El intento de movilizar a la opinión a favor de Rosa Verduzco, apenas se refiere a los niños que vivían en el albergue que dirigía en Zamora. El debate se ha concentrado en la persona de la jefa, como también la llamaban los pupilos, pero las reflexiones y los comentarios en torno a quienes estaban bajo su tutela han sido pocas y breves. Sin embargo, en el centro de esta triste y confusa historia están los niños, que son y han sido las únicas víctimas, abandonados por sus padres y sometidos a la autoridad de una mujer seguramente generosa, pero sin mayores recursos. Porque, ¿qué puede saber una niña de trece años –la edad en la que nos dice que sus papás le dieron a su primer niño, como si se tratara de un cachorrito— de cómo educar a otro niño? Y, sin embargo, los defensores de Rosa Verduzco presentan este acto de irresponsabilidad de los papás como una muestra irrefutable de la inocencia de Rosa, de su vocación temprana, y de la grandeza de su obra. Los defensores de Rosa nos piden que creamos qué gran lugar era el albergue, a pesar de la evidencia del descuido y de las condiciones medievales en que vivían los niños en La Gran Familia, porque sus intenciones eran buenas.Nos piden también que veamos en los piojos, los mocos, la suciedad y las pésimas condiciones de higiene un dato menor, en todo caso una extravagancia, pero nada realmente importante; sin embargo, no puedo dejar de pensar que un entorno más o menos limpio, y el aliño personal son condiciones mínimas de autoestima. Debo confesar que los retratos que he leído de mamá Rosa me han provocado una reacción de rechazo muy diferente de la que sus autores buscan; pero pienso sobre todo en los niños, en esos hijos del olvido que lo fueron de sus padres, del Estado y hasta de Rosa Verduzco.
Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es: La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.