingeniería con dificultades. Me recibí, me casé y me dedique al periodismo y a escribir. Para tener un medio de subsistencia escribía radionovelas, después escribí también telenovelas. Siempre combiné las actividades: primero la ingeniería y el periodismo, y después el periodismo y la literatura que son dos cosas diferentes. Yo no quería ser periodista, quería ser escritor y entonces fui publicando mis libros.

Con Los Albañiles gana el premio Biblioteca Breve, ¿qué cambia para usted, quien en un principio creía que no podía hacer una carrera literaria?

Con la publicación de Los Albañiles cambia mucho, pero yo sigo siendo periodista. Trabajaba mucho en ese entonces, y fue cuando escribí buena parte de mi obra. Además, impartí durante mucho tiempo talleres de teatro y cine, porque seguí creyendo que ese era el mejor sistema para la literatura.

Entonces combinaba el periodismo con la literatura cuando vino el golpe a Excélsior en el 76, que marcó definitivamente un cambio en el periodismo mexicano. Era un periodismo muy corrupto y oficialista. Julio Scherer era un periodista que llega a la dirección de un periódico muy conservador como el Excélsior en ese entonces.  Con su llegada el periódico cambia pero es muy difícil abrirse paso en un periodismo controlado siempre por el gobierno; nada más pensar que a los reporteros de la fuente les daban boletines de prensa. En ellos estaba lo que se tenía que decir, se informaba a través de los boletines de prensa. Entonces con Julio en Excélsior apareció un periodismo muy de investigación y claro, eso causó irritación y enojo en el medio social. Había pasado el  68 y eso finalmente provocó el golpe a Excélsior de Echeverría. Yo escribí un libro sobre esto: Los periodistas.

¿Por qué se incorporó usted a Excélsior?

Porque me parecía que trabajar en Excélsior era un camino a la libertad. En lugar de hacer una revista de mujeres —que aunque era más abierta, era para mujeres—, era hacer periodismo en serio. Me fascinó la idea. Se trataba de una revista poco espectacular: seguía la misma línea de Excélsior, una revista grandota que tenía atrás el prestigio. Se perdió, yo ya no tengo ejemplares. Era por igual cultural y política, tenía la libertad de hacer lo que quisiera. Se trataban temas de los que seguro nadie hablaba. Tenía colaboradores, como José Emilio Pacheco, pero en lo fundamental la componía una planta de reporteros.

Los que salimos después del golpe a Excélsior formamos dos grupos: el grupo de Julio Scherer donde nos enfocamos algunos de los que trabajábamos en Excélsior y que escogimos el camino de Julio: Miguel Ángel Granados Chapa y Samuel del Villar, y otro grupo con Becerra Acosta que era el subdirector de Excélsior y funda el unomásuno. No nos dividimos por ganas, pero siempre Julio era muy polémico y Becerra Acosta quería tener más. No nos entendimos entre nosotros: no todos jalaron para hacer Proceso y Becerra Acosta quiso hacer un diario. Julio Scherer también quería, pero no había dinero. Quién sabe cómo consiguió dinero Becerra Acosta con su grupo y ellos fundaron unomásuno que después derivó en La Jornada.

¿Qué les interesaba publicar en Proceso, tratándose de un semanario y no un diario como lo era Excélsior?

Era un semanario muy singular porque publicábamos grandes noticias inéditas. La mentalidad de Julio Scherer era la de un diarista, él desde los 15 años había trabajado en un diario, había sido reportero de un diario. Entonces usábamos incluso la técnica de la noticia para hacer reportajes.

No se respondía a la actualidad inmediata de cada día, pero era como es ahora Proceso. Se publicaban cosas complementarias a lo que pasaba en la actualidad, reportajes de investigación inéditos. La investigación era la base de nuestro periodismo, no tratábamos de hacer un periodismo partidista sino uno que buscaba desentrañar la realidad. Éste en consecuencia era un periodismo de izquierda, no ideológicamente, sino que éramos de izquierda por descubrir la realidad. Eso es clave en ese periodismo. La televisión, por ejemplo, lo vuelve a uno naturalmente de izquierda, pues es naturalmente agresivo y naturalmente contrario a la oficialidad. Decían que nosotros éramos ideológicamente izquierdosos, pero éramos ideológicamente periodistas.

¿Eventualmente se les fueron sumando colaboradores o cómo es que se fue consolidando Proceso?

En el tema de los colaboradores había una diferencia que me gustaría señalar entre Excélsior y Proceso. En el periódico de Julio Scherer la parte de los colaboradores líderes de opinión,  es decir, las páginas editoriales, eran las más agresivas porque se difundía un pensamiento muy liberador. Estaban Daniel Cosío Villegas, Gastón García Cantú y muchos escritores que hacían de las páginas editoriales la parte más punzante para el gobierno. Claro que también había reportajes y noticias más abiertas, pero la página punzante de Excélsior que molestaba a la oficialidad era la de los pensadores.

Cuando nos pasamos a Proceso, el periodismo de pensamiento de los líderes de opinión no era tan importante. Lo más importante eran los reportajes. En ese entonces había un señalamiento muy claro en el hecho de que una cosa era la información y otra cosa era la opinión. Julio, por ejemplo, nunca escribió un artículo de opinión, nunca, nunca, y era algo que compartíamos muchos de nosotros. Con el tiempo, lo que ha pasado después de la democracia es que se mezclan. Los periodistas, los reporteros, a la vez se convierten en líderes de opinión. Yo sigo creyendo que el verdadero periodista es el que informa, el que investiga. El que opina no es propiamente periodista, escribe en los periódicos, pero no es periodista. Hay periódicos como el Reforma, cuya fuerte no es la información sino sus líderes de opinión. Pero esa mezcla a mí me sorprende. Los líderes de opinión e informadores se han mezclado, será por los tiempos, pero yo estoy un poco en contra de eso. Yo pienso que la información es lo que hace al periodismo y no la opinión.

 

Un rasgo característico de las publicaciones en las que usted participó es que tuvieron un tono crítico. ¿Cree que su obra literaria tenga este mismo componente?

Yo no tenía ninguna una mentalidad periodística propiamente dicha, yo insisto mucho eso. A mí me gustaba escribir novelas que no tenían mucho contenido. En mis novelas y sobre todo en mi teatro, soy un escritor de poca imaginación. Me cuesta mucho trabajo imaginarme entonces ahí el periodismo me ha ayudado mucho siempre.

Hice un libro como Los periodistas sobre lo que yo pensaba en un tiempo: describir el ambiente de la redacción de un periódico. Reflejar ese ambiente del reportero, de los periodistas, del trajín de un periódico y yo quería imaginar con éste una historia. El ambiente del periodismo que había vivido intensamente era digno de una novela. Quería imaginarme qué novela podría escribir yo sobre ese ambiente. Entonces vino el “golpe a Excélsior”. Cualquier cosa que yo podría imaginar era mucho menos dramática y menos literaria y narrativa que “el golpe”. Después hice un largo reportaje sobre un crimen que me parecía que reflejaba muchos aspectos de la sociedad política empresarial, y fue el crimen de un chico con sus abuelos. Asesinatos, se llama la novela en la yo traté de desmenuzar eso muy periodísticamente.

El periodismo me jaló mucho, me dio temas para escribir literatura. Como novelista y narrador, le debo al periodismo mucho, le debo a la realidad tener material para escribir. No se me ocurren buenas historias novelísticas, por eso casi siempre están muy apegadas a la realidad.

 

¿Cree que en el teatro y las novelas puede ser uno también crítico?

La primera obra de teatro que yo escribí era sobre un conflicto que reflejaba un gran escándalo en la iglesia. A finales de los sesenta también se producía un cambio democrático en la iglesia, una impugnación después del Concilio Vaticano II. La iglesia también sufrió ese intento de transformación por lo menos aquí en México.

En los sesenta un monasterio de monjes se abre al psicoanálisis. El prior de ese monasterio cuenta que entra gente al monasterio que está muy dañada psicológicamente: vienen huyendo de la mujer y otras cosas, y la iglesia les da un espacio para que no tengan problemas y se refugien. Ese monje se llamaba Lemercier y empieza a psicoanalizar a sus monjes –entonces el psicoanálisis estaba prohibido en la iglesia y viene un escándalo brutal. Este hombre decide romper y  sale de la iglesia con su grupo de monjes, aunque luego le fue muy mal. Yo hago con eso una obra de teatro llamada Pueblo Rechazado. Era la primera obra que escribía yo sobre ese tema y tiene un éxito que nunca volví a tener en el teatro, reflejaba esa ansia de libertad dentro de las mentalidades social y religiosa.

Ahí me inicio en el teatro en donde hice una larga carrera junto con la literaria, o al margen de la literaria. Me reconocen a veces más como dramaturgo que como novelista. En esa larga carrera me uní al director Luis de Tavira. Después hice una obra de teatro sobre Morelos en la que me enfrenté de pronto con la censura brutal porque era en tiempos de Miguel de la Madrid, eso ya en los ochenta. Había descubierto unos documentos del final de la historia de Morelos, en los que Morelos se retracta de todo lo hecho. Entonces yo escribo una obra sobre eso y se me vienen encima un montón. A los que hacíamos la obra de teatro nos cierran el teatro en la Universidad y hay un escándalo porque montamos la obra en la Universidad que era independiente, y nos la habían cerrado. Las autoridades universitarias se plegaron a la presión de Miguel de la Madrid, nos cierran el teatro. En fin, después ya se monta la obra, y finalmente no pasa nada.

En el teatro fue donde viví muy particularmente un ambiente censor, porque todas mis obras eran censuradas. No me dejaban poner Martirio de Morelos ni tampoco Pueblo rechazado. Después colaboré con Óscar Lewis para hacer Los hijos de Sánchez que había sido un libro muy importante en ese tiempo del que yo hice una adaptación que Lewis me pidió que hiciera. En lo que la estaba haciendo, él se murió, a finales de 1970, y pues ya no se pudo montar como él lo había calculado. Me encuentro con la censura también fuertísima. Como libro, Los hijos de Sánchez había sido ampliamente censurado, ya había pasado mucho tiempo pero no me dejaban poner la obra. Luego hice una adaptación de Los Albañiles al teatro y ahí me censuraban las malas palabras. Después una obra sobre el asesinato de Obregón, porque tenía los documentos de lo que había sido el juicio a León Toral y tampoco me permiten poner la obra. Siempre tuve problemas con la censura, hizo el puntaje de mis obras de teatro.

Usted, ¿a qué generación diría que pertenece?

Yo pertenezco a la generación de los años treinta, a los nacidos en los años treinta. Los de mi edad se me mueren, empiezan a morirse, todos los de mi generación. Pertenezco a esa generación, pero fui poco amigo de ellos. Yo viví en un tiempo aparte de ellos. Aún así, teníamos la misma mentalidad, el mismo amor a la literatura, el mismo amor nuestro tiempo. Yo todavía sigo escribiendo, no uso celular y sigo escribiendo en una máquina mecánica. Es toda una mentalidad. Por ejemplo: veo cómo se hace cine ahora (yo escribí muchos guiones de cine, kilos de guiones de cine) hoy se escribe y hace cine de otra forma. Por eso me anclo en mi generación. Me apabullan las nuevas técnicas, me apabulla el Internet.  Es un mundo para mí aparte. En alguna ocasión después de escribir La vida que se va, me dijeron: “bueno dame el diskette” y pregunté “¿cuál diskette? yo no tengo más que palabras escritas a máquina”. Escribo a máquina mecánica y a mano.

Si le preguntáramos: ¿quién es Vicente Leñero? ¿qué nos diría?

Lo que yo descubrí fue que el escritor —eso lo descubrí en contraste con el trabajo de la ingeniería—, tiene la misión escribir en todos los géneros, escribir todo lo que se pueda escribir en palabras. Yo lo descubrí diciendo: “bueno yo voy a escribir radionovelas”, eran espantosas, pero entonces yo quería adquirir el lenguaje. Me parecía más honesto para conmigo mismo trabajar escribiendo, aunque fuera así, que trabajar en ingeniería haciendo otro tipo de cosas que no fueran lo mío. Entonces aprendí a escribir radio, televisión, cine, teatro. La palabra escrita fue la guía de todos mis trabajos. He sido guionista de cine y dramaturgo porque en las palabras es en donde me siento mejor, más cómodo.

 

Luciano Concheiro San Vicente
Historiador por la UNAM y sociólogo por la Universidad de Cambridge.

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.