Las Relaciones son un híbrido que oscila entre la ficción y el periodismo, solían ser anónimas y aparecían impresas en pliegos sueltos, algunas podían ser en verso, generalmente romances, que cantaban los ciegos de pueblo en pueblo o bien se difundían a través de la lectura en voz alta para la gente analfabeta. Ma. Cruz García de Enterría nombra “retórica menor” a este modo de componer de los ciegos copleros, que son autores de Relaciones. Pedro Cátedra se refiere a la “poética de lo actual de la literatura de cordel” en la que los ciegos copleros se dirigían a un público con una determinada poética. Otras veces adoptaban forma de cartas enviadas por un individuo a otro, sobre todo en el siglo XVII, como el caso de Sigüenza en su crónica Alboroto y motín de los indios de México, 1692, en una carta dirigida al almirante Andrés de Pez. Esta literatura de lo efímero o menor, como se la ha calificado, aparecía impresa con portadas llamativas y diversos rótulos para llamar la atención del destinatario: “Relación verdadera”, “Relación de avisos”, “Copia de avisos”, “Crónicas elementales”, que es el término que acuñó el bibliógrafo Simón Díaz, uno de sus primeros estudiosos.

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Estas Relaciones anónimas que llegaban en las flotas a la Nueva España informaban sobre sucesos históricos: derrotas o victorias, noticias de política exterior, noticias de guerras; noticias sensacionalistas o tremendistas de delitos y de violencia: crímenes, incestos, causas contra reos, redenciones de cautivos; narraciones de sucesos extraordinarios o milagrosos con intenciones devotas: prodigios, milagros, martirios, conversiones, leyendas devotas, autos de fe que abundaban sobre todo en el XVI y tenían que ver con casos de las otras religiones: árabe, turca, judía y protestante; sucesos extraordinarios de partos insólitos y nacimientos de monstruos y seres deformes, considerados como vaticinio de un desastre o un castigo por los pecados, igual que las noticias de cometas, pestes, prodigios en el cielo, vientos, tempestades, terremotos, inundaciones, incendios y otros desastres naturales. Otras Relaciones podían ir firmadas, como las de José Pellicer de Ossau y Tovar, que se acercarían más a las crónicas de los reinados que se hacían desde la Edad Media: Avisos históricos que comprenden las noticias, sucesos más particulares ocurridos en nuestra Monarquía desde 7 de enero de 1642 a 25 de octubre de 1644 y las de Jerónimo de Barrionuevo de Peralta, Avisos (1654-1658). Este rubro Avisos abarcaba no sólo la información de noticias que pasaban en la corte y en Madrid sino que además se solía avisar para que se cumpliera algo, por ejemplo, la asistencia a ciertas ceremonias o el luto por algunas exequias reales, que podían aparecer en relaciones de varios años por lo que tardaban en llegar a los virreinatos.

Las que se produjeron en la Nueva España no eran en absoluto anónimas sino más bien encargadas a escritores de renombre y podían abarcar muchos aspectos de la vida cotidiana, que nos permiten reconstruir las costumbres sociales, la política, la economía y la religión de la Nueva España. Divido algunas de ellas en diferentes subgéneros:

1. Los Diarios, en los que se registran en entradas breves los acontecimientos más notables de la Nueva España: la llegada de las flotas, donde venían las listas de los nombramientos, los fenómenos de la naturaleza, tales como erupciones de volcanes, terremotos, inundaciones; las noticias de crímenes, de ejecuciones y Autos de fe. Los dos más importantes de los años coloniales son los de Gregorio de Guijo (1648-1664) y Antonio de Robles (1665-1703).

2. Los Avisos son sinónimos de noticias que provienen de otros lugares y que en la Nueva España se difundían, a través de carteles pegados en las principales esquinas o por medio de bandos, pregonados en las plazas, en los que se avisaba a la población de las pragmáticas que llegaban de la metrópoli, por ejemplo, sobre la prohibición de la seda o del velo en las mujeres tapadas; se anunciaban nacimientos y muertes de reyes y príncipes en la metrópoli, victorias de batallas, y de las consiguientes celebraciones que había que llevar a cabo, ya fueran festivas o luctuosas; para las procesiones, se les prescribía que no estorbaran las calles a su paso; a los gremios se les avisaba de las contribuciones que debían hacer en los festejos tanto civiles como religiosos, etcétera.

3. Las Obras destinadas a “divulgar la medida del tiempo”: Lunarios, Calendarios, Enquiridiones, Repertorios, Almanaques, Efemérides, Santorales, Martirologios, o sea, libros de difusión popular que computaban el tiempo según las diversas actividades: agrarias, artesanales, litúrgicas y astronómicas, sobre los planetas, los signos del zodiaco, los solsticios, los equinoccios, etcétera. Algunas de estas obras fueron hechas por el sabio criollo Sigüenza y Góngora.

4. Las Relaciones de sucesos, entre las que destacan los nacimientos anómalos de seres extraños, pero también otros acontecimientos como motines, asaltos de piratas, rebeliones; dos de nuestros cronistas: Rosas de Oquendo y Sigüenza y Góngora narran sendos motines.

5. Las Relaciones de fiestas, un subgénero que “contiene los diversos discursos panegíricos generados en la fiesta”.1 En efecto, se trata de valiosos documentos de la más diversa índole, cuya narración y descripción se encarga a historiadores, cronistas y poetas con el fin de que queden referidas para la posteridad las diferentes facetas que presenta la celebración barroca: arcos triunfales que se erigían en la ciudad para recibir a personalidades civiles y eclesiásticas, túmulos y exequias, que se celebraban por la muerte de las personas de la realeza o de eclesiásticos; certámenes poéticos, que acompañaban estas celebraciones y que solía promoverlos la universidad; máscaras o mascaradas, a lo serio o a lo faceto o ridículo; dedicaciones de templos, que se refieren tanto a la erección del monumento, en sus diferentes etapas de construcción, como a las fiestas que se celebraban para la consagración del mismo. En todas estas ceremonias, tanto en las civiles como en las eclesiásticas, la ciudad se transformaba en un espacio escénico que daba cabida a todo tipo de diversiones. Se montaban telas para simular torneos, juegos de cañas y sortijas, palenques para peleas de gallos, teatros para títeres, cosos para correr toros, carpas para bailes y, en ocasiones, convivían con las fiestas prehispánicas, como la de los voladores, que giraban en torno a un gran palo, colgados de cuerdas, que aún hoy podemos contemplar en las ruinas prehispánicas y en centros turísticos, tal y como los viera Torquemada en la Plazuela de Palacio, llamada también Plaza del Volador o de las Escuelas, en tiempos del virrey Martín Enríquez, con motivo de la celebración de la conquista de México; y otra vez en Tlatelolco, en 1611, por la celebración de la entrada del virrey fray García Guerra, como veremos en la crónica de Mateo Alemán, en la que un indio cayó al vacío. No en vano Cabrera y Quintero llamó al palo del volador “patíbulo común de sus almas, y no pocas veces de sus cuerpos” además de toda una letanía de calificativos contra esta ceremonia, que él consideraba idólatra: “Este Palo es un Árbol, que nace del Infierno; una Lanza que el Gigante de la Idolatría empuña todavía contra el Cielo, la rueda de Ixión, que abate a los abismos, a los que tratan de comerciar con las nubes; el precipicio de los Indios, de que al fin se estrellan como se han matado a docenas”.2

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Había muchas otras fiestas civiles como conmemoraciones de nacimientos, cumpleaños y bodas de reyes y príncipes, victorias militares, juras y proclamaciones regias, para cuyas ocasiones se decían misas solemnes y se cantaba el Te Deum Laudamus, se hacían procesiones, se construían tablados, se adornaban calles y edificios, se encendían luminarias y quemaban fuegos artificiales, se hacían paseos “en máscara” acompañando a caballo al virrey con ricas galas y libreas y los caballos enjaezados “para ruar” por la ciudad. Todas ellas suponían un proceso ritual en mayor o menor escala en el que participaba jerárquicamente la ciudad y se afianzaban las relaciones de poder y dependencia entre el virrey y los súbditos. El cabildo invitaba a la fiesta e instaba a que se preparasen libreas, trompetas, cabalgaduras, se erigiesen arcos e incluso los indios tenían que estar listos para los recibimientos construyendo enramadas o cantando y bailando sus mitotes.

En estas Relaciones de fiestas, tanto cívicas, eclesiásticas o luctuosas, narraciones de desastres naturales como inundaciones, temblores, cometas, eclipses, muertes misteriosas o motines hay que ver si el autor se limita a informar, como si se tratara de un periodista colonial, para dejar constancia del suceso; si se limita a describirlas o si realmente se involucra y comenta emotivamente contagiando al receptor para que vuelva a vivir la celebración. Es decir, hay que buscar en las Relaciones de fiestas y las de sucesos la conjugación de lo noticioso con lo poético, analizar si se persiguen ambas finalidades: informar y deleitar y admirar al lector o al oyente, o si acaso afloran emociones, condenas, alabanzas o juicios. Veamos ahora a dos escritores sevillanos, el uno poeta, el otro narrador, ambos del mismo nombre y que en su estancia en la Nueva España también fueron cronistas:

1. Mateo Rosas de Oquendo, en su Memoria de las cosas notables y de memoria que an sucedido en esta ciudad de México de la Nueva España desde el año de 1611 asta oy, sinco del mes de mayo de 1612 comienza haciendo pequeñas entradas, a la manera de un Diario, en las que narra mes por mes: un eclipse en junio, un terremoto en agosto de 1611, la muerte de fray García Guerra en febrero de 1612; en marzo, los lutos por la muerte de la reina y, finalmente, se expande en el resto de la crónica sobre un motín de negros y mulatos y sus consecuencias. Explica cómo el primer domingo de Cuaresma murió Pablo, un negro de “nación angola”, al que habían alzado por rey y, al confesarse, entregó un memorial a un cura de La Merced en el que delataba a los negros de México que se iban a alzar contra los españoles. Se comenzaron a tomar medidas y “a prender negros y negras”. En un bando se prohibió vender armas o pólvora a los negros y que “ninguna negra ni mulata truxese manto, ni perlas, ni cosa de oro, ni ropa, ni paño fino, pena de 200 asotes”.3 Así se fue expoliando a los negros y en la Pascua de flores, prendieron a muchos a los que dieron “tormentos para yr aberyguando de raís la verdad. Tenían nombrada a una mulata de Luis Maldonado, herrada, por Reyna, y nombraron por Rey a un negro del Fiscal de la Ynquisición, que abía sido de un Capitán de Flandes, donde estuvo el negro muchos años, y sabía mui bien formar un canpo” (fol. 120r). Dicho rey confiesa que pretendían apoderarse de las armas de las casas reales y de la alhóndiga para el bastimento. A pesar de estas pequeñas entradas que van relatando el día a día de la rebelión y que no parecen más que anunciar objetivamente los bandos y prohibiciones que se hacían; sin embargo, Rosas de Oquendo se involucra y se coloca claramente de parte de los españoles: “estaba lloviendo que era lástima de ver los pobres españoles por el lodo y las muxeres y los niños llorando a las puertas y ventanas que daba gran dolor” (fol. 119v); además de agradecer a Dios en cuatro ocasiones los efectos fallidos del motín: “fue Dios servido por su misericordia que no tubo efecto” (fol. 120r). Acusa a los negros de haber echado “una yerba que era veneno en las aguas de que murió muncha xente y se tiene por muy sierto que dieron veneno al arzobispo de que murió” (fols. 120v y 121r),  porque se decía que los negros aguadores portaban el veneno en sus barriles y en sus cofradías hallaron “botixas de veneno que tenían para echar en los lavatorios de los penitentes para matallos y hallóseles armas y muncho dinero” (fol. 120v). Igualmente encontraron unas gallinas muertas por tomar una carga de agua de un negro aguador. Hasta aquí la descripción de los hechos es realista, parcializada en defensa de los españoles, pero más o menos objetiva. Donde verdaderamente alcanza extremos grotescos es en la narración a los castigos a los negros: los descuartizamientos, los cuerpos enterrados: “Estubieron las cabezas destos negros en la horca, y al cabo dellos las quitaron por el mal olor que daban” (fol. 121r).

2. Mateo Alemán, en los Sucesos de D. Frai García Guerra, Arçobispo de México,4 publicado en 1613, después de la muerte del prelado, a quien había conocido en 1608, durante  la travesía rumbo a México, y con quien estableció una relación cordial, hasta el punto que el fraile dominico se convirtió en su protector en la Nueva España y lo incorporó a su equipo médico, narra un relato que cuenta las cosas extrañas que le ocurrieron a este arzobispo desde el viaje de Veracruz a México, que se demoró más de un mes por el gran séquito que llevaba y por la lentitud con que al pasar por los pueblos recibían al prelado bajo arcos con flores, donde los naturales bailaban sus mitotes; cerca de la ciudad de México, en el pueblo de Huehuetoca, donde se estaba realizando la gran obra del desagüe de las lagunas de México, que tantas veces habían inundado la capital, se entrevistó con el virrey don Luis de Velasco, después se volcó su carroza, lo cual fue un mal comienzo y un mal presagio para la estancia de fray García en la Nueva España. En la bienvenida a la ciudad de México, Alemán convierte su relato en una Relación de fiestas, pero lejos de contagiar el regocijo al lector, recalca, más bien, los funestos acontecimientos que acompañaron la estancia del prelado en estas tierras: le hicieron un tablado con flores en la calle de Santo Domingo, a cuya orden pertenecía, y al subir el arzobispo “se hundió i cayó en el suelo, matando a un indio que cogió debajo” (p. 382). En otra ocasión, al volver del convento de Santa Mónica, las mulas de la carreta se alborotaron y él tuvo que saltar: “con el golpe que dio en el suelo con todo el cuerpo, quedando algo sentido. Deste achaque, quisieron después tomarlo algunos para dar principio a sus indisposiciones” (p. 382). En 1611, le llega la orden de Madrid para ser virrey y comienzan los preparativos para una nueva entrada a la capital, ya como arzobispo-virrey, en junio de 1611; días antes había habido un eclipse, por cuyos efectos los astrólogos juzgaron que moriría un príncipe de la Iglesia; entre los festejos por su recibimiento, trajeron a los voladores a la plaza de Santiago y cuando entraba el virrey a caballo, “cayó uno de ellos i se hizo pedaços” (p. 386); en agosto hubo un temblor por el que “cayeron muchos edificios, peligraron y murieron muchas personas cojiéndolos debajo” (p. 389); en las fiestas de San Hipólito entretuvieron a su Ilustrísima con toros que se corrían en una “cortinal de palacio” y en una de las corridas, cuando su sobrino entró a caballo, hubo otro temblor, pero por no mostrar flaqueza de ánimo, no suspendió la corrida, aunque esa noche tuvo calenturas, que obligaron a los médicos a hacerle sangrías. Gozó varios días de mediana salud, pero se quejaba del hígado y de un agudo dolor de costado desde el día en que se cayó del carruaje. En enero de 1612 hubo junta de médicos, unos decían que era opilación, otros inflamación y otros apostema. Para entonces, el arzobispo ya estaba bastante enfermo y las curas de los mejores médicos le recomendaban purgas y sangrías, que lo debilitaban cada vez más. A continuación, le empezó una enfermedad rarísima, le abrieron el hígado y ya se volvió irremediable. Murió en febrero de 1612.

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Hasta el momento de la muerte del prelado, podemos considerar el relato de Alemán una crónica de Sucesos acaecidos a un personaje importante, el arzobispo virrey, aderezada con terribles fenómenos de la naturaleza que llenaban de zozobra a toda la población y al mismo cronista, además de unas cuantas pinceladas de Relación de fiestas en las que el propio autor no quiere explayarse: “pudiera bien tomar vuelo la pluma, si la ocasión i tiempo lo permitieran” (p. 386). Por su inclinación natural al pesimismo y su autoridad médica, prefiere mejor recrearse en la visión del cuerpo abierto y en la autopsia de una manera atroz. Como el excelente escritor barroco que era se regodeaba en la belleza de lo espeluznante para provocar y violentar las emociones de los lectores: la podredumbre, la pus, las manchas de los pulmones o cuando “le abrieron la cabeça y le aserraron el caxco a la redonda, para sacarle las médulas: fue tanta la cantidad, que me pareció, si quisieran volverlas a envazar en su mismo vazo, ni en otro tanto más cupieran: fue la monstruosidad mayor que se ha visto” (pp. 393-394). Inmediatamente el relato se convierte en una Relación fúnebre de oficios, responsos, dobles de campanas, procesiones de autoridades enlutadas y hasta el caballo, encubertado de luto hasta los cascos, demostraba, según el cronista, sentimiento por la muerte de su amo; la descripción del túmulo en forma piramidal y el novenario completan unos funerales espléndidos con todos los ingredientes de las exequias barrocas, en los que el cronista sólo se permite un momento de optimismo el día del entierro cuando aparece el sol en medio de la temporada de lluvias: “en este día, pareció que nuestro señor apartó las aguas de las aguas, i descubrió una tarde tan apasible, sosegada y fresca, que mostró claramente ser grande providencia suya, para consuelo nuestro, cerca de la salvación de nuestro príncipe” (p. 397). Termina la Relación con una oración fúnebre, en la que Alemán recogió todos los tópicos de la muerte de las Sagradas Escrituras, de la Patrística y de autoridades como Séneca, Anaxágoras, Cicerón, Boecio, Horacio, además de los tópicos barrocos de la vida como mesón o venta y como teatro donde al prelado le tocó representar breves papeles. Entre los elogios al arzobispo: su afición al estudio, su sabia administración, el reparto generoso de limosnas, se deslizan los comentarios sobre los nefastos acontecimientos de su corta vida en la Nueva España, el alborotarse las bestias y la caída de la carroza, y sobre todo, las señales portentosas del eclipse que anunciaba “que todo el sol del gobierno eclesiástico y seglar, en breve sería eclipsado” (p. 418), el temblor y la lluvia de “ceniza el día de San Juan Evanjelista día tercero de pascua de Natividad el año pasado de seis cientos i once aviéndose mostrado la región del aire de un color negro açafranado, desde las dos y media de la tarde, hasta que se puso el sol, que se acabó con un grande aguacero” (p. 411). En medio de la pena por la pérdida de su único protector, apostrofa a la muy noble, insigne y leal ciudad de México con una serie de preguntas retóricas sobre el paradero de glorias pasadas, el ubi sunt? con ecos de Jorge Manrique y de Rodrigo Caro, que no puedo dejar de transcribir aquí por el curioso diálogo que establece con una ciudad entristecida en la que han quedado las huellas del entierro:

O Méjico, señora poderosa, princeza del Nuevo Mundo, pues tienes hecha experiencia que el tiempo que más brevemente se pasa es el de el gusto, sin aver cosa libre de mudanças, qué fue de tu hermosura? Qué se hizieron tus fiestas? Tus plazeres y danças? Qué tus curiosas libreas? Qué, aquellos arcos triunfales, alegres instrumentos, repiques de campanas, gallardos talles y bríos, loçana caballería, i enjaezados caballos? Qué, las varias i costosas colgaduras, carmesíes, telas de oro, primaveras, costosos adereços, levantada plumajería y rostros alegres? Pasçó como en el aire la cometa, no quedó de todo más de una vieja i rota mortaja, luto triste, negras bayetas, lóbregos capirotes, ropillas desentalladas, hilvanadas lobas, lágrimas y suspiros, dolorosos clamores i dobles, exequias fúnebres y confusión de males (pp. 418-419).

La ciudad, ahora huérfana, contesta también en tonos lastimeros: “Ya no soy la que solía, soi un lodo, una centella muerta, soi ceniza” (p. 419). El lamento fúnebre acaba con la escalofriante descripción del interior de su sepulcro en el altar mayor: “saltaron las médulas de la cabeça por una parte, los despojos interiores de su cuerpo a ora [sic], los huesos a España, los gusanos aquí se apoderan de la carne, i su alma dichosa subió a gozar de gloria terna” (p. 421). Hay una inmensa vacuidad y un conflicto con la naturaleza humana en toda su obra, que se trasluce también a lo largo de esta crónica barroca donde contrastan, de acuerdo con Irving Leonard, “las brillantes escenas de los triunfos del arzobispo virrey, con pormenores macabros de su enfermedad moral y el espectáculo hondamente sombrío de sus funerales”.5 Se vislumbra el espíritu de un hombre atormentado, descarriado y huérfano, al que Dios ha castigado severamente.

Hemos visto dos crónicas novohispanas muy diferentes, pero de la misma época (1611-1612) y que coinciden en consignar la muerte del arzobispo fray García Guerra. En la primera, una Relación de sucesos, el motín de negros, Rosas de Oquendo abandona su función meramente informativa para juzgar y condenar los hechos además de acusar a los negros de haber envenenado al prelado. La segunda es una Relación de fiestas y de sucesos nefastos con cargados tintes de prodigios o desastres de la naturaleza, que se convierte en unas exequias y en una lamentación fúnebre erudita, sincera y de poderosa fuerza narrativa en la que la pena desborda la pluma y afloran los sentimientos del cronista. Dos huellas del tiempo virreinal que nos han legado valiosas informaciones de hechos históricos, supersticiones y temores.

 

María José Rodilla
Historiadora. Profesora de la UAM-Iztapalapa.


1 Dalmacio Rodríguez Hernández, Texto y fiesta en la literatura novohispana, UNAM, México, 1998, p. 135.

2 Cayetano de Cabrera y Quintero, Escudo de Armas de la ciudad de México. Celestial protección de esta nobilísima ciudad de la Nueva España y de casi todo el Nuevo Mundo, Viuda de José Bernardo de Hogal, México, 1746. Edición moderna de Víctor M. Ruiz Nautal, IMSS, 1981, México, p. 76.

3 Cartapacio de diferentes versos a diversos asuntos por el año de 1598 y los siguientes, mss 19387 de la Biblioteca Nacional de Madrid, fol. 119r. En adelante, se citará en el texto el número de folio entre paréntesis.

4 Mateo Alemán, Sucesos de D. Frai García Guerra, Arçobispo de Méjico a cuyo cargo estuvo el gobierno de la Nueva España, ed. de Alice H. Bushee, Revue Hispanique, NY-París, vol. 25, 1911, pp. 359-457.

5 Irving Leonard, La época barroca en el México colonial, FCE, México, p. 95.

 

3 comentarios en “Entre la ficción y el periodismo. Cronistas de la Nueva España

  1. Necesita leer urgentemente el trabajo de Alfonso Mendiola sobre Bernal Díaz del Castillo y su libro Retórica, Comunicación y Realidad. COmete una grande falta cuando dice que las relaciones remiten al periodismo. Ahora, que si lo hace porque éste es un espacio de difusión y a usted le imponen cierta didáctica, perdóneme y olvide mi comentario.

  2. Coincido con el comentario de Xavier. Más allá de lo que el muy interesante libro de Mendiola pueda explicar (cabría añadirle el de Kohut, por cierto), me parece completamente anacrónico hablar de “periodismo” en el siglo XVI. Si no mal recuerdo, es José Rabasa quien dice, al hablar de la literatura del siglo XVI, que el problema es que la definición siempre nos remitirá a nuestra concepción de la literatura. En este caso es lo mismo. La autora habla de algo que no pasaba por la cabeza del que escribía, sino por la suya propia, en un ejercicio de violencia contextual digno de rescatarse… como lo que no debe hacer ningún historiador nunca.