Si un escritor nace sin el don de escribir de nada le valdrá esforzarse. El aspirante a escritor no llegará a ninguna parte y morirá ahogado en las aguas de las tentativas. Porque la grandeza de la obra de creación literaria depende de la manera como el escritor la realiza, de la manera en que consigue que esté a la altura de su vocación. Exige un trabajo arduo y serio, una aplicación continua y, ante todo, el conocimiento de la vida, la familiaridad con su tierra y con su gente, en fin, estar al lado del pueblo. Así acontece con Gabriel García Márquez.
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Leo a Gabriel García Márquez desde hace mucho tiempo. Olvidé si fui yo quien dio a leer Cien años de soledad a Glauber Rocha o si fue el cineasta brasilero, uno de los grandes de nuestro tiempo, quien llamó mi atención sobre el libro del colombiano. Desde entonces soy un lector cautivo, incondicional. Gabo escribió dos de las novelas más importantes de la ficción contemporánea: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera.

Lo conocí personalmente hace más de veinte años, en 1970, en un encuentro de escritores latinoamericanos organizado por la feria del libro de Frankfurt, encuentro en el cual profesores y estudiosos alemanes de la literatura de nuestros países demostraron conocimiento, capacidad real e interés, mientras que casi todos los invitados latinoamericanos exhibieron vanidad y pretensión. Todavía recuerdo la indignación de Adonías Filho —desconocedor de esos tristes hábitos en la pugna feroz por un lugar sobresaliente en el mapa literario internacional— al asistir a la competencia de galardones y glorias alardeados por los candidatos a traducciones y ediciones en alemán. Adonías quedó avergonzado: “Yo no vine aquí para eso”, le dijo a Eduardo Portella, otro de los brasileros. El tercero era yo,  y los tres éramos cuerpos extraños  en la algarabía hispanoamericana de los colegas.

Me llamó la atención la discreción de García Márquez, que en un extremo de la mesa se reía de la feria de las vanidades. Nos volvimos amigos en aquella ocasión teutónica, y a la admiración del lector se añadió el aprecio del ciudadano. Aprecio que resulta de la forma ejemplar como Gabo cumple con su misión de escritor: literatura de la más alta calidad puesta al servicio de los intereses, la lucha, la esperanza y la pasión del pueblo de Colombia.

Diciembre de 1991

Jorge Amado
Escritor brasileño. Autor de Doña Flor y sus dos maridos. Fue miembro de la Academia Brasileña de las Letras.

Versión de Álvaro Rodríguez Torres.

Tomado de Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra (selección y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda), Siglo del Hombre Editores Ltda, Colombia, 1992.