Raúl

Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.
—Octavio Paz

 Raúl me abrumaba y huí de él (para muchos Raúl no requiere apellidos, pero es Álvarez Garín). Paz retiró de sus antologías el poema con esos dos versos iniciales, escrito en España durante la Guerra Civil, hijo de juventud, rechazado al que terminó reconociendo y dándole su apellido. También lo escribí y borré varias veces.

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Raúl Álvarez Garín y Luis González de Alba en Lecumberri hacia 1969.

A Raúl, unos cuatro años mayor que yo, no lo traté durante el movimiento estudiantil del 68 porque en el ala de Humanidades lo veíamos con sospecha: él, Gilberto Guevara y Marcelino Perelló negociaban por su cuenta, murmuraba la izquierda. No me parece mal. Mi crítica ha ido en sentido opuesto: las oportunidades perdidas. En libro reciente que Gilberto Guevara me invitó a presentar en la FIL, argumenta varias negociaciones para rechazar esa crítica mía. Me quejé del hecho cenando con Pepe Sensato Woldenberg: “Luis… han pasado cuarenta años… ya… ya…”. Le di razón.

Si a alguien se aplican las expresiones: eminencia gris, poder tras el trono, es a Raúl en el movimiento: jamás aceptó dirigir una conferencia de prensa, ser orador en un mitin. El menos visible del 68, pero nada se decidía que él no aceptara. Era magnético.

No lo traté hasta Lecumberri y le tomé admiración y afecto. Sabía que tocaba piano; pero, digo en Los días y los años, me sorprendió saber que fuera Bach. “Yo lo imaginaba con Tico-tico”, escribí y no le gustó mi broma. Tampoco le gustó la de las flautas barrocas que describo en Otros días, otros años: del IPN y la UNAM nos llenaron de flautas (dulces o de pico o barrocas, maderas muy elementales). Pero más nos alejó su convicción del genocidio: Aquí estamos todos los detenidos en 68, digo y repito, los secuestrados en el Campo Militar. Los soldados indicaron a la gente cómo cubrirse de “nuestras” balas y por dónde escapar de Tlatelolco, según me describieron mis amigos el primer domingo de visita en Lecumberri. Yo los creí muertos a todos, dado que, tirado en el suelo del tercer piso, en el edificio Chihuahua, donde pusimos el equipo de sonido, no podía ver la Plaza, pero oía el tableteo de ametralladoras. “No quedó nadie vivo”, me dije.

Cuando volví de Chile, un año después que Raúl y los demás ex patriados, apenas a tiempo de librar el golpe contra Allende, ya mis amigos habían fundado la revista Punto Crítico, iniciativa de Raúl. Me uní. Los más cercanos, La Pandilla, según Pablo Pascual, habían conformado el Consejo Sindical en la UNAM con ánimo de organizar a los maestros, al fin trabajadores, en un sindicato. Se nos unió otro amigo que sólo me conocía a mí y me pidió presentarlo al Consejo. Nos escuchaba a todos mencionar con inmenso respeto a Raúl, las opiniones de Raúl, las negativas de Raúl, los enojos de Raúl. Y quienes así lo trataban eran Rolando Cordera, Gilberto Guevara, Pablo Pascual, Pepe Woldenberg, Raúl Trejo, Julia Carabias. Un día lo invitaron a las oficinas de Punto Crítico, revista que dirigía Adolfo Fito Sánchez, hijo del filósofo marxista Adolfo Sánchez Vásquez, parte del exilio republicano que había enriquecido la UNAM, creado editoriales y dado un enorme impulso a la vida democrática de México. Iba, me contó después, algo nervioso, porque en las oficinas estaría Raúl, ese Raúl, Raúl Álvarez Garín. El de reciente ingreso al Consejo es un hombre particularmente inteligente, brillante, agudo en política. Le decíamos que todo analizaba en cinco horizontes, tres perspectivas y veinte parámetros. Volvió desencantado. No poco, mucho.

—Conocí a tu Raúl, Luis… Francamente, no sé qué le ven… Para empezar es tartamudo, se traba a media palabra…

—Como el Doctor Insólito —ante la inaudita falta de respeto, preferí bromear con la peli de Peter Sellers donde hace varios papeles distintos, y vemos al piloto texano de un bombardero atómico que cabalga la bomba del Fin del Mundo y le da sombrerazos y ¡aja! mientras cae sobre Siberia.

—Pues algo así. Y luego, no tiene otro adjetivo que fuerte. Y cuando ya supera toda medida, entonces es muy fuerte. Si fueran otros, lo entendería, pero Rolando, Gil, Fito… Uta, me cae que no entiendo qué le ven a ese cabrón.

Luego, todos los mencionados nos salimos de la revista porque Raúl no aceptó la participación de Pepe Blanco y Rolando Cordera como colaboradores de Carlos Tello en la Secretaría de Programación y Presupuesto, durante la presidencia de José López Portillo. No estuve muy enterado, pero los cuates son los cuates y me salí con mi pandilla. Los firmantes de la renuncia resultamos ser 49, así que, aficionados todos al americano, quedamos apodamos como los Forty Niners, el mítico equipo de San Francisco.

Había sido nada más la gota final porque también habían tenido problemas los cercanos al dirigente de la Tendencia Democrática de los electricistas, el senador Rafael Galván, del PRI, claro. Y el asunto del sindicato de maestros para la UNAM también tenía bemoles, y Raúl sabía muy bien lo que era un bemol. Ya casi nadie lo sabe: no se enseña música en este país.

***

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Lecumberri. Patio de la crujía C (sólo presos del 68 jóvenes y dirigentes del PC) Raúl al centro. Hacia 1969. De izquierda a derecha: Manuel Rodríguez (detenido al ir pasando), Félix Lucio Hernández Gamundi (IPN), Raúl Álvarez Garín (IPN), Luis Jorge Peña (UNAM), Luis González de Alba (UNAM).

Vi a Raúl tres veces aquí en Guadalajara, las tres por azar. La primera porque vinieron, él y sus más cercanos, al estreno de Orfeo, la primera ópera de la historia, de Monteverdi. Lleva en la orquestación dos clavecines y un hijo de Raúl tocaba en esa puesta. Yo esperaba un amigo a la entrada del teatro cuando, como aparición, vi cruzar la calle a todo Punto Crítico.

La Chata, Chole, otros de aquellos tiempos. Luego a él. Hice una broma pesada. La tomó bien y retribuyó con un comentario gracioso:

—¿Sabes cómo le nació el gusto por el clavecín a mi hijo?

—No tengo idea…

—Viendo en tele Los Locos Addams.

Y soltó una carcajada. Mi amigo ya había llegado y lo presenté. Noté la revisión “de la cabeza a los pies”: era un joven muy guapo. Raúl nos ofreció boletos de cortesía, a su vez cortesías para su hijo, uno de los dos clavecinistas, pero ya teníamos comprados y con los lugares que obsesivamente busco.

A la salida me preguntaron dónde cenar. Pensé en La Playita y sus deliciosos lonches calientes, allí a la vuelta del teatro; pero el lugar es chico y la comitiva del DF era amplia. Además, mi amigo era un guapo panista, sobrino de panista famoso, podrían echar chispas él y Punto Crítico. Les sugerí el Sanborn’s del centro. Yo me fui con aquel amigo a los lonches de La Playita. Nos descubrió la Chole que se había retrasado y, al pasar, por más que me hundí en el plato, me vio. “¡Qué cabrón eres, Luis!”, dijo, siempre malhablada. Fui luego a despedirme de todos. Habían juntado diez mesas. Al final dije a la Chata Campa, ex esposa de Raúl y madre del clavecinista, a la que había visto, veinte años atrás en un cumpleaños de Alejandra Moreno Toscano, y allí le había comentado que teníamos veinte años de no vernos: “Nos vemos en otros 20 años, Chata”. Me cayó una sombra: creo que ya no los tenemos, pensé.

Las otras dos fueron en La Gorda. Me encontró con alguien cien veces menos guapo que el amigo anterior, pero éste sí era sex-friend. Me dijo que venía a presentar un libro de Revueltas.

—¡No supe que hubiera dejado un inédito! —exclamé.

—No: su defensa, la mía y la del Búho, las juntamos en un libro y El Pino nos consiguió una lana para imprimirlo. ¡Es que los jueces deben oírnos! Es un libro muy fuerte que presentamos mañana en el Museo. Vas… Te espero…

Sentí un nudo en la garganta. Lo miré con cariño. Las defensas en Lecumberri hacia 1970.

—Raúl… Los jueces de ahora estaban en secundaria…

No asistí.

Ejemplo leve-leve de cómo me abrumaba:

Ya libres le toqué al piano un preludio de Bach que lleva dos notas punteadas (plin, plin) y una acentuada (ploon). Allí me sonaba bien un golpe de pedal.

—¡Qué asco! ¡Bach con pedal es repugnante!

El clavecín, teclado de tiempos de Bach, no tiene pedal para fuertes y suaves, es de respuesta “todo o nada”. Pero tampoco había piano, que debe su nombre a la invención italiana de un mecanismo que responde al toque de la tecla: piano (suave) o forte. Pianoforte. Mi edición Schirmer’s de El clave bien temperado exige, en el preludio en do mayor, pedal. Obligado.

Extraño joven: comunista, ateo, matemático,… y nos ponía al pre-grupo ("Para que nada nos separe, que nada nos una", frase acuñada por él, base de Punto Crítico ya libres y vueltos del exilio chileno de un mes) a hacernos dedo-puntura contra el dolor (apretar con el índice derecho el ángulo entre el índice izquierdo y el pulgar) y me sugirió esa rara postura de la mano (que ahora se usa para significar "teléfono") por otro asunto mágico ante la fotografía donde estamos en el patio de la crujía C. No recuerdo qué mal evitaba.

Luis González de Alba
Escritor. Su más reciente libro es No hubo barco para mí. www.luisgonzalezdealba.com

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Publicado en: Sólo en línea

8 comentarios en “Raúl

  1. Luis, bien por escribir por Raúl ante este desenlace…nos hará seguirá haciendo falta ciudadanos como Raúl…si escribieras otros artículos sobre él, nos sería de gran utilidad, para quienes no tuvimos la dicha de haberlo tratado…Gente inteligente y que sin «discursos» construyeron el México de las libertades -aun con sus deficiencias- que él y muchos jóvenes de esa época nos han legado.

  2. Aprecio los datos y anécdotas que nos entrega el autor; mi edad me ha permitido poder ir descubriendo certezas sobre el movimiento estudiantil del 68. Gracias.

  3. Luis, gracias por escribir sobre Raúl ante este acontecimiento, te agradecería en otros artículos ahondar más sobre éste tipo de mexicanos, que sin «discursos» sabían bien lo que querían, para ellos y para México…huecos como los de él nunca se llenan, vaya pues nuestro esfuerzo «fuerte» sin titubeos para acrecentar la lucha de quienes con su claridad de vida nos legan un camino por donde transitar. Gracias!

  4. Buenas noches señor González de Alba, quiero preguntarle si es posible que publique algo sobre su vida y pensamiento que ha formado a lo largo de su experiencia en esta vida.
    Es importante para mi saber sobre su vida, ya que, estoy interesada en el tema del Movimiento Estudiantil del cual formo parte, esto con el propósito de complementar mi trabajo de tesis, el cual trata sobre obras que elaboraron, en el caso del ya fallecido Raúl Álvarez Garín, La estela de Tlatelolco y claro esta usted Luis González de Alba y su obra Los días y los años.
    Sin más palabras que agregar! agradezco el artículo sobre Raúl Álvarez.

    1. Tiene también la paralela a Los días, Otros días, otros años, Planeta, 2008 (autobiográfico: lo que faltó en Los días…). Mi vida está en todas mis novelas y cuentos: Agápi mu, Cielo de Invierno, El sol de la tarde, los cuentos de El vino de los bravos y unos tequilas (excepto el 1, los demás autobiográficos). Novelas todas casi autobiográficos. Y recientemente, No hubo barco para mí, Cal y Arena, totalmente autobiográfico en primera persona real.

  5. Caramba Luis, tu soberbia te impide aceptar que Raul Alvarez Garin, era superior a ti, en intelecto, en camaraderia, en lealtad, en honestidad, en responsabilidad y en saber cual era el camino a seguir para buscar que México fuera mas equitativo en la distribución de la riqueza, que existiera la imparticion de justicia, se erradicara el analfabetismo, todos tuvieran atención médica, educación, en fin, un México mejor, y en el camino muchos defeccionaron, como tu. El continuó hasta sus últimos dias de existencia y por ello su ausencia se sentira pero, además, sera un estandarte para continuar el mismo camino. Hasta despues de muerto Raúl te provoca retortijones en tu mente «intelectual». Eso de ser «arrepentido» o «reencausado», si que ha de ser divertido.

  6. Qué tiempos!!! qué recuerdos, vienen a mi mente tantos recuerdos, qué bueno que escribiste estos artículos, un fuerte abrazo.

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