El Burger King se esconde debajo de los rieles del metro, que en las profundidades de Brooklyn corre por encima de la calle. De día, la intersección de Myrtle y Knickerbocker bulle con actividad, pero esta noche de invierno aparece casi desierta. Son las doce, y salvo el restaurante, todos los negocios de la calle —una farmacia, una zapatería, un local de cobro de cheques— parecen estar cerrados. De la nevada de la semana anterior sólo queda una capa de hielo ennegrecido, pero sigue haciendo frío. A buena parte de los faroles del alumbrado público les faltan focos. De no ser por las luces de halógeno del restaurante, la calle estaría completamente en penumbras.

He venido aquí, a Bushwick, en busca de la epidemia de obesidad que asola a Estados Unidos. Mi amigo Tim Barker, escritor y editor, vive en el vecindario y es cliente frecuente de esta sucursal de Burger King, que abre las veinticuatro horas del día. Me he citado con él y con un par de conocidos en común para cenar unas hamburguesas y, con suerte, hacer algunas entrevistas. Al entrar al restaurante descubro que Barker no ha llegado todavía. Con la esperanza de que no tarde, me acerco al mostrador y pido una Whopper combo. La cajera que me atiende, una chica boricua más o menos de mi edad, me cobra 6.68 dólares.

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“Estoy escribiendo un artículo sobre Burger King para una revista mexicana”, le digo en español. “Me encantaría entrevistarte sobre tus experiencias trabajando aquí. ¿Qué te parece?”.

La cajera me mira con ojos aburridos y me dice que la compañía le prohíbe a sus empleados hablar con periodistas. Sin más, me entrega mi ticket y se da la vuelta hacia la cocina.

Mi cena está lista en pocos minutos. Me siento en una mesa cerca de la ventana a esperar a mis amigos. Tengo hambre y las papas fritas huelen muy bien. Pasan los minutos. Una mujer enorme entra al restaurante con sus tres hijos, riñendoles en el redondo español de los dominicanos. Espero a mis amigos mientras mi cena se enfría. Finalmente me rindo y empiezo a comer. Hace años que no pruebo una hamburguesa de Burger King. Me sorprende lo buena que está. Antes de que me dé cuenta, el combo ha desaparecido. Entre el sándwich (650 calorías), el refresco (290) y las papas (410), acabo de consumir casi el 70% de mi ingesta energética recomendada para ese día. Todo esto, cabe mencionar, en menos de cinco minutos. Con horror, descubro que todavía tengo hambre.

 

Poco antes de graduarme de la universidad viajé a Carolina del Sur para pasar una semana en la playa con algunos compañeros de la carrera. Manejamos durante doce horas, dejando atrás el cosmopolitismo del noroeste y adentrándonos en el sur —el escenario de las novelas de Faulkner y del capítulo más oscuro de la historia de Estados Unidos. Cerca de la frontera entre Virginia y Carolina del Norte nos detuvimos a almorzar en una sucursal de Waffle House, una franquicia regional célebre por sus bajos precios y altísimo contenido calórico. Al entrar en el restaurante descubrimos que todos los presentes —cajeros, comensales, cocineros—eran obesos. Los empleados tenían que hacer esfuerzos para entrar y salir de la estrecha cocina. Los clientes se balanceaban precariamente en bancos demasiado pequeños para sus cuerpos, ahogando sus waffles en mares de margarina y de jarabe de maíz con saborizantes artificiales de maple.

Era una imagen verdaderamente desoladora, casi una alegoría del lado oscuro de la prosperidad de Estados Unidos. La inmensa mayoría de los presentes eran afroamericanos y, si las cifras del censo no mienten, era más que probable que fueran pobres. Un estudio reciente de la Clínica Mayo encontró que los condados en los que al menos 35% de la población vive por debajo de la línea de pobreza tiene tasas de obesidad 145% más altas que el promedio nacional. Es decir, en Estados Unidos la obesidad es una enfermedad de marginados. Y dado que en este país las diferencias económicas suelen coincidir con las raciales, se trata también de una enfermedad de minorías.

En contraste con Carolina del Norte, Nueva York no es la mejor ciudad para observar los estragos de la obesidad. Sólo una quinta parte de sus habitantes sufre de sobrepeso, bastante menos de las dos terceras partes que lo padecen en el promedio del país. Sin embargo, su geografía urbana la hace un espejo ideal de la desigualdad económica de Estados Unidos. Los barrios de Nueva York suelen ser homogéneos en términos raciales y de clase, y su densidad demográfica significa que basta caminar diez calles en cualquier dirección para pasar de un vecindario de riqueza casi ofensiva a un barrio de ventanas rotas. Lo que es más, un observador casual que baje desde Harlem hacia el Upper East Side descubrirá de inmediato que estas divisiones se expresan también en los cuerpos de los vecinos.

Los neoyorquinos blancos y afluentes padecen una obsesión casi patológica con la salud, obsesión que se centra en sus actitudes frente a la comida y el ejercicio. SoulCycle, un club de spinning, cobra 30 dólares por hora y ofrece una banda sonora de música trance, iluminación con velas aromáticas, y la promesa de quemar 900 calorías en cada sesión. Por 300 dólares, la juguería boutique Organic Avenue ofrece un paquete que incluye suficiente jugo para sobrevivir sin comer durante cinco días y “limpiar” el sistema digestivo. Los resultados de esta cultura que hace de la salud un marcador de clase son evidentes. Basta entrar en cualquier club nocturno de SoHo para verse rodeado de cuerpos hermosos y esbeltos, cuyos dueños han gastado en partes iguales en membresías de gimnasios, atuendos fabulosos y ensaladas de kale.

Los casos de SoulCycle y de Organic Avenue resultan casi risibles, pero son sintomáticos de un problema insidioso. Además de sus gimnasios-discotecas, los barrios ricos de Nueva York disfrutan de una enorme variedad de opciones de comida saludable, desde restaurantes veganos hasta supermercados de lujo. Por el contrario, los barrios pobres padecen una enorme carencia. No es que no haya qué comer —aunque es importante admitir que incluso en Estados Unidos hay lugares donde el hambre es una realidad cotidiana— sino que lo que hay es casi siempre una combinación de grasa, sal y azúcares procesados. Las calles del barrio afroamericano de Bedford-Stuyvesant, por ejemplo, están llenas de restaurantes de comida rápida y misceláneas que abren hasta tarde en la noche, pero carecen casi por completo de tiendas que ofrezcan frutas y verduras frescas.

En Estados Unidos, entonces, la obesidad es en buena medida un problema de microgeografía. Los habitantes pobres de las grandes ciudades norteamericanas son vulnerables a la obesidad no sólo porque la comida saludable sea más cara que la comida chatarra, sino también porque es muy difícil encontrar opciones sanas en los lugares en los que viven. Los medios estadunidenses, siempre muy hábiles a la hora de bautizar fenómenos complejos con motes muy simples, han dado por llamar a estos barrios marginados food deserts —desiertos alimenticios.

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Bushwick, en la frontera entre Brooklyn y Queens, es uno de estos desiertos. Originalmente un apacible enclave de blancos de clase media, el barrio comenzó a volverse puertorriqueño a mediados del siglo XX. En la década de los setenta, al avanzar la desindustrialización de Estados Unidos, las condiciones de vida en el vecindario empeoraron de manera vertiginosa. La situación se volvió crítica en 1977, cuando un apagón eléctrico desató una de las peores revueltas en la historia de la ciudad. Los historiadores atribuyen el estallido al cierre de las fábricas que empleaban a buena parte de los habitantes de la colonia, pero suelen también mencionar que ese año el infame verano neoyorquino fue particularmente infernal. El calor y la carencia enardecieron las tensiones raciales y de clase, hasta que una noche de julio las luces se apagaron y todo se salió de control. La ciudad entera se hundió en el caos, pero Bushwick se llevó la peor parte. Durante ocho horas aterradoras, multitudes furiosas y jubilantes se dedicaron a saquear las tiendas del vecindario. Una serie de incendios intencionales asolaron las avenidas comerciales, invitando comparaciones con el estado de Dresden después de los bombardeos de los Aliados.

Los residentes y negocios con suficientes recursos para marcharse de Bushwick lo hicieron, dejando vacante buena parte de los edificios del barrio. Entre las víctimas más visibles de esta desolación estuvieron las marquetas, bodegas y delicatessens que una vez hicieron de las calles del vecindario un espectáculo multicolor de frutas y verduras. Por supuesto, ningún supermercado quiso arriesgarse a abrir una sucursal en una colonia donde un apagón bastaba para desatar una guerra de clases. El resultado fue que durante muchos años fue casi imposible comprar comida fresca en el barrio. La misma historia —desindustrialización, revueltas, desaparición de las redes de distribución de comida saludable— se repitió a lo largo y ancho de Estados Unidos, desde el sur de Los Ángeles hasta Detroit. Las consecuencias de esta tendencia pueden leerse en las estadísticas que miden la tasa de diabetes y de enfermedades cardíacas entre las minorías de Estados Unidos.

Es importante señalar que las cosas han mejorado desde entonces, al menos desde cierta perspectiva. En años recientes, Bushwick se ha vuelto popular entre los jóvenes de la mal llamada clase creativa. Expulsados de Manhattan por multitudes de turistas y rentas exorbitantes, los escritores y artistas de Nueva York han comenzado a emigrar hacia el este de Brooklyn, avanzando cuadra por cuadra hacia los antiguos guetos de la periferia. Estos jóvenes educados y relativamente afluentes —yo mismo me cuento entre ellos— han atraído tiendas de comida orgánica a barrios que hasta hace muy poco carecían de mercados básicos.

Todo esto sería buena noticia, excepto que los recién llegados también hemos traído con nosotros un cierto caché cultural. Este aire de bohème bourgeoise, combinado con el hecho de que en un país tan racista como Estados Unidos basta con que haya más anglosajones en un barrio para que éste se vuelva deseable, ha hecho de Bushwick y otros vecindarios similares un blanco fácil para los especuladores de bienes raíces. Las calles están cada día más limpias y mejor iluminadas, pero las rentas aumentan con cada café literario que abre en una fábrica remodelada. En Williamsburg, un barrio al oeste de Bushwick que vivió un proceso similar hace diez años, el precio de un departamento modesto es comparable al de un espacio equivalente en las partes más exclusivas de Manhattan. El resultado es que año con año la clase creativa se ve obligada a avanzar aún más hacia el este, empujando a los habitantes establecidos de Brooklyn —trabajadores, minorías étnicas, inmigrantes recientes— a barrios cada vez más periféricos. Allí, cada vez más cerca del término de las líneas del metro, la comida saludable brilla por su ausencia. Como una maldición bíblica, el desierto alimenticio sigue a los pobres de Nueva York a donde quiera que vayan.

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Barker llega al Burger King poco después de que termino de comer mi hamburguesa. Viene acompañado de Laura Cremer, quien está haciendo sus prácticas profesionales en una revista política, y Andrew Elrod, quien escribe sobre sindicatos para quien le pague. Pese a que los tres se graduaron de universidades privadas y prestigiosas, su situación no es envidiable. Piden veggie burgers y aros de cebolla, y nos sentamos a discutir sobre el problema de la obesidad.

Para empezar nuestra plática, les pregunto qué porcentaje de su ingreso está destinado a la comida. Las respuestas de cada uno son diferentes, pero todos gastan más que la media en alimentación. Al escribir sobre la crisis de salud de Estados Unidos los críticos culturales del New York Times y otras publicaciones liberales disfrutan de señalar que los norteamericanos gastan una proporción mucho menor de su ingreso en alimentación (13%) que poblaciones más sanas, como la francesa (20%). Sin embargo, apunta Elrod, este análisis ignora la causa fundamental del problema: los franceses pueden dedicar una parte más importante de su presupuesto a la comida porque sus gastos en otros rubros son menores. Lo que es más, sigue Elrod, esto se debe en buena medida a las políticas redistributivas del Estado francés, y a una cultura que favorece a las confederaciones de trabajadores. Pronto llegamos a la conclusión de que, en términos económicos, comer en Burger King es una decisión racional para los marginados de Nueva York.

Los comentarios de Elrod nos llevan a hablar de las condiciones de los empleados de Burger King. Una serie de escándalos en la prensa ha llevado a la empresa a adoptar una estricta política de no comment, así que no hay más remedio que especular. Casi todas las compañías de comida rápida pagan el salario mínimo, que en Nueva York es ocho dólares por hora. Usando nuestros teléfonos como calculadoras, descubrimos que si un empleado de Burger King trabaja cuarenta horas a la semana, se lleva a casa mil 280 al mes. Con ayuda de internet, calculamos algunos de los gastos básicos de un habitante de Bushwick. Un pase de treinta días para el metro cuesta 112 dólares. La renta de un departamento promedio en el barrio es de 700 al mes. Cada operación aritmética reduce el presupuesto de comida de nuestro empleado hipotético, hasta que desaparece casi por completo. Cuando pienso que la situación no podría ser peor, Cremer apunta que tener tiempo para cocinar en esta ciudad es un lujo. Ella misma se pasa dos horas en el metro todos los días, lo que le deja poco tiempo para ir de compras y cocinar, llevándola a tomar buena parte de sus comidas en restaurantes. Burger King abre las veinticuatro horas del día, lo que agrava la situación para sus empleados que trabajan el turno nocturno: hay muy pocos restaurantes abiertos durante las horas que pasan despiertos.

Baratas, convenientes, incluso apetecibles, con un radio de calorías por dólar muy favorable —las hamburguesas de Burger King son seductoras—. Al final, sin embargo, la comida rápida tiene más en común con un préstamo oneroso que con un ahorro verdadero. Economice en tiempo y dinero ahora, debería leer la publicidad de estos restaurantes, pague con su corazón y su páncreas diez años después. La conclusión de mi conversación con Cremer, Elrod y Barker parece una broma macabra: los empleados de Burger King casi no tienen tiempo y dinero suficientes para comer otra cosa que no sea una hamburguesa del restaurante en el que trabajan.

 

Se está haciendo tarde. Nos tomamos una última ronda de Coca Colas —los refills son gratis— y salimos del restaurante. Elrod y yo tomamos el metro hacia mi casa. Vemos pasar ventanas iluminadas, líneas de ropa tendida a secar, y azoteas cubiertas de graffiti. Al subir las escaleras de mi casa, pienso que la pobreza de Estados Unidos no es una tragedia, como lo son las de Chiapas o la de África Subsahariana. Se trata, más bien, de una farsa: una economía en la que la abundancia destruye los cuerpos de los marginados. Y todo esto porque el único restaurante abierto en Bushwick un miércoles a las doce de la noche es un Burger King.

 

Nicolás Medina Mora
Periodista.

 

6 comentarios en “El rey Burger

  1. muy interesantes observaciones e información del entorno del cual se hace depender a las personas. Se reducen las opciones de comida preparada y de variedad en los productos; agravado con las estructuras mercantiles que son oligopolios que desplazan a la dieta tradicional e imponen la que confeccionan a conveniencias financieras.

  2. Como lo han señalado otros autores como Jorge Veraza en su obra: “Los peligros de comer en el capitalismo”. La realidad capitalista desde las ultimas décadas del siglo pasado empieza a desdoblare en una policefalia que desemboca en un “mismo problema” de formas diferentes.

  3. Me revente todo tu articulo muy interesante
    Y tienes mucha razon en lo q escribes pero ,pero es la realidad de nuestra situacion al ser pobres y con poca educacion sin mensionar el estatus migratorio

  4. Excelente y preocupante artículo, sobre todo cuando tienes hijos adolescentes que ya les parece aburrida la comida casera.

  5. Trabajar en la zona de perisur es básicamente lo mismo, las únicas opciones de comida son el macdonalds buerger king etc.