Previo a un juego de liguilla el año pasado, Christian El Chucho Benítez, goleador del América, posó para un diario sosteniendo comida para gatos, insinuando que su rival, los Pumas, eran unos felinos inofensivos que sucumbirían ante las Águilas. Fue una provocación sana y divertida. Pero en lugar de responder con la misma gracia —qué sé yo, retratando a un canario sobre un guante de cetrería, por ejemplo— algunos seguidores de los Pumas le dieron licencia a su racismo. Cuando Benítez tocó el balón, aullaron como simios. Montaron, irónicamente, una caricatura de ellos mismos, de sus mentes primitivas.

Discurso de odio

El discurso de odio, afirman algunos, es parte del precio que debemos pagar por la libertad de expresión. No hay nada que hacer. Otros, sin embargo, consideran que este tipo de expresiones no están protegidas por el derecho al libre discurso. Hay que prohibirlas. En su libro When the State Speaks, What Should it Say?, Corey Brettschneider desecha este aparente dilema. Un Estado democrático y liberal no debe amordazar a nadie, pero tampoco debe quedarse de brazos cruzados ante el discurso de odio. La solución es el Estado parlante: aquel que responde, denuncia y confronta decididamente a quienes niegan los valores de la democracia, pero sin censurarlos.

Estamos en deuda con Brettschneider por oxigenar el muy discutido tema de la libertad de expresión. Me gusta su teoría. Pero es importante discutir críticamente algunos detalles. Brettschneider plantea que el Estado, en el ejercicio de su capacidad expresiva, no debe usar la fuerza para obligar a los destinatarios de su mensaje ni siquiera a escuchar. También sugiere que las limitaciones de contenido a la libertad de expresión (el qué se dice) son tan objetables como las limitaciones de forma (el cómo se dice). No comparto ninguna de estas posiciones.

1. Brettschneider sanamente rechaza que el Estado pueda forzarnos a aceptar los valores de la democracia liberal (por ejemplo, encarcelando a quienes disientan, u obligándolos a ingerir algún remedio transformador del chamán mejor reputado). Pero además argumenta que el Estado no puede obligarnos a conocer sus posiciones. No puede obligar a un adulto a ir a la escuela de la democracia. Puede hablar, pero no hacerse escuchar.

Este planteamiento es difícil de encuadrar con el resto de la teoría del Estado parlante. Es inevitable que la persuasión sea coercitiva, por lo menos en el sentido de que el Estado no podrá expresarse si no obtiene, por la fuerza, los recursos para ello. Y, que nadie lo dude, los miembros del Ku Klux Klan, o de la Rebel, no van a ofrecer voluntariamente los recursos para que el Estado trate de convencerlos de cambiar sus actitudes racistas. Todo discurso del Estado lleva ya el pecado original de la fuerza. La única salida para Brettschneider es sostener que hay grados y modos de coerción, y que usarla directamente para efectos persuasivos sería inaceptable, incluyendo el noble objetivo de que el Estado obtenga por lo menos acuse de recibo.

¿Es razonable esta posición? Consideremos algunas políticas que, me parece, son perfectamente aceptables. En algunos países, las cajetillas de cigarros deben llevar imágenes y leyendas alarmantes sobre los efectos de fumar. Supongamos que, además, los fumadores tuvieran que recitar en voz alta la siguiente línea para poder comprar una cajetilla: “Reconozco que, de acuerdo con la evidencia científica compilada por el Estado, fumar incrementa mi riesgo de morir por cáncer”. No hay duda de que en esta instancia el Estado nos estaría obligando a escuchar. Y sería totalmente legítimo. No violaría derechos, ni los ideales de libertad e igualdad que Brettschneider invoca. De igual forma, sería válido forzar a los miembros de grupos de odio, por ejemplo, a atender sesiones donde tuvieran que escuchar las razones del Estado en contra de su ideología (sin tener por ello que aceptarlas).

Un Estado que obligase a la población adulta a obtener educación primaria y secundaria ciertamente violaría derechos fundamentales, como afirma Brettschneider. Pero es un error afirmar que, por lo tanto, cualquier forma de exposición forzada al discurso del Estado violaría derechos de libertad de expresión, conciencia, privacidad y autonomía. Obligar a un adulto a escolarizarse es muy distinto a obligarlo a atender sesiones ocasionales de persuasión democrática (por ejemplo, de cuatro horas, dos veces por año). Lo primero afectaría gravemente sus planes de vida —el manejo de su tiempo para el trabajo y el ocio— con implicaciones potencialmente devastadoras. Lo segundo no lo afecta. ¿Lograría el Estado persuadir a algún miembro del Ku Klux Klan o la Rebel? No importa. El punto es si violaría sus derechos al obligarlos a escuchar. Está claro que no.

2. Es fundamental distinguir dos tipos de restricciones a la libertad de discurso: unas regulan el contenido, el qué de nuestras expresiones; otras regulan la forma, el cómo. Está claro que Brettschneider rechaza los límites de contenido, con excepción de las amenazas. Yo también. Pero su libro nos dice poco sobre las regulaciones de forma, que a mi juicio son más fáciles de justificar. Por muy convencido que alguien esté de haber descubierto el misterio del origen del universo, no tiene ningún derecho a pararse a las tres de la mañana afuera de mi ventana para comunicarme la noticia, ni a pintar el mensaje en la pared de mi casa, o en la acera del parque. Hay ciertos medios de expresión que no son aceptables, cualquiera que sea el contenido del mensaje. La pregunta más interesante es si, en virtud de su contenido, podemos válidamente excluir ciertos mensajes de espacios que están abiertos a otro tipo de expresiones.

Pensemos, por ejemplo, en expresiones de contenido sexual explícito o muy violento. Ningún liberal razonable ha objetado el hecho de que en ningún país del mundo una revista de pornografía pueda usar la imagen de la página 36, íntegra, como publicidad en un anuncio espectacular. Basta con que la publicación se anuncie y comercialice para que se respete el derecho a la libertad de expresión del editor. Mi sugerencia es que el discurso de odio reciba el mismo trato, o más severo. Por lo menos yo preferiría que mi hija, si fuéramos a un estadio, viera un anuncio con sexo explícito en lugar de la denigración de un hombre negro. Purgar la fachada pública —aquellos espacios que resulta casi imposible evitar— del discurso de odio no sólo sería compatible con los principios de una sociedad democrática, sino tal vez un requisito. Debemos permitir que la Rebel y el Ku Klux Klan desaten su racismo en páginas electrónicas, revistas, periódicos, canales privados de radio y televisión, etcétera. Esto bastaría para respetar su derecho a desarrollar y comunicar sus propias ideas. Que digan lo que quieran, pero no en cualquier parte.

No está muy claro qué piensa Brettschneider con respecto a las restricciones de forma. Al parecer las considera igual de graves que las restricciones de contenido. Eso es lo que sugiere cuando analiza algunas controversias que ha resuelto la Suprema Corte de Estados Unidos (una de las virtudes del libro). Por ejemplo, en el reciente caso de Snyder v. Phelps, la Corte determinó que la iglesia de Westboro estaba en todo su derecho cuando asistió al funeral de un soldado homosexual herido en combate y expresó que esta muerte era un castigo de Dios, tanto personal como colectivo, por la creciente tolerancia a la homosexualidad en ese país.

Brettschneider concuerda con la Corte porque el grupo religioso emitió una opinión (de odio, pero opinión al fin) y no una amenaza. Para mí no es suficiente. Los miembros de esta iglesia sí tienen derecho a expresar su credo homofóbico, pero no a obligar a nadie, y mucho menos a los familiares del soldado, a escucharlo. Una ley que prohíba este tipo de discurso en un radio de 20 kilómetros del lugar del funeral, por ejemplo, no violaría ningún derecho. Los miembros de la iglesia podrían expresarse en cualquier otro sitio, y por muchos otros medios.

¿No puede el Estado parlante obligar a grupos de odio como el Ku Klux Klan y la Rebel de los Pumas a escuchar? ¿Qué opina Brettschneider de la diferencia entre los límites de contenido y los de forma? ¿Son igualmente difíciles de justificar? En cualquier caso, Brettschneider ha conseguido lo improbable: decir algo nuevo e importante sobre la libertad de expresión, un tema fundamental en la teoría y la práctica de la democracia.

 

Claudio López-Guerra
Profesor-investigador del CIDE. Es autor de Democracy and Disenfranchisement: The Morality of Electoral Exclusions, Oxford University Press, Oxford, UK, 2014.

 

2 comentarios en “Respuesta a Brettschneider

  1. Querido Claudio,
    Coincido contigo. Sólo queda por definir si, una vez aceptada la intervención del Estado para limitar expresiones de odio y poner límites a los medios y las formas de hacerlo, no mejor nos sigamos de frente para prohibirlas con las sanciones correspondientes. El límite nunca estará claramente fijado. Soy de la idea de que al aceptar la supremacía del Estado y su poder coactivo en ciertos temas (y, con ello, sin duda, la supremacía de la comunidad expresada en el Estado, para bien y para mal), habría que colocar por encima de todo los valores de la comunidad. Cuando ésta declara su compromiso con la democracia, los derechos humanos, la paz social (y el proverbial etcétera), el Estado debería honrar ese compromiso sancionando cualquier manifestación que atente contra tal compromiso. Y si esto es demasiado, pese a que conocemos los riesgos de dejar sueltos a los perros rabiosos de la intolerancia y el odio, por lo menos, entonces, el Estado tendría que implementar políticas que afirmen constantemente los valores de la tolerancia, el respeto y la conciliación. Tengo a Aristóteles en mente y su narrativa de la amistad, esa suerte de cemento que acerca a los ciudadanos. El disenso y la crítica son indispensables en una sociedad democrática (todos lo sabemos), pero la pretensión de reducir al otro a algo menos que ser humano, no debería ser admitido en la discusión. Una cosa es la libertad crítica (Martha Nussbaum) y otra, el discurso basado en cualquier noción de superioridad sobre los demás. “… [La] carencia de simpatía no es el único desafío de la sociedad. Problemas ubicuos de discriminación y subordinación de grupos requiere que pensemos acerca del papel jugado en el desarrollo humano por el rechazo y la vergüenza hacia el mismo cuerpo humano, un problema que no parece tener ninguna otra especie” (Nussbaum). Abrazo,
    n

  2. Lo dificil es etablecer el límite entre libertad de expresión y el discurso de odio, no es lo mismo opinar que ofender, sin embargo “sancionar “, sería peor en un país en el que la aplicación de las normas es totalmente discrecional. La aplicación de sanciones sería un tesoro para las mentes autoritarias o intolerantes.