A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Acostumbrados a las series que luego se prolongan hasta dar patadas de ahogado, la aparición de True Detective significa un respiro y una nueva apuesta en la manera de hacer televisión. Serie de una temporada y ocho episodios, la creación de Nic Pizzolatto dirigida por Cary Fukunaga ha servido para lapidar el ánimo voraz de la no muy lograda segunda temporada de House of Cards, la otra favorita de la nueva camada —su primera temporada es notable—, ofrecida en su integridad por Netflix a partir de su estreno, hace algunos meses ya.

Poseedora de una fina estética y una estructura narrativa que alterna tanto pasado y presente como la diversidad de puntos de vista, True Detective es un thriller de corte clásico con inteligentes destellos sobrenaturales, en donde la condición humana no solamente se encuentra sujeta a sus propias pulsiones sino a aquellas de un cosmos luego inasible, a la vez arcaico y amorfo, mucho más que humano. Igualmente literaria que mundana, la obra de Pizzolatto ocurre en la América más profunda, es decir, en una zona de Estados Unidos que es a la vez amplia e invisible, luego apocada por las grandes urbes y la espectacularidad del capitalismo tardío (y podemos pensar, en la arena fílmica, en Winter’s Bone de Debra Granik como un justo y realista parangón).

Allí, en esa tierra de todos y de nadie, la filosofía y las disquisiciones metafísicas no tienen cabida, como pronto entiende el cerebral detective Rust Cohle, regañado por su pareja, Marty Hart, un policía de la vieja escuela adaptado del mejor modo a la modernidad rampante. Interpretados por Matthew McCounaghey, ave rara que parece haber renacido de las cenizas de un pasado de actuación intrascendente, y Woody Harrelson, actor probado que se disfraza del más común y corriente de los hombres.

03-truedetective

La dupla refuerza la ya de por sí sólida narrativa de Pizzolatto ilustrada y puesta en movimiento por Fukunaga, para así ofrecernos una alquimia que, hasta ahora, no habíamos visto en el muy poblado paraíso serial. Hermanos a la fuerza —luego por elección—, Cohle y Hart son una suerte de Abel doble que de pronto proyecta la sombra de un potencial y duplicado Caín, reticentes a encarnar la dialéctica del policía bueno y el policía malo, para ubicarse en una zona a la vez gris y luminosa en el desempeño de su labor.

En la trama de True Detective las sorpresas son mínimas: hay un asesino serial y un grupo de personas que lo solapan, mismos a los que Cohle y Hart habrán de descubrir después de una compleja pesquisa vertida en una estructura tan simple como clásica. Son las actuaciones de McConaughey y Harrelson, así como la fraternidad a la que están condenados —es decir: a la amistad genuina—, las que hacen el truco y sacan al conejo del sombrero televisivo, además de la sólida y visionaria ilusión estética ejecutada por sus creadores.

Aunque ya habíamos visto un intento por conseguir lo alcanzado por True Detective en la adaptación de la tetralogía Red Riding del escritor inglés David Peace, vuelta miniserie de tres entregas por IFC Films y Studio Canal: 1974, 1980 y 1983, dirigidas por Julian Jarrold, James Marsh y Anand Tucker, respectivamente. La trilogía Red Riding falla no sólo en su ambición —no se ocupó del episodio 1977; las novelas de Peace, más negras que la noche, también siguen a un asesino serial y al grupo de individuos que, desde el poder y la riqueza, lo solapan—, sino en no haber dejado el trabajo en manos de un solo escritor y un solo director, acto que, en Hollywood y desde HBO, parece un acto de rebeldía, ahora que las series son un trabajo de muchos directores y un creador luego perdido en la cabeza de la Medusa creativa.

Interrogados por separado y por los detectives Gilbough y Papania, aquí y ahora, Cohle y Hart revivirán un caso abierto, en el pasado y cada uno desde su punto de vista, para después cerrarlo, juntos y en el presente, si bien dejan sueltos los cabos que ningún humano es capaz de atar y que están representados por la enigmática Carcosa y su Rey Amarillo, vislumbrados originariamente por Ambrose Bierce y después por Robert W. Chambers y H.P. Lovecraft, en el feliz matrimonio entre la televisión más burda y la más pura de las literaturas.

David Miklos

Escritor y editor. Es profesor asociado de la División de Historia del CIDE y autor de la novela Dorada.

 

Un comentario en “True Detective: Los viejos trucos de la nueva televisión

  1. Mejor síntesis no se puede escribir sobre esta serie. Resido en los EUA y uno de mis pasatiempos de fin de semana es el de ver uno o dos programas de televisión. Esta serie der verdad que se salió de lo regular. Muy intensa, inteligente y bien actuada.