Para Fernando Savater

Nada más llegar a la entrada del parque, se soltaba de su padre y echaba a correr a sus anchas. Había venido cogido de la mano durante todo el trayecto, más prieta en los cruces que mientras iban por la acera, y soltarse unos pasos antes del umbral era para él toda una liberación. Rompía a chillar y a corretear al mismo tiempo y el mismo tiempo era a la vez el del puro regocijo.

La vendedora del puesto de helados lo veía venir entonces en derechura hacia allí como quien ve acercarse la cara de la felicidad. «¿Qué me vas a dar hoy?», le decía, y por eso se le quedó grabado desde el primer momento del primer día, porque no le dijo «quiero», «yo quiero» o «dame» o «a mí», sino «¿qué me vas a dar?». Por eso se le quedó grabado y por todo lo que vino luego. 

–A ver –le dijo ella, al tiempo que hacía un gesto abarcador con la mano–, ¿qué sabores prefieres? 

–¡Huy! –contestó, y entonces ya su cara de asombro o más bien de perplejidad, de incertidumbre, no se le despintó en todo el rato.

–¿Lo quieres de fresa? –le preguntó. 

–¡De fresa…! –contestó–, ¡qué bueno y qué color tan bonito! –Pero no dijo que sí. 

–¿O bien de chocolate? –le estimuló la vendedora viendo que no se decidía.

–¡Ahivá…, chocolate!

–También tengo uno muy bueno de vainilla.

–¡Vainilla…! ¡Con lo ricos que son! –Y la estupefacción de sus ojos parecía que no podía ser más completa hasta que la vendedora le proponía otro sabor. 

–¡De arroz con leche…!, ¡halá, eso sí que es bueno…!

–¡Andá…, nada menos que de turrón!

Pero no acababa de decidirse. Con paciente cordialidad ella fue ofreciéndole un sabor tras otro y él extasiándose cada vez ante el ofrecimiento, hasta que la vendedora, en cuya amabilidad había algo más que mera profesionalidad, empezó a atender a los demás clientes, que ya se impacientaban en la cola que se había formado mientras él seguía allí, con la cabeza inclinada contra el cristal –una mano a cada lado–, repasando con los ojos todos los sabores y haciéndosele la boca agua ante cada uno de ellos, ante cada color y cada textura y sobre todo ante la promesa que alentaba en cada uno y que él acompañaba con las palabras y el tono de la heladera al proponérselos. Era como si, más que lo ofrecido, fuera en el fondo el ofrecimiento lo que contara; más que la decisión, la posibilidad de decidir.

Tras cada sugerencia, en el instante de silencio que precedía a la exclamación del niño, ella levantaba la vista y entonces sus ojos se encontraban con los ojos del padre, que había seguido a su hijo sin prisas y, liberado también a su modo de él, le guardaba las espaldas junto al puesto de los helados. 

Al final, después de un buen rato y de que le hubieran pasado delante varias tandas de clientes bastante más resueltos, entre las cuales la heladera le volvía a preguntar con impecable solicitud si se había decidido ya por alguno, escogió uno de los sabores. Y escogió aquel día el mismo, exactamente el mismo, que el primer día y que el resto de los días que su padre lo llevaba de paseo al parque ante cuya entrada, nada más llegar a la altura del umbral, él se desurdía rápidamente de su mano y echaba a correr en libertad hacia donde estaba el puesto de los helados.

–De limón, sí, de limón –dijo por fin también aquel día, igual que todos los días de atrás y que el resto de las veces que se pararía a elegir aquel verano, que se demoraría el tiempo que fuera a sopesar, a ver los pros y los contras de cada posible decisión, a formular hipótesis y volverlas del revés acto seguido hasta que ya por fin elegiría su sabor en todo caso con alegría pero nunca enseguida ni tampoco tras haberlo pensado sólo un momento, sino reproduciendo exactamente, paso a paso desde el principio, todos los meandros y vericuetos de sus dudas como si no sólo fuese un preámbulo necesario sino hasta –se podía llegar a sospechar– el meollo mismo o el momento más auténtico de su placer.

¿Es el poder elegir, el solo estar en disposición de elegir, más que la elección propiamente dicha, el verdadero placer y la verdadera libertad?, se preguntaba su padre alguno de los días que no lo exasperaba la impaciencia al ver debatirse a su hijo y dudar y estar mirando y remirando al retortero del puestecillo de helados sin probar nada ni dar una lametada de nada y haciéndosele la boca agua todo el rato.

No sólo repetía las palabras o los gestos como si de un ritual se tratara, sino que volvía a sentir el mismo fresco asombro del primer día ante cada una de las distintas posibilidades y la misma densa maraña de apetitos y vacilaciones. Se le agolpaban las sugerencias, los recuerdos de otras veces que había probado alguno de los gustos y las suposiciones ante los que aún no había probado, y la decisión se postergaba, se complicaba y enrevesaba lo mismo que una tarea arduamente jovial pero también aniquiladora. Elegir uno, un solo sabor entre tantos, una sola posibilidad entre las muchas que había, como le tenía acostumbrado su padre –sólo dos sabores en circunstancias señeras–, suponía por una parte la alegría de saborearlo, claro que sí, pero también, inexcusablemente, la pesadumbre de descartar los demás, de eliminarlos. ¡Si por lo menos viniera alguien, alguien pongamos de fuera, de arriba, un desconocido, y le regalara un sabor incontestable! Entonces él no tendría que debatirse como lo hacía, que pasar tantos apuros en medio de aquella incertidumbre.

Pero no, qué va, lo que él quería era justamente poder escoger él y que nadie lo hiciera por él, ni su padre ni menos ningún desconocido por generoso o importante que fuera y aunque él, a la postre, pudiera elegir siempre lo mismo. Porque si escogía otro nuevo, si escogía un sabor nuevo, uno de esos sabores la mar de sugestivos que le ofrecía la heladera con su sonrisa, un sabor que no fuera el de limón que sin embargo era una elección siempre segura y que no podía fallar, entonces es probable que le supiera bueno o también bueno o quién sabe si incluso hasta mejor o mejor sólo al principio justamente por la novedad, pero lo que descartaba entonces, lo que eliminaba y ya no podría gustar en ese momento, era aquello de lo que no le podían caber dudas de lo rico que estaba siempre y había estado siempre y de lo mucho que disfrutaba siempre con él.

* * *

–¿Qué me vas a dar? –preguntaba cada vez al llegar, ya con los ojos como platos dirigidos a la vendedora como si ella misma fuera ya un gusto de helado. Y entonces ella empezaba divertida con toda la retahíla que iba modificando según le veía poner los ojos para ser lo más seductora posible en cada caso.

–¿Lo vas a querer de almendra?, ¿de unas almendras maravillosas que vienen de mi pueblo? –empezaba por ejemplo.

–¡Almendras de tu pueblo…!, ¡qué ricas! –Y parecía que lo estaba ya paladeando pero no decía ni que sí ni que no.

–¿De nata con nueces, que se va del mundo de lo bueno que está?

–¡Que se va del mundo…!, ¡uhm…!, ¡pues sí que tiene que estar bueno!

A veces, cuando les daba por ahí en el obrador de la tienda donde los fabricaban, hacían algún experimento raro con los sabores, mezclas y sabores extraños, y también polvos y colorines y saborizantes, porque se habían dado cuenta de que les gustaban a muchos. No tienen paladar y por eso les chifla, se decían, pero como los vendían, y los vendían cada vez más, no dejaban de fabricarlos. Al principio con pesar, con desprecio incluso por sus clientes, que es lo peor que le puede ocurrir a un fabricante, pero luego ya hasta contentos, con una complacencia burlona que tardaba en despintárseles de la cara.

Esos helados eran los que más le encandilaban al principio, los que más sugestiones le producían, los más nuevos y aparentes, pero también los primeros que descartaba. No se fiaba, pero había que vencer antes de desestimarlos una corriente de atracción muy fuerte, como un imán, algo que no tenía ni pies ni cabeza pero que, como decían sus amigos, molaba de lo lindo.

–No, ése por fin no, pero no te creas… –le replicaba a la vendedora.

Junto al puesto de helados había un viejo chopo de copa muy frondosa, alto y con el tronco de buen diámetro, que cuando soplaba algo el aire producía en sus hojas un sonido como de frescura o alegría que, la mayor parte de las veces, pasaba sin embargo desapercibido. Tal vez porque no fuera en absoluto un sonido extraño, pues se oía muchos ratos todos los días si uno se ponía a escuchar; pero si no extraño sí que era desde luego enigmático si te parabas a pensar.

El padre siempre le agradecía mucho, al pagarle, su amabilidad y su paciencia a la chica, pero a lo mejor lo que más le agradecía, aunque de eso sólo se fuera dando cuenta con el paso de los días, era la sonrisa con que miraba cada vez que proponía un sabor distinto a su hijo. Era como el sonido de las hojas del chopo, que uno muchas veces no percibía.

–Es contagiosa –le respondió la heladera al padre un día–; no hay alegría comparable a la de un niño al que le acabas de dar un helado. Y no digo ya nada la del suyo cuando por fin se decide.

–De limón –concluía siempre su hijo, invariablemente, después de haber despejado con arduos esfuerzos una duda tras otra cada vez y de haberse resistido a una sugerencia tras otra a cual más apetitosa–, me lo vas a dar de limón.

Y luego se iba ya más feliz que feliz con su cucurucho en la mano, dándole una lengüetada tras otra ni tan deprisa para que se quedara pronto sin nada, ni tan despacio como para que se le empezara a derretir y no pudiera disfrutarlo por entero.

–Gracias –aún le decía en voz baja y ya sin mirar más que al helado al irse, y entonces era el momento de la última sonrisa de la vendedora al padre antes de decirle adiós, hasta otro día.

¿De qué me lo vas a dar?, se descubrió una tarde pensando el padre un momento antes de aquella sonrisa final y, al volver la espalda, se dio cuenta de que había susurrado el aire entre las hojas y ese aire era como si le corriese ahora a él todavía por toda la espalda.

* * *

Sólo en las ocasiones señeras, como él decía –un cumpleaños, un comportamiento excepcional–, su hijo podía elegir dos sabores. El preámbulo era entonces también el de siempre. Al final, si no se decantaba por dos bolas de limón, como había sucedido a veces, concluía eligiendo un sabor distinto pero junto al consabido de limón, que no podía faltar en ningún caso, pero nunca antes de haber ido desestimando con pesar, como quien renuncia y dice adiós cada vez a un mundo, cada uno de los demás sabores y sugerencias, empezando por los más extravagantes y fatuos y terminando por los más clásicos. Y cuando se dice cada uno, desestimando con pesar cada uno, es que era en efecto cada uno. 

Había veces, muchas en realidad si se iba a ver, que la sugestión que le procuraba uno de los sabores era tal, y tales el tono y la sonrisa de la vendedora al proponérselo, que parecía que el niño iba a optar de inmediato por él, así, impulsivamente y sin atender a nada más, sin acabar de repasar ni considerar como de ordinario toda la ristra de los gustos y proposiciones posibles. Pero al cabo, unos pasos antes del umbral, tal vez podría decirse, se echaba de repente atrás y daba rienda suelta al goce por lo menos mental, imaginativo, del resto de los sabores y de la posibilidad de elegir sin dejarse llevar por un impulso momentáneo. Eso debía de ser, la posibilidad de elegir, el regocijo de poder tenerlo todo y saborearlo todo en potencia, aunque luego, pero sólo luego y tras arduo descarte, se decantara por uno solo y ese solo fuera el de siempre.

–El de leche merengada ha salido hoy como nunca –le podía decir la heladera y a él hacérsele la boca agua de sopetón, como si en efecto lo estuviera saboreando antes de que se derritiese enseguida.

–¡Huy, de leche merengada, buenísimo…! –Pero entonces tendría que renunciar al de limón, al sabor que siempre le ponía la maravilla al alcance, al sabor seguro, avalado una y otra vez, disfrutado una y mil veces sin riesgo de que dejara de gustarle, de que le cansara mediado el cucurucho o no quisiera repetir, el sabor refugio, si se quería, pero nuevo cada vez y a la par el de siempre.

–¿A qué te sabe? –le preguntó un día el padre a su hijo al verle tan entusiasmado con su helado de limón.

–¿Que a qué me sabe? –repitió el crío–. A libertad –le sorprendió diciendo, y luego se echó a reír como si no hubiese sabido muy bien lo que decía.

* * *

Al cabo de un tiempo, como se le hubiese preguntado al padre si, al llegar al parque y soltársele su hijo de la mano aún antes del umbral para echar a correr tan contento, era su hijo el que derrochaba más alegría y no él, tal vez no hubiera sabido qué responder. Pero lo mismo que el hijo acababa siempre por decirle a la heladera «de limón, me lo vas a dar de limón», él concluía también por decirle «gracias, hasta otro día», antes de responder a su última sonrisa con algo que, a pesar de que se volvía enseguida, se quedaba como meciéndose en el aire de su espalda igual que las hojas del chopo que daba aquella frondosa sombra fresca al puesto de los helados.

Luego, dando un paseo –saboreando el niño con una fruición tan ensimismada su helado que apenas si atendía a nada más y su padre paladeando el aire de la sonrisa a su espalda tal vez con un deleite que tampoco le iba a la zaga al de su hijo–, iban a sentarse un rato a unos bancos que había en otro soto de árboles, siempre a los mismos, porque solían encontrar allí a unos chicos de la edad del hijo con los que andando el tiempo había hecho amistad. Transcurrían sus buenas dos horas jugando allí al retortero y, también con el pasar de los días, el padre empezó a distraerse hablando con una de las madres que llevaba allí casi siempre a esa hora a su hijo.

–El sábado es el día que se lo lleva su padre –le dijo ésta un día–, y yo entonces por fin me quedo sola. –Al decir la última parte de la frase, él notó que había sonreído de una forma que le pareció desde el principio familiar pero que no supo identificar. Sólo al irse, poco antes de volver a darle la mano a su hijo junto a la salida del parque para llevarlo cogido hasta casa, oyó el susurro de las hojas de los últimos árboles antes de la verja y entonces no le cupo ya duda. Sonaba a su espalda también, aunque hubiese brotado frente a sus ojos. 

Le gustaba aquella mujer, ¡tenía una voz tan deliciosa!, ¡una conversación tan agradable!, por no hablar de su cuerpo y de todas las sugestiones en las que se perdía al pensar en ella de un tiempo a esta parte. Y por no hablar tampoco de la vendedora de helados, con aquella gracia innata que tenía y aquella juventud. Le parecía estar oliéndole ya todo el cuerpo cuando se acercaba a saludarla cada vez, el cuello tras el lóbulo de la oreja, el sudor entre sus senos, la lentitud de sus muslos. ¿Cómo sería fuera de allí?, ¿cómo sería hacer el amor con ella y cómo sería hacerlo con la madre del amigo de su hijo?, ¿cómo sería vivir con ellas?

Inadvertidamente iba dilatando cada vez más el rato en el parque, sobre todo si iba por la mañana, hasta que un día –debió de retrasarse bastante más de la cuenta–, al abrir la puerta de su casa, oyó unos pasos de tacones altos que le extrañaron. Enseguida –colgó la chaqueta de lino en la percha del pasillo— vio que su mujer estaba vestida para marcharse.

–¿Vas a salir ahora? –le preguntó sorprendido–. Es la hora de la comida.

Y entonces ella estuvo un rato en silencio mirándolo y como pasando revista a algo mientras le miraba. Parecía que era una tarea ardua la que realizaba, esforzada y peliaguda, una tarea como de descartar algo que debía de tener la mayor importancia y a la vez también ninguna o muy poca en el fondo porque cada descarte, cada renuncia a lo que fuera, debía de ser como una mutilación, como una amputación de algo tan grande como un mundo y a la vez tan pequeño como un capricho, de algo sin lo cual parecía que no se había de poder vivir en adelante y que, sin embargo, también podía ser la sola posibilidad de seguir queriendo y a la vez dejarlo todo intacto, entero y hasta renovado. No supo al principio atribuir a nada aquella especie de recorrido mental de su mujer, pero al poco no necesitó de ningún rumor de hojas para imaginárselo.

–Sí, iba a salir, pero me quedo –dijo ella con un agotamiento que no estaba reñido con la satisfacción.

Después de comer –era sábado– y mientras el crío dormía la siesta, ellos también se fueron a la cama. ¿Cómo será, consiguió preguntarse él de nuevo como cada vez todavía, cómo será hacer el amor otra vez con ella?

Y al final, después de acabar, tumbados uno junto al otro oyendo un susurro de hojas que era raro sin embargo que llegara hasta la habitación, le preguntó: ¿A qué te ha sabido?

–A limón –le dijo ella.

 


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Incluido en: J. Á. González Sainz, El viento en las hojas, Anagrama, Barcelona, 2014.


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J. Á. González Sainz (Soria, 1956) es escritor. Ha publicado Los encuentros, Un mundo exasperado (Premio Herralde de Novela), Volver al mundo y Ojos que no ven.


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