Nada más extraño y triste que vivir enamorado de una muerta, en el fondo de una galera de presidio. Pero cuando esa mujer fue muerta por el superviviente que la amó y que aún la ama, entonces no hay nada más lúgubre ni nada más infernal.

Así pasó con el infeliz Miguel Cao Romero; amó desenfrenadamente a una mujer. Su pasión violenta de tísico soñador e irritable le traía horribles crisis en el hogar en que vivía con ella; tuvo tan tiránicas exigencias y precauciones tan celosas y ridículas que, exasperada, una noche intentó abandonarlo como la madre le aconsejaba. Tomó su tápalo, diciéndole:

—Miguel, te quiero, bastantes pruebas te he dado; pero así no podemos vivir, no, no; ya no quiero que todos los días cuando sales, me dejes encerrada con llave como una perra; me voy con mi mamá, ya no te puedo soportar.

Él suplicó, se le arrodilló; pero todo fue inútil; ella, decidida, corrió a la puerta; entonces él tomó su pistola —era gendarme— y le disparó a boca de jarro, cuatro tiros, haciéndole pedazos el cráneo y el pecho.

Tres meses vivió el infeliz sumido en una bartolina, idiota, sin darse cuenta de lo que había hecho; ni de lo que a él le haría la justicia. Después pasó a las galeras de encausados, viviendo allí, huraño, sombrío, solitario, en un departamento donde hay más de mil hombres. Como a nadie hablaba, nadie le hablaba a él; crecióle la barba y se pasaba el día y la noche fumando. Compraba cigarros vendiendo las gamuzas de su caridad.

¿En qué pensaba? En la muerta. ¡La amaba aún, la seguía amando con frenesí! Consagraba su actividad cerebral a sus recuerdos de amor siempre dolorosos. Después empezó a distraerse; hizo versos que a nadie leía, pero que se sabía de memoria. Versos tristes, incorrectos, sin ritmo; pero desesperados como una queja estridente. Todos llevaban estos títulos, poco más o menos: “Soledad muerta”, “Al sepulcro de Soledad”, “¿Dónde está tu alma?”, “Tumba sin nombre”, “Catafalco ideal”, “La tumba y mi amor”, etcétera. Aquello fue una colección fúnebre de un poeta demente, con la demencia negra de un amor imposible de ultratumba. He aquí una estrofa, inculta y melancólica:

Oh, Soledad, mi tristeza
hasta ti ya habrá llegado.
Fui el hombre más desgraciado,
y matarte no me pesa.
¡Estoy tranquilizado…
Ya no es de otro tu belleza!

Y mientras, el tremendo germen de la tisis avivaba intensamente la luz de sus ojos y roía sus pulmones. Pálido, sucio, melenudo y desharrapado, vagaba en la galera o en los corredores de la cárcel, hasta que un día se le ocurrió que era su deber dar lecho digno a la que había matado; era preciso construirle una tumba. ¿De dónde conseguiría dinero? Trabajaría.

Iba a aprender algún oficio, cuando el alcaide, Carlos Carpio, compadecido de él, le encomendó instruyera a los muchachos presos que en (la cárcel de) Belem se llaman Pericos. Aquello abrió otros horizontes a su existencia lúgubre. Trabajó con ahínco en instruirlos, y con una tenacidad sin ejemplo, arrojó en el sucio cuarto en que antes aquellos habitaban la luz del silabario.

Llegó el jurado y fue condenado a 12 años de prisión —sentencia asaz benigna, dados los antecedentes de su crimen. Miguel contempla la esperanza, y cuando no piensa en su adorada mujer ni le hace versos, se asea, se afeita la poblada e hirsuta barba e instruye a sus Pericos.

Aquella miserable cantidad que como un mendrugo le arrojaba el Ayuntamiento, fue para él una verdadera gloria, y de ella ni un solo centavo gastaba. Iba reuniendo mes a mes el dinero, año a año, durante cuatro de privaciones y de melancolía, para adquirir lo suficiente para la tumba de su adorada muerta, de la que había logrado obtener los proyectiles que él incrustó en su cuerpo y algunos cabellos ensangrentados.

A mediados de 1891, faltándole sólo un año y medio para salir libre a colocar flores en el sepulcro de su amada, el tifo le clavó su garra, allá en el departamento de la escuela que fundara. La enfermedad aguda se juntó a la crónica para dar fin con el enamorado de la muerta.

Murió olvidado en el hospital y el dinero que ganó durante muchos años verdaderamente fúnebres, dedicados a construir un sepulcro, no sirvió ni para el suyo ni para el de su amada.

Los dos yacen bajo el polvo de Dolores, anónimos infelices, en la Ciudad de los Muertos. (17 de mayo de 1895.)

 

Fuente: Heriberto Frías, Crónicas desde la cárcel (recopilación y nota introductoria de Antonio Saborit), Breve Fondo Editorial, México, 1995.

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