02-traducir

El impulso inicial para traducir un poema es siempre la admiración: esa mezcla de reverencia, asombro y envidia que uno siente ante algo que desearía haber escrito. La admiración que me produjeron los poemas de Charles Simic desde que leí por primera vez un par de ellos fue lo que me hizo empezar a traducirlos hace casi 40 años. A lo largo de todo ese tiempo mi admiración no ha variado. O, si ha variado, ha sido para aumentar. Leo cada nuevo libro suyo con una emoción tan grande como cuando comencé a buscar sus poemas en antologías y revistas, inmediatamente después de leer con deleite la pequeña antología de nueva poesía norteamericana publicada en el número 50 de Plural, preparada por Mark Strand y traducida por Ulalume González de León, a quien le corresponde el honor de haber sido la primera traductora de Simic en México —y probablemente su primera traductora a nuestro idioma.

Un par de semanas después de leer aquel número de Plural (noviembre de 1975) descubrí una estupenda antología de jóvenes poetas norteamericanos que en los años setenta formaba parte del acervo de la Biblioteca Benjamín Franklin. En ella leí aquel “Poema sin un título” que me hizo pensar —o quizás sólo sentir— que ése era el tipo de poesía que me interesaba leer:

Le digo al plomo
¿por qué permitiste
que se te convierta en bala?
¿Has olvidado a los alquimistas?
¿Has abandonado la esperanza
de convertirte en oro?

Nadie contesta.
Plomo. Bala.
Con nombres como éstos
El sueño es largo y profundo.

Desde entonces leo y procuro traducir la mayor parte de los poemas de Simic que caen en mis manos —y no he dejado de estar atento a lo que pueda aparecer en antologías o publicaciones periódicas de lengua inglesa.

Gracias a esa atención he podido leer antes de que aparezcan en libro algunos de los poemas que se presentan aquí, como “Fantasmas rezagados”, que Simic publicó por primera vez en una revista electrónica hecha para ser leída a través de teléfono celular, o “Alarma”, que apareció hace cuatro o cinco años en la revista The New Yorker, en la que Simic colaboró de manera frecuente durante más de cuatro décadas.

Pero además de la admiración, otro motivo que desde hace tiempo me lleva a tratar de traducir la poesía de Simic es el placer de comprender un poco de la manera en que su imaginación opera, y de escuchar cómo resuena en nuestro idioma lo que él construyó en inglés. Ahora, por supuesto, quisiera revisar todo lo que he traducido, comenzando por El sueño del alquimista, aquella antología que se imprimió hace 20 años bajo el sello de la Universidad Nacional Autónoma de México, gracias a la generosidad de Hernán Lara Zavala, que entonces era director de Literatura en Difusión Cultural y me invitó a publicar una selección de las cosas que sabía que había traducido.

Cuando me he atrevido a abrir ese libro veo con claridad fallas que no advertí entonces, pero me consuela darme cuenta de que la buena poesía pervive siempre a pesar de los errores del traductor. En este caso se puede aplicar aquel precioso aforismo de José Lezama Lima: “¿El mal poema? El que asoma la cabeza y se la cortan”. Los poemas de Charles Simic conservan siempre la cabeza. Y sus lectores suelen conservarlos en la cabeza, porque en ellos hay una muy afortunada amalgama de lirismo, humor, misterio, sorpresa. Invitan a ser leídos una y otra vez para aprender bien a bien lo que contienen.

Es también por esa amalgama que uno se engancha en el hábito de traducirlos, y por el deseo, claro, de compartirlos con otros lectores. Porque la gran poesía está siempre destinada a ser un bien común.

 

Rafael Vargas
Poeta y traductor.