Che, Julio, cada día escribís mejor

Este es el texto de una conferencia pronunciada en el Centro Cervantes, de Hamburgo, el 12 del pasado mes de junio, por nuestro colaborador Ricardo Bada.


He estado repasando la lista de las conferencias que llevo pronunciadas en esta misma sala, en este mismo Centro, desde el 2008, y han sido hasta ahora conferencias acerca de Juan Ramón Jiménez, Juan Carlos Onetti, Miguel Hernández, Cantinflas, Mafalda y Luis Cernuda, es decir, una gente a la que nunca he conocido de córpore insepulto, como suelo decir de la manera más políticamente incorrecta que se me ocurre. Y algo exagerada por lo que se refiere a Mafalda.

Aunque la verdad es que miento, pero poco.

Porque a Onetti me lo presentó Dolly, su esposa, a quien había conocido en mi propia casa, en Colonia, acompañando a Jorge Risi, un amigo común uruguayo que fue su profesor de violín.

Y Dolly me presentó a su esposo en Las Palmas de Gran Canaria, en 1979, cuando él presidía el primer Congreso Internacional de Escritores de Lengua Española que se celebró en las islas, aquel que bauticé como Congreso Etílico de la Lengua Castellana, por los ríos de whisky que corrieron en él. Lo que pasa es que como Onetti casi no salía de su habitación del hotel, casi no cambié con él más que un par de palabras de cortesía. Luego, en 1980, hablé con él largamente por teléfono, entrevistándolo para la Deutsche Welle, cuando el Pen Club “Latinoamericanos en el exilio”, que tenía su sede en España, lo presentó como candidato para el Nobel de Literatura.

Además de eso, en algún momento de alguna feria del libro de Fráncfort del Meno, Daniel Divinsky, el chulo de Mafalda (lo dice él mismo, que es su editor: “Soy el cafisho de Mafalda, porque vivo de ella”), me presentó a Quino, el creador de la criatura, con quien también mantuve un diálogo creo que aún más breve que el de cortesía con Onetti en Las Palmas. Y finalmente, a Cantinflas lo saludé una mañana en el bar del hotel donde nos alojábamos los dos durante el Festival Iberoamericano de Cine de Huelva, en 1985; pero fue eso sólo, un saludo a la distancia y cada cual siguió con la compañía en que se encontraba. Es decir, que sí he conocido a tres de las personas acerca de las cuales, y de sus obras, he hablado acá. Pero sumando todo lo que les llevo contado, es como si no las hubiese conocido.

Hoy, en cambio, me toca hablar de alguien, Julio Cortázar, con quien mantuve un contacto harto intenso durante los meses en que él escribió, por encargo mío, el único radioteatro que salió de su fábrica, y del que luego les hablaré con todo lujo de detalles. Además, nos estuvimos carteando, irregularmente pero (dentro de la irregularidad) regularmente, hasta dos meses antes de su muerte. Y entonces, a pesar de que he estado releyendo todos los cuentos suyos, a la búsqueda de un asunto lo bastante interesante como para armar esta conferencia, al final de cuentas llegué a la conclusión de que a ustedes tal vez les interesarían más algunas anécdotas personales y muy cronopias que tuvieron lugar entre él y yo, aunque no siempre de una manera directa.

Por ejemplo esta: En diciembre del 2000 me encontraba en Madrid, en un restaurante vasco, almorzando con uno de los grandes teóricos de la arquitectura contemporánea, el profesor Javier Maderuelo, a quien tuve la suerte de conocer hace ya más de treinta años y desde entonces somos amigos. En sus ratos libres, que son poquísimos y contabilizables con cuentagotas, Javier se dedica a la crítica de arte, en El País, y ese día me preguntó si continuaba profesando la fe cronopial, es decir, si seguía siendo un fiel y acendrado admirador de la persona y la obra de Julio Cortázar. Que sí, le contesté. “Pues de postre a este almuerzo te voy a dar una sorpresa”, me dijo. Y el postre–sorpresa consistió en llevarme a la Galería Sen, en el 43 de la calle del Barquillo, muy cerca de Alcalá y la Cibeles, muy cerca del palacio de Buenavista, donde hice una parte mínima de mi servicio militar, exactamente un arresto de dos días en el calabozo del cuartel, por desacato a un oficial.

En la Galería Sen, regentada por la caraqueña (mantuana, diría ella) Eugenia Niño, estaban expuestos 35 ejemplares de un libro muy singular, ya desde el doble título: de izquierda a derecha se titulaba primero La puñalada y luego El tango de la vuelta. Pat Andrea firmaba

La puñalada, y Julio Cortázar El tango de la vuelta. Cada uno de esos 35 ejemplares se abría por la página correspondiente a cada uno de los 35 dibujos a lápiz, carbón y acuarela de Pat Andrea, un pintor neerlandés que se enamoró de una argentina y del tango (quiero creer que por este orden) y realizó esos 35 dibujos teniendo como leit motiv el tema de la puñalada, tan recurrente en los tangos más reos: y en Borges.

Una vez concluida la serie, Pat Andrea le pidió a su amigo Julio Cortázar un prólogo para el libro que pensaba editar con esos dibujos. Pero Cortázar, en vez de un prólogo, le envió un cuento titulado “El tango de la vuelta”, que había aparecido titulándose simplemente “Tango de vuelta” en el volumen Queremos tanto a Glenda. Un cuento muy cortazariano.

Antes, como epígrafe, hay una cita de Marcel Bélanger, un poeta de Quebec, de su poema “Nu et noir”: “El azar asesino se esconde en el primer rincón de la calle. A la vuelta, la hora–cuchillo espera”. No resulta aventurado imaginar que esa "hora–cuchillo" que espera a la vuelta debe haber sido decisiva al escoger tal epígrafe para un cuento en un libro sobre la puñalada.

Y el libro se compuso y se editó, pero por una serie de razones que no vienen al caso nunca se puso a la venta. Sencillamente se le perdió la pista, y al cabo del tiempo falleció la persona que poseía en depósito los 240 ejemplares de aquella edición limitada. Una amistad común le habló tiempo después a Eugenia Niño de la existencia de un depósito extraño de nada menos que 240 ejemplares numerados de un mismo libro, y allá que se fue nuestra galerista, a ver de qué se trataba. El resto ya se lo pueden figurar. Eugenia adquirió la edición íntegra y convenció a Pat Andrea de que colorease cada uno de sus 35 dibujos en otros tantos ejemplares de la edición.

Y ésa era la exposición a la que me había llevado Javier Maderuelo, en el número 43 de la madrileña calle del Barquillo.

Luego de haber admirado aquella maravilla inesperada, la galerista puso en mis manos, como regalo, un ejemplar de los normales, o sea, los no coloreados a mano por Pat Andrea. El n° 161. Ustedes ni siquiera pueden imaginarse mi emoción cuando alcancé la última página impresa, la del colofón, en la cual podía leerse lo siguiente: «El presente libro se terminó de imprimir el 15 de febrero de 1984 en Bruselas».

Una película vertiginosa se proyectó en la pantalla de mi memoria. Julio Cortázar murió a mediodía del domingo 12 de febrero de 1984 y me enteré al rato desde el que fue el último domicilio parisino de Julio; desde allí me lo contó al teléfono el malogrado Osvaldo Soriano, a quien llamé luego el lunes 13 para saber la hora y el lugar del entierro, y esa misma noche la pasé en blanco a bordo del expreso Moscú–París para llegar a tiempo de estar presente en el cementerio de Montparnasse a mediodía del martes 14. Y resulta que tan sólo veinticuatro horas más tarde ya se estaba editando en Bruselas, donde Cortázar había nacido casi setenta años antes (el 26 de agosto de 1914), éste que iba de ser el primero de sus libros póstumos. No conozco ningún ejemplo homologable de publicación del primer libro póstumo de un autor de fama universal, justo al día siguiente de su entierro. Es casi un cuento inventado por el propio Cortázar.

[Aviso desinteresado a quienes sean bibliófilos en este público: antes de viajar acá le mandé un email a Eugenia Niño, y me confirmó que en su nueva galería, en el # 3 de la calle madrileña de San Lucas, aún quedan a la venta 9 ejemplares del libro, numerados y firmados por Pat Andrea.

Si tienen la plata necesaria para sacarse un gusto, no se pierdan semejante bocatto di cardinali].

Por lo que respecta a mi relación personal con Julio Cortázar, en mis archivos tengo consignadas once cartas, cinco tarjetas postales, el manuscrito de Adiós, Robinsón [todavía con el título de trabajo que él le dio, La situación en Juan Fernández, y luego lo cambió atendiendo una sugerencia mía], y lo más preciado de todo, una casete que contiene una fonocarta, una carta en la que no me escribe sino que me habla, me sigue hablando todavía, a treinta años de su muerte.

Los textos de las once cartas están reproducidos en los volúmenes 4 y 5 de la correspondencia del Gran Cronopio, en la Biblioteca Cortázar, de Alfaguara (Buenos Aires, 2012). Además, en el apéndice del volumen 4 aparece asimismo transcrito, completo, el texto de la fonocarta.

Las tarjetas se han publicado por primera vez ahora, en el admirable libro Cortázar de la A a la Z, una iconografía riquísima y enriquecedora que lanzó Alfaguara en Madrid, en enero de este año, editada por Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga. Y puedo datarlas casi todas, aunque sólo sea aproximadamente, ya que cuatro de las cinco me las envió sin fecha y bajo sobre, muchos de los cuales no poseo más.

[Aquí debo hacer un inciso explicando que gracias a mi incesante intercambio epistolar con escritores de nuestro idioma y del portugués, y hasta del alemán –por ejemplo con Ernst Jünger–, he podido hacer felices en sus cumpleaños a varios amigos coleccionistas de autógrafos, a los que generalmente he regalado los sobres manuscritos de cartas de Alejo Carpentier, Manuel Scorza, Mario Benedetti, Jorge Amado, Ignacio de Loyola Brandão, Severo Sarduy, Augusto Roa Bastos, Eduardo Galeano, Álvaro Mutis, Cristina Peri Rossi, Antonio Cisneros, Luis Rafael Sánchez, Osvaldo Soriano, Juan Goytisolo, José Miguel Ullán… e tutti quanti. Conservar he conservado pocos. Algunos por lo hermoso de la escritura, como los de Ana Istarú, la poeta costarricense. Otros por algún motivo llamativo, como los de Gonzalo Rojas desde Provo/Utah con estampillas con la vera efigie de T.S. Eliot. De Julio Cortázar poseo tres: uno por el remite mendocino, donde dice «Cortázar, andando por ahí», y por lo señalado de la fecha en la historia de su país, el 11.3.73, las elecciones que volvieron a darle el poder al peronismo; el segundo por una bellísima estampilla austríaca con la escenografía de la opereta El barón gitano; y el tercero porque también estaba dirigido a mi esposa, agradeciéndonos un regalo que le habíamos enviado desde Colonia, dos meses antes de su muerte: fue la última señal de humo que nos llegó desde su última dirección parisina, el 9, Place du Général Beuret, Paris XV, France].

La primera de las cinco tarjetas está datada el 15.2.77, me la mandó desde Nairobi, y en ella se refiere a Peter Handke porque yo los presenté una noche de septiembre del 76, en Fráncfort, durante la feria del libro, en una fiesta organizada por los editores alemanes para sus autores latinoamericanos y aborígenes, y a la que sólo tuvimos acceso dos periodistas (Dieter Zimmer, del semanario hamburgués Die Zeit, y yo), pero de eso les hablaré más adelante.

En la segunda me cuenta lo siguiente: «Querido Ricardo; Me divertí mucho con la cassette de Robinson y te agradezco la gentileza de enviármela. A partir de enero estaré bastante “fijo” en París. Si venís, avisá con tiempo para por fin vernos. Un abrazo, Julio. Confío en que te guste esta foto». Con la posdata se refiere a la foto de la postal, perteneciente a una serie que se titula, en francés, “París, el pasado que se va. Pequeños placeres parisinos”, que son en realidad escenas callejeras, típicas de un París que ya no existe.

[Aquí se hace necesario un nuevo inciso para explicar la génesis de Adiós, Robinsón, que Julio siempre escribe como en el original inglés, Robinson, sin acento. En 1976, en la Radio Deutsche Welle, donde me desempeñaba desde 1965 como redactor especializado en temas culturales, propuse la realización de una serie acerca de algunos lugares famosos gracias a la literatura uyniversal. La propia ciudad de Colonia, sede de la emisora, es el escenario de Billar a las 9½ El honor perdido de Katharina Blum. Y Danzig de la trilogía que comienza con El tambor de hojalata. Postulé asimismo la inclusión en la serie de lugares como La Mancha de Don Quijote, la isla de Juan Fernández donde se desarrolló la verdadera odisea de Robinsón Crusoe, Salvador de Bahía donde las andanzas de Gabriela–clavo–y–canela, y por último Trinidad, para cuyo tratamiento sugerí contactar a Vidiadhar Surajprasad Naipaul, un nombre que hizo fruncir las cejas a mis colegas en señal de perpleja ignorancia. Pero los de 1976 eran tiempos de bonanza económica en Alemania y también en nuestra emisora, y mi proyecto se aprobó sin más, con lo que me encontré teniendo como autores del mismo a Heinrich Böll, Günter Grass, Camilo José Cela (para La Mancha), el buen Naipaul, Jorge Amado y Julio Cortázar, traductor al castellano del libro de Defoe. Es el único texto que Julio escribió directamente para la radio, y fue por un encargo mío del que me siento orgulloso. Tanto más cuanto que entonces sólo Böll era Premio Nobel, y hoy en día son cuatro los Premios Nobel con los que armé mi serie. Y el que Amado y Cortázar no lo recibieran, ese es un capítulo del que prefiero no hablar. Fin del inciso].

La tercera postal llegó desde Deyá/Mallorca, donde Carol y Julio veraneaban en la casa de Claribel Alegría, la gran poeta salvadoreña de cuyas mellizas los Cortázar eran los padrinos.

Y en ella Julio se alegra de que le haya enviado la traducción de Adiós, Robinsón al neerlandés, nada menos que por Barber van de Pol, la trujamana de Rayuela al idioma natal de Rembrandt.

[Por cierto que en 1985, febrero o marzo, mi esposa y yo viajamos a Mallorca para pasar unos días con Claribel y su esposo Bud en esa casa de Deyá desde la que Julio me había escrito seis años antes, presentándome a estos dos que entretanto ya eran también unos entrañables amigos nuestros. Y un recuerdo imborrable de aquellas jornadas tiene que ver con la primera noche que dormimos en la casa, y fue que al ir a acostarme constaté que no tenía ningún sentido hacerlo en la cama donde ya reposaba mi esposa, por la sencilla razón de que hubiese tenido que plegarme casi como un 4 si quería dormir dentro de la susodicha, razón por la cual me tendí en el sofá. A la mañana siguiente, durante el desayuno, le pregunté a Claribel que cómo hacía Cortázar, harto más largo que yo, para ahormarse en esa cama donde yo mismo no cabía. «Se plegaba en dos», o algo así, fue lo que me respondió].

La cuarta postal muestra a Julio Cortázar y su tocayo, el artista plástico Julio Silva, así como a Sitting Bull y Buffalo Bill, y no la puedo ubicar cronológicamente, pero me late que sí es la cuarta, porque en ella —que debe haber venido acompañando una carta, lo que explica la falta de firma— Julio ya me trata como compinche de bromas verbales: «Espero que admires con qué majestad me apoyo en el bastón. (Y el chiste involuntario de un francés ignorante: “Sentado…..

Sitting Bull!!”»)

La quinta y última nos la mandó a mi esposa y a mí —como ya dejé dicho antes, hablando del sobre— el 14.12.83, fecha del matasellos, exactamente dos meses antes de su entierro, y en ella nos agradece un cordial envío que hemos tratado de recordar qué fue, pero sin éxito.

Y puesto que hemos tocado el tema de la correspondencia, déjenme que les diga que hay un Julio Cortázar tan rico en ella, en los cinco volúmenes donde ha aparecido coleccionada, como el que conocemos por su obra de ficción. Basta para documentarlo uno que se publicó aparte, antes de la aparición de esos cinco, aquel que contiene sus cartas a los Jonquières, marido y mujer, una pareja que con bastante seguridad fueron los amigos más íntimos de Cortázar.

Leerlo es darse un banquete al lado del cual las bodas de Camacho y el festín de Baltasar son callos a la madrileña en un figón de Cuatro Caminos. Qué delicia de libro, es algo así como Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, y este Wilhelm Meister es el Gran Cronopio cuando descubre la existencia de los cronopios. Qué prodigio de diablo cojuelo este epistolario que nos permite asomarnos a una etapa tan desconocida de su vida, cuando era un muchachote ya casi cuarentón, recién llegado a París, y que se movía por ella, primero en bicicleta, y después en Vespa. Me lo imagino con Aurora sentada detrás, como en un fotograma de Gregory Peck con Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma. Mismamente.

Paco Porrúa, con quien la literatura de nuestro idioma está en deuda por el descubrimiento y publicación de Rayuela y de Cien años de soledad, le dijo a Carles Álvarez al terminar de leer las galeradas de Cartas a los Jonquières: «Es maravilloso. Se lee como una novela». Muy cierto, y la pena grande que sentimos (de la cual Carles Álvarez se hace eco en el prólogo), es que la familia Jonquière se fue a vivir a París en 1959, así es que esta correspondencia comenzó a espaciarse y nos quedamos sin conocer, por ejemplo, la génesis de Rayuela. Hubo que esperar a la aparición de los cinco volúmenes, donde se la puede seguir paso a paso, en sus cartas a otros amigos, en especial a ese Paco Porrúa que terminaría editándola.

Pero vayamos por partes, como diría Jill la Destripadora. ¿Quiénes son los Jonquières? Eduardo, el cabeza de familia, es un pintor y escritor, poeta sobre todo, cuatro años menor que Cortázar, con quien coincidió en la Escuela Normal Mariano Acosta, de Buenos Aires, anudando entonces una amistad que sobrevivirá a todos los avatares del tiempo y de sus personalidades, a veces tan asimétricas. María, la esposa de Eduardo, es artista gráfica, y también cuentista a ratos perdidos.

Están además los niños, Alberto hijo y Maricló (la cual mantiene con Julio una relación especial, y Julio le envía poemas infantiles muy lindos), y las otras dos hijas que nacerán más tarde.

La primera carta del epistolario aparece datada en Siena, 13.2.1950, y la última en Managua, 24.2.1983. Son pues 33 años de correspondencia, bien tupida hasta 1959, como ya dije, aunque luego no cesa casi ni un solo año. Cartas donde un Cortázar al principio mentalmente muy joven y todavía inseguro, le confía a sus amigos del otro lado del charco sus dudas existenciales y laborales y sus descubrimientos en el terreno del arte, que constituye para él un continuo deslumbramiento. Al mismo tiempo, son cartas que dan una imagen viva del París de los 50 y 60, del ambiente que allí se respiraba y las ideas que en él se cocían. Un testimonio de primera mano y por un observador de altísimo nivel (con lo que no pretendo hacer un chiste sobre la elevada estatura de su autor).

En el marco de esta conferencia es materialmente imposible hasta la mera enumeración del repertorio de temas que aborda este epistolario. Valga decir que apenas hay un aspecto de las artes que quede fuera de ella, predominando las referencias a la pintura, pero no son pocas las que atañen a la música —especialmente el jazz— y a la escultura, sobre todo cuando sus tareas profesionales en la Unesco llevaron a Cortázar un par de veces a la India, y una de ellas se alojó en la residencia del entonces embajador mexicano en Nueva Delhi, Octavio Paz.

Ni que decir tiene que la literatura, a través de las lecturas, y también la propia escritura en esos años, ocupa asimismo un amplio espacio de estas 126 cartas y 13 tarjetas postales, y descubrimos en Cortázar fobias no muy explicables (así por ejemplo le sorprende y hasta horroriza que Aurora lea a Galdós) y coincidencias inesperadas (como la lectura de Sparkenbroke, de Charles Morgan, que dejó grabada indeleble en su memoria, como en la mía, la ciudad de Lucca). Anotamos cuando cuenta que va al teatro: “Dan una estupenda pieza de Samuel Beckett: En attendant Godot”. Vivimos en primera fila sus encuentros personales con Camus en París y con Somerset Maugham en Roma. Acompañamos su reflexión sobre el fenómeno de la traducción y su simpática reivindicación de las traducciones libérrimas y amadrileñadas de los Moratín. Sentimos su entusiasmo contagioso cuando lee por primera vez Paradiso, de Lezama Lima. Etc. etc. etc.

Y París. Hay en la pg. 70 una frase que me conmovió hondamente al leerla: “La rue d’Odessa, la rue Delambre, y la presencia continua del cementerio ahí tan cerca, con Baudelaire enterrado, y Aloysius Bertrand…”. Sí, y ahora el propio Julio, precisamente en ese cementerio donde también reposan Samuel Beckett y Jean Seberg, quién iba a pensarlo.

Lo digo “y no me corro” (como decía ese mismo César Vallejo, otro que está enterrado en ese cementerio de Montparnasse): Este volumen de Cartas a los Jonquières es un libro de lectura imprescindible para cortazarianos y no cortazarianos, para cronopios, esperanzas y famas. La prosa siempre tersa y precisa de Cortázar se encuentra aquí en estado prístino, sin la sobrecarga del compromiso con un público lector. Su público lector eran dos amigos en Buenos Aires, y con ellos él se muestra como es, sin macroestructuras literarias, retóricas ni tan siquiera ortográficas que tomar en cuenta. Y además le da rienda suelta a su humor demoledor y un si es si no es rabelaisiano, logrando que en más de una carta nos desternillemos de risa, como con toda seguridad lo hicieron los Jonquières al recibir los originales. ¿Y entonces, qué mejor destino para una correspondencia estrictamente privada, que hacer la felicidad de miles y miles de lectores?

Antes, por cierto, al hablar de las tarjetas que recibí de Cortázar, mencioné a Barber van de Pol. A ella se deben entre otras las traducciones modélicas, al neerlandés, de Rayuela y El coronel no tiene quien le escriba,y de nada menos que una nueva de Don Quijote de la Mancha, ¡sin una sola nota a pie de página!, hazaña que hubiese merecido de un personaje de Valle Inclán el más acertado de los piropos: “¡Cráneo privilegiado!”. Pues bien, con Barber me pasó una anécdota que es de lo más cronopio que pueden imaginarse.

Ella y yo nos carteábamos ya desde hacía algún tiempo, pero aún no nos habíamos encontrado, hasta un día que llegamos a Ámsterdam, la llamamos por teléfono y nos invitó a tomar café en su casa del Roosevelt–Laan (así, Roósefélt, es la pronunciación original neerlandesa, y no Rúsvel, como en el inglés). Llegamos, pues, y no habíamos hecho más que sentarnos cuando apareció un gato que, sin mayores preámbulos, tras un leve olisqueo de reconocimiento, saltó a mi regazo y en él se quedó todo tiempo, ronroneando mientras yo lo acariciaba. Como es lógico, le pregunté a Barber que cuál era el nombre de su gato y me contestó diciéndome uno que no recuerdo pero que era de esos que se compran trece por docena.

Le conté que yo también tenía un gato precioso, al que todo el mundo llamaba Nikki, pero al que yo, su orgulloso dueño, había bautizado como Nicolás Fernández de Moratín, que era lo mínimo que se merecía un gato de su prosapia. Y que me parecía rarísimo que la traductora de Cortázar tuviera un gato con un nombre tan fama, bastaría que recordase el nombre tan cronopio del gato de Julio. Que cómo se llamaba, me preguntó. “¡Pero Barber —me escandalicé—, no me vas a hacer creer que no sabes que el gato de Cortázar se llama Theodor Wiesengrund Adorno!”.

Barber palideció: “¿Cómo has dicho que se llama ese gato?”. “Theodor Wiesengrund Adorno”. “Pero Ricardo, entonces, todas esas citas que Julio le atribuye a Adorno… ”. “Son nada más que las reflexiones de su gato, Barber”. Me confesó que acababa de quitarle un gran peso de encima. Resulta que como la gran traductora que es, cada vez que se enfrentaba a una cita de Adorno, en un texto de Cortázar, buscaba el texto original en la obra del filósofo, para traducir directamente del alemán al neerlandés, o sea, que no se fiaba de la traducción usada por Cortázar, que no sabía alemán y a lo peor incluso la había vertido al español a partir de la traducción inglesa o francesa, con lo cual, si ella la vertiese del español, sería una traducción no ya de segunda, sino de tercera mano. Pero que nunca, nunca, nunca, me dijo, logró encontrar en la obra de Adorno una sola de las citas que le atribuía Cortázar y ahora se venía a enterar de que en realidad eran de su gato.

[Esta anécdota, dicho sea de paso, la suele contar como propia, como si le hubiese sucedido a él, un escritor chileno que vivió acá en Hamburgo y que la conocía porque yo se la conté. Una vez incluso tuvo la desfachatez de empezar a contarla en mi presencia, y cuando se dio cuenta, de repente se interrumpió y me dijo: “Pero sigue contándola tú, que sabes hacerlo mejor que yo”, a lo cual le repliqué que no sólo eso, sino que además era yo y no él uno de los protagonistas. Como no creo que haya aprendido la lección, lo dejo dicho por si las “que ni labráis como abejas ni brilláis cual mariposas”, y volvamos a nuestro tema].

Y ya que hablamos de citas y del idioma alemán, hace poco, para la escritura de un largo artículo sobre Cortázar (que me pidieron de un diario bogotano, en cuyo consejo de redacción se halla una persona presente en esta sala, Héctor Abad Faciolince, un escritor colombiano de lo mejor que ha dado su país), tuve que remover muchos archivos, algunos en soporte papel, polvorientos y donde el tiempo se había puesto amarillo como Miguel Hernández dijo que lo hará en las fotos.

Uno de ellos tenía que ver con un caso doloroso del que jamás conté nada a nadie, pero pienso que ya pasó el tiempo suficiente como para poderlo relatar sin herir a terceras personas.

Les estoy hablando de hace más de 30 años y es un caso que me afectó muchísimo, el de una joven alemana, recién recibido su doctorado en una Universidad de Renania, y cuya tesis había versado sobre el idioma de Cortázar. Cuando lo supe, me interesé mucho y le escribí a ella pidiéndole el favor de que me enviase una copia. Lo hizo sin dilación, y su trabajo me pareció excelente.

Excepto en un punto fundamental: su tesis se basaba en la convicción de que Cortázar, tan aficionado a las citas, al citar modificaba sutilmente los originales, “cortazariándolos”.

Y sustentaba su argumentación con una docena de citas de la Biblia, contrastando a doble columna lo que aparece en ella y lo que aparecía en los textos de Cortázar. Y en efecto, había mucha diferencia, sólo que esas citas de Cortázar tenían un perfume que a mí no me convencía: “Este no es mi Julio, que me lo han cambiao”, como diría mi abuela Remedios, tan bella y tan sabia.

Mi sospecha se confirmó cuando comprobé que la joven doctora sólo había consultado la Biblia en la traducción católica de Nácar–Colunga, en la Biblioteca de Autores Cristianos, tal vez por desconocer la existencia de la traducción protestante de Casiodoro de Reina… que es aquella de la que citaba Cortázar, ¡al pie de la letra! Por ejemplo, en El Cantar de los Cantares, donde Nácar–Colunga traduce: “Mientras reposa el rey en su lecho / exhala mi nardo su aroma”, en Casiodoro de Reina puede leerse: “Mientras el rey estaba en su reclinatorio / mi nardo dio su olor”.

Como se trataba de una tesis doctoral y ello podría traerle consecuencias a la joven doctora, si alguien más descubría el error, le escribí de inmediato, alertándola, para que pudiese hacer las correcciones pertinentes. Su respuesta me dejó anonadado: su respuesta fue que ya no era posible, pero además no le importaba, y tampoco le importaría si yo publicara lo que había descubierto. Le quedaba muy poco tiempo de vida, me decía, y así fue, murió poco después de un cáncer irreversible e inoperable. Por supuesto, jamás publiqué una sola línea al respecto, aunque ella me había autorizado y yo sabía que podía, y hasta quizás debería hacerlo.

Hoy, tantos años después, cuando el tiempo se puso amarillo sobre el recuerdo, qué importa ya.

Lo que pasa, y regreso acá a lo que dije antes, de que esas citas de Cortázar no tenían el perfume de su prosa, es que, como hubiera sentenciado Gertrude Stein, “Una página de Cortázar es una página de Cortázar es una página de Cortázar es una página de Cortázar”, y si nuestra química conecta con la del Gran Cronopio, eso te vuelve rayueladicto para el resto de los días de tu vida y reconoces su escritura dondequiera que la veas.

Bastaría como ejemplo esta cita del texto titulado“En Matilde”, cuya protagonista habla en cortázar, el idioma oficial de Cronopiolandia, presten atención:

“La oficina viene a las nueve y por eso a las ocho y media mi departamento se me sale y la escalera me resbala rápido porque con los problemas de transporte no es fácil que la oficina llegue a tiempo. El ómnibus, por ejemplo, casi siempre el aire está vacío en la esquina, la calle pasa pronto porque yo la ayudo echándola para atrás con los zapatos: por eso el tiempo no tiene que esperarme, siempre llego primero. Al final el desayuno se pone en fila para que el ómnibus abra la boca, se ve que le gusta saborearnos hasta el último”.

O como programa de contraste, estas tres líneas en el texto titulado “Hospital Blues”:

“El hospital tiene sus ventajas —sostiene Polanco—, vos te relajás de las crispaciones de la vida, y esas ricuchas que circulan por el pasillo se ocupan de vos y te dicen que todo va bien, cosa que otros no se animarían porque en una de ésas andá a saber”.

Inequívocamente cortázar (con minúscula). Habría que empezar a hablar de él parafraseando lo que le atestiguan a Gardel en el Río de la Plata: «Che, Julio, cada día escribís mejor».

Acercándonos ya al final, quiero contarles que el jueves 21 de octubre de 1982, a pocos minutos del mediodía europeo, sonó mi teléfono en la redacción de la Deutsche Welle, en Colonia, la ciudad donde sigo sobreviviendo. Era mi jefe, para comunicarme algo que acababa de saberse, que el Nobel de Literatura de ese año le había sido concedido a Gabriel García Márquez: ¿no podría yo fabricar —“sobre el pucho” (es decir: yyya)— un programa especial de media hora, ad hoc?

Cinco minutos más tarde, y como estímulo a improvisar ese programa lo más pronto posible, me preguntaba el jefe de otro servicio latinoamericano de la emisora: ¿no tendría yo ganas de viajar a Estocolmo en diciembre, para transmitir la entrega del Premio?

Ni corto ni perezoso me enclaustré en un despacho de la redacción, cerrado a cal y canto, y eché mano al teléfono. Tenía los auriculares puestos, el magnetofón a punto, y una lista de números y nombres al alcance de la mano. Durante más de una hora llamé y llamé sin pausas: a París y a Deyá, a Madrid y a Barcelona, a Toulouse…

Y estuve conversando sobre García Márquez con José Manuel Caballero Bonald, el escritor español que residió muchos años en Colombia por la época cuando se cimentaba el renombre de Gabo; con Paco Porrúa, el argentino que —como ya dije— acometió la hombrada de publicar en Sudamericana, con cuatro años de diferencia, Rayuela y Cien años de soledad; con otro argentino, Osvaldo Bayer, a quien se debe la epopeya de La Patagonia rebelde; con Severo Sarduy, el cubano que fue responsable de que Cien años se tradujese al francés; con Óscar Collazos, que fue el único compatriota de Gabo a quien pude contactar; con el poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, autor de Entre Marx y una mujer desnuda; con Mario Benedetti, el uruguayo; con el paraguayo Augusto Roa Bastos; y last but not least con Claribel Alegría, coautora con su esposo, Bud Flakoll, de una novela estremecedora —Cenizas de Izalco— sobre la masacre de los campesinos acaudillados por Farabundo Martí, durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, un generalote teósofo y vegetariano.

Sólo debo precisar que mi primera llamada había sido a Julio Cortázar, en París. Pero ahí me respondió su contestador automático informándome en francés, con la voz del Gran Cronopio:

«Julio Cortázar no se encuentra en casa por el momento. Si lo desea, puede dejar un mensaje después de oír la señal sonora». Y luego un ¡biiiiiiiiiip! De manera que le dejé un mensaje explicándole el objeto de esa llamada y diciéndole que aún quedaban un par de horas hasta la emisión del programa, que lo volvería a intentar.

Lo hice al terminar el resto de mi maratón telefónica, y otra vez el aparatico automático y el ¡biiiiiiiiip! Ahora le dejé el mensaje de que lo intentaría de nuevo una hora antes de la emisión, y me puse a editar el material que había grabado. Ya casi al cierre, fue mi tercera llamada al 00331.824-6138, pero volvió a salir el mayordomo automático, y en ese momento lo decidí: registraría la voz de Julio en su contestador. Y así, cerré el programa informando a mis oyentes de que también procuramos obtener el testimonio de Cortázar, pero con el siguiente resultado: sencillamente les hice oír la cinta pregrabada de JC en su criada respondona automática.

Menos de año y medio después, el 12 de febrero de 1984, Osvaldo Soriano me decía desde París que Julio acababa de morir, y no hice nada más que colgar el tubo cuando ya estaba sonando de nuevo el teléfono. Mi jefe: ¿no podría encargarme yo, por favor, de escribir la necrológica de Cortázar, para el programa de esa noche?

La escribí, sí, la escribí doliéndome cada palabra que escribía, y luego la grabé, dominando la pena (sólo se me quebró la voz en las últimas palabras) porque así lo manda el deber profesional.

En algún lugar de su extensa obra, el ilustre radiofonista colombiano Álvaro Castaño Castillo ha dejado dicho, de manera muy generosa, que ese ha sido el mejor programa de radio en la historia de este medio. Con todos los respetos, a mí me bastaría pensar en la adaptación por Orson Welles de La guerra de los mundos, de H.G. Wells, para convencerme de que no. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro: de que quizás siga siendo la única necrológica que aún hoy, al oírla a más de treinta años de su muerte, nos vuelve a poner el corazón en un puño cuando escuchamos la voz del Gran Cronopio. Y es con ella que quiero cerrar, con mi necrológica de Cortázar, transmitida por la Deutsche Welle la noche del 12 de febrero de 1984, la noche del día en que Julio Cortázar coronó la última casilla en la rayuela de su vida.

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Publicado en: Sólo en línea

14 comentarios en “Che, Julio, cada día escribís mejor

  1. Amé profundamente cada párrafo anecdotario, y te agradezco ese dejarnos ser parte de tu relación con Julio…

    Ya te busqué en el libro de la A a la Z y me di cuenta que la postal de la página 273 ya la había visto en mis lecturas al azar, pero como dice «Querido Ricardo» no pensé que serias vos… qué recuerdos y Qué nostalgia…

    Es cierto, volver a escuchar esa grabación estremece el corazón.

  2. Cada detalle, cada palabra de la conferencia es un lujo. «Los cronopios no mueren»… Es verdad. Treinta años después de aquel febrero parisino, Julio nos sigue convocando, juntando.

    1. Gracias por leerme, doña Yolanda, y yo no sé si algún suspiro, pero sí sé de alguna lágrima.
      Vale.

  3. Magnífico. Me hubiese gustado estar en esa conferencia para aplaudir como es debido. Un abrazo en la emoción de recordar al «amigo»…

    1. Gracias, Leti querida. Y también a mí me habría gustado tenerte a vos entre ese público. Además, así habrías conocido a Héctor Abad Faciolince, que es otro peso pesado de la literatura en nuestro idioma. Pero en fin, espero que haya alguna oportunidad de encontrarnos, y hasta puede que pronto y cerca de tu casa. Feliz domningo.

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