Si uno se dirige a un público de estudiantes avanzados de filosofía, arquitectura, economía, o lo hace ante un grupo de especialistas en alguna área, es posible dibujar un retrato hablado del público que escucha. Un retrato imperfecto, borroso, pero que al menos puede dar, a quien se halla en el estrado, cierta idea de lo que esperan sus oyentes. Los estrados no tendrían que existir, sólo los libros. Esto no es más que un deseo personal e imposible de cumplir. Los estrados continuarán allí, en las aulas, pantallas, auditorios o donde quiera que se encuentre una comunidad humana. Apenas he comenzado y ya me he desviado. Lo que en realidad quería preguntarme es: ¿a qué clase de público se dirige un escritor? De ninguna manera hay entre su público sólo interesados en la literatura. Una antigua tradición —acentuada en el siglo XX y a punto de extinguirse— le permite al escritor tratar acerca de los temas más diversos: política, cultura, economía, etcétera… y situado en dicha circunstancia el retrato hablado de un público se vuelve imposible. Por otra parte, ceñirse a un tema no es honroso para la imaginación literaria. Leer un fardo de cuartillas ante los oyentes es cruel y no pocas veces se obtiene del público sólo bostezos o deserciones descaradas. Improvisar desde un principio denota una vanidad y una confianza que es en sí misma casi religiosa y despierta sospechas intelectuales. En cualquiera de estos casos el público de un escritor será tan dispar como el mundo real y así como encontrará lectores sagaces o comunes también se enfrentará a los prejuicios más divergentes y extraordinarios que pueda haberse imaginado: locos, despistados, filósofos, analfabetas, estudiantes, enfermos, perros y urracas formarán parte de su heterogéneo auditorio.

El hecho mismo de hablar ante desconocidos es prueba de que uno es poco cuerdo y confía demasiado en el acto teatral. ¿Quiénes son todos esos seres que acomodados en una silla esperan algo de mí? El solo hecho de entrar en la mente de cada uno de ellos bastaría para trastornarme. Por tal razón desconfío del escritor que cree saber bien con qué clase de público está tratando: como si sus oyentes fueran calabazas. Si en verdad lo supiera entonces su intervención en el estrado sería un acto triste y desangelado: una pantomima sin ningún interés para nadie. En verdad que prefiero la soledad del libro a los estrados y, sin embargo, me traiciono con cierta frecuencia y acepto participar, una que otra vez, en una charla pública. La más reciente giró alrededor de una pregunta ambiciosa, actual y también un tanto golfa: “¿Para qué sirve la literatura?”. Fue un intento personal que buscaba discernir y discutir con el público y los compañeros de la mesa una afirmación de Richard Rorty que parece bastante certera: “La literatura es más importante que la filosofía en un aspecto muy concreto, es decir, cuando se trata de conseguir un progreso moral”. Esto de ninguna manera quiere decir que tal sea el único propósito de la literatura, pero ciertas novelas o autores de ficción llegan a describirnos tan profundamente las nociones de bondad o maldad como desearía hacerlo una ética ordenada en conceptos. Hay quien lee por puro entretenimiento o porque desea creer en la historia que el escritor está narrando, pero en aquella charla me interesaba poner en la mesa este tema y relatar o imaginar de la manera más sencilla posible cuáles podrían ser las consecuencias de la afirmación de Rorty. Una de las posibles respuestas podría haber sido: en general la literatura no sirve para nada y cada quien obtiene provecho de ella de manera subjetiva. Su aparente inutilidad es su fortaleza. 

Una vez que terminó aquella conversación algo accidentada y con escasa participación del público (cerca de sesenta personas mudas en su mayoría) me di cuenta de que la pregunta era un tanto obvia porque la literatura no es interesante para el público en general (esa entidad ciudadana, ordinaria y aplastante), aunque sin duda le resultaría atractiva a un grupo seleccionado y atraído de antemano. Entre los asistentes había pluralidad de oficios pero no interés real en la literatura. La reacción más emotiva fue la de una señora que prohibía beber y fumar a los participantes de la mesa. No me decepcionó la conversación pero sí mi ingenuidad. Los prejuicios de las personas son hondos y el escritor se enfrenta en muchos casos a un público demencial y afectado por la ausencia de educación y sobrepeso de entretenimiento. ¿Cómo va a ejercitarse el espíritu crítico sin literatura? El ser humano es diálogo y destrucción al mismo tiempo. Los prejuicios acendrados van en contra de cualquier clase de pensamiento crítico y promueven la disgregación, el fanatismo y el linchamiento moral. Los daños producidos por la industria masiva del entretenimiento han sido determinantes para minar la capacidad de reflexión humana y el estímulo a la inteligencia. Ante un panorama semejante, el escritor ya no parece contar con un lugar en el mundo actual porque el llamado público general ha sucumbido a la modorra consumista y tecnológica. Se acaba aquí mi espacio y sólo me queda sugerir a quien le interesen las relaciones entre literatura y moral el libro Contingencia, ironía y solidaridad, de Richard Rorty. Y también para quien se halle interesado en los temas acerca del pensamiento crítico, sabiduría y conocimiento un libro célebre en México, aunque escasamente leído en la actualidad: Creer, saber, conocer, del filósofo Luis Villoro.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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