La madrugada del 15 de julio de 2013, poco después de las tres de la mañana, el líder de Los Zetas, Miguel Ángel Treviño Morales, el Z-40, abordó una camioneta Ford Super Duty y se internó en un camino de terracería situado al suroeste de Nuevo Laredo. Su escolta, que según las autoridades llegaba a estar compuesta hasta por 200 hombres, sólo constaba aquella noche de su jefe de guardaespaldas, Óscar Navarro Sánchez, y de un contador de 29 años, Abdón Federico Rodríguez.

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Un grupo al servicio de Treviño había salido a reconocer la carretera Nuevo Laredo-Monterrey. El jefe de Los Zetas acostumbraba enviar avanzadas que despejaran vías o comunicaran la existencia de puestos de control establecidos por el Ejército o la Armada. La  avanzada informó que la carretera estaba libre.

El Z-40 subió a la camioneta con dos millones de dólares en efectivo y un rifle Barret calibre .50, capaz de atravesar blindajes.

La Marina le tendía una trampa. Un agente de la DEA dijo luego que se había advertido que Treviño realizaba viajes constantes a Nuevo Laredo, “porque había nacido un hijo suyo hacía un mes”. Un mando de la Marina reveló que aquella madrugada se hizo creer al capo que de Nuevo Laredo, Tamaulipas, a Sabinas Hidalgo, Nuevo León, no habría problema alguno con los puestos de inspección.

No era la primera vez que el gobierno mexicano lo cercaba. En 2010 Treviño fue detectado en Puebla, pero el operativo se canceló “para no poner en riesgo la vida de ciudadanos inocentes”; volvió a ser ubicado meses después en una carrera de caballos celebrada en un rancho de Nuevo Laredo, pero el capo iba escoltado por un ejército armado incluso con lanzagranadas, y la operación abortó otra vez. Sólo le tomaron algunas fotografías.

En abril del mismo año, 40 soldados de la 7ª Zona Militar tropezaron con él por error, mientras daban caza a unas camionetas repletas de hombres con armas largas. Los 200 sicarios de la escolta de Treviño recibieron a tiros a la tropa. El Ejército declaró más tarde que el Z-40 logró escapar “debido a la inferioridad numérica” de los militares.

Los reportes de las autoridades señalaban que en los últimos tres años Miguel Ángel Treviño Morales se había movido incansablemente a lo largo del país: no pasaba dos noches en el mismo estado. Como en una fuga delirante, era detectado en Quintana Roo, Veracruz, Puebla, San Luis Potosí, Hidalgo, Coahuila, Nuevo León, algunos de los 22 estados en los que Los Zetas habían metido la mano. En los meses previos a su detención, el radio de sus movimientos se redujo a sólo tres ciudades: Nuevo Laredo-Reynosa-Monterrey.

Quienes le seguían los pasos solían hallar en sus guaridas tablas de madera con sangre, taladros, tambos con restos humanos y palos con clavos y cadenas. Hacía tres lustros que Treviño Morales era un emblema del terror en la frontera norte: pandillero originario de Nuevo Laredo, y miembro de “la ganga” de Los Dallas —que operaba al otro lado de la frontera—, fue reclutado después de una estancia en prisión por el entonces líder del Cártel del Golfo (CDG), Osiel Cárdenas Guillén, quien apenas asumía el control de “la empresa”, repartía los municipios de la frontera chica de Tamaulipas entre una nueva generación de narcotraficantes —Eduardo Costilla, El Coss, Gregorio Saucedo, El Caramuela, Enrique Aguilar Rejón, El Mamito—, y comenzaba a formar el muro de protección más poderoso del narcotráfico: una escolta formada por un equipo de desertores del Ejército, expertos en manejo de explosivos, intercepción de telecomunicaciones y despliegues por tierra, mar y aire, a la que, dado el color azul de la camisola que habían portado en el Ejército, se bautizó como Los Zetas.

Miguel Ángel Treviño no tenía origen militar y se integró al ala civil del cártel con la clave L-40. A la caída de Osiel Cárdenas —en marzo de 2003—, el L-40 escaló vertiginosamente en la estructura del cártel. La extrema violencia que constituía su huella de identidad llamó la atención de uno de los sucesores de Osiel, Heriberto Lazcano, el Z-3, conocido también como El Verdugo. Cuando la gente de Joaquín El Chapo Guzmán llegó al noreste en 2004, con intenciones de aprovechar el vacío de poder que había dejado la detención de Cárdenas, Heriberto Lazcano no dudó en ordenar que el L-40 tomara parte activa en la defensa de la frontera a través de la eliminación de rivales. Había comenzado la era de los “levantones” masivos y el descubrimiento de ranchos donde se enterraba, incineraba o deshacía en ácido a los ejecutados; la era de terror indecible que llenó Tamaulipas de cadáveres descuartizados. Asesinatos, torturas, balaceras, bloqueos, narcomantas.

Un viejo narcotraficante de la región, Óscar Olivares, El Profe, dijo a las autoridades que los mafiosos que habían existido hasta entonces en Tamaulipas eran señoritos de modales refinados si se les comparaba con los causantes de aquel delirio.

Miguel Ángel Treviño se hallaba a la cabeza de todos ellos.

Declaraciones rendidas por sus allegados revelaron que la tortura había sido desde siempre su método infalible. No sólo torturaba a sus rivales: empleaba el mismo método para disciplinar a los suyos. Para la DEA era el más despiadado del cártel más despiadado. La estela de hechos criminales monstruosos que se le atribuían hallaría su culminación con el asesinato de 72 migrantes en San Fernando.

Cuando Treviño expulsó del estado a las células enviadas por El Chapo, Heriberto Lazcano le entregó la clave Z-40 y lo convirtió en el “número dos” de la organización. A él se debía que el CDG hubiera triunfado en la guerra.

El líder le delegó una buena parte de la operación del cártel. El Z-40 estaba encargado de supervisar cada uno de los territorios en los que Los Zetas tenían presencia. Se cree que de él vino la orden que se convertiría en punto de inflexión en la historia del narcotráfico en México: que sus subalternos se hicieran de recursos por medio del secuestro y la extorsión, y a través del control de actividades informales e ilícitas, como la “piratería”, el tráfico de personas y la prostitución.

Llegó a ostentar dentro del cártel un poder más grande que el que poseían los hermanos de Osiel. De hecho, pidió que uno de éstos, Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén, conocido como Tony Tormenta, fuera removido de su posición —jefe de plaza en Cancún— porque no estaba obteniendo recursos suficientes. Heriberto Lazcano accedió y Treviño designó en Cancún a un hombre de su confianza. Esto provocó una fractura con los Cárdenas Guillén que luego desató un torbellino de sangre.

Como brazo derecho de Lazcano, Miguel Ángel Treviño condujo las guerras de Los Zetas. Contra el Golfo, el Pacífico, La Familia Michoacana, el cártel de Jalisco Nueva Generación —cuyas células se hicieron llamar “Los Matazetas”—. Para esas guerras reclutó guatemaltecos, salvadoreños, hondureños. A muchos de ellos los capturó cuando intentaban llegar a Estados Unidos atravesando territorio mexicano.

Todo eso terminó en siete minutos. El único relato hasta ahora disponible, el de las autoridades, indica que aquel 15 de julio de 2013 un helicóptero artillado interceptó la camioneta del Z-40 a las 3:45 de la madrugada y se acercó “hasta tocar casi el parabrisas”. El conductor —Óscar Navarro Sánchez— quedó “lampareado”. Del aparato descendieron elementos de las fuerzas especiales de la Armada, dotados con lentes de visión nocturna. Al parecer, eran seis efectivos. Se desplegaron alrededor de la camioneta.

Carlos Loret de Mola obtuvo una versión que indica que el capo era seguido también por tierra: venían tras de él varias camionetas con marinos a bordo. Según esta versión, “el Z-40 intentó huir. Salió corriendo hacia los matorrales que flanqueaban la vía en las inmediaciones de Anáhuac, Nuevo León. Estaba muy oscuro. Los oficiales estaban equipados con visión nocturna, pero los directivos zetas no. Treviño tropezó y cayó en varios ocasiones”.

Tal vez, mientras corría, Treviño pensó en Heriberto Lazcano: también el Z-3 había sido sorprendido en una camioneta; él también había echado a correr. Pero a Lazcano los marinos que lo perseguían le habían metido seis disparos —cráneo, pierna, muslo, glúteos—. Al Z-40, en cambio, se lo llevaron vivo: sólo presentó unos magullones en la cara, que los marinos atribuyeron, como está dicho, a que “cayó en varias ocasiones”.

Aunque Treviño advirtió que sus hombres no tardarían en llegar a rescatarlo, la amenaza no se cumplió. Lo identificaron por dos tatuajes: una cobra en el antebrazo derecho y un letrero de “Hecho en México” en la espalda.

“Un golpe al corazón de Los Zetas”, declaró el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong.

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Heriberto Lazcano fue abatido por la Marina, en Progreso, Coahuila. Las autoridades sabían que, a pesar de ser el máximo líder de Los Zetas, Lazcano se desplazaba sin escolta y prefería viajar en autobuses de pasajeros. Cuando llegaba a la terminal de camiones de alguna ciudad, se comunicaba desde un teléfono público. Sólo entonces una aparatosa escolta acudía a recogerlo.

Una ficha de inteligencia informaba que el Z-3 utilizaba una visa americana a nombre de Jorge Reynaldo Alvarado Aguilar y señalaba que uno de sus domicilios se hallaba sobre la carretera federal 2 de Río Bravo a Reynosa: “una cuadra antes de llegar a Grúas Mora, dar vuelta a mano derecha enseguida a mano izquierda. Inmueble de color crema con portones eléctricos y bardeada”.

Las autoridades sabían también que Lazcano ya no viajaba mucho. Una supuesta enfermedad, cuyo carácter no ha trascendido, lo iba consumiendo; lo mantenía más o menos fuera de circulación, “en alguna parte” de Coahuila, Nuevo León o San Luis Potosí. Los jefes de plaza le reportaban ahora a Miguel Ángel Treviño. La operación del cártel había quedado en sus manos.

Pero no todos los jefes veían con buenos ojos al Z-40. En especial, los que durante muchos años habían permanecido bajo el mando de Lazcano y ayudaron a resistir los embates de las organizaciones rivales.

Si al carecer de origen militar el Z-40 representaba una transformación total en el esquema de funcionamiento un cártel cuyos jefes y operadores habían sido siempre desertores del Ejército, Heriberto Lazcano encarnaba, en cambio, el pasado militar que servía de contraseña a los miembros principales de la organización: había causado alta en el Ejército en 1991; con el grado de cabo pasó a formar parte del grupo aerotransportado de las fuerzas especiales (los GAFES) y con ese entrenamiento fue comisionado a la Policía Judicial Federal. En 1997 sentó plaza en Tamaulipas.

A sólo cuatro meses de causar alta en la corporación, fue detenido mientras transportaba 300 kilos de marihuana en un auto. Lo siguiente que se sabe es que dos ex compañeros del Ejército, Arturo Guzmán Decena, el Z-1, y Raúl Lucio Hernández, el Z-16, lo llevaron a trabajar al servicio del líder del Cártel del Golfo, Osiel Cárdenas Guillén.

Osiel fue aprehendido en la fiesta de cumpleaños de su hija, mientras intentaba brincar una barda. La detención no impidió que siguiera dirigiendo el cártel desde el penal de Almoloya. Cuando en 2007 se le extraditó a Estados Unidos, el cártel que había encabezado se dividió en dos grandes células. Una, “el ala civil”, quedó en manos de Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén, Tony Tormenta, y José Eduardo Costilla Sánchez, El Coss. La otra se acogió a la sombra de Heriberto Lazcano y Miguel Ángel Treviño: la integraban, en su mayor parte, quienes habían formado el círculo de protección del capo.

El año en que El Chapo Guzmán y los hermanos Beltrán Leyva intentaron apoderarse de los territorios dominados por el Cártel del Golfo, Heriberto Lazcano emergió como líder principal de la organización. Un testigo declaró que mientras las otras figuras “se desorientaron” —Eduardo Costilla, Tony Tormenta, Gregorio Sauceda—, Lazcano tomó las riendas del cártel, importó kaibiles de Guatemala para que hicieran las veces de soldados e invirtió millones en armamento. Es preciso recordar que su segundo apodo era El Verdugo. Su liderazgo fue despiadado: impuso un régimen de disciplina interna, calificado de “dictatorial”, en el que los miembros del cártel, según la gravedad de su falta, eran apandados, golpeados con tablas, sometidos a ayunos bestiales e incluso ejecutados. Ese mismo liderazgo extirpó sin anestesia en ciudades enteras el que antes había sido el modo de vida habitual; hizo que ciudades bulliciosas perdieran el uso de las calles, de las plazas, de las carreteras, de la noche: las convirtió en pueblos fantasma que habitaban sombras pertrechadas en sus casas. Se afirma que Lazcano y su segundo, el Z-40, imprimieron una nueva cara al crimen organizado. Esa cara era una mueca, un aullido atroz.

En 2009, un desencuentro en la cúpula del Cártel del Golfo desató la balacera que produjo, en el noreste, un nuevo baño de sangre.

El rompimiento se dio a raíz del secuestro de Víctor Peña, el Concord 3, brazo derecho de Miguel Ángel Treviño y supuesto operador financiero de Los Zetas. El hombre que lo secuestró se llamaba Samuel Flores Borrego, un ex policía de Matamoros cuyo nombre clave era Metro-3, que alguna vez fue el encargado de cuidar las casas de Osiel Cárdenas. Ahora trabajaba para El Coss, efectuando matanzas y secuestros. La versión más difundida dice que Miguel Ángel Treviño le exigió al Coss que su operador fuera liberado, y que lo que éste le devolvió fue sólo su cadáver.

Según ese relato, Treviño secuestró y asesinó en represalia a 16 de hombres de la célula de El Coss. Esa matanza colectiva detonó una espiral de violencia que no había sido vista ni en los peores años de la guerra contra El Chapo.

 

Los Zetas vivían mientras tanto su propia fractura. Que Heriberto Lazcano, a consecuencia de su enfermedad, hubiera dejado de pesar en las decisiones del grupo, y que Miguel Ángel Treviño hubiera asumido la jefatura del cártel, agregó un nuevo elemento al coctel de violencia que inundaba Tamaulipas. El Z-40 expulsó de la cúpula a la gente de Lazcano e hizo que “sangre nueva” tomara el mando de los distintos territorios. Quienes habían servido al cártel en las guerras anteriores se inconformaron. El primero que se rebeló fue Iván Velázquez Caballero, El Talibán, un jefe regional que manejaba Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato, Coahuila y San Luis Potosí.

El Talibán había sido robacoches y mandadero de Lazcano. Fue subiendo peldaños hasta tener cerca de 400 subordinados y recibir el nombre clave de Z-50. Para enfrentarse a Treviño buscó una alianza con el Cártel del Golfo. Y el Golfo lo recibió encantado. Treviño se enteró de la traición. Como primera medida, mandó secuestrar a 14 operadores de El Talibán, que luego aparecieron brutalmente asesinados.

Según declaraciones de testigos, el 7 de octubre de 2012 Heriberto Lazcano, acompañado por dos escoltas, asistió, en Progreso, Coahuila, a un partido de beisbol: un familiar de su pareja sentimental jugaba aquel domingo.

Lazcano bebió unas cervezas. Según el parte de la Marina, algunos vecinos reportaron la presencia en el campo de hombres armados. Habían visto armas largas dentro de una camioneta. Un convoy se dirigió al poblado. El Z-3 fue informado del movimiento de las tropas, y se alejó. Era demasiado tarde. Lo toparon de frente y le ordenaron que se detuviera. Lazcano saltó de la camioneta, abrió fuego e intentó escapar. Su cadáver quedó a 300 metros del vehículo, con un fusil de asalto tirado a su lado. Los marinos no sabían quién era. Eso se supo hasta muchas horas después, cuando estudios practicados al cuerpo revelaron que había “fuertes indicios” de que el muerto era Lazcano (el cadáver fue robado esa misma noche y a la fecha no ha vuelto a saberse nada de él).

La muerte del Z-3 hizo que Treviño intentara asegurar el control de un cártel fracturado. Esto provocó que quedara cada vez más al descubierto. A partir de julio de 2011 sus colaboradores más cercanos empezaron a caer. Por los medios de comunicación pasaban cómo ráfagas los apodos de operadores y lugartenientes detenidos o abatidos: El Memín, El Kilo, El Furcio, El Mamito, El Golón… El presidente de entonces, Felipe Calderón, presionaba para que el Z-40 fuera detenido: lo señalaba como responsable de la ola de violencia que sacudía al noreste. La mayor parte de las recompensas ofrecidas por su gobierno tuvieron por objeto facilitar la detención de jefes de Los Zetas (de 915 millones de pesos, 210 se destinaron a localizar a líderes de ese cártel).

Las capturas de Raúl Lucio Hernández, Z-16 y jefe de Veracruz, y de Luis Sarabia, Z-44 y líder de Coahuila y Nuevo León, arrojó información inédita sobre sus movimientos. El golpe definitivo lo constituyó la detención de Francisco Dair Montalvo, El Rocky, a quien se le encontraron (además de dinero para pagar la nómina de miembros y funcionarios) aparatos de cómputo con listas de domicilios, vehículos, horarios, ubicación y número de escoltas de diversos integrantes del cártel.

Miguel Ángel Treviño fue internado en el penal del Altiplano. Con 12 procesos penales a cuestas rompió el récord de juicios iniciados contra capos: acumula actualmente 12 (El Chapo llegó a tener siete; Osiel Cádenas y Benjamín Arellano, cuatro cada uno). Se afirma que una parte del cártel, la que le era fiel, quedó a cargo de su hermano, Omar Treviño, el Z-42, por quien el gobierno de Estados Unidos ofrece cinco millones de dólares.

Los reportes oficiales indican, sin embargo, que el liderazgo del Z-42 está lejos de ser absoluto: cada vez son más las células de Los Zetas que obran por su cuenta. Lo cual no es extraño: 30 de sus capos han sido detenidos o abatidos: esta organización ha sido la más golpeada durante el gobierno de Enrique Peña Nieto.

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5 de noviembre de 2010: el hermano de Osiel Cárdenas, Tony Tormenta, intenta a toda costa salir de Matamoros. La escena parece arrancada de una película: camionetas tripuladas por miembros del Cártel del Golfo van de un lado a otro, entre nubes de humo, rechinar de llantas, estruendo de metralletas y ruido de explosiones que hacen que retumbe el piso. Buscan desesperadamente una salida. Pero esa tarde no la hay. Las fuerzas armadas han cerrado todos los caminos.

Tony Tormenta vocifera por radio. Ordena a sus gatilleros que distraigan a las fuerzas federales a como dé lugar, con tiros y bloqueos. Tráileres y microbuses en llamas son atravesados en algunas de las avenidas principales. Empleándolos como escudos, los sicarios abren fuego sobre los federales. Helicópteros del Ejército y la Marina sobrevuelan Matamoros. La población se hunde en el terror. Las redes sociales están tan calientes que echan humo: “¡Nadie salga!”. La prensa afirmará más tarde que más de 40 camionetas, con entre cuatro y seis hombres armados, conforman la escolta de Tony Tormenta, van y vienen por las avenidas, sin poder salir de la ciudad.

Hay 660 soldados y 150 efectivos de la Armada desplegados en la zona. Las balas cimbran Matamoros. El enfrentamiento provoca el cierre de tres puentes internacionales y la suspensión clases en la Universidad de Texas en Brownsville. A lo largo de seis horas salen a relucir granadas, lanzacohetes y fusiles Barret. Tony Tormenta se esconde en un inmueble y desde las ventanas sostiene un tiroteo que dura una hora. La Marina informa esa tarde que el líder del Cártel del Golfo y dos de sus secuaces fueron abatidos en una casa de seguridad.

La muerte de Tony Tormenta permitió que Jorge Eduardo Costilla Sánchez, El Coss, asumiera una posición de liderazgo que no había tenido antes. El Cártel del Golfo, sin embargo, se hallaba para entonces seriamente fracturado. Desde la extradición de Osiel no habían cesado los jaloneos por el control de la organización entre Costilla Sánchez y los hermanos de Osiel. A la muerte de Tony Tormenta se propaló la versión de que el propio Coss había entregado a la Marina la información necesaria para que el hermano de Osiel fuera ubicado. Costilla era el último de los grandes líderes: los servicios de inteligencia estadunidense lo ubicaban desde 2006 como una de las figuras del cártel. Había sobrevivido a la captura de Osiel, a la guerra contra El Chapo, a la escisión del cártel de Los Zetas. Ahora sobrevivía a la caída del clan Cárdenas Guillén.

Pero el ciclo de los “grandes líderes” había terminado. Un informe de la Comisión Nacional de Seguridad informa que la estructura misma del Cártel del Golfo estaba diseñada para fracturarse. Según el documento, desde la caída de Osiel la organización quedó dividida en tres vertientes: una administrativa, a cargo de El Coss; otra operativa, que manejaban Heriberto Lazcano y Miguel Ángel Treviño (Los Zetas), y una dedicada al manejo de relaciones públicas, bajo el mando de Tony Tormenta.

Esos jefes formaron grupos operativos que les aseguraran el control de los territorios que estaban a su cargo. Tony Tormenta creó a los Escorpiones, los Jaguares, los Cobras y los Cóndores. El Coss formó a los Sierras y a los X. Miguel Ángel Treviño integró al grupo de los L. Un líder que abandonó toda operación debido a su adicción a las drogas, Gregorio Sauceda Gamboa, detenido en 2009, creó al grupo de Los Metros. Mario Cárdenas Guillén, otro de los hermanos de Osiel, y Juan Reyes Mejía González, el R-1, armaron el grupo de Los Rojos.

¿Qué iba a ocurrir con esas células cuando dejara de estar al frente de la organización un liderazgo fuerte?

En septiembre de 2012, 30 elementos de infantería de Marina que patrullaban Tampico se lanzaron a la persecución de una camioneta en la que viajaban hombres armados. Según el parte oficial, los prófugos guíaron a los marinos hasta un domicilio de la colonia Lomas de Rosales en el que se encontraba escondido El Coss: líder visible del Cártel del Golfo. “Fue sorprendido sin ofrecer resistencia”, informó la Armada. Una semana antes había sido capturado otro de los hermanos de Osiel: Mario Cárdenas Guillén, apodado El Gordo.

Desde los inicios de la guerra decretada por Felipe Calderón, diversos analistas —Eduardo Guerrero entre ellos— afirmaron que la detención o el abatimiento de líderes del narcotráfico iba a provocar que los cárteles se pulverizaran en pequeñas células, y propiciaría la aparición de líderes cada vez más violentos, más improvisados, “menos preparados”.

Sin El Coss y sin El Gordo, la dirección del Cártel del Golfo quedó en manos de un ex policía, adicto a las drogas, que las autoridades definieron como “sanguinario, introvertido e intolerante a la frustración”: Mario Armando Ramírez, el X-20. Durante los 11 meses que estuvo al frente del cártel mantuvo un perfil discreto. Pronto se hizo claro, sin embargo, que intentaba capitalizarse a través de asaltos carreteros, secuestros, extorsiones y robo de hidrocarburos. El documento de la Comisión Nacional de Seguridad, citado líneas arriba, señala que el X-20 intentó aprovechar la muerte de Heriberto Lazcano para asumir el control de los estados en donde Los Zetas tenían sus centros principales de operación, Coahuila y Nuevo León. Ramírez designó como jefes de plaza a operadores de su confianza, lo que provocó nuevas inconformidades y nuevos enfrentamientos entre los grupos de Reynosa y Matamoros.

Mario Armando Ramírez había exhibido como carta credencial para unificar al cártel los años que había pasado sirviéndolo. Había sido guardaespaldas de Osiel, había trabajado para El Hummer —uno de los jefes zetas más sanguinarios— y había dirigido al grupo de los X.

Antes de que se cumpliera un año de su llegada al trono fue detenido en un puesto de control, con armas de uso reservado para el Ejército. Era agosto de 2013.

Reportes de inteligencia de la actual administración indican que la caída del X-20 provocó que el Cártel del Golfo se ramificara en dos células que se lanzaron, nuevamente, a buscar el liderazgo. La de Los Metros, dirigida por Juan Manuel Rodríguez, alias Juan Perros, y la de Los Ciclones, comandada por un sujeto identificado como Paquito 77 (José Francisco Loredo). Los Ciclones es el nuevo nombre que surgió de la unión de los grupos operativos que alguna vez comandó Tony Tormenta: Escorpiones, Jaguares, Cobras y Cóndores. Esta organización, asentada en Matamoros, San Fernando, Ciudad Victoria y Tampico, continúa allegada —ya no a los hermanos, pues todos están presos o muertos— a familiares de diverso grado de Osiel Cárdenas Guillén.

Descabezados una y otra vez, sumergidos en un proceso constante de atomización, Metros y Ciclones han ido quedando —es la manera más exacta de decirlo— bajo el control de pandilleros. Si el X-20 se mantuvo en el poder por 11 meses, Juan Perros habría de desplomarse al cumplir sólo nueve. El 25 de marzo de 2014, en un operativo del que aún existen pocos detalles, fue detenido en una residencia de San Pedro Garza García, Nuevo León. “Nunca fue reconocido por las facciones”, informó un funcionario de seguridad.

 

Un mes antes de la caída de Juan Perros el gobierno federal había sometido al jefe regional de Tampico, Ciudad Madero, Altamira y Aldama, Javier García Medrano, El Porrón. En abril pasado se detuvo al jefe regional de Reynosa, Jesús Alejandro Flores, alias El Simple.

Las autoridades han detectado que al mismo tiempo que las células se pulverizan, se reduce de manera alarmante el promedio de edad de las personas reclutadas por los cárteles. Los jóvenes son la carne de presa y por eso el enganche de migrantes centroamericanos resulta vital para la supervivencia de los grupos.

Una ficha informativa de la Comisión Nacional de Seguridad, fechada el 22 de mayo, indica que el territorio que alguna vez fue dominado por el grupo hegémonico de Osiel Cárdenas Guillén, hoy es disputado por una constelación de pequeñas células en las que militan pandillas como Los Jimmys, Los Dragones, Los Metros, Los Camellos, Los Tractores, Lacoste, Tiburón, Discovery, Águilas Black, Michellin, Emisarios de Veracruz, Cobras, Fénix, MacK y Nasa. Se trata de organizaciones horizontales empeñadas en hacerse de recursos a través de “negocios conexos” al del narcotráfico: el secuestro, el robo, la extorsión, el tráfico de personas. Como consecuencia de este relevo, el estereotipo del narcotraficante cambió: terminó la era de las botas de pieles exóticas, el cinturón piteado y el tejano en la cabeza. Los nuevos jefes visten short, bermudas, cachuchas y camisas sueltas. Se les ha descrito como “gordos, enfermos, azucarados”, a pesar de que la mayor parte de ellos no rebasa los 30 años.

La ubicación de Osiel Cárdenas fue mantenida en secreto por el gobierno de Estados Unidos durante tres años. En julio de 2010 se supo que estaba en una prisión de Atlanta, Florida, y en mayo del año siguiente fue enviado a la prisión conocida como Supermax, que alberga terroristas, espías y mafiosos. Notas de prensa afirman que a esa prisión de máxima seguridad sólo llegan reclusos violentos, problemáticos, o que han tratado de escapar.

Un subalterno de Osiel, Jaime González Durán, El Hummer, extraditado a Estados Unidos, recibió una condena de 38 años. Las autoridades estadunidenses sólo condenaron al capo máximo del Cártel del Golfo, Osiel Cárdenas Guillén, a una pena de 25. Filtraciones reproducidas por la prensa señalan que llegó a un acuerdo extrajudicial y obtuvo privilegios que lo convertirán en hombre libre en 2024.

Los Zetas lo habían acusado en varias narcomantas de haberse convertido en informante de la DEA y de obtener el privilegio de hablar por teléfono con miembros de su organización a cambio de reducir su condena. Su proceso fue sellado a perpetuidad. La Procuraduría General de la República investiga la posibilidad de que esté intentando reagrupar sus fuerzas.

No hay buenas noticias para la gente de Tamaulipas.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

 

7 comentarios en “La pulverización de los cárteles

  1. Muy interesante sobre todo que manejas de manera importante datos de fechas y nombres.

    saludos y suerte

  2. Como afirma tu conclusión, un panorama bastante desalentador para la gente de Tamaulipas y para el resto del país. Un problema sin soluciones inmediatas y con un futuro cada vez más incierto.
    Muy buen artículo!

  3. El artículo es interesante ya que desglosa la composición de los diferentes grupos delictivos que han operado desde el principio; sin embargo sería de mayor claridad investigar la participación de los políticos de todos los niveles en la conformación de los cárteles. Buen trabajo Héctor de Mauleón.

  4. No me explico la fascinación que ejerce sobre muchos periodistas y aun estudiosos del tema “narcotráfico”, las andanzas y cultura de horror de los narcotraficantes, me pregunto ¿cual es la diferencia entre estos artículos que soterradamente ensalzan a los agentes de los carteles y los narcocorridos?, al menos estos últimos no disfrazan su admiración.

    Alimentar el morbo de las personas detallando si se encontraron tablas que presentaban restos de masa encefálica, si nació un nuevo hijo del capo en turno, o si la aguda inteligencia del capo mayor, lo ayudo a fugarse 14 veces, no creo que ayude a crear conciencia ciudadana del problema, pero estoy seguro que si aumentara el numero de lectores.

    El otro aspecto importante y que no se detalla con la profusión que se hace de los métodos inhumanísimos empleados por estos delincuentes es, el de ¿en que consiste realmente este fenómeno? no solo es narcotráfico, hay: proceso de producción, elección, uso de tecnología, insumos, procesamiento, almacenamiento, ciertamente distribución, comercialización, venta y lavado de dinero y actividades bancarias y financieras y estas no son etéreas, hay personas participando y autoridades corruptas contribuyendo en el tiempo y en el espacio. Cuando solo se comenta la parte del trafico y su componente policiaca, le hacemos el juego al gobierno, que en todo momento intenta hacernos creer a la ciudadanía que el problema y su solución es solo policiaca y esto no es así, es un problema complejo de alcances internacionales no practiquemos esta especie de complicidad .