Gerald Martin, autor de la monumental biografía de Gabriel García Márquez (Debate, 2009), ha sido criticado porque llegó a la conclusión de que su biografiado no sólo le cae bien sino que es en efecto un hombre extraordinario, dueño de una vida extraordinaria y de una obra extraordinaria.
Desde luego, Martin no ha incurrido en el tipo de visión crítica de biografías como la de Ray Monk sobre Bertrand Russell, donde puede leerse que Russell “hacía y decía cosas de una crueldad monstruosa”, era “homicida en sus impulsos”, “consumía a sus amantes” y “sufría por temporadas de mal aliento e impotencia”.
No hay este tipo de revelaciones críticas en la biografía de Gerald Martin, apartado lo cual no sé exactamente lo que se quiere decir cuando se habla de esta biografía como complaciente. Mejor dicho, no sé cuánta más información crítica hace falta para conocer de verdad a Gabriel García Márquez.
Lo que sé es que en esta biografía el lector encontrará todo lo que hay que saber para hacerse una idea clara, meticulosa, conmovedora, por momentos trágica, del escritor y de la persona que llevan ese nombre.
Se sale de este libro como de una larga lección de vida, no una hagiografía, ni una diatriba, sino la reconstrucción del trayecto, en muchos aspectos increíble, de uno de los escritores más exitosos del siglo XX en cuyo fondo, sin embargo, asoman siempre las sombras de la desesperanza y la fatalidad: la impotencia, la vejez y la muerte.
En ningún libro o crítica que yo haya leído hay una aproximación a tantas zonas críticas, ambiguas o simplemente erráticas de Gabriel García Márquez como en esta biografía. Con una diferencia capital: la exhibición de esos altibajos no es aquí la consecuencia de rápidos juicios morales, políticos o ideológicos, sino la recreación documentada de hechos reales cuya veracidad apenas puede discutirse.
Léase con cuidado la historia familiar de los primeros capítulos y, en particular, la semblanza del padre. Léase la historia del amor desdichado tenido en París, mientras el escritor literalmente muerto de hambre escribe El coronel no tiene quien le escriba.
Léanse los pasajes de su camino hacia el activismo político, luego del golpe de Estado de Augusto Pinochet en 1973, y su elección de la revolución cubana como único valladar invicto ante el intervencionismo de Washington, elección sostenida hasta hoy con una lealtad que le cuesta al escritor más de lo que le reporta, ya que no está regida por la conveniencia sino por la convicción.
Héctor Aguilar Camín