Ébola: La epidemia perfecta

La actual epidemia causada por el virus Ébola se ha extendido mucho más allá de lo que nadie pudo suponer al principio, poniendo en evidencia nuevamente la fragilidad de los sistemas internacionales de control, la precariedad de las intervenciones multinacionales cuando de salud se trata, la insuficiencia presupuestal y organizativa de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, en el centro, las devastadoras consecuencias de la extrema pobreza y desorganización social de los países de África occidental. En esencia las condiciones necesarias para la epidemia perfecta. En 1995 escribí un pequeño ensayo periodístico sobre los virus  Ébola y Marburgo describiéndolos como sorpresas de la naturaleza que seguramente serían recurrentes. Entonces, suponía que su control sería eficaz y rápido en nuevas apariciones. La evolución de la epidemia actual hace ciertos los peores pronósticos al atestiguar cómo los casos siguen multiplicándose en un terreno social que dificulta cualquier intervención. Las autoridades sanitarias en los países afectados no tienen presencia, capacidad ni credibilidad. La falta de servicios de la región: una pobre educación, la pobreza y la corrupción son el estándar. La ayuda internacional ha sido tardía e insuficiente.

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La actual epidemia inició en Diciembre de 2013 en la zona fronteriza entre Guinea, Sierra Leona y Liberia. Los primeros casos fueron ocurriendo sin que se estableciera ninguna respuesta significativa hasta Marzo de este año, cuando los números empezaron a llamar la atención. Únicamente pequeñas organizaciones y en particular Médicos sin fronteras mantenían una presencia de ayuda en la región, que han reforzado ahora. Su capacidad de operación es por insuficiente, pero han hecho mucho.

Los países de la zona afectada son de los más pobres del planeta: más del 70% de la población de Liberia y Sierra Leona está por debajo de la línea de pobreza (es interesante notar que México anda por el 50%, y ¡está peor clasificado que Guinea!), los niveles de educación son bajísimos y la estructura sanitaria es prácticamente inexistente. Si a lo anterior se agregan las prácticas rituales del cuidado de los enfermos y el manejo de los fallecidos, podemos tener una imagen de lo difícil que será contener la transmisión a estas alturas, cuando la infección se sigue extendiendo a países vecinos. Recientemente la República Democrática del Congo declaró otra epidemia de Ébola, pero de una variante viral diferente. La cuenta de casos asciende con rapidez. Ésta se trata de una epidemia simultánea por un virus diferente que ha sido detectada temprano y presenta mejores posibilidades de control a corto plazo.

La enfermedad se transmite entre humanos por contacto directo con las secreciones de los enfermos: sangre, moco, heces, orina, saliva, semen. También a través del contacto con mucosas o lesiones de la piel o por ingestión de animales infectados (los murciélagos no son un platillo extraño en la zona) o de sus deyecciones. El brote inicia cuando un humano tiene contacto con un animal enfermo (monos y otros mamíferos) o con un portador del virus (murciélagos) y desarrolla la enfermedad. Ya enfermo, es cuidado por sus familiares cercanos quienes ante las condiciones de gravedad deciden llevarlo a un centro de atención. En ese momento el enfermo será diagnosticado como un caso de paludismo o tifoidea, dado que las manifestaciones clínicas pueden ser indistinguibles en un principio. Ante la precariedad de los servicios sanitarios las enfermeras, asistentes, médicos y otros enfermos tienen un alto riesgo de contagio. En el pequeño centro hospitalario no hay guantes de látex, no hay máscaras, no hay lentes ni batas, y muchas veces se reutilizan los materiales, incluidas las jeringas y navajas de bisturí; no hay pañales, suficiente ropa de cama, jabón ni desinfectantes. El agua corriente puede ser insuficiente, no haber, o incluso ser una fuente de adquisición de otras enfermedades. A partir de ahí, otros familiares y el personal sanitario se han infectado y llevarán la infección a sus casas, comunidades y otras áreas de atención médica y para ese momento nadie ha sospechado el verdadero diagnóstico. La epidemia ha iniciado.

El virus Ébola es sumamente eficaz en el proceso de destruir las células donde se multiplica y por tanto muy agresivo para el organismo que infecta. Inicialmente destruye grupos celulares que inician la respuesta de defensa en el organismo facilitando su extensión. Las manifestaciones clínicas son comunes con múltiples enfermedades infecciosas. Las primeras manifestaciones son dolor de cabeza, fiebre, malestar general y fatiga, que van siendo más intensas al cabo de horas o días. Este cuadro clínico inicial es fácilmente confundido con malaria, enfermedad que es común en la región. La mayoría de los enfermos tienen síntomas después de una semana de haberse infectado. Se agregan náuseas, vómito, diarrea, obnubilación, puede haber sangrado fácil, la debilidad es extrema y el enfermo entra en estado de choque para morir  pocas horas después. La mortalidad por Ébola es una de las más altas reconocidas dentro de las enfermedades infecciosas, y se ha descrito hasta de más del 90% (nueve de cada diez infectados mueren por la enfermedad). Esta elevada mortalidad está relacionada con la variedad del virus Ébola involucrado, ya que algunos son menos virulentos y letales. También se relaciona a la capacidad de atención o soporte médico, y la oportunidad del diagnóstico. Mientras más tiempo dura la epidemia la mortalidad puede ir disminuyendo porque el diagnóstico es más temprano y las medidas de soporte se inician antes.

Las descripciones de la evolución de la actual epidemia son particularmente pesimistas. ¿Cómo, en las condiciones descritas, pueden ser organizadas operaciones de cuarentena para centenares o miles de contactos?, ¿Cómo garantizar que la cuarentena no implique riesgos para los vigilados? Se requieren recursos que no hay en el terreno hasta ahora. En contraste, recién escuchamos al primer ministro inglés describir la creación inminente de una fuerza coordinada por la OTAN de reacción militar rápida, con capacidad para movilizar de 5 a 15 mil soldados con sofisticados pertrechos y transportes, y situarlos en el terreno requerido en dos o tres días. La creación de este cuerpo militar responde a la situación de Ucrania en su enfrentamiento con Rusia, conflicto que para este momento ha resultado en menos fallecimientos que los que ya suma la epidemia de Ébola, más los que se siguen acumulando. Ciertamente los intereses son diferentes y variados, pero es imposible no implicar una perspectiva racista en esta pobre reacción ante una tragedia tan brutal como la que hoy viven Liberia, Sierra Leona y Guinea. Y por ningún motivo hay que perder de vista que hoy el mundo está más conectado que nunca, y que la globalización incluye, además de los mercados y las mercancías, el traslado de personas entre todos los rincones del planeta, incluidos los microorganismos que llevan consigo.

En cambio sí ha existido un gran interés en el desarrollo de terapias experimentales que seguramente no tendrán ningún impacto en la evolución del problema actual. La tragedia es simultáneamente una oportunidad para desarrollar el conocimiento sobre el virus y la enfermedad. Se desarrollaran tratamientos, antivirales y vacunas. Todos estos desarrollos quedarán como promesas, tal vez sin mayor impacto en la salud pública, al no existir el financiamiento para su desarrollo industrial, indispensable para la comercialización de los productos para uso en las poblaciones donde se requiera más. Los titulares que destacan la epidemia como otro gran botín de las farmacéuticas no podían haber sido más equívocos.

Tenemos entonces un escenario que muestra a la epidemia sin control y en crecimiento. Desafortunadamente la OMS se ha retrasado en establecer una directriz y liderazgo, y hasta ahora no tiene propuestas. En vez de echar mano de la experiencia adquirida con las epidemias de SARS e influenza de los últimos años, parecería que su capital se ha agotado. Sería oportuno, que de manera similar a la propuesta de la OTAN para crear esa fuerza militar especial, una coalición de países se congregara (el G-7 o el G-20) para crear un fondo y una fuerza sanitaria que permitiera iniciar algún tipo de respuesta organizada y suficiente. De otra forma la región seguirá sufriendo el desarrollo natural de la epidemia por Ébola y sus devastadoras consecuencias, frente al magnífico escenario del desarrollo científico y tecnológico del Siglo XXI, donde al parecer sobresale  la indiferencia del resto del mundo. El hecho es que en nuestro mundo la globalización vale no solo para mercados, finanzas, migración y turismo, los riesgos también son globales, y las responsabilidades también deberían serlo.

 

Samuel Ponce de León
División de Investigación. Facultad de Medicina UNAM

Mauricio Rodríguez
Investigación, BIRMEX

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Publicado en: Sólo en línea