La imagen de la desaparición de la Estatua de la Libertad filmada para la televisión en 1983, cuando yo tenía ocho años, me había dejado perpleja.

Sucedió en 1997. Conseguimos unos lugares privilegiados en la décima fila del Auditorio Nacional. David Copperfield salió a escena vestido de negro. La camisa, recuerdo, era de tela brillante y dejaba ver parte de su pecho.

Tengo mala memoria y no sé qué sucedió primero y qué después. Sabía que el mago solía invitar a una persona del público a volar. Yo iba vestida de blanco —una de las pocas veces en mi vida que he hecho algo semejante.

Copperfield desapareció muchas veces con distintos trucos: entre el fuego, en medio del humo, su figura fue borrada por espejos; cuando se desvaneció en medio del humo volvió a aparecer, de la nada —literalmente— a mitad del público y abrazado a una chica con el pelo demasiado bien peinado.

Mis ansias mostraban severidad. Esperaba que el mago me llevara a volar, porque cuando uno es joven cree en la magia.

Poco antes del célebre acto del vuelo, Copperfield se acostó en una mesa de estructura compleja y fue partido por la mitad, su cuerpo serruchado por la cintura. Yo lo vi. Los asistentes se llevaron las piernas del mago a un extremo del escenario, y el tronco, las extremidades superiores y la cabeza, al otro. Desde allí, dividido en dos, Copperfield nos saludaba. Unos minutos después —cuando ya nos habíamos mirado entre las filas, buscando en los gestos de los otros alguna explicación o, apenas, cierta certeza sobre la experiencia común ante ese extraordinario truco—, en un movimiento perfecto, los asistentes ataviados con trajes metálicos y estupendos unieron las dos partes de David y él tuvo, de nueva cuenta, un cuerpo.

Después, Copperfield bajó del escenario y caminó entre las butacas. Se detuvo y sacó de su bolsillo una rosa roja que, tras envolver en una llamarada, entregó a una mujer. Siguió caminando —los ojos enormes como dos lunas de fuego—, miraba alrededor, buscaba entre las caras embobadas de los asistentes a la siguiente víctima de sus encantos. Se acercó a una pareja, miró sus manos y les pidió sus anillos de matrimonio. Tomó uno de ellos y, mediante un movimiento preciso, engarzó las dos argollas. Copperfield manipulaba así los metales. Acto seguido, con un gesto de esfuerzo sobrehumano, separó los anillos y los regresó a sus dueños.

El asombro que sentíamos era, por decirlo de alguna forma, gigantesco. Las sorpresas de la vida eran más sencillas en aquel tiempo.

Como suele suceder con los espectáculos mejor planeados, lo más asombroso vendría al final. ¿Cuándo iba, David, a volar sobre nosotros?

Subió de dos saltos las escaleras que llevaban al escenario. Las luces de colores lo iluminaron de vuelta. El público estaba atónito, feliz, exultante, anonadado, inquieto; David extendió los brazos a los costados, como si fuera el Cristo redentor de lo invisible que se vuelve visible, el maestrísimo del engaño y la farsa más sublime, de la más espectacular. Y lo era.

Hizo varios trucos en los que empleó el fuego y el humo de nuevo. El escenario del Auditorio era un cúmulo de efectos especiales. Las manos de David se veían más grandes de lo normal, como si representaran alguna enfermedad, las abría y extendía los dedos inmensos hacia el público, mientras miraba de una manera extraña para retar a los espectadores. Encima de sus ojos, las cejas arqueadas le otorgaban ciertas facultades demoníacas y perfectas para la ocasión.

Bajó de nuevo por el costado contrario de la escena, se dirigió con brío a buscar un voluntario. Fue, fila por fila, dedicado a la indagación en los rostros de los asistentes privilegiados de la sección Premier. Se detuvo en la fila donde yo estaba sentada. El corazón me latía fuerte, se me había licuado la sangre, me encontraba penosamente dispuesta.

David me miró, yo miré a David.

Luego, giró la cabeza para ver a una mujer que estaba sentada a la par mío (sólo nos separaba el pasillo) la mujer era rubia, alta e iba vestida de negro, como él. Es una empleada del mago, pensé. Copperfield la tomó de la mano, y se la llevó, con esa prisa y soltura con la que hacía cada movimiento se la llevó corriendo al escenario. Caminaron hacia el proscenio, allí Copperfield despegó y llevó tomada de la cintura a la rubia; ya suspendido, dobló un poco la rodilla para darle un efecto más cool al vuelo y, sobre nuestras cabezas, el mago voló, en realidad, y, de cuando en cuando, miraba a la mujer que iba, bajo todas las luces, sonriente y sostenida por el aire. Sobrevolaron varias secciones de butacas hasta llegar a la parte media del Auditorio y allí descendieron. David estiró la pierna apenas un poco antes de llegar al suelo para tocar con la punta del zapato la plataforma mágica.

Cuando el espectáculo terminó faltaban todavía dos horas para que fuera mi cumpleaños. Y no había volado, por suerte.

 

Daniela Tarazona
Escritora. Autora de El animal sobre la piedra y El beso de la liebre.

00-entrega-inmediata