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Ira. Escribe Claudio Magris, recién galardonado con el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014, en El tallo entre las piedras, reunión de ensayos y textos periodísticos: “Si existe algo en el universo que nos provoca miedo, dice Chesterton, es necesario enfurecerse contra él, ir a sacarlo y golpearlo a la cara. La cólera contra quienes son más fuertes no es dominada, es reprimida, y es tan vil y frecuente como libre contra quienes son más débiles”. Y sigue, “Ningún enojo iracundo, aunque su origen sea fundamentado y por lo tanto necesario y justo, puede volverse ira permanente sin desfigurarse en una falsa pose. La cólera es liberadora sólo si es capaz de liberarse a sí misma; ‘el sol’ —dice san Pablo en la Epístola a los efesios— ‘no declina en vuestra ira’. La ira, desde los héroes griegos hasta el Cristo de la Biblia, desde Dante hasta Tolstoi, es un sentimiento que reside en los orígenes del mundo occidental. Para los filósofos, es un impulso ambivalente, peligroso pero también noble, expresión de una grandeza que a menudo tiene finales trágicos. Para algunos escritores es su propia mirada que se posa sobre el mundo y lo retrata”. (Ediciones Cal y arena, selección y traducción de María Teresa Meneses.)

Desmesura. Pedro Arturo Aguirre aclara en la introducción a su libro Historia mundial de la megalomanía: “No es un libro de ciencia política, ni de psicología, ni de sociología ni de historia. Se trata sólo de un recorrido de perplejidades a través de los excesos y las vesanias de dictadores delirantes”. Uno de ellos perpetrado por el dictador rumano Nicolae Ceaucescu en la ciudad de Bucarest, anteriormente llamada la París del Este. “En la capital, en los años ochenta, se erigió un colosal bodoque, gema primordial del kitsch totalitario y cúspide de la megalomanía política aplicada a la arquitectura: La Casa del Pueblo, segunda construcción masiva más grande del mundo después del Pentágono […] ‘No sabemos bien cuántas habitaciones tiene esta cosa, pero sospechamos que más de mil, explicaron quienes trabajaron en ella’”. (Debate, 20014.)

Recado. “Ninguna voz que no diga tu nombre,/ ningún tiempo que no diga tu espacio,/ ningún rostro que no diga tu llanto/ ningún cigarro que no diga tu humo.// Ningún afuera que no diga tu adentro,/ ninguna voz que no diga tu canto, ningún temblor que no diga tu miedo,/ ningún estoy que no diga te quiero.// Ningún ahora que no diga tu lluvia,/ningún entonces que no diga tu tiempo,/ninguna silla que no diga te espero.// Ningún sobre que no diga tus cartas,/ningún beso que no diga tu boca,/ ningún perdóname que no te esté mintiendo”: Ricardo Yáñez, “Recado”, Desandar. Poesía reunida, FCE, 2014.

Fumar. En el nuevo libro de Guillermo Sheridan, Toda una vida estaría conmigo, que su contraportada nos ofrece como autobiografía y autorretrato, el escritor confiesa: “Escribir sin fumar es terrible. Uno de mis manuales recomendaba sorber agua de un vaso. Lo hacía. Después le sacaba punta a mi lápiz. Luego miraba por la ventana a los pájaros carpinteros. Una hora más tarde no había escrito una línea y estaba sorbiendo mi lápiz, sacándole punta a un pájaro carpintero y mirando un vaso de agua. Veía llegar el viernes, que es el día de entregar, con el terror con el que un pompeyano habrá visto acercarse la lava. La hoja en blanco parecía mirarme desde su oprobiosa blancura y no logré escribir una palabra. Dejar de fumar es un trabajo de tiempo completo: no se puede hacer nada que no sea no fumar”. (Almadía, 2014.)

Ulises.Ulises era la inversión más rentable de la vida de Joyce después de años de penuria, decía Sylvia [Beach], al tiempo que no quería reconocer que los costos de publicación casi habían arruinado su Shakespeare and Company. El punto culminante de la prosperidad de Joyce llegó en 1932, con la noticia de la venta del libro a Random House de Nueva York por un adelanto de cuarenta y cinco mil dólares que, como confesó Sylvia, él le mantuvo en secreto, y de los que, según se supo más tarde, nunca le ofreció ni un penique. ‘Desde el principio comprendí que si trabajaba con o para el señor Joyce, el placer sería mío, un placer infinito, pero las ganancias serían suyas’, escribió sin acritud en su libro de memorias”: Janet Flanner, París era ayer (1925-1939), Alba Editorial, 2005.

Secuestro. “Creí ganarles la partida, pero los secuestradores arruinaron mi matrimonio. Desde el día del plagio fui paciente en la negociación. Recibí de los criminales una oreja. Luego, un dedo, el pie, la mano y poco a poco la reconstruí. Cuando los delincuentes se percataron de su error, no quisieron entregar la última pieza. Mi esposa, entonces, se volvió fría, distante, ajena a cualquier sentimiento, una mujer sin corazón”: de la nueva producción de Marcial Fernández, escritor pionero del microrrelato y el aforismo en México. (Un colibrí es el corazón de un Dios que levita, Ficticia Editorial, 2014.)

Banda. En El robo de la Mona Lisa. Lo que el arte nos impide ver, uno de esos libros que no se pueden soltar y que por ansiedad uno empieza a hojear aquí y allá, el psicoanalista Darian Leader analiza esta anécdota: “Cuando atraparon al ladrón de la Mona Lisa los investigadores quedaron intrigados al encontrar noventa y tres cartas guardadas cuidadosamente en su vivienda dirigidas a una tal ‘Mathilde’. Al continuar con sus investigaciones, la historia de un romance comenzó a cobrar forma. Un tiempo antes de despojar al Louvre de la pintura de Leonardo, [Vicenzo] Peruggia había estado disfrutando de un paseo por el Jardin des Plantes, donde se había topado con un italiano acompañado de la bella Mathilde. Cenaron los tres juntos y después fueron a un baile en Les Halles, donde se desató una discusión entre los dos amantes, durante la que Mathilde acabó con una herida de cuchillo en el pecho: su pareja desapareció como engullida por la noche. Peruggia se ocupó de Mathilde y, mientras ella se recuperaba, sus afectos por aquel que la había salvado iban en aumento. En los titulares que hablaban de su belleza radiante en los inicios de la investigación policiaca, un detalle parecía sobresalir. La gente que la había conocido la describía a los periodistas resaltando un rasgo en particular: su cabello estaba arreglado con una banda, una característica que comparte exactamente con la modelo de Leonardo”. (Traducción de Elisa Corona Aguilar, Ensayo Sexto Piso, 2014.)

Pérdida. “Releo los diarios íntimos de Renard, Ribeyro, Gombrowicz y me sorprende la densidad de sus frases eléctricas, la lucidez descarnada con la que discutían consigo mismos. En cambio nosotros, que escribimos todo en público (blogs, tuiter, facebook), no sólo hemos perdido el pudor, sino esa escritura: la escritura de la intimidad”: Vivian Abenshushan, Escritos para desocupados, Sur+Ediciones, 2013.

Gajes del oficio. David Grossman, uno de los escritores fundamentales de la literatura israelí actual, escribió en su ensayo “Escribir en una zona de catástrofe”: “Escribo. La conciencia del drama que ha sido para mí la muerte de mi hijo Uri durante la segunda guerra del Líbano está presente en cada momento de mi vida. El peso del recuerdo es enorme e intenso, a veces incluso paralizante. Sin embargo, el simple acto de escribir también me crea una especie de ‘espacio’, un espacio mental abierto que antes jamás había experimentado y en el que la muerte no es solamente la negación absoluta y unidimensional de la vida. […] Escribo y siento que el uso correcto y preciso de las palabras a veces cura una enfermedad. Que es un medio para purificar el aire que respiro de la suciedad y las manipulaciones de los timadores y violadores del lenguaje. Cuando escribo percibo cómo la relación interna e íntima que mantengo con el lenguaje, con sus distintos niveles, con el erotismo, el humor y el alma que posee, me devuelve el que yo había sido, a mí mismo, antes de que el  ‘mí mismo’ fuera nacionalizado por el conflicto, por los gobiernos y ejércitos, por la desesperanza y la tragedia. (Escribir en la oscuridad, traducción de Roser Lluch i Oms, De Bolsillo/Random House Mondadori, 2013.)

Amistad. “Creo que la amistad entre el hombre y el perro no sería duradera si la carne de perro fuera comestible”: Evelyn Waugh.

Hache. “En la lengua general la h no se pronuncia. Lo reconoce la misma Academia en su Ortografía: ‘La h, que en otro tiempo fue aspirada, carece hoy de valor fonológico y no es más que un signo ortográfico ocioso, mantenido por una tradición respetable’. Estas son, pues, la claves de la letra h: ociosidad y tradición respetable. Por ellas decidieron los italianos eliminarla y por ellas la han considerado los hispanohablantes la letra fatídica, la trampa ortográfica y un caso único de la letra muda en español. Miguel Delibes, en Los Santos Inocentes, la define así: El señorito Lucas les dibujó con primor una H mayúscula en el encerado y después de dar fuertes palmadas para recabar su atención e imponer silencio advirtió: —Mucho cuidado con esta letra: esta letra es un caso insólito, no tiene precedentes, amigos: esta letra es muda. Al ser preguntado el señorito por qué se escribe si es muda, la respuesta es la siguiente: Cuestión de estética… únicamente para adornar las palabras, para evitar que la vocal que la sigue quede desamparada… pero eso sí, aquel que no acierte a colocarla en su sitio incurrirá en falta de lesa gramática’”. (Gregorio Salvador y Juan Ramón Lodares, Historia de las letras, Espasa Calpe, 2008.)

Zorro. Buena noticia para los amantes del libro gráfico. Por fin tendremos distribución en México de los Libros del Zorro Rojo. Las novedades: Sueño de Haruki Murakami ilustrado por Kat Menschik y traducido por Lourdes Porta, y La leyenda del santo bebedor con ilustraciones de Pablo Auladell y traducción de Michael Faber-Kaiser. Esta editorial tiene en su catálogo obras de los clásicos como De La Fontaine ilustradas por Marc Chagall, Shakespeare por Ferenc Pintér, E. A. Poe por Harry Clarke y Luis Scafati, Wilde por Aubrey Beardsley, London y Lovecraft por Enrique Breccia, Orwell y Stevenson por Ralph Steadman, Twain por Francisco Meléndez, Kafka por Nikolaus Heidelbach, Fernando Pessoa por Antonio Seguí, Julio Cortázar por José Muñoz y Horacio Quiroga por Alfredo B. Bedoya. Y también cuenta con la extraordinaria colección del escritor e ilustrador de culto Edward Gorey, quien declaró: “Por algún motivo mi misión en la vida consiste en producir la mayor incomodidad posible, porque así es el mundo”.

Niña. Ediciones Siruela publicó este año un libro original, El despertar de la belleza. Sesenta cuentos populares de los cinco continentes. La compiladora es la antropóloga Marita de Esterck que explica: “La mayoría de las narraciones recogidas en esta antología se definen como cuentos populares portentosos llenos de imaginación, protagonizados por unas niñas que se ven obligadas a hacer frente a antropófagos, secuestradores, asesinos de mujeres, animales convertidos en pretendientes y familiares destructivos y sanguinarios. Por suerte, las protagonistas suelen toparse con protectores de diversa índole: parientes vivos o muertos, forasteros, animales y dioses. También la magia las ayuda a afrontar las vicisitudes y a superar con éxito el proceso de transformación. Curadas de espanto, maduras y crecidas, buena parte de las muchachas salen triunfantes, mostrándose más resolutivas y más sagaces. No obstante, algunos relatos tienen un desenlace extremadamente infeliz”.

Treinta y cinco. Se cumplieron ya 35 años del escándalo que suscitó la publicación de El vampiro de la colonia Roma. Las aventuras, desventuras y sueños de Adonis García, una de las primeras novelas de tema gay en México, escrita por Luis Zapata. En su nuevo libro Como sombras y sueños persiste la inconfundible prosa  del autor: “Lo que yo tengo es una depresión, así se llama, me acabo de enterar, lo vi en una revista, una de esas revistas de interés general, podríamos decir, pero que también traen fotos de mujeres y hombres desnudos, y que me gusta comprar, y que me gusta ver, y que me gusta usar para masturbarme aunque no sé si en este momento, en ese momento, en ese momentantes de antes ya me excitan más las fotos de hombres desnudos que a veces aparecen hasta en Sucesos…”. (Ediciones Cal y arena, 2014)

Carta. “Querido Sheek: No he sabido nada de ti. Imagino que te has muerto. Si no respondes a ésta, mandaré una corona a la calle 48 […]. Tengo una cita esta tarde para hacerme la permanente y pintarme las uñas de los pies y debo rogarte que me excuses. Tuyo, afectísimo, Groucho”. (Las cartas de Groucho, traducción de Jos Oliver, La conjura de la risa, Anagrama, 2014.)

 

Delia Juárez G
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.