Una conversación sobre ideas que han gobernado y gobiernan a México

Héctor Aguilar Camín: Se dice que la política mexicana no está regida por ideas o ideologías discernibles. Ni en los partidos ni en los gobiernos hay ideas rectoras. La política parece guiarse por la inercia. Las ideas que se discuten en ámbitos intelectuales, académicos, periodísticos parecen no influir en las decisiones públicas. Y sin embargo la cultura política de México ha cambiado profundamente. ¿Cómo entender esta ausencia de ideas rectoras y la aparición de nuevas ideas en la cultura política mexicana?

José Antonio Aguilar Rivera: Cargamos con dos defectos de visión: el de la Guerra Fría y el de la era del PRI. El vicio de la Guerra Fría nos acostumbró a pensar en ideologías definidas, antitéticas: capitalismo o comunismo. El vicio del PRI fue decir que no tenía ideología, más allá del pozole llamado “nacionalismo revolucionario”. Dentro del “nacionalismo revolucionario”, el PRI se podía mover a la izquierda, al centro, a la derecha, oscilar como un péndulo. Si nos quitamos los lentes de la Guerra Fría y del PRI podemos ver muchas nuevas ideas que si no inspiran, al menos acotan la vida pública mexicana, no la guían, pero sí la limitan, la encuadran.

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HAC: El nacionalismo revolucionario ha sido abandonado incluso por el PRI. Basta recorrer sus motivos para ver lo desgastados que están. El nacionalismo revolucionario fue agrarista, dialogaba con la idea de un país rural al que había que repartirle la tierra: un país por su mayor parte desaparecido. Fue también obrerista, protegió y organizó a los trabajadores para crear un tipo de sindicalismo, el de los sindicatos públicos, cuyos usos y costumbres son hoy la vergüenza más que el orgullo del país. El nacionalismo revolucionario fue laico, si no jacobino, pero en los años noventa del siglo pasado reconoció la personalidad jurídica de la iglesia católica y estableció relaciones con el Vaticano. Fue también antigringo, pero en 1994, con el Tratado de Libre Comercio, dejó de ver en Estados Unidos al enemigo y empezó a verlo como socio. El nacionalismo revolucionario fue estatista, pero empezó a adelgazar el Estado en los ochenta y a privatizar empresas públicas, hasta llegar al año de 2013 en que abre a la inversión el bastión sagrado del nacionalismo revolucionario que es el petróleo. El estatismo nacionalista tenía presidentes todopoderosos y un partido hegemónico, el PRI. Ambos se diluyeron en la transición democrática de los noventa. Ya no hay ni presidente todopoderoso, ni PRI-gobierno. Tampoco hay unidad nacional, otra clave del nacionalismo revolucionario, aquel rasgo de orgullo identitario centrado en la glorificación de la historia patria y la cohesión cultural del país. En estos años de democracia y violencia la unidad se volvió pluralidad y pasamos del orgullo al miedo por el país que tenemos. Diría que en las últimas tres décadas hemos vivido la demolición del paradigma del nacionalismo revolucionario. Nadie lo ostenta como proyecto deseable de país, aunque sus usos y costumbres sigan vivos en muchas partes: en las leyes, en las instituciones, en la cultura política, en los hábitos políticos y en las reacciones instintivas del Estado.

JAAR: Lo notable es que México, viniendo de un sustrato antiliberal tan largo como el nacionalismo revolucionario, no haya tenido tentaciones en estos años de restaurar las políticas de los años ochenta, como ocurre en Venezuela, Argentina, Ecuador o en Bolivia.

Creo que hay un quiebre toral en la antigua fe estatista. Es un quiebre que recorre todo el espectro político, incluida de manera muy notable la izquierda. Algo se fracturó en ese frente. No creemos ya en un Estado proveedor. No porque hayamos cambiado nuestras creencias normativas, sino porque el Estado mexicano ya no puede proveer ni siquiera orden en muchas partes del país.

La idea de la estabilidad macroeconómica se volvió casi un fetiche. Es tan importante que el mero pensamiento de regresar a una economía con déficits públicos y tasas de inflación altas, produce una reacción contraria en muchos sectores. Es un trauma, en nuestra memoria colectiva, cuya importancia no hemos reconocido cabalmente. Se ha impuesto también la idea de abrir la economía y el comercio a la innovación, que los empresarios y los individuos sean libres de generar riqueza. Y hay la idea correlativa de que el Estado debe estar acotado, no sólo en lo económico, sino también en lo político. A esto último corresponde la idea de desmantelar el presidencialismo autoritario. Quitarle poderes no escritos al presidente y echar a andar la Constitución. Este desmantelamiento ha tenido efectos impredecibles, ciertos atasques en los engranajes de gobierno, que han frustrado a muchos, entre otros, a ti.

HAC: Sí, me desesperan los empates catastróficos, la parálisis institucional del gobierno. Creo que eso no es consecuencia de la democracia como tal sino de reglas que nosotros le pusimos a nuestra democracia para que no pudiera haber gobiernos con mayoría en el Congreso. Huyendo del viejo presidencialismo caímos en la debilidad presidencial.

Pero yo diría que las ideas nuevas que se han impuesto a la cultura y a la vida pública del país son más que unas pocas. Me atrevería a decir que en el debate público democrático de los últimos años ha nacido un nuevo acuerdo mayoritario. Es en muchos sentidos el reverso del nacionalismo revolucionario. Lo resumiría negativamente, como lo haces tú: nadie niega hoy en México que las elecciones son la única vía legítima de acceder al poder, nadie niega que la corrupción debe acabarse y hace falta transparencia y rendición de cuentas. Nadie niega que hay que respetar los derechos humanos, que debe mejorarse la justicia, garantizarse la seguridad pública y castigar la impunidad. Hay un acuerdo amplio en que la pobreza debe combatirse y una alta expectativa de mayor seguridad social. También se ha establecido la alergia a los déficits públicos, a los desequilibrios macroeconómicos y a la discrecionalidad del Estado en el gasto. Nadie habla a favor de los monopolios, los oligopolios y los poderes fácticos. Hay un acuerdo extendido sobre las ventajas de la globalización, el libre comercio, incluso la integración económica con América del Norte. Hay, finalmente, una alta expectativa de empleo, bienestar, prosperidad.

Todas éstas son creencias, demandas, ideas o nociones rectoras de lo que podríamos llamar el nuevo consenso de México. O por lo menos del nuevo acuerdo mayoritario de México, aquello en lo que la inmensa mayoría de los mexicanos coinciden, incluyendo a sus elites políticas e intelectuales. ¿De dónde surgió este nuevo consenso? De tres fuentes diría yo: de la demolición interna del nacionalismo revolucionario, de la expansión de la hegemonía liberal luego de la caída del Muro de Berlín y de la oleada de gobiernos neoliberales que ejercieron en los hechos aquella hegemonía.

JAAR: Yo veo una similitud muy grande entre las primeras tres décadas de vida independiente en el siglo XIX y nuestra realidad contemporánea. El problema del liberalismo entonces era construir un nuevo Estado sobre las ruinas del antiguo régimen y combatir a las corporaciones. El reto no era limitar al Estado, sino construir uno nuevo, acotado.

HAC: Un Estado fuerte.

JAAR: Fuerte en el sentido de que fuera capaz de combatir a ciertos actores sociales que atentaban contra los individuos: las corporaciones, los fueros, la Iglesia. Ahora vivimos una cosa muy similar: tenemos un Estado muy débil, un Estado de utilería, y al mismo tiempo tenemos actores sociales poderosísimos, cargados de privilegios corporativos como los sindicatos públicos o las empresas monopólicas que se dedican a extraer rentas de los individuos. Desde luego, también, las bandas del crimen organizado que nadie controla, como los salteadores de caminos de antaño. Tenemos un Estado ineficiente e injusto y la urgencia de construir uno nuevo.

Desde la óptica liberal que me interesa, ese Estado debe ser poderoso, pero limitado, capaz de actuar en la sociedad proveyendo bienes públicos fundamentales, para empezar, el de la seguridad. Entre los liberales hay distintas opiniones sobre hasta dónde debe llegar el Estado, pero creo que como mínimo debe proveer el bien público de la seguridad. Como a principios del siglo XIX, el liberalismo mexicano de hoy debe combatir los privilegios, los de aquellos que porque tienen recursos pueden tener acceso a la justicia frente a quienes no lo tienen; los privilegios de empresas monopólicas coludidas con el poder público; los privilegios de grupos organizados variopintos que secuestran los espacios públicos, como los maestros de la CNTE. El Estado debe proveer el bien público fundamental de un régimen liberal que es el Estado de derecho, el imperio de la ley. No puede haber un régimen liberal donde haya impunidad rampante, oligopolios de la violencia y garantías diferenciadas ante la ley: para unos muchas, para otros pocas garantías. Visto así, estamos muy lejos de haber tenido éxito en construir un país liberal, aunque las creencias mayoritarias que enumeras apunten en ese camino.

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 HAC: El Estado fuerte no es un tema favorito del liberalismo. Lo fue de los liberales mexicanos decimonónicos porque no tenían gobierno, ni ellos ni los conservadores. Los liberales triunfaron sobre los conservadores en la disputa política del siglo y terminaron creando gobiernos fuertes, aunque poco presentables ante la idea liberal de tener gobiernos acotados, respetuosos de la ley. Juárez gobernó la mayor parte de sus años bajo leyes de excepción, interrumpido por rebeliones cada vez que había elecciones. Porfirio Díaz trajo el gobierno fuerte buscando, junto con la paz, el equilibrio de las finanzas públicas y un progreso económico no visto hasta entonces, pero secuestró la democracia y las libertades civiles. Díaz fue un desenlace no precisamente liberal al liberalismo triunfante. Fue un hijo extremo de la necesidad mayor que la historia le presentó al liberalismo mexicano: crear un Estado fuerte capaz de contener y equilibrar a los demás actores dominantes: la Iglesia, el Ejército, en primer lugar, el faccionalismo interno.

Me gusta la idea de que estamos como los liberales decimonónicos, urgidos de construir un Estado que funcione. Hoy, como ayer, las asignaturas mayores del Estado liberal están por cursarse: la capacidad de aplicar la ley, la capacidad de garantizar la seguridad de sus ciudadanos, la capacidad de garantizar las libertades civiles. En esto tienes toda la razón. Lo que yo no encuentro en el discurso liberal de hoy en México son ideas consecuentes con el centro de tu argumento: para tener el régimen de libertades que deseamos debemos tener un Estado fuerte capaz de garantizarlas. Veo más bien una desconfianza general del Estado como un reflejo de la desconfianza general en el presidencialismo. El Estado parece más bien el adversario. Y para muchos liberales, el enemigo.

JAAR: Yo no sé, salvo el ala libertaria que es muy pequeña en México, de liberales que tengan al Estado como su principal enemigo. Creo, por el contrario, que hay un consenso sobre que el Estado debe ser fuerte para contener a los actores sociales, en primer lugar, llámese el crimen organizado, las turbamultas linchadoras, los maestros que no enseñan, las autodefensas, los sindicatos mafiosos y privilegiados, las grandes empresas rentistas: los oligopolios de la violencia y los monopolios de la economía. Esos actores, más que el Estado, hoy constituyen las principales amenazas a la seguridad, la propiedad y la vida de los individuos. De igual manera, la competencia económica efectiva exige entes reguladores independientes y no capturados por los actores regulados. Creo que ningún liberal piensa, salvo un puñado de libertarios, que está bien que la gente se arme, como las autodefensas en Michoacán y se vayan a la guerra civil. Todos los demás liberales piensan que el responsable de proveer el orden público y de impedir que eso ocurra es el Estado; un Estado que debe tener la fortaleza para hacerlo.

HAC: Liberales aparte. ¿No hay una contradicción seria entre querer un Estado mínimo y necesitar un Estado capaz de someter a los intereses particulares? En el ámbito de la discusión de las ideas en México, ¿no estamos viviendo una cierta situación esquizofrénica? Por una parte queremos un Estado que no cobre impuestos ni ejerza la violencia legal, ni tenga mayoría en el Congreso, pero a la vez queremos un Estado capaz de contener a los poderes fácticos, garantizar la seguridad y hacer las inversiones necesarias para compensar las desigualdades. ¿No vivimos un momento de cierta esquizofrenia?

JAAR: No veo en México un segmento significativo de opinión que ondeé la bandera del Estado mínimo. Sí creo, en cambio, que queda el resabio de pensar que el ejercicio del poder público es represión. En cualquier país civilizado del mundo, cuando un grupo bloquea una calle o genera un disturbio público y llega la policía, les pide que se vayan, si no se van los arresta, los mete en camiones, les pone esposas, se los lleva, los multa y demás, y se acabó la historia. Y nadie está hablando de represión. En México el uso de la fuerza pública es generalmente leído como represión. En parte porque, por razones que no acabo de entender, en muchas ocasiones ese uso de la fuerza pública sí se convierte en represión, en violencia salvaje. Pero desvincularía esto de la discusión más amplia sobre darle poderes o no al Estado. Teórica e históricamente me parece que es falsa la antítesis entre un Estado limitado y un Estado fuerte, creo que los Estados limitados pueden ser muy poderosos. Limitar un Estado no quiere decir hacerlo menos fuerte. Incluso los Estados que tienen más límites, históricamente, como el Estado norteamericano, han sido poderosísimos; más poderosos que Estados totalitarios que supuestamente no tienen límites.

HAC: Naturalmente. Pero me pregunto por la paradoja de nuestras ideas frente al Estado que queremos: fuerte pero sin poderes, efectivo pero sin instrumentos. Nosotros venimos de una transición democrática cuyo adversario fundamental fue el Presidente Incontrolable. La democracia que tenemos se construyó quitándole facultades extralegales al presidente y a su partido hegemónico. Cuando acabamos de hacer eso, nos encontramos con gobiernos débiles, simplemente constitucionales, regidos por una Constitución que no prevé un presidente fuerte ni un gobierno centralizado. Cuando el PRI pierde el poder, el poder se descentraliza a los estados y hacia los otros poderes, el Congreso y la Suprema Corte. En muchos sentidos se pulveriza. La crisis de seguridad y desgobierno tiene mucho que ver con esta desagregación sin orden del poder, donde los poderes fácticos también ganan terreno. Encima, las reglas de la democracia que elegimos le quitan al nuevo régimen la posibilidad de obtener mayorías absolutas en las Cámaras. Desde 1997 tenemos en México gobiernos divididos con minoría en el Congreso. ¿Cómo podemos esperar un Estado fuerte en esas condiciones? Tenemos un Estado débil, como tú dices, con un gobierno presidencial disminuido, que depende para gobernar, otra vez, de sus habilidades extralegales: si sabe y puede pactar con la oposición, como en el Pacto por México, avanza con rapidez en su proyecto de gobierno. Si no, es bloqueado sistemáticamente por la oposición en las cuestiones fundamentales, como durante los gobiernos de Fox y Calderón.

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JAAR: Creo que sí existe esa tensión, ciertamente. Pero creo también en la representatividad del régimen presidencial mexicano. O sea: el hecho de que el electorado mexicano esté fragmentado así habla también de un mandato para que no haya mayorías. Ésa es la verdad. Yo no sé si la idea de construir estas mayorías a través de reglas electorales, como la que mencionas, acabaría minando en el largo plazo la legitimidad misma del régimen, cuando un gobierno, digamos con el 35% del electorado, como fue el de Calderón, se lanza a hacer cosas con las cuales el otro 65% no está de acuerdo. En todo caso, creo que ésa es parte ya de la discusión de las democracias imperfectas del mundo; lo que nos pasa no es excepcional. El de México es uno más de los casos de democracias incipientes que están en búsqueda de equilibrios entre gobernabilidad y representación. Un viejo problema. Por otro lado, ha habido un consenso entre todas las fuerzas políticas sobre la necesidad de recentralizar la política. El INE es muestra de ello. Pero esas facultades ya no recaen, necesariamente, en el Ejecutivo todopoderoso de antaño. El INE existe por la creencia, correcta o incorrecta, de las elites de que se necesita un Estado central más fuerte. Hay un problema nuevo, en cambio, al que deberíamos prestarle atención. Nadie discute que las elecciones son el único camino legítimo al poder, pero la apreciación de los mexicanos por su democracia es la más baja del continente, según la última medición de Latinobarómetro ¿Cómo conciliamos esto?

HAC: El descontento mexicano con la democracia puede estar vinculado al optimismo previo con ella. Pero quisiera volver al principio de nuestra conversación. El desgaste del nacionalismo revolucionario en sus rasgos de estatismo desbocado, coincide con la caída del polo estatista mundial por excelencia que es el socialismo real y el principio de la nueva hegemonía liberal en el mundo. En cierto modo queda prohibida en adelante la imaginación de un futuro deseable para los países, para la historia en general, que no sea la construcción de sociedades y economías liberales. Se habla en ese sentido del fin de la historia, queriendo decir que el dilema histórico comunismo capitalismo o socialismo capitalismo ha quedado zanjado. No hay más camino que el del mundo libre. La hegemonía liberal llega al mundo de la mano del discurso y las decisiones de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. En México, de mano de los gobiernos de Miguel de la Madrid, Salinas y Zedillo, bautizados rápida y duraderamente como neoliberales. Me pregunto cómo es el itinerario de las ideas. ¿De dónde vienen las ideas que conducen el proceso, tanto intelectualmente como en la vida pública, hacia la salida del paradigma del nacionalismo revolucionario?

JAAR: Creo que hay varias familias liberales: los pioneros que se agrupan, digamos, en torno a la revista Vuelta y Octavio Paz, los modernizadores liberales que se agrupan, digamos, en torno a la revista nexos a partir de principios de los noventa, lo mismo que los liberales de izquierda, los liberales que se encuentran fundamentalmente dentro del PAN y los libertarios, siempre marginales, que se postulan principalmente desde posiciones académicas radicalmente liberales. También están los tecnócratas, que no son propiamente liberales, los que transformaron la infraestructura material del país, los que hicieron la modernización. Tenían ideas liberalizadoras, sin duda, e hicieron una aportación fundamental: nada menos que cambiar la realidad. Fueron los que desmantelaron, los que privatizaron, pero no sé si fueron o son liberales. No sabemos cuál era su visión de una sociedad liberal a futuro. Creo que estaba bastante acotada a lo económico.

HAC: ¿Estás hablando de los gobiernos de Miguel de la Madrid, de Salinas y de Zedillo?

JAAR: Sí. Hago el símil con China. La liberalización de la economía china ha sido más dramática y más profunda que la iniciada por las reformas de los ochenta y los noventa en México. Pero no sería preciso decir que el Partido Comunista chino es liberal. Liberalizó la economía de ese país pero no tiene un pensamiento liberal. La agenda de liberalización política de México no se debe a los gobiernos tecnocráticos. El impulso a la democracia no vino de ellos. En muchos sentidos les fue impuesta por las circunstancias. En primer lugar, por los acontecimientos del año de 1994, una crisis que obligó a la reforma política del 96, la más profunda hasta entonces. Antes del 94, la presión democratizadora venía a la vez de la izquierda y la derecha. La izquierda desempeñó un papel muy importante con el tema de los derechos humanos y el de la observación electoral. Sobre todo, hizo bien su tarea de reconvertirse y pelear por la democracia “formal”. En el flanco derecho, el PAN tenía una larga historia de lucha democrática, particularmente electoral. La presión y la movilización desde la izquierda y desde la derecha obligaron al gobierno a establecer un sistema electoral confiable y a terminar con la práctica del fraude. Luego está el frente intelectual; periodístico y académico. Fue una acometida por varios frentes hacia la democracia y hacia la liberalización del país.

HAC: ¿Pero cuál es la relación entre la hegemonía liberal y lo que llamamos el neoliberalismo de los gobiernos de Thatcher, Reagan, y en México De la Madrid, Salinas, Zedillo. A estos gobiernos se les llama, despectivamente, “neoliberales”? ¿No hay ahí una trampa semántica? ¿No estamos quitándole calidad a las decisiones liberalizadoras con la etiqueta del neoliberalismo? ¿No estamos como diciendo hay un liberalismo espurio, el de los gobiernos que hacen los cambios, y un liberalismo puro, el que tiene una relación distante y crítica con esos gobiernos? ¿Qué pasa con la etiqueta de neoliberal? ¿Por qué no podemos decir que son gobiernos que hicieron profundas transformaciones liberales en el orden económico tanto como en el orden político? ¿Por qué el neoliberalismo de los gobiernos está mal y el liberalismo de los intelectuales y los académicos está bien? La verdad es que tienen una convergencia profunda.

JAAR: Cierto, el epíteto neoliberal es un término cargado, de combate. No es muy útil analíticamente. ¿Qué hicieron los gobiernos tecnocráticos? Liberalizaron la economía del país. ¿Eso los hace cabalmente liberales? Creo que no. La razón es que una buena parte del programa liberal es política y esto simplemente no pasó por las preocupaciones de esos gobiernos. No hay que desestimar el impacto transformador de los regímenes tecnocráticos. En buena medida son los responsables de haber puesto el nuevo piso del debate público, de haber acotado el horizonte de lo posible. Pero debemos también reconocer sus insuficiencias. La estrategia de abrir la economía pero mantener los regímenes autoritarios es responsable, no sólo en México sino en toda América Latina, de que el liberalismo sea asociado en el mejor de los casos con las reformas de libre mercado y en el peor con el pinochetismo. Pensemos ahora en el ámbito de la discusión pública y el debate de las ideas. No hay ninguno de los principales artífices mexicanos de esa revolución tecnocrática liberalizadora que sea un generador de ideas. No son intelectuales públicos; están en la empresa privada, muchos son empresarios o directivos exitosos, están cómodos en el mundo que ayudaron a construir. No se ve que tengan un interés muy grande por seguir impulsando la transformación liberal. En cambio, vemos a otros intelectuales que acompañaron con entusiasmo esas reformas en los noventa, que han seguido impulsando, y en muchos casos han radicalizado sus posiciones, más allá de lo que los propios tecnócratas proponían en los noventa. Éstos sí son liberales, creo.

HAC: No, yo creo que los liberales mexicanos tienen que hacer bien sus cuentas con los gobiernos neoliberales de México. Están conectados carnalmente, al punto de que yo diría que los neoliberales son liberales en acción desde el gobierno. Pero en esto último que dices, hay una distinción que me importa. Dices: no podemos decir que eran liberales, pero liberalizaron. ¿Podemos decir que eran modernizadores?

JAAR: Así es.

HAC: ¿Cuál sería la diferencia? Déjame sugerir una. El pensamiento liberal, como has dicho, pone el acento en las libertades políticas, civiles, personales y económicas. Éstos son los bienes públicos, las libertades públicas que quiere construir. El modernizador no quiere, necesariamente, estas libertades como instrumento de trabajo. Lo que quiere es que la consecuencia de su acción pública sea la modernidad efectiva en la sociedad. Primero en la economía pero después, inevitablemente, en la política. Es impensable en las condiciones históricas y geopolíticas de México una modernización autoritaria de corte chino. Toda modernización económica de alguna envergadura en México tiene consecuencias automáticas en la transformación política de la sociedad. Las tuvo en estos años. Esto es lo que ha sucedido en la realidad. Los gobiernos modernizadores se resistían a empezar por el cambio político, querían primero el económico, pero terminaron asumiéndolo como consecuencia inevitable, y a veces como condición de posibilidad de la modernización misma. Salinas le abrió la puerta a las garantías de democracia política que exigía el PAN para que el PAN lo acompañara en su legislación modernizadora en el Congreso. Zedillo ofreció la ambiciosa reforma electoral de 1996 con la crisis económica encima para facilitarse la administración política de esa crisis.

JAAR: Tal vez sea cierto que 20 años después los tecnócratas modernizadores, nada preocupados por las libertades públicas, acabaron creando un entorno que las alimentó. Puede ser. Pero lo que sí sabemos es que, en el corto plazo, pensaban que esas libertades eran un problema para su proyecto modernizador y que había que posponerlas. Al final hicieron de la necesidad virtud. Por otra parte, no creo que los liberales sólo piensen en las libertades, creo que eso es central; pero hay otros valores relacionados, como el de la tolerancia, el acotamiento del aparato coactivo del Estado, las elecciones libres, el gobierno constitucional con división de poderes y, ciertamente, una economía comprometida con el crecimiento basada en la propiedad privada y la libertad de comercio, etcétera. Creo que el liberalismo cabal tiene una parte política que es inseparable de la parte económica. En alguna ocasión tú y yo conversábamos de la opción maquiavélica en el buen sentido: como no se puede hacer todo desde el principio, hay que perseguir unas metas y posponer otras. Habrá así más posibilidades de conseguir algo e incluso más posibilidades de conseguirlo todo. El problema con esta teoría, creo, es que al final del día podemos haber pospuesto de manera indefinida los bienes que son centrales, los bienes políticos y las libertades. ¿Esperaban las elites tecnocráticas de los noventa que 20 o 30 años después la parte política florecería en el sustrato que ellos sembraron? Pues tal vez sí o tal vez no, no estoy tan seguro de eso; tampoco de que eso les importara mucho si se lograba modernizar lo que querían. No creo que una modernización cabal pueda darse sin el componente liberal.

HAC: Mi impresión en el momento actual es que las coordenadas fundamentales del cambio liberal en México, desde el punto de vista político, están trazadas. El gobierno constitucional con división de poderes deja mucho que desear, pero hay un gobierno constitucional con división de poderes; las libertades de expresión, asociación, comercio, emprendimiento económico, son imperfectas pero efectivas; hay descontento con la democracia, pero la democracia es real; el poder coactivo del Estado tiene límites y el Estado de derecho es una enorme asignatura institucional pendiente, pero es parte central de la agenda pública y de la exigencia social. El Estado mexicano tiene un amplio costado antiliberal, y una pesada herencia corporativa, pero lucha contra ella y trata de desmontarla con criterios cada vez más hegemónicos de un Estado liberal. En ese sentido, el horizonte de los cambios políticos fundamentales que el liberalismo esperaba o quería al final del ciclo del nacionalismo revolucionario, están instalados en lo fundamental en la estructura institucional, constitucional y política de México.

La reflexión liberal que yo echo de menos hoy es cómo seguir con la modernización de México, cómo terminarla, hasta que el país tenga la forma de una sociedad moderna con un ingreso per cápita superior a los 30 mil dólares.

Esta es una cuestión fundamental de la modernidad, ausente en el horizonte del liberalismo hegemónico: cómo crear una sociedad más homogénea, menos desigual. Cómo tener las libertades pero también el bienestar de una sociedad moderna. Modernizarse es, en última instancia, dar un salto civilizatorio en la calidad de vida de la gente. Como lo muestra el caso de México, tener las libertades de una sociedad moderna no basta para tener una buena vida para la mayoría de la población.

JAAR: No comparto ese diagnóstico de las prioridades del liberalismo contemporáneo. Creo que una buena parte de la reflexión liberal en México va más allá del tema de las libertades y está metida de manera sustantiva y de lleno en la política pública. Está críticamente preocupada por el problema del crecimiento económico. Creo que el tema de las instituciones recorre, igual que hace 200 años, la reflexión liberal contemporánea. Pienso, por ejemplo, en la reflexión de Carlos Elizondo sobre el amparo, sobre cómo se ha transformado una institución que pretendía salvaguardar los derechos de los individuos en un arma de privilegio, exención y abuso, etcétera. Ésa es una reflexión liberal aterrizada en las instituciones. Su conclusión es que necesitamos más, no menos liberalismo: “No hemos construido un país donde haya competencia y derechos para todos, lo cual requiere un Estado fuerte, capaz de defender la competencia y los derechos universales”. Esto puede leerse en su último libro, Por eso estamos como estamos (2011), y vale como una respuesta liberal a los problemas pendientes de la vida pública: el horizonte institucional del liberalismo no sólo no se ha agotado sino que no ha sido practicado con la profundidad deseable para que sea efectivo. Ahora, en lo que hace al tema de la desigualdad, creo que el liberalismo igualitarista claramente reconoce que un Estado que tiene una sociedad tan desigual como la que existe en México, es un Estado en donde las libertades no se pueden ejercer a cabalidad. Hay un incipiente liberalismo igualitario en México, que sí tiene respuestas a este problema. Y los liberales, obviamente, también están preocupados por el saldo civilizatorio. Y lo están críticamente, porque el Estado de naturaleza no es una buena cosa. Creen, por el contrario, en la construcción de una civilización liberal. No veo, por lo menos en mi radar, liberales burriciegos, miopes, que persigan con obstinación fines ideológicos a cualquier costo. Por el contrario, creo que en materia económica una buena parte de los liberales mexicanos caería en una zona vagamente socialdemócrata, pero críticamente preocupada por incentivar el crecimiento económico. Todos defienden, en algún grado, la profundización de las reformas estructurales y en vigorizar los mercados. Por ejemplo, sólo hay aquí unos cuantos proponentes solitarios de medidas extremas del libre mercado como son los vouchers escolares. Ese tipo de medidas no tiene en general buena acogida. Ahora, ¿cuáles son las propuestas liberales para atender este problema? Creo que la mayoría pasa por el área económica, por crear riqueza, generar crecimiento económico y mecanismos que hagan posible la redistribución para lograr igualdad de oportunidades, que es lo que les preocupa a la mayoría de los liberales. Creo que en los modernizadores la respuesta es muy similar. No veo una distinción, clara, tajante, entre liberales y modernizadores. Habría que pensar, entre los modernizadores, cuál sería la respuesta no liberal al problema de la distribución del ingreso.

HAC: Bueno, típicamente una repuesta socialdemócrata; un Estado mucho más fuerte fiscalmente. En el campo liberal priva la idea de que la empresa privada gasta mejor el dinero, socialmente hablando, que el Estado. Esto es verdad en términos de la eficiencia productiva y el mercado, pero no es verdad en materia de los repartos efectivos, generación tras generación, de los rendimientos de una economía. Frente a un Estado fiscalmente tan pobre como el mexicano hay una actitud liberal de que el Estado gasta mal y porque gasta mal no tiene por qué recibir más dinero porque lo va gastar peor que el privado que se propone.

JAAR: Sí, pero creo que aquí habría que hacer una distinción frente a la prevención ideológica liberal: es la falta de rendición de cuentas del Estado mexicano lo que asusta. Creo que mucha de la crítica de no vamos a darles “cheques blancos” al Estado pasa por el tema de que no hay transparencia, de que no hay un esquema de rendición de cuentas. Y también está el tema de que sectores específicos como la clase media están sobregravados en México. Unos pocos cargan con toda la carga fiscal del Estado. Por otra parte, en México los liberales en general no proponen subcontratar una gran cantidad de servicios públicos, cárceles, escuelas, etcétera, como ocurre en otros países. El contraste con Chile es sin duda instructivo. Ahí el Estado fue retirado de áreas en las cuales los liberales mexicanos difícilmente estarían de acuerdo.

HAC: Aún así, creo que en la agenda liberal hay estos dos grandes temas pendientes sobre la modernización de México. Una, la que discutimos antes, sobre la construcción de un Estado fuerte capaz de generar los bienes públicos que el país requiere, empezando con la seguridad, terminando con la domesticación de los poderes fácticos que desafían derechos y capturan rentas de terceros. Otra es el tema de la desigualdad y cómo disminuirla. Las respuestas sólidas que hay en el mundo a este problema no vienen de la tradición liberal sino de las experiencias socialdemócratas europeas.

JAAR: Pero, al fin y al cabo, ¿qué es la socialdemocracia? Un Estado de bienestar con un entramado político liberal. El drama permanente es la ausencia de un partido socialdemócrata en México, porque para parte de la izquierda la alternativa socialdemocrática se ve demasiado liberal.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro.

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

 

2 comentarios en “Ideas invisibles, creencias en tránsito

  1. Por principio de cuentas celebro este ejercicio de las Ideas. Aguilar Camín, tiene un estilazo para ventilar la tragedia que somos, aunque siempre me ha parecido un exquisito apologeta de la simulación política en México. En ese sentido, me transmite mucho más el artículo que San Juana Martínez escribe sobre el doctor Mireles y sus “batallas” contra el narco estado…

  2. Me parece un excelente texto, refrescante. Sin embargo, no puedo evitar objetar un par de puntos. En primera instancia, este “nuevo consenso” del que habla Aguilar Camín. Creo que estamos confundiendo consenso, con toda la carga de síntesis que el concepto pudiera tener, con simple “corrección política”. Actores de los más diversos frentes, pelajes y formaciones políticas han encontrado muy rentable copiar y repetir esas palabrejas, las que hoy se consideran politicamente correctas; pero cuando se trata de establecer políticas y acciones, las incongruencias son descomunales, brutales. Tomemos como ejemplo el respeto a los derechos humanos, pieza eminentemente liberal, confundidos, atosigados, obstaculizados por los derechos de minorías, o con los llamados derechos sociales. En muchas constituciones, incluida la Constitución Política que nos rige, hay un chirmol entre estos tipos de derechos que sin duda refleja la enorme confusión del legislador, quien habla de derechos humanos (concepto liberal) pero esta dispuesto a votar lo que sea para agradar a “los medios” y al gremio.

    El otro comentario, va en sentido del binomio que casi automáticamente asumen Aguilar Rivera y Aguilar Camin entre liberalismo y modernización. Aunque su caracterización del liberalismo y representación dentro del espectro político mexicano me parece muy atinada, el afán modernizador me parece ideológicamente distante del primero. (Además de que se omite que la modernización formo parte integral del ideario del nacionalismo revolucionario, es más era parte de su pantheon). En descargo de ambos es justo decir que para muchos de los liberales mexicanos el afan modernizador era casi obsesivo, sobre todo en los próceres del siglo XIX. ¿Sería quizás esta obsesión la que los llevaba a adoptar una careta liberal? ¿Será esta el verdadero hilo conductor que hermanó al presidente Salinas con el presidente Diaz? La modernización como objetivo último y el liberalismo como corrección politica.