Mamá Rosa

Voy a escribir sin coraje y desde el corazón pues, así me enseñó mi padre, se crea la literatura. Mis manos tiemblan y en el pecho siento temor. Hace poco más de una hora caminaba por las calles de Aarhus, Dinamarca, cuando mi madre, Josefina, después de pasar varios días sin conexión a la red, se acercó y anunció que Mamá Rosa estaba en el hospital, detenida. La Gran Familia cerrada. Vacía.

No recuerdo el día en que conocí a Rosa Verduzco. Era muy pequeña. Sus palabras y consejos existen entre mis memorias más antiguas. Mi familia, del lado materno, es zamorana, como Rosa. Somos michoacanas. Rosa bromeaba que mi bisabuelo y su madre, viudos, caminaban por las calles de “manita sudada”. Me lo contó mientras viajábamos en su vieja y medio destartalada camioneta gris. Ella manejaba. Con el guarache aceleró, volamos un tope y el chinchayote con chile que comía saltó. Le encantó la mancha en las vestiduras. Íbamos rumbo a casa de un hombre viejo, zamorano, que vivía solo y Rosa lo veía deprimido. No tenía qué comer. Le llevamos tacos de chicharrón, frijoles refritos, nopales y un jugo de naranja que, por venir tapado, sobrevivió al zangoloteo del auto.

Desde pequeña, cada viaje a Zamora lo pasé en La Gran Familia. Al llamarla Mamá Rosa me convertí en su hija y sus hijos en mis hermanos. Pasábamos horas jugando en el patio. Salía con los zapatos rotos, despeinada, con los mocos escurridos y el overol desgarrado, como todos en la casa, pues las reglas de etiqueta no se llevan con los niños. Ahí aprendí el arte de las canicas y cómo jugar ajedrez hasta llegar al jaque mate. Siempre me ganaban. Éramos tantos que inventábamos cómo hacer más tableros y nuevos juegos transformando deshechos. A unos de mis hermanos los llamaba por su nombre, a otros, por su apodo. Aprenderlos era un reto pues siempre había nuevos y en la casa, nunca eran menos de quinientos. En nuestra relación veía el paso de los años y el tiempo. Cada viaje significaba cambios. Todos crecíamos. Me enteraba que la había mordido un perro, que en una cárcel la habían agredido. Rosa siempre resistía.

La fuerza de Rosa, en mi infancia, me asustaba. La recuerdo siempre vestida igual: falda a cuadros, camiseta de manga corta, sudadera o suéter del mismo uniforme que usan en la escuela sus hijos. Guarache de cuero con suela de llanta, indispensables. Uñas sucias. Pies callosos. Pelo corto ahora canoso. El brasier lo usaba de cartera. Un radio siempre a la mano. Con éste se comunicaba en todo momento con sus hijos en La Gran Familia. Jamás los dejó desprotegidos.

Rosa siempre está presente. El mejor humor que hasta hoy he conocido. Franca. Los pelos que le faltan en la boca los tiene en las piernas y las axilas. De malas palabras, directas, como se entienden los que navegan las calles. Rosa, de voz ronca, espinosa. Pero su cama, bromea, es la mas meada. En ella, sus hijos se refugian para olvidar la oscuridad de sus miedos.

Con la banda de guerra caminábamos por Zamora. Cientos de niños armados con instrumentos salían de la casa a recordarle a todos que existen, que vienen de la calle, que son una familia y que el amor puede con todo.

Un noche, el coro cantó en Bellas Artes. Al escucharlos desde mi butaca, en silencio, lloré al reconocer a mis hermanos arriba, de blanco, ovacionados. Rosa estaba nerviosa. Sus hijos son su mayor orgullo. Su lucha de cada día.

Comenzó adoptando a un niño en la que era casa de sus padres. Tenía menos de quince años. Eso hace más de sesenta. Por su casa han pasado miles de niños abandonados. Niños a los que no quieren ni las mujeres que los han parido. En La Gran Familia encuentran un hogar, educación, honestidad, preparación para una vida.

Estando en su casa, jugando en el patio, vi a padres que se asomaban por la reja, tocaban la puerta y dejaban a sus hijos. Una mañana un recién nacido lloró desde la profundidad de un basurero afuera de la casa. A todos, Rosa los recibió. Otros los traían las autoridades, incapaces de hacer algo por ellos. De afuera llegaban maltratados, lo leía en su piel mientras jugábamos. Jamás pregunté a qué se debía lo que había pasado era pasado. En casa de Rosa siempre hubo lugar y comida para los olvidados.

Un día le pregunté a Rosa por qué hacía que los niños aprendieran música en su casa. Porque con la música pueden expresar y sacar lo que con las palabras no pueden. También es una oportunidad para ganarse el pan futuro. Rosa quería que aprendieran a ganar, con trabajo, lo que merecían. En su casa, como en la música, había disciplina. Y la disciplina se aprende desde el núcleo de la familia.

Durante la preparatoria mis visitas a Zamora fueron más ocasionales. Pero Mamá Rosa no olvida. Llamaba a mi casa a saludar y preguntar por nosotros. Su instinto le decía cuando algo estaba mal. Nunca pude mentirle. Sabe observar y escuchar. Las conversaciones siempre eran igual. Oía su voz rodeada de niños tocando instrumentos o gritando jugando en el patio. Los imaginaba y me daban ganas de transportarme allá.

Cuando llegaba a Zamora, Rosa me pesaba y medía para ver que estuviera dentro de los niveles normales y sanos. Lo hacía con toda la familia. En una pared marcaba con rayitas y fechas cómo íbamos. Su oficina, un mar de documentos, fotografías y aparatos viejos, se encontraba rodeada por varios pianos. En La Gran Familia el silencio es algo extraño, siempre se escuchan instrumentos musicales y el bullicio de la convivencia. La mayoría de mis vacunas las recibí en La Gran Familia, cuando el servicio médico nos visitaba.

Con el primer pago que recibí, por grabar un anuncio radiofónico, compré un cerdo negro y peludo al que llamé Swan Pánfilo Procopio. Creció tanto que lo corrieron de mi casa. No sabía a dónde mandarlo y Rosa lo recibió. Vivió como semental y con otros puercos en un terreno al lado de La Gran Familia. Con Swan comenzó una dinastía de puercos que, en parte, alimentaron a la casa y alrededores. El olor de los cerdos podía percibirse en la entrada. A muchos ajenos a la casa el tufo los asustaba.

Entrar por primera vez a La Gran Familia sorprendía. ¿Por qué las bancas están rotas?¿Por qué hay unos fierros tirados en medio del patio? ¿Por qué traen los zapatos rotos? ¿Por qué hay mocos por todos lados? Cada mes se compraba calzado nuevo. Junto a mí, mientras pelaba cebollas, observé cómo un pequeño en menos de media hora destrozó sus zapatos pues sabía que pronto vendrían los nuevos, quería unos más a la moda y volverlos a despedazar.

Afuera de la casa se paseaban gallinas. Rosa, todas las mañanas, antes de montarse a la camioneta les aventaba comida. Son las que más me quieren, bromeaba mientras pisaba el acelerador y volábamos un tope en reversa rumbo a la calzada. Un corral con cabras la separaba de la barda de La Gran Familia. Que inmundicia, parece establo, escuché decir a algunos. El corral servía para alejar a los vendedores de droga. Los fierros viejos se utilizaban para construir y reponer partes de mesas y bancos de la escuela.

Durante la universidad, mis viajes a Zamora se volvieron más constantes. En los veranos comencé a impartir cursos de fotografía y video. Hacíamos cortometrajes. Quería que comprendieran cómo se hacía el cine. Nadie aprendió más que yo. En los días que visita el peluquero, la casa, se convierte en un desfile de estilos. Regresar a La Gran Familia siempre ha sido una lección de vida. Rosa reía al verme batallar con los más chiquillos que moqueados hacían de mí lo que les pegaba la gana.

Cada verano mis cursos cambiaban. Cuando enseñé juegos de mesa todos me veían la cara. Se robaban la polla en mis narices. Ante su madre se comportaban. En ocasiones me acompañaron amigos de la ciudad de México. Nos apodaron “las haditas meadas.” A una, un niño de tres años le mentó la madre.

Rosa se despierta todos los días a las cinco de la mañana. A las siete teníamos que estar listos, si no, entraba a nuestra habitación con un altavoz gritando hasta levantarnos de la cama. A las ocho y media, en la casa, ya todos han desayunado y están listos para comenzar actividades. Comen juntos en el comedor. Hay mesas para los más grandes y otras pequeñas para los chiquitos. Murales decoran el comedor y la escuela. Todos recordando el origen callejero de la casa y su fundamento: el amor. La parte de las alcobas de los niños es privada para los externos, pero para los que viven dentro, más de quinientos, no. La privacidad es parte de lo que hace de una casa un hogar.

En el comedor se sientan tres veces al día. Una vez a la semana, un grupo de niños sale a comer a un restaurante del pueblo. Otros hijos de Rosa los invitan. Fuimos por tacos, ceviches, o lo que tocara. A los más chiquillos, a las doce, Rosa los trepaba en la camioneta y los llevaba al centro. En el camino cantaban. Rosa manejaba feliz. Iban gritando, tocando el claxon y riendo. Ahí les comprábamos a cada uno una leche con chocolate. Estacionaba la camioneta en la plaza principal, sobre la acera. Mientras maneja la gente grita ¡ahí viene Mamá Rosa! La saludan. Sonríen. Todos la conocen. El globero, al regresar a la camioneta, había amarrado un globo al retrovisor.

En Zamora todos son hijos de Rosa. Ella es la jefa. La respetan. Le cuentan sus historias. Buscan sus consejos. Después de las clases que impartíamos, los niños tenían otras actividades deportivas y musicales. Rosa no para, nosotros tampoco. Nos llamaba y corríamos a treparnos en su camioneta pues todavía faltaba el trabajo fuera de la casa. Si no nos había dado tiempo de comer pasábamos al mercado por unas tostadas de pata o tinga. A Rosa le encantan las patas de pollo. Se las come completitas. Retacaba la camioneta con verdura y fruta cruda que había sobrado y no se usaría en la casa. A diario, llegaban cargamentos de comida que le regalan. La distribuíamos entre pueblos cercanos a Zamora junto con cobijas, ropa, suéteres y muñecas para las niñas. En La Gran Familia todo se comparte, nada se desperdicia. 

Una amiga, después de ir a entregar ropa y comida a La Cantera, uno de los pueblos, comenzó a llorar. No paró durante dos días. Rosa le apodó la chillona. De camino a La Cantera, un hombre detuvo la camioneta en que viajábamos. Mamá Rosa, le dijo, quiero que vea lo que he logrado, es mi primer taller mecánico. Rosa lo vio y felicitó. No bajó del coche. Dios sabe que soy Verduzco, concluyó el hombre y nos despedimos.

Entre los hijos Verduzco más grandes han construido las que algún día serán sus casas fuera de La Gran Familia. Cuando han terminado sus estudios pueden elegir dejar la casa. Muchos regresan. Se convierten en maestros de los más pequeños. Se cuidan. Se protegen.

Con los años dejé de impartir clases. Mis visitas volvieron a ser lo que eran antes: jugar en el patio con mis hermanos y convivir con Mamá Rosa. Ayudar en la casa en lo que fuera necesario. Por las mañanas, acompañaba a Rosa a los asilos. Mamá Rosa tiene varios en Zamora que hoy, probablemente, con su ausencia también estén vacíos.

En el patio, con gises de colores, dibujo con los más pequeños sobre las paredes. Inventamos cuentos. Luego me escapo del patio y entro al gimnasio a escuchar practicar al coro. Al medio día pelo cebollas, cientos de ellas, para la sopa, corto pollo, ayudo a poner la mesa para la comida y limpio fresas para hacer mermelada para el próximo desayuno. Las niñas se ríen de cómo lloro cuando pelo cebolla.

Otros días, acompaño a Rosa a resolver líos callejeros. Así como llegan a tocar la puerta para dejar niños, otros llegan desde los pueblos a pedir ayuda pues alguien se ha robado a sus cerdos. Los desprotegidos saben que en Mamá Rosa siempre encontrarán ayuda.

Durante mis últimas visitas la he visto mayor. Siempre fuerte pero sé que su corazón y la diabetes se agravan. Me pregunté qué sería de mis hermanos el día que ella faltara, ¿quién se atrevería a encargarse de los miles de niños y niñas huérfanos, olvidados y maltratados por nuestra sociedad? A los que ignoramos, evitamos y cuando lavan un parabrisas regañamos.

A la distancia, imagino la casa en silencio. Vacía. Guitarras, trompetas, tambores y otros instrumentos abandonados. Rosa en el hospital con el corazón débil aún cuando sé que su espíritu es fuerte. Guerrera, siempre. A mis hermanos desamparados les digo: las palabras son el arma más poderosa que tengo. No entiendo qué mal está detrás de todo esto, en contra de Mamá Rosa y de la labor a la que ha entregado su vida. Hay dolor. Transgredieron el tejido más delicado, la familia. Pero la mierda y las mentiras salen solas. Si no me creen, observen al mar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris

Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.

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Publicado en: Sólo en línea