Como en Horai nadie tiene conocimiento del mal, los corazones jamás envejecen. Y, siendo siempre jóvenes de corazón, los habitantes de Horai sonríen desde que nacen hasta que mueren, salvo cuando los dioses les infligen algún dolor; y los rostros permanecen velados hasta que ese dolor se disipa. Toda la gente de Horai ama al prójimo y confía en él, tal como si todos integraran una sola familia; y la voz de las mujeres semeja el canto de un pájaro, porque sus corazones son ligeros como los de los pájaros, y el susurro de las mangas de las doncellas, cuando juegan, evoca fugaces y pesados aleteos. Salvo las penas, nada se oculta en Horai, porque allí no hay motivo de vergüenza; y nada se encierra bajo llave, porque allí no se concibe el robo; y tanto de día como de noche las puertas permanecen sin tranca, porque no hay nada que temer. Y como quienes habitan Horai son seres sobrenaturales, aunque mortales, todos los objetos de Horai (salvo el palacio del Rey-Dragón) son diminutos, preciosos y extraños; y esas criaturas comen el arroz, sí, en tazones muy pequeños, y beben el vino en copas muy, muy pequeñas…

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Maléficos vientos del Oeste arrecian sobre Horai, y disipan, ay, esa atmósfera mágica. Ésta hoy se demora sólo en franjas y fragmentos… esas rutilantes franjas de nubes, por ejemplo, que atraviesan los paisajes de los pintores japoneses. Aún puede hallarse a Horai bajo los jirones de ese vapor etéreo, pero en ninguna otra parte… Recordemos que Horai también se llama Shinkiro, que significa Espejismo: la Visión de lo Intangible. La Visión se difumina y jamás volverá a aparecer, salvo en cuadros y sueños y poemas…

Fuente: Lafcadio Hearn, Kwaidan y otros cuentos (trad. Carlos Gardini), Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1977.