Voy a empezar de atrás para adelante, comenzó Verónica sentada en un café en el centro de la ciudad. Tiene cabello y ojos negros, piel blanca. Nos rodea el murmullo de otras conversaciones. Pide un té, yo un café. Casi no bebo café. No me sorprende mi nuevo gusto. Cambiar es normal.

Matamoros, Tamaulipas, es una ciudad de mucho frío y calor, explica Verónica. Está situada en un valle húmedo. El agua es muy superficial: si cavas la encuentras. A pocos kilómetros está el mar. El paisaje es verde con las lluvias de primavera y el resto del año café. Matamoros fue lugar de esteros, panorama que todavía conserva la ciudad de Brownsville, fronteriza con Matamoros.

La urbanización secó las lagunas y en época de lluvias se inunda. Durante la infancia de Verónica, en la década de los sesenta, había una avenida principal: la Sexta. Era la salvación durante las lluvias pues parte del terreno circundante se anegaba por estar bajo el nivel del mar.

Verónica creció en el núcleo de una familia convencional. Su padre era funcionario público. Su madre, dedicada al hogar. Durante la primaria acudió a la única escuela católica de niñas en Matamoros. La oferta educativa era poca. La vida era tranquila. Las casas no tenían bardas ni reja, entrabas de la banqueta al jardín. Las puertas no se cerraban. La delincuencia no era asunto importante.

Un día le robaron el coche a un tío suyo. La gente estaba asombrada. Se convirtió en tema de conversación, pues cosas así no pasaban, “algunos dejaban el carro enllavado o con las ventilas abiertas por el calor”.  En la calle la gente paraba a su madre y le preguntaban ¿qué había pasado? Al poco tiempo lo encontraron arrumbado y a las afueras de la ciudad.

La gente se sentía libre y confiada, recuerda Verónica. Pero el delito existía. Se escuchaba de personas a las que habían venadeado. Por lo general, eran familias que estaban enfrentadas por pleitos añejos, líos de tierras.

Había un hombre: Juan N. Guerra. Todos le llamaban don Juan. Tenía una cantina en el centro, a media cuadra de la plaza principal y la presidencia. Una mañana, de camino a clases, la madre de Verónica tuvo que detener su auto frente a la cantina pues salieron unos hombres echando balazos. Todos sabían que don Juan no permitía transgresiones a sus normas. Tenía derecho de picaporte con secretarios y gobernadores. Su modo era tolerado por la sociedad, murió sin cargos en su contra. Se decía que su negocio era el contrabando desde ambos lados. Principalmente, se referían a maquinaria, por la que cobraban impuestos muy altos y las fronteras estaban cerradas.

En Matamoros, en los sesenta, todos se conocían. La población, de alrededor de ciento cincuenta mil habitantes, estaba compuesta por familias cercanas. En las calles se saludaban. Las familias de renombre marcaban las tendencias. Verónica pasaba los veranos en chanclas patas de gallo y shorts pues el calor era insoportable. Con su pandilla de primos y amigos se metían a los terrenos baldíos. Siempre andaban solos. La única preocupación de su madre era que “no se fueran con los novios.”

Se levantaban temprano. No había televisión mexicana, solo el canal americano con cuatro caricaturas en las mañanas del sábado. Entre semana asistía a la escuela. De una, a dos y media, la ciudad estaba muerta, todo cerraba. El canal mexicano llegó para las olimpiadas del 68. La primera transmisión en español fue el himno nacional en la inauguración.

A treinta kilómetros del centro está la playa. Entre abril y junio es de color azul, después el agua se pone turbia. La temperatura varía según la temporada. Es un mar de pocas olas. Los viajes a la playa eran constantes. Llegaban con el auto hasta la orilla del mar. Las pocas construcciones eran de palmeras. Asaban carne, tomaban refresco y cerveza. Lo común era alimentarse con guisados de carne, cortadillo y albóndigas. El pescado se consumía en cuaresma y los mariscos y el pollo, rara vez.

Estados Unidos marcaba la pauta. En Matamoros se hacían las compras “pequeñas”. Había verdulerías, vendedores de fruta y carniceros. Para comprar en grande había que irse al otro lado. Productos como gasolina, cátsup o catchuo, tostes o tosties y frijol asado los compraban allá. El frijol de Matamoros, por el calor, solía venir con gorgojo. La oferta era de más productos y a menor precio, sobre todo de insumos domésticos. Cada semana cruzaban la frontera de compras. La familia de Verónica se había acostumbrado a los sabores de allá.

Entre Matamoros y Brownsville corre el río Bravo, Río Grande para los gringos. En los sesenta, cruzar la frontera era muy sencillo. Se tenía una mica, como le decían, y con eso pasaban. No había más que demostrar quién era cada quién y se las daban. Las oportunidades estaban en ambos lados. En las dos ciudades se podía pagar con pesos o dólares; valían lo mismo de un lado que del otro. Tampoco tenías que saber inglés ya que en Brownsville la mayoría de la población era de ascendencia mexicana.

Verónica aprendió inglés por las tardes. Su madre la llevaba a una academia del otro lado. En casa no le permitían decir palabras pochas. Los pochos eran de ascendencia mexicana, de más al centro del país y que querían ocultar sus raíces mexicanas olvidando el español y viviendo en Estados Unidos. O hablas español o hablas inglés, le decían sus padres, pero no los dos a la vez. Pero algunas expresiones sí se le quedaron como dame un rait, dame chance, soda, winnie (salchichas) y pacón en vez de popcorn. Hasta que viajó a otras zonas de México aprendió que también se llamaban palomitas.

A principio de los setenta Verónica ingresó en la secundaria federal número uno. Todos los quinceañeros del área coincidían ahí. En casa leía el periódico El Bravo. Las noticias eran muy centralistas. Se hablaba del presidente y algunos secretarios. Pocas veces del gobernador. El delito que se publicaba era: el ahorcado, los accidentes de tránsito, las peleas en los bares y notas amarillistas como el herido que se cayó del tractor. La sección principal era la de sociales. Bodas, quince años y actividades de los clubes sociales, eran favoritas de su madre.

En la secundaria y sobre todo en la preparatoria, Verónica conoció jóvenes de otros círculos sociales. Entre ellos había mayor aceptación a conductas fuera de la ley. Algunos amigos consumían mariguana y la vendían entre ellos mismos. ¿Que fulanito se dedica a vender?, qué bueno que tenga un medio de subsistencia, respondían algunos. En su familia eso estaba mal visto. Los maestros no intervenían. Las amigas sabían que esos muchachos “no convenían” pero igual se hacían amigos.

Desde los catorce y quince años los padres prestaban sus autos a sus crecientes adolescentes así que los viernes por la noche, sábado y domingos por la tarde, Verónica salía a “dar el rol.” Después de dar vueltas en el carro visitaban el Pollito merendero. Era como un drive in gringo: un local de un piso, acristalado, con estacionamiento al exterior. Todos tenían coche por lo que compraban algo y se sentaban sobre el cofre de sus carros. Vendían hamburguesas, papitas y refrescos. Escuchaban Black Sabbath y el top ten americano. A Verónica le gustaba bailar. En algunas casas armaban fiestas. Todos pagaban una entrada y dentro, podían consumir refrescos y cerveza. El licor lo compraban en las cantinas. La bebida de moda era el highball de whisky con soda.

En los setenta, Matamoros vivió el auge de la industria maquiladora y mucha gente llegó a instalarse en el área. La migración llegó del sur de Tamaulipas, Veracruz, San Luis Potosí y Guanajuato, entre otros. También llegaron interesados en cruzar. Había oportunidades, tanto de un lado como del otro. Matamoros ofrecía más que las ciudades de su entorno y que la capital de Tamaulipas. La ciudad creció. Llegaron algunos con oficios e instalaban sus negocios, otros no. La ciudad se urbanizó en las afueras. Nacieron colonias aisladas con una calle de conexión a una vía primaria o carretera. No se conectaban entre sí pues el terreno no lo permitía. Muchos fuereños se convirtieron en compañeros de estudio de Verónica en la preparatoria, se asimilaban rápidamente.

Con el incremento de población arrancó la operación intercepción de finales de los setenta en las zonas limítrofes. Cruzar la frontera se hizo más difícil y se convirtió en tema de seguridad para Estados Unidos. A los que iban de compras los paraban para revisar las cajuelas. El cruce se hizo más lento. Los requisitos para tener mica se hicieron más complejos.

Verónica se fue a Monterrey a estudiar en la universidad, como la mayoría de la gente con recursos en Matamoros. Cada semana regresaba a su ciudad para visitar a su banda de primos y amigos, hacer las compras necesarias y a la playa que tanto le gustaba. En Monterrey se juntaba con otros fuereños. A principios de los ochenta, escuchó algo que la sorprendió. Sus conocidos en Matamoros estaban felices pues rentaban sus casas en mucho dinero, a precios completamente fuera del mercado. Pero es dinero del narco, comentaban algunos. Y a mi ¿qué?, respondían, con que me paguen completo y a tiempo por mí está bien. En las revistas de sociales de su madre observaba nuevos y desconocidos participantes. Un individuo, orgullo de Matamoros, salía retratado en sus viajes entre México y Colombia y en su avión particular.

Cada vez que Verónica regresaba a Matamoros se encontraba con menos conocidos en las calles y nuevas colonias en condiciones precarias, sin agua, drenaje ni pavimento. La gente seguía llegando y demandaban vivienda. No había oferta para ellos dentro de la ciudad. Un día, se enteró de que eran más de cien colonias nuevas. Algunos negocios habían crecido de la noche a la mañana. La expresión lavado de dinero comenzaba a figurar en las conversaciones de sus conocidos. Los gobiernos parecían ignorar el tema.

Para los noventa, sus primos y amigos comenzaron a dejar Matamoros. Se mudaron al otro lado: Brownsville, McAllen, San Antonio. En la prensa de sociales aparecían puros desconocidos, nadie quería ser visto. Verónica intentó regresar con sus hijos pero una balacera de la que fue testigo en el centro, cerca de la Sexta, la hizo cambiar de opinión.

Sus padres no se fueron. Murieron en Matamoros. Su madre escuchaba rumores de lo que pasaba y se molestaba. Dejó de salir, de leer las noticias de sociales y de votar pues creía que el juego de los políticos también estaba pervertido.

Cada vez que puede Verónica regresa a Matamoros y cuida del patrimonio que le dejaron sus padres: una casa cerca de la Sexta. Quiere morir en esa tierra y en esa casa que la vio crecer pero tiene miedo de que sus hijos la visiten allá.

Terminamos nuestras bebidas y nos despedimos. El murmullo de alrededor había callado. Éramos las únicas que quedábamos en el café. Se hacía tarde, caminé por un callejón empedrado y pensé en quienes abandonan su tierra y, sin olvidarla, acaban por no reconocer ni poder hacer nada por ella.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.

 

4 comentarios en “Matamoros en pasado

  1. Plausible el esfuerzo que hace Teresa Zerón-Medina Laris por describir a la ciudad de Matamoros de acuerdo con las vivencias de su interlocutora Verónica. Bien y en paz, sin embargo, estimo que esos años sesentas, que describen casi..casi idilicos quedan truncos si no se hace mención que el auge de Matamoros a partir de los años cuarentas hasta los sesentas se debió al cultivo del algodón en mas de 100 mil hectáreas bajo riego, el cultivo de algodón colapsó, se inicio el de sorgo.

    Ahora bien, la ciudad de Matamoros, al igual que Reynosa y Laredo, siempre de los siempres han tenido una vida delictiva, antes ligada al contrabando y a los políticos cimarrones, los pistoleros mas capaces de esos lugares eran originarios, alquilaban sus habilidades a políticos. Hoy la delincuencia tiene su abrevadero en el trasiego del narcotráfico. Y la ciudad de Matamoros, que fué una urbe apabullante con un rico patrimonio arquitectónico derivado de la “época de los algodones” en 1861, que por motivo de la guerra civil en los EE. UU. los estados sudistas exportaban su algodón por Matamoros y el desaparecido puerto de Bagdad en la desembocadura del rio Bravo. Hoy La ciudad de Matamoros es una ciudad horrenda, duelen los ojos al verla.

    PD.- Piedras Negras era el negocio de Juan N. Guerra, no era una cantina sino un restaurante bien puesto, además de mentidero político y lugar para tratar todos los negocios turbios de contrabando. Se comía bien, es especial, en el desayuno las legendarias “Migas con Huevo” que todas las mañanas desayunaba su propietario.

  2. Bonito y matamorense el trabajo de Teresa Zerón.Medina. Sólo me gustaría agregar que en los cincuentas, sesentas de la centuria pasada, la gente dejaba en las noches, afuera de la casa por la entrada, los envases vacíos de la leche con el dinero adentro, para que el lechero madrugador les dejara la leche requerida. Por las mañanas, la gente se levantaba, abría la puerta y metía al refrigerador la leche, sin problema alguno. Saludos.

  3. Reforzando el comentario del auge algodonero, cabe señalar que una escena común era la fila interminable de camiones cargados de pacas de algodón en el puente Viejo sobre el Río Bravo. los habitantes solamente podían ver dos canales de televisión. 4 de Harlingen y el 5 de Weslaco. No hace mención que las personas de altos ingresos se pasaban al otro lado a dar a luz en el Mercy Hospital y a estudiar primaria en la escuela católica del Sacred Heart, secundaria y prepa en el Villa María de las monjas del Verbo Encarnado si eran mujeres o en el St Joseph Academy de los Hermanos maristas si eran varones. Cuando Kennedy fue asesinado en noviembre de 1963, cerraron las fronteras, por lo que todos los estudiantes mexicanos tuvieron que dormir en las casas de sus compañeros de Brownsville. La playa se llama Lauro del Villar. No se hace mención del tipo de cambio que no se modificó de 1954 a 1976, por lo que la gente de matamoros sabía muy bien la conversión de un peso igual a 8 centavos de dólar. Se podría haber mencionado que existía un transporte público que daba servicio internacional por el puente nuevo. Un sitio histórico de interés es la Casa Mata.

    • En efecto la playa en primer termino se llamo Bagdad, por el nombre del puerto fluvial que existio, despues Washington, posteriormente Gral . Lauro Villar, de nuevo Bagdad y ahora, con el ayuntamiento panista Playa Azual, por jesucristo, cuanta zonzeras por parte de los ayuntamientos. La playa debe ser Bagdad, es su nombre historico.
      PD. El nombre del general es Lauro Villar, no “del Villar”, eso es un disparate.