López Velarde decía en uno de sus textos que la patria, “castellana y morisca, rayada de azteca… ofrece… el café con leche de su piel…”. Caminar por el Centro Histórico de la ciudad de México, cerca del Templo Mayor, cuyos vestigios contemplo, no hace sino confirmar semejante aserto. Pero también lo hace el examen de muchas de nuestras palabras y expresiones del hablar cotidiano, revelador de un peculiar mestizaje idiomático que compone buena parte de lo que llamamos mexicanidad.

Pasar hace algunos días junto a lo que fuera el gran teocalli de Tenochtitlan no hizo sino suministrarme motivos adicionales para estas reflexiones, como también lo hicieron voces de la gente que logré atrapar aquí y allá, diversas frases de la cotidianidad que evocaron en mí el “rayado de azteca” del poeta zacatecano.

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Un menú que saltó a mi vista ofrecía, por ejemplo, pechugas “Gordon Blu” (!) —así como lo leen— pero también, eso sí, quesadillas de huitlacoche. (Cuitlacochi —pensé con cierto orgullo vernáculo—, “excremento durmiente”, pues así denominaban los nahuas a aquel hongo del maíz que yacía como inerte sobre la mazorca.)

Había también enchiladas de mole (molli, que es cualquier salsa en náhuatl) y enjitomatadas (lo que me hizo llevar las manos a la barriga, no tanto por hambre, sino porque xitomatl quiere decir “tomate de ombligo”, pues parece tenerlo al quitarle el tallo). Tlacoyos con nopales sonaban deliciosos (pero en mis oídos resonaba, más bien, el náhuatl nopalli y sobre todo la correcta denominación del antojito: tlecoitol, pues el bodoque de frijoles se cocinaba colocándolo entre los carbones y el fuego del tlecuil).

Garnachas… ¡las había! (“pero esa palabra ya no es náhuatl, sino italiana” —pensé—. Vernaccia designa a un tipo de uva de un cierto color. Pero, ¿qué tiene que ver aquello con las fritangas?). Con todo, los huaraches con costilla devuelven mi alma a México (pues aunque alguien lo haga derivar del japonés, guarache en realidad deriva del purépecha kuarhá-che que significa… “lo que designa”). Y aún México, recordé, es náhuatl. (En efecto, la etimología procede de me-ztli: “luna”; xic-tli: “ombligo”, y el locativo -co : “en el lugar del ombligo de la luna”. Hay quien pregunta que cuál es ese ombligo. Especulo que no es de la luna, sino… ¡la propia luna!, que como un ombligo se reflejaba sobre el vientre acuoso del lago de Texcoco.)

El dependiente ofrecía también leves tortas de 400 gramos (!) de variado contenido, aderezadas —eso sí— con rajas o chipocles. (¡Bien dicho!, pues en náhuatl chilpoctli es precisamente “chile ahumado”, en este caso se trata del jalapeño.)

Tamales con atole resuenan en mí con toda su eufonía náhuatl (tamalli, atolli de donde proceden), pero aún si los acompañáramos con chocolate, seguiríamos hablando la lengua de Nezahualcóyotl (chocolatl o xocolatl, según algunos de xococ, “amargo” o “agrio”, y atl, “agua”. ¡Alimento de noble linaje hasta en el nombre del género vegetal, pues Theobroma quiere decir “bebida de los dioses”, del griego θεός, “dios” y βρῶμα, “bebida”!)

En la otra esquina un joven broncíneo expendía los imprescindibles tacos de canasta… (“Taco”… —pensé—…también azteca, pues tlaco quiere decir “en medio”, justo donde, en la tortilla, se coloca el guisado.)

Un achichincle le ayuda limpiando antihigiénicamente los platos con un trapo que huele a choquiya. (Del náhuatl ambas —reflexioné— atzitzinqui designaba a quien sacaba el agua de las minas… ¡en cubos!, y xoquihyac, por su parte, connotaba algo tan apestoso como podía serlo aquella jerga vieja y húmeda.)

Al otro lado de la acera, a un lustrador de calzado se le caen las monedas al suelo, produciendo un ruido argentino, aunque éstas ya no contengan plata alguna (!)

—¡Bolo, bolo! —le grita quien parece ser su hijo, como si de bolas se tratara. (Pero… —pensé— ¿por qué con “b”?, si viene del latín volo: “quiero”, respuesta que el padrino daba, en nombre del bautizado, a la pregunta del sacerdote: Vis baptizari?: “Quieres ser bautizado?”. Así el tal, era el padrino de volo, no del alimenticio.)

“Mas ya esto es ponerse muy ‘tiquismiquis’” —pensé casi en alta voz. (Recordando al punto que ésta procedía de los pronombres: tibi y mihi: “a ti” “a mí”, y que tibimiqui eran aquellos escrupulosos que, sabiendo latín, andaban, en la Colonia, zahiriendo los casos y las declinaciones.)

—Te lo dije de guasa —agregó el niño, a guisa de disculpa. (Pero ésta es ya de origen taíno —pensé— y significa “de burla” o “falta de gracia”. De aquí, por ejemplo, “guasón”.)

—¡Condenado chamaco! —replicó acremente el padre, reconviniéndolo (ignorante de seguro que procede del náhuatl chamauac, “grande” o “grueso”, o incluso “gordo”, que así decían los nahuas a sus niños de cariño). Y hasta de “escuincle baboso” le calificó. (“Escuincle”: palabra que me devuelve a la pequeñez, pues el perrito lampiño itzcuintle, muy mexicano, cuando es chiquito, prestaba su nombre a los niños.)

Entretanto, un camión en reversa casi derriba un puesto de revistas aún cerrado.

—¡Aguas, aguas! —vocifera el lustrador, logrando con ello frenar la maniobra. (“Aguas” —pensé—, reminiscencia de cuando en la ciudad virreinal, las inmundicias de las bacinicas eran arrojadas a la calle, “al arroyo”, desde los pisos altos de las casas; advertencia no siempre oportuna para no gozar de las salpicaduras.)

Para eludir tantos peligros, crucé a la acera de enfrente; y cuando acordé, ya iba por la calle de los Donceles. (Una de la más antiguas de la ciudad —pensé— antes llamada de Cordobanes, o sea, de los “curtidores de piel”. Allí casi me atropellan dos mujeres rollizas que caminaban presurosas. Algo pesqué de su charla:

—Es que tienes que apapacharlo —dijo la más locuaz. (Del náhuatl papatzoa —recordé—, que es apretar o suavizar algo con los dedos. O de papachoa, según otros, frecuentativo de pachoa que es, entre otras cosas, “apretar” o “estrujar”.)

 —Así es esto de conseguir chamba —contestó la otra, en abono de algún desempleado marido. (“Chamba”… —pensé— no de “Chamber American Business”, lo que algunos todavía creen ingenuamente, sino de una palabra portuguesa que significa “pierna”, como el francés jambe, designando con ello a los trabajos pedestres.)

—Ojalá consiguiera alguna talachita, man’ta —replicó la amiga. (“Talacha”, palabra curiosa, al parecer híbrida, del náhuatl tlalli, “tierra”, y el castellano “hacha”, designando con ello una especie de azada y al trabajo realizado con ella.)

—Ya hasta vergüenza me da hablar con la Chole; ya ves qué buen trabajo tiene su marido —remató.

—¡Ay! ¡Ésa se cree la Divina Garza! —dijo la otra en tono de reconvención. (¡No hay tal garza! —pensé—. Es más probable que antiguamente se dijera “Divina Gracia”; la de Dios, por cuya gracia uno llegaba a ser tal o cual cosa. De seguro se confundió en el tiempo, como el dicho “el que se fue a Sevilla…” se transformó, más vernáculamente, en “el que se fue a la Villa”.)

La pareja de señoras deja, en fin, el paso a un par de jóvenes. Su hablar es peculiar y con cantadas cadencias, aunque para nada moderno. Uno de los dos al parecer encarece las virtudes de cierto aparato electrónico.

—Está bien chido —sentencia categórico. (Del asturiano xidu, muy probablemente —pensé— aunque ya casi nadie lo sepa, y que quiere decir “bonito”.)

—¿Me lo vas a prestar? —interroga el otro.

—No.

—Cámara, güey —añadió con insolencia. (“Cámara” —reflexioné— …es apócope de “camarada”, palabra que designaba a los soldados que dormían en la misma cámara o habitación; de ahí su cercanía. Pero, ¿por qué camarada, si a la postre, no se lo prestaría?) Y se perdieron entre la gente.

Ya para llegar al Eje Central, y pese a ser temprano, había comenzado a llover imperceptiblemente. Algunos aceleran el paso. El de los periódicos coge sus plásticos para proteger la mercancía.

—¡Córrele, que ya empezó el chipi-chipi! —proclama solidariamente con quienes le escuchan, cierto vendedor. (“Chipi-chipi” —recordé— del náhuatl chipini que quiere decir “caer gota a gota”. Gota a gota sí, ¡pero cómo moja!)

Así las cosas, incapaz ya de llegar a mi destino, opto por refugiarme en el primer changarro que encuentro. (“Changarro”, de zangarro, según algunos, y éste del vascuence santarra, que connota algo “pequeño” y “ruin”, cual suelen ser aquellos establecimientos.)

Otro más, que corre por la calle ante la lluvia que arrecia, dice a su pareja:

—Estoy todo mojado. ¡Voy a quedar como masacote! (¡Mejor no! —pensé— pues “masacote” procede del náhuatl mazacoatl, “serpiente venado”, por unos cuernitos que tiene en la cabeza, cuya carne era enaltecida como afrodisiaco por los indígenas. Servía, como dice Sahagún, para llevar siempre “el miembro armado”. Vaya manera del empapado aquel para “calentarse”.)

Estas curiosas reflexiones me surgían casi en automático de mi indiscreta escucha por las calles de la ciudad.

¡Cuántas más sorpresas no podría encontrar si me empeñase en desentrañar los orígenes tras semejante mestizaje de palabras!

Arturo Rocha Cortés

Filósofo. Edita la revista Voces de la Universidad Intercontinental. Ha publicado: Nadie es ombligo en la tierra. Discapacidad en el México Antiguo y Monumenta Guadalupensia Mexicana. Colección de Documentos Guadalupanos del S. XVI.

 

Un comentario en “Florilegio verbal náhuatl

  1. Excelente…! Es delicioso encontrar el significado de palabras tan hermosas y tan nuestras. Gracias